El protagonista involuntario

Fragmento extraído del cuaderno 1, página 34.

LenaR04, este relato va por ti. Sé que lo apreciarás igual que el resto.

No suelo confraternizar con el resto de usuarios de mi gimnasio. Los gimnasios son como los hospitales, necesarios. Un trámite desagradable para nuestro cuerpo. Da igual el barrio o el país. Todos tienen esa humedad del interior de nuestras almas animales.  

Allí conocí a L., “La chica del gimnasio”. Nadie la ha echado de menos. Solo preguntó por ella una policía alta y guapa, que parecía salida de una serie de televisión, con sus tacones, su gabardina  y su pelazo. En la jaula donde compartimos rueda somos todos anónimos, excepto por el olor. La policía fue muy discreta y no dijeron por qué la buscaban. Nadie quiere saber nada de nadie. Si hubieran dicho que estaba muerta, muchas ratas aburridas se juntarían para contar chismorreos acerca de cómo vestía y de las miraditas de algunos al respecto. El chico tontorrón y simpático que se la quería ligar pasaría a ser sospechoso y no obtendrían nada más que ruido, porque yo, que la maté, soy invisible en ese lugar. Observo y anoto mientras doy vueltas en la rueda. Es lo que mejor saben hacer los escritores. Imagino a la poli metida en sus vaqueros ajustados, intentando cuadrar las entradas y salidas de ciertas personas del gimnasio para encontrar un acosador que coincida con L.. No lo van a encontrar, es demasiado obvio.

Aquella otra chica no se parecía en absoluto a L. Cara redonda, joven, bonita y anónima. Pasaba desapercibida. No miraba, no buscaba nada en el espejo.  Debía vivir cerca, porque coincidimos al salir del gimnasio. No creo que supiera que la estaba siguiendo. Aquel día, solo era yo, volviendo del gimnasio, y sin embargo, aquella calle tapizada de hojas muertas me ofrecía posibilidades que no había pensado.  Siempre planifico. No me gusta nadar al azar. 

Nos habíamos visto, ¿veinte?, ¿treinta veces? No sabía nada de ella. Solo era una joven normal y bonita. Por eso no me había fijado en ella. 

El callejón existía solo para nosotros dos y la noche lo cubría ya. Ni siquiera el viento nos molestaba. Era un atajo entre manzanas que transcurría detrás del muelle de carga de un supermercado, ya cerrado, pegado a un trozo de parque abandonado. Olía como huelen los almacenes de víveres, a comida a punto de pasarse. A materia orgánica cortada, amortajada en plástico. La diplopía ontológica en la que estaba inmerso hizo que no lo viera.  No sé por dónde apareció. Un tipo con una capucha negra y zapatillas blancas. La cogió con fuerza, tapó su boca y la golpeó en el estómago. La cargó sobre sus hombros como un saco y se la llevó. 

Me quedé petrificado, arrancado de mi mundo narrativo a la fuerza. Sentí miedo. Miedo ajeno. Caminé con cuidado hacia el lugar con el pulso acelerado y las manos temblando. Detrás de unos setos, había un par de muros abandonados, formando una esquina llena de sombras y basura. Allí la retenía contra la pared. Sostenía un cuchillo contra su garganta, susurraba y su rostro, como el de un perro que la olisqueaba, mientras ella lloriqueaba sin articular palabras claras. Torpe y brutal, manoseando su cuerpo. A sus pies, la mochila de la chica se empapaba en un charco sucio. El móvil yacía, con la pantalla rota dando la hora, 21:34. 

—¡De rodillas!, ¡ponte de rodillas! —decía el tipo con voz apagada y chillona.

