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Ficción personal

Jugando a los médicos en la casa del médico

2 mayo 2018 — 1

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Hoy no quiero ser Avedon. Hoy quiero ser yo, basta de ficción. Tú, si me lees te llamas Paula y hace treinta y pico años pasabas todos los veranos en un pueblo de la Rioja. Todavía recuerdo como jugábamos a contar matrículas de Madrid y como nos escondíamos de los mayores en el viejo cuatro latas que moría plácido escondido en el pajar de mi tío Alfonso, en la casa de la higuera, las gallinas y los conejos. Allí venías a buscarme todas las mañanas de aquellos veranos que olían a sueño sin terminar. En el cielo y entre los edificios, jugando sin parar, los pájaros piaban en una sinfonía bulliciosa y de fondo, sonaban los tableteos de los picos de las cigüeñas omnipresentes en aquel cielo donde nunca llovía, o yo no lo recuerdo.

Siempre que pienso en ti, tras el paso de tantos años vuelvo a ser aquel niño poeta que no hablaba, solo miraba y se dejaba llevar de tu mano. Eras un año mayor que yo y no corrías con los demás niños. Yo solo quería estar contigo, aunque a mi padre le llevara los demonios que jugara con una niña coja. Yo soñaba con una casa donde podíamos estar solos y juntos la inventábamos con las cajas de fruta de tu tía, la de la fábrica de conservas. