…cada día el aire está mas duro, espeso en cada bocanada, nadie saluda al otoño.
(Fragmento de “Déjalo ir”)
Dicen que la poesía ha muerto, que el mundo va mal. Que no hay futuro, que Trump está muy loco y que nos gobiernan psicópatas.
Me pinchas y sangro.
Seis cuarenta de la mañana. Madrid. Abro la ventana, el cielo azul está adornado con algodones nuevos. Pájaros sin rencores ni historia pían solo el hecho de ser pájaros y una chica espera el autobús del 68 en la parada.
Yo solía acostarme a las tres de la mañana, encharcado en alcohol, pensando que la vida me debía algo. Ahora me levanto a las seis para devolver lo que tomé prestado de ella.
No. No existo. Por mucho que piense. Solo observo y ni eso lo hago bien. Creo que existo porque eso me enseñaron. Al igual que me han dicho que el mundo está fatal. Si no fuera porque me enseñaron a escribir, tampoco podría deciros esto: vosotros tampoco existís.
Ya no añoro esos tiempos donde alguien vendría y me daría una bofetada para decirme: ¿esto existe? Tampoco existiría una patada en la boca de su estómago. Pero nadie va a venir a darme la bofetada, porque ahora doy miedo, no solo por lo que digo.
Lo entendimos mal.
Existir nos coloca en el centro. Si yo existo, yo soy el corazón del universo. Por eso, amigos, es mejor no existir. Vivimos en muchas dimensiones y sólo entendemos cuatro. Ligamos nuestra existencia temporal a la última de esas dimensiones y ya. No más. Es ridículo pretender que existimos con esa premisa.
Existen los conceptos, las matemáticas. Nosotros solo somos un poco de agua cayendo por el cauce de un río.
Si fueras un río que se levanta por la mañana ¿querrías volver, montaña arriba?, ¿te quejarías porque tu agua se vuelve cada vez más turbia?
Somos un maldito río, que baja sin remedio hasta el mar. En el trayecto pasan cosas. No podemos hacer gran cosa. Unos tocan trucha, otros chapapote. La trucha la pescan o muere envenenada, y el chapapote a veces lo recogen voluntarios jóvenes y llenos de ideales que hacen el amor a medianoche entre tus aguas calientes.
La vida son lágrimas de felicidad, de rabia y de dolor. Agua. Hay que llorar porque somos ese río, que cae, siempre cae al mar.
Mira por la ventana y entiende esto: no existes. Déjate de mirarte el ombligo. No necesitas existir, necesitas vivir. Sí. Eres un río, y hay un cauce. Siempre hay un cauce. No existes tú ni existe la libertad. Díselo a los átomos de hidrógeno, háblales de libertad. Explícale a Heisenberg lo del libre albedrío. Háblale de tus derechos. La vida no te debe nada porque no existes. Solo transitas por ella.
La vida es un sueño, una ilusión, y la única forma de materializarla es compartirla con los demás. No seas ese río que mira de lejos lo que sucede en las orillas. No seas ese río que colecciona ramas muertas en su regazo. No, riega las riberas, que crezcan frutas con tu agua. Disfruta viendo cómo los niños sucios se divierten bañándose en tus aguas. Ríndete, no existes.
Algunos se niegan a no existir. Rompieron su cauce, anegaron tierras, se aferraron a ella y hoy son árboles. Otro tipo de no-existencia. Los pájaros se posan en ellos, los insectos trepan y los niños juegan, pero como el río, un día son leña y luego polvo.
Otros, engañados, fueron envasados en botellas de plástico y esperan, encerrados en la oscuridad del almacén de un supermercado, a que alguien los libere con un beso y los devuelva al río.
Todos, pase lo que pase, volvemos al río, y al mar.
No pienses. Siente.

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