He hecho una apuesta con mi mujer: ella escribe un poema y yo un ensayo sobre el mismo tema: me aburre la gente.
Aunque el español no es su idioma materno, escribe mejor que yo, y lo hace porque su poesía es acción y no intenta ser correcta. Por eso voy a transformar su letra en una canción punk. La apuesta queda entre ella y yo, porque si la expusiera aquí, condicionaría el experimento.
La gente me produce una frustración insoportable. La mayoría estadística es insufrible, no la soporto. Son cámaras de eco. Vacías por dentro. Van por ahí, deambulando, recogiendo palabras y apareándolas a la fuerza con otras, solo por el placer de verlas refocilándose en su cabecita hueca. Es espantoso escuchar esos cadáveres mal cosidos salir de sus bocas.
La gente, esa masa gregaria que cuando forma parte de algo que da sombra se sienten en casa, conectados a una certeza. Esa masa que actúa como una marabunta de langostas devora todo lo que pilla a su paso: cocacolas y conceptos, fechas, nombres y canciones. Lo mastica y va dejando tirados los restos de cualquier manera. No sabemos si defecado, vomitado o solo mordisqueando, tal es el caos que deja allá por donde pasa.
Esa masa, que cuando hace una pausa en su inconsciente canibalismo social te mira con sus ojillos brillantes, olisqueando para saber qué tipo de consumible eres. Esa cosa, que algunos llaman personas. Ese ser gris, vencido y saciado de sí mismo.
Esa cosa, que te habla de verdades y de la inexistencia del bien y del mal. Te habla de los grises y de la relatividad, y se te enciende la sangre. Roja, caliente. Bombea queriendo desbordar el pecho. Sientes que necesitas sacarle la cabeza y ver si de verdad está vivo, y de qué está hecho por dentro, pero te retienes y confías en que pase de largo, confundiéndote con una piedra.
Mueve su bigote y gira de pronto en un ángulo imposible que te confirma que no es humano, sino una cosa, y vuelve con la masa.
Pasa la masa y deja un reguero de incongruencias y oscuridad, se han comido hasta las estrellas y la luna. Se lo han llevado todo. No han dejado nada en pie. En la oscuridad te tropiezas con pedazos mutilados de conceptos, palabras. Recoges algún nombre que ha sido forzado y humillado. Poco a poco hay algo de luz. Otros como tú, que también se hacían pasar por objetos inanimados. Cada uno aprovecha lo que queda a su manera. Algunos iluminan con linternas la oscuridad, otros tocan la flauta y pastorean a algunas langostas perdidas que perdieron su rebaño. Otros escribimos.

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