Fragmento extraído del cuaderno 1, página 46.
Tenía algo siniestro, enterrado en su inmensa presencia. Casi dos metros y bastante más de cien kilos embutidos en una camisa y unos pantalones impecables hechos a medida. Su rostro protuberante de grasa solapada escondía unos ojos inteligentes que acechaban desde rendijas de carne. Se movía con velocidad animal. Tenía garras de oso en vez de manos. Su imponente voz podría ser la de un barítono desquiciado o la de un jabalí, pero había elegido ser la de un sabio.
Su rostro no mentía. Su pelo crecía salvaje desde las cejas a la espalda pese al corte de pelo reciente. Era un monstruo atemporal de leyenda dentro de un traje. En otros tiempos, la bestia se sentaría encima de ti y te obligaría a escucharle hasta morir. Luego se subiría encima de otra víctima y repetiría el proceso una y otra vez. Tuve suerte, porque se sentó en la fila 2, no en la 1, donde yo estaba.
Empezó a hablar. Primero en ruso. Luego pasó al neerlandés y después al inglés, logrando que su primera víctima le mirara.
Supe en aquel momento que durante todo el vuelo notaría su respiración. Más de tres horas. Encajado de lado entre el asiento central y el asiento de la ventanilla, sus costillas hacían que todo el espacio se contrajera a su alrededor cada vez que inspiraba. Su voz era tan potente que silenciaba los motores del avión. No podías pensar. Solo escucharle. El tipo a su lado se sentaba al borde, casi cayendo al pasillo. No tenía otro remedio que escuchar todo lo que decía, atrapado por su presencia y su mirada. No intervenía. Tras unos primeros intentos de apagar la conversación, supo que era inútil. Oleada tras oleada de frases y frases, aquel ser no paró de hablar.
Cuando pasaban los asistentes de vuelo, el silencio volvía. Pero enseguida regresaba para martillearnos con su retórica implacable. No hablaba como alguien normal, era un filósofo en plena floración. Atrapaba tu atención aunque no quisieras. A la hora, su víctima huyó a refugiarse al baño del avión, hasta que unas turbulencias hicieron que el personal de vuelo le sacara de vuelta a su asiento.
Aproveché ese escaso silencio para observarle a través de la rendija de los asientos. Sus ojos buscaban otra presa con ansiedad. Se clavaron en mí por unos milisegundos.
Retrocedí y me escondí en mi asiento haciéndome el dormido. Incluso con la cancelación de ruido pude sentir que me hablaba, de pie en el pasillo. No cedí. Seguí con mi teatro hasta que desistió y empezó a hablar con alguien de la fila 3.
La historia volvió a empezar. Al rato me quité los cascos. No estaban estropeados, pero no servían para anular aquella voz que se metía en tu cerebro. Aproveché un instante para colarme tras la cortina y huir al baño. Solo fueron cinco minutos, pero allí su voz apenas se oía.
Me vio volver del baño. Aunque no sonrió, supe que yo sería su próxima víctima por su forma de clavarme aquellos dos ojos.
Hablaba siete idiomas además del mío. Sabía de cualquier tema. Sus conocimientos eran infinitos. Su dicción inmejorable. Me estaba devorando, como lo había hecho con el pasajero que tenía detrás y el del asiento 3C. Ahora intentaban asimilar lo sucedido, con la mirada perdida, desorientados, devastados tras el huracán.
—Lo siento, pero no me apetece hablar.
—¿Por qué? ¿Te he ofendido, amigo?
—Necesito descansar, solo eso.
—¿Te molesto de alguna manera? ¿Es eso?
Dudé.
—Es eso, te molesta mi voz, ¿verdad?, me lo han dicho muchas veces.
—¿El qué?
—Que tengo una voz muy potente. Que hablo muy alto.
—Sí, tienes una voz muy potente. Pero no es eso, no me apetece hablar.
—Perdona si te he hecho sentir incómodo. No era mi intención.
Asentí, y desvié la mirada, intentando zanjar la cuestión.
—No te gusto, ¿verdad?
Lo miré a los ojos y tragué saliva.
—No.
—Gracias por ser sincero. Encuentro pocas personas sinceras. Me gusta eso. ¿De dónde eres?
Cerré los ojos y respiré, esperando que se fuera. Cuando los abrí, su rostro animal seguía ahí, paciente.
—No quiero hablar.
Ahora sí. Sonrió.
