Fragmento extraído del cuaderno 1, página 23.
En la cola de la gasolinera. Ahí le conocí. Parecía un niño triste atrapado en el cuerpo de un adulto. Bajito, enclenque y con un rostro que pregunta “¿Quieres ser mi amigo?” sin pronunciar palabra. Su pelo parecía sucio y su ropa, vieja y maltratada.
—Perdona, ¿estás en la cola? —le pregunté.
Eso bastó para que se enganchara a mí. Me contó toda su vida en esa espera. Le gustaba el surf y el mar. Tenía dos hijos, una exmujer y un coche grande, por los niños, que pagaba a plazos. Las arrugas de sus ojos y su mirada de anciano me contaban otra historia. Olía mal, no a sudor, a soledad y a olvido. Mi debilidad es esa, los débiles. Se me enganchan como pelusas al velcro.
Tras esperar la cola para que nos abrieran la manguera de gasolina, volvimos a encontrarnos. Su coche estaba aparcado en el surtidor de al lado. Mientras llenábamos juntos el depósito me contó algo, pero yo solo tenía ojos para aquellos peluches que miraban desde la bandeja de atrás de su coche. Decolorados por el sol y pidiendo auxilio.
Buscaba trabajo y, por algún motivo, pensó que podría ayudarle. Me dio su tarjeta. Una de esas baratas que la gente hace por impulso y sin pensar. En los 80 se escribían thrillers de psicópatas que hablaban durante horas del arte detrás del diseño de aquellos trozos de papel, mientras metían una rata en el interior del cuerpo de sus víctimas. Esto es España y aquí las ratas tienen tarjetas de visita y coches a plazos llenos de juguetes abandonados.
Me llevé su tarjeta y el depósito lleno, como quien se lleva una botella con un mensaje dentro. Nunca sabes a quién van a llegar tus notas a la deriva, ¿verdad?
Escribo estas palabras en mi portátil, conectado a la wifi del hotel. Disculpadme si este texto no está del todo corregido. Quiero enviarlo lo antes posible.
Le he dejado con la misma expresión que tenía cuando murió, apenas noté la diferencia de cuando aún estaba vivo. Ahora está sentado en la cama, apoyando su espalda contra el cabecero. Lo encontrarán con la misma mueca de incredulidad que puso cuando le atravesé el abdomen con quince centímetros de acero afilado y a estrenar.
La sangre ya no gotea por la comisura de su boca. No gritó. No podía, no con esa herida. Le atravesé la aorta y se fue inflando de sangre por dentro, apretando los pulmones, dejándole sin aire. El dolor es tan intenso que el cuerpo no puede reaccionar. Sólo sus ojos de niño sin suerte lo hicieron, abriéndose con violencia, boqueando, intentando volar y huir.
Debe llevar muerto ya los veinte minutos que llevo escribiendo esto.
Nos citamos aquí para una entrevista de trabajo. Es fácil reservar un hotel como este, barato y con cámaras que nadie mira. Cuando las revisen, solo verán a un tipo con una gorra y unas gafas de pasta negra que le ocultan las facciones. El DNI es de un individuo que se sacó una oposición hace diecisiete años en Badajoz y del que cogí sus datos en el BOE. En sus fotos de Facebook se parece un poco a mí. Es fácil falsificar un DNI cuando el que te lo escanea cobra casi lo mismo que la mujer que tira los condones usados y limpia las manchas de fluidos en la moqueta.
No he tocado sus cosas, he dejado su chaqueta donde la dejó. En treinta y seis minutos no le ha llamado nadie. Imagino que su teléfono seguirá esperando una llamada cuando la batería agonice dentro de una bolsa de plástico, en algún almacén de pruebas de la Policía Nacional.
Me mira, inmóvil, desde el otro lado. Sea lo que sea que haya allí no es una playa con niños riendo, ni amor incondicional. Se ha quedado enganchado entre este y el otro mundo, mirando a la fábrica de embutidos que hay al otro lado de la ventana. Aquí ni siquiera hacen falta cortinas.
Al otro lado de la pared, una pareja de adúlteros follan a contrareloj. Se esfuerzan mucho.
La mesilla donde dejo las tarjetas de la habitación tiene marcas de quemaduras de cigarros. Hemos destrozado el colchón y la ropa de cama. Calculo que la sangre ya estará goteando sobre la moqueta.
Habitación 503, hotel Mercader, en el polígono de Mercamadrid. Por favor, no tardéis.

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