El interrogatorio

La subinspectora resultó más guapa en persona de lo que imaginaba. Era uno de esos casos donde la realidad superaba la ficción. Tardaron tres días en localizarme. Llegué a pensar que nunca lo harían. En el barrio, no escuché a nadie cotillear sobre el cadáver ni sobre la chica, a la que no volví a ver. Era como si nada hubiera pasado, aunque cuando pasé por el callejón donde había ocurrido todo me temblaban las piernas.

La comisaría de San Blas me pareció fea y sucia, tal cual me la imaginaba. Los polis de uniforme tenían el rostro gris y la mirada de un animal acorralado. Sin embargo, la subinspectora Montalbán parecía sacada de una novela moderna donde los polis viven por encima de la realidad mundana. Me observaba casi con ternura. Si no fuera cierto, no lo escribiría. Parecía un mal personaje: despistada, demasiado joven y bonita para enfrentarse a gañanes que apestan y llevan billetes de cincuenta enrollados con gomas en el bolsillo de un vaquero que jamás será lavado.

—He leído todas tus historias en la red —dijo, hojeando unos folios impresos donde reconocí algunos de mis títulos.

—¿Y qué le parecieron? —pregunté.

—Que se nota que te has documentado leyendo en internet. Se cuentan muchas cosas, casi ninguna cierta.

—Los policías no suelen leer novelas que hablan de su trabajo. Solo necesito que parezca real, para la mayoría de personas es suficiente. 

—A tu asesino le falta lo más importante.

—¿El qué?

Sonríe y espera unos segundos antes de darme la respuesta.

—Un motivo.

—Es la gracia de la historia. Descubrir el motivo del asesino. Meterse dentro de su cabeza.

—¿Y qué hay dentro de esa cabeza?

—Aún falta el final —dije.

—Venga, desvélame el misterio.

—Es que aún no está escrito.

—¿Le pillan?

—Sí. Siempre los pillan. El lector necesita una resolución. Siempre.

—¿Y cómo lo atrapan?

—Va dejando pistas. Quiere que le pillen.

—¿Por qué?

Alzo los hombros y le devuelvo la sonrisa.

—Tendrá que esperar a que escriba el final.

La subinspectora no había dejado de usar esa expresión entre divertida y calculadora durante toda la conversación, pero cuando sacó una carpeta y repartió las fotos en la mesa, su rostro cambió por completo. Delante de mí, unas imágenes con flash mostraban con detalle el cadáver que no había podido sacar de mi cabeza en las últimas dos noches. En mis recuerdos era diferente, porque estaba vivo. El papel era frío y distante. 

—La chica te ha identificado. Tus huellas están en el lápiz que mató a este chico. 

—¿La chica está bien? —pregunté sin pensar.

—Sí.

—¿Cómo se llama?

—No puedo decírtelo.

—Solo su nombre de pila.

Me miró extrañada.

—El nombre es importante —le aclaré.

—No puedo decírtelo.

—Si me dice su nombre de pila, confieso todo.

Abrió los ojos, sorprendida.

Tapó un segundo el micrófono con la mano y se acercó hacia mí. Olía a perfume y a café. 

—Nadia —dijo, susurrándome al oido.

—Ah, qué bonito nombre —respondí en voz baja, para mí,

Volvió el silencio y su sonrisa a medio caballo entre la sorpresa y la duda.

—Sí. Yo lo maté.

—En este sí que hay motivo.

Me revolví en la silla, intentando imaginarme cuántas personas habían estado aquí sentadas antes que yo y en qué situaciones. Todo a mi alrededor carecía de la más mínima pizca de significado. Hasta la luz parecía obligada a existir ahí con desgana. 

—Aunque no se lo crea, no lo tenía. Fue un sinsentido total.

—Te lo dije. Todo eso que se lee sobre asesinatos es ficción. En la vida real las cosas suceden de otra manera.

Empezó a recoger las fotos y a guardarlas en la carpeta de nuevo. 

—¿Y ahora qué?

—Esperaremos a ver qué dice el juez. Es un caso muy claro. Salvaste a la chica, pero irás a la cárcel. Has matado a una persona, da igual el motivo. 

—Bien.

Se rio. No entendía.

—¿Cómo?

—¿Cree que me caerán más de dos años?

No me respondió. Le fastidiaba no entenderme y lo tenía delante. Recogió los papeles que le quedaban sobre la mesa y dejó solo un vaso de cartón con restos de café. No me dijo qué pasaría, así que esperé. El micro seguía grabando. Se olvidó de desconectarlo. Quizás era otra estrategia para escuchar a los detenidos hablar solos y autoinculparse. Pero yo ya lo había hecho. 

Tardó un rato y esta vez volvió con un abogado de oficio. Por su expresión, yo era su primer asesino y me miró entre fascinado y temeroso. Le temblaba la mano cuando me dio su tarjeta. Eso me impresionó más que cualquier otra cosa en toda la comisaría.

Firmé una declaración confesando el asesinato, ampliándolo con algunos detalles que no aparecían en mi relato original, para que no hubiera dudas. 

Para mi sorpresa, me dejaron libre con la obligación de presentarme en comisaría cada cuarenta y ocho horas y la prohibición de salir de Madrid en ninguna circunstancia y responder al teléfono si me llamaban. Llegué a casa decepcionado. Mi penúltimo capítulo era un anticlímax total. 

No sé si la subinspectora seguirá leyendo mi Substack. Espero que sí, subinspectora, porque la historia todavía no ha terminado. Falta el motivo. Seguro que está esperando a que escriba el último capítulo. No me engaña. Todavía queda mucho que confesar, pero solo lo haré en la cárcel.

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