Yo. Yo y más yo. No hay límite para uno mismo. Creemos que somos especiales. Que algún día. Hasta que dejamos de hacerlo porque enfrentamos, sin vuelta atrás, el tiempo.
Mi abuelo me advirtió hace veinte años: todos mis amigos han muerto. No entendí a qué se refería.
Cuando murió, me tocó a mí limpiar su casa. En mi familia soy siempre yo el que enfrenta la muerte. Solo me llevé unos papeles. Nada de lo que atesoró durante toda su vida tenía valor para mí. Su dinero, como el de cualquier otro, se fue diluyendo entre compras de supermercado y pantalones vaqueros desteñidos.
Mi abuelo dejó de existir, pero no lo hizo de repente. Fue desapareciendo poco a poco. Tenía noventa y seis años cuando murió.
Hoy veo a mi madre seguir el mismo camino. También a mi hermana, y a otros aún más jóvenes. Veo cómo se aferran a su yo, a sus recuerdos, a sus posesiones insignificantes y observo cómo todo esto les arrastra de manera silenciosa a esa no-existencia previa a la muerte.
La poesía, la música, la literatura. En todas las artes se habla de ello. Sin embargo, hoy se exhibe el yo como un rasgo de fortaleza: saber ser independiente, saber estar solo. Gatos, perros y Netflix. Ansiolíticos y eutanasia. Grupos de intereses por internet y sexo a la carta, en diferentes modalidades de suscripción, compra a plazos o multipropiedad.
Mi abuelo no quiso vivir con su hijo, ni siquiera los últimos años. Prefirió estar solo, en su casa, hasta el final. Con sus cosas, con sus recuerdos.
No lo hizo porque fuera un estoico, por su fortaleza, creo que lo hizo porque no se sentía a gusto siendo una carga para su hijo y porque no le gustaba perder su independencia. Ahora entiendo lo que significa: preferimos la soledad a compartir un vínculo, a abrir nuestras vidas. Su vida, como la de mi madre, ya está cerrada. No cabe nada más ahí dentro. Cada día la veo desinflarse, quejarse de lo sola que está, pero exigiendo no cambiar ni una coma del relato hasta el final del libro.
No, esta no es la soledad de la que hablaba Rilke, esa soledad que nos hace entender quiénes somos; no es una soledad lúcida, buscada y construida, son los trozos rotos de nuestras vidas. Lo que quedó después del huracán nos vapuleó una y otra vez.
Yo, yo y más yo. La soledad es el precio que pagamos por esa elección. No hace falta morir para llegar a ese punto. Esa es la moraleja de esta historia, que para cuando nos damos cuenta ya será tarde, y no habrá forma de cambiarlo.
Yo, yo y más yo. Hasta el más grande se enfrenta a ese momento donde todo se convierte en polvo. Cuanto más tienes, menos te queda para los demás.
En nuestra ignorancia, creemos que un mundo mejor es aquel en el que somos independientes, libres y sin yugos: sin dios, sin el compromiso eterno de un matrimonio o la carga de la sangre de tu sangre.
Dinero, placer, recuerdos de lugares hermosos, entre el punto de partida y el de salida. Existen instantes fugaces, como disparos, donde vives por unos segundos de verdad, entre la bruma confusa que es la vida, y cuando un día no puedes rascarte la espalda, descubres que, pese a tu libertad, necesitas ayuda para hacerlo. Y esa noche descubres lo que es la soledad, y que nada de lo que atesoras alivia esa sensación de vacío.
Esto no es un mensaje pesimista. No. No lo es. Si has llegado aquí, es porque aún estás a tiempo. Deja de acumular. Comparte. Disfruta del éxito de los demás. Maravíllate por la alegría, venga de donde venga, y deja que entre en tu vida. Todos nacemos y morimos solos. No huyas de la soledad, es parte de la vida, pero no te escondas en ella.
Mi madre ya no puede. Pero tú sí.

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