Ella se negaba, no con palabras, no llegaban a eso sus noes entrecortados, entre lágrimas y mocos. Tenía algunos cortes en el cuello. En el forcejeo se le cayó la capucha. Llevaba gafas de sol y una mascarilla negra, pero le reconocí del gimnasio. Este estaba en mi lista de candidatos. Tenía algo, como los demás, pero aún no lo había descubierto. Estaba viéndolo en directo, aunque no podía escribirlo porque me temblaban los dedos. No podía moverme, entre el horror y la fascinación por la escena de otro. Él intentaba, sin éxito, que la chica cumpliera sus deseos. Ella peleaba, pero él era más fuerte y mucho más grande. La golpeó en la cara de un bofetón y la dejó atontada. 

Sentí que rompía algo. Era la ropa de ella. La cogió de las caderas. Juraba matarla si se movía, pero ella peleaba, incluso con aquella desproporción de fuerzas. No pedía ayuda. Sólo susurraba que la dejara, que parara. La imagen de los pantalones en las rodillas y sus bragas me trajeron de vuelta a la realidad. El tipo la soltó un segundo para bajarse los pantalones y, en la pelea, se le cayeron las gafas de sol al suelo, sin que le importara ya. Gruñó de frustración y la volvió a golpear, rasgando la camiseta de la chica y perdiendo su mascarilla y el resto de su anonimato en el proceso. Se sacó el miembro y se colocó delante de ella, de espaldas a mí. Podía ver el rostro de ella, brillante por las lágrimas y la sangre, enrojecido por la violencia.

Estaba esperando la oportunidad. Me temblaba la mano derecha. Soy grande, pero él era enorme. No notó el pinchazo en el cuello. Todavía sujetaba  la cabeza de ella con su manaza izquierda, intentando llevarla hacia su cintura. La sangre empezó a brotar a chorros rítmicos, manchando con gotitas el rostro de la chica. Se giró hacia mí, esgrimiendo una navaja ridícula. No era más que un niño grande y torpe que me miraba sin saber qué estaba pasando. Aún no entendía que ya estaba muerto. Avanzó un paso hacia mí, con el pene fláccido y la navaja plegable escurriéndose en el gesto de intentar pincharme. Lo esquivé con facilidad. Las piernas le cedieron, y cayó al lado de la chica que temblaba, intentando recoger una zapatilla y su mochila, sin levantarse del suelo, intentando recomponerse. 

El niño grande le cogió la mano con fuerza mientras la sangre huía de su cuerpo, su mirada asustada se clavó en la de ella, intentó hablar, pero no pudo. Se quedó a medias, sin aire. Sin vida. 

Debería haberla matado, pero esa no era mi escena. No era mi víctima. No así. No soy un asesino. No de esos. 

Ella todavía sujetaba su mano. Temblaba. Sus ojos oscuros estaban bloqueados, forzados a observarlo todo. Las ventanas de su nariz se debatían por el aire y su pecho subía y bajaba acelerado. El tiempo no existía. Nos desplazábamos de escena a escena en una secuencia espesa marcada por latidos, no por segundos. Mi lápiz aún goteaba sangre. Le había rozado las vértebras C2 y C3, seccionado la carótida y atravesado la faringe, por eso no podía hablar. Inmerso en mi disociación, no había visto los síntomas: su lividez, su respiración agónica. La sangre de su cuello que empapaba su cuerpo. 

Pisé el brazo del cadáver para separarla de la muerte y arrancarla de sus dedos. La cargué en mis brazos. Su cuerpo estaba tibio, pero existía. No era una metáfora, era un cuerpo ligero. Nuestras miradas se cruzaron y sé que me reconoció. 

Llegó viva al hospital, pero inconsciente. No me hago ilusiones. Sé que pronto la policía llamará a mi puerta para hacerme preguntas. 

Siempre uso notas a lápiz en mi libreta. He buscado algunas notas sobre el protagonista involuntario de este texto, pero no he encontrado gran cosa. Tampoco de ella. Es irónico que sean ellos los que terminen con todo. Se han colado en mi historia y han provocado el final que me resistía a escribir.

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