Dos horas más tarde el avión aterrizaba. Estaba exhausto. Enfermo.
Tuve que seguirle. Al principio no supe por qué lo hacía.
Tomó un taxi. Le pedí a mi conductor que le siguiera. El taxi me llevó a un barrio humilde. Uno de esos donde las alcantarillas hieden cuando el calor lo calienta todo. Le vi sacar unas llaves y entrar en el portal de una vivienda. Cerca había una cafetería, así que me quedé toda la tarde rumiando lo que me había ocurrido, esperando sin saber muy bien a qué. Quizás solo quería confirmar que era un hombre corriente que bajaba la basura en chándal. No lo sé. Todavía estaba en shock.
No dio la cara hasta la noche. Se había cambiado de ropa. Ahora llevaba traje completo, incluida chaqueta, pese al calor. En sus manos transportaba la misma maleta de cabina de color azul eléctrico. Cogió otro taxi. No me dio tiempo a seguirle, y para cuando estaba montado en el asiento de otro coche, ya le había perdido de vista. Tuve una intuición.
—Al aeropuerto. Terminal 4.
De allí salían los vuelos más baratos. Allí habíamos aterrizado. En el trayecto apenas pude pensar, me lo había jugado todo a una carta. Mi mente estaba seca. Apenas era capaz de hacer algo más que otear matrículas y modelos de taxi, buscándole. Mi memoria estaba fragmentada y difusa, como un espejo que se estrella plano contra el suelo dentro de un marco. Me había dicho su nombre, pero solo recordaba trozos sueltos. Él se había llevado un pedazo de mí y no me había dejado nada excepto esquirlas.
Reconocí su maleta. Lo vi bajando en la zona de salidas de la T4. Me bajé a toda prisa, también con mi maleta y el corazón latiendo desbocado en mi pecho.
Enfiló hacia la entrada de seguridad. Sin pase de embarque no podría entrar. Me maldije por todo el día perdido. Hizo el amago de entrar, pero siguió hasta los cuartos de baño que hay justo al lado. Le seguí sin dudar, esperando encontrármelo en los lavabos o en el urinario de pared. ¿Qué le diría?
Entré al baño, conteniendo la respiración. Miré al fondo. No estaba. Respiré.
Vi su maleta fuera de uno de los cubículos y la chaqueta colgada en el asa. La puerta se acababa de cerrar con un golpe. Oí el click del cerrojo.
No lo pensé. Cogí la chaqueta y la maleta y tomé el camino más rápido hacia el taxi.
Me puse a la cola, tres personas.
Mi corazón seguía histérico en el pecho. Me imaginaba a la bestia corriendo hacia mí con el rostro desencajado.
Esperaba oír su potente voz en cualquier momento. Su mano en mi hombro.
Dos personas.
Me había hablado de su trabajo. De su familia. De su país natal. De sus viajes por todo el mundo. Su vasta cultura y su experiencia vital infinita. No recordaba nada, solo la sensación de que me devoraba por dentro mientras me machacaba con sus palabras. Cómo me inyectaba su energía y me vaciaba. Como un tábano con forma de hombre.
Una señora subía al taxi de manera torpe, impidiendo que el resto pudiera avanzar. Se le cayó el pañuelo al suelo. Flotaba, despacio, tanto que me pareció que jamás llegaría a caer del todo.
Creí escuchar algo. Unas pisadas, un temblor. Una sombra detrás de mí.
—¡Taxi! —grité, poniéndome delante del que ya era mío.
Mis manos temblaban cuando le alcé las maletas al taxista.
Cerré la puerta del taxi y se puso en marcha. No miré atrás. No escuché nada. Palpé en la chaqueta. Ahí estaba su cartera. No encontré su móvil, pero tenía su cartera en mis manos.
Volvería y sabría dónde encontrarle, y esta vez yo sería el cazador.
* * *
Gracias por leer esta novela hasta el final.
Me llamo Nicolás Abadón y te escribo desde Soto del Real, sentenciado a seis años de prisión por matar a un hombre con un lápiz, y desde entonces, escribo cada semana un relato nuevo para ti, en directo desde la cárcel. Escribo con sangre, desde el corazón.
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Quiero agradecer desde estas líneas a la subinspectora de la Policía Nacional Elena Montalbán, que me atrapó y sin cuya ayuda este libro no existiría.
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Gracias por leerme.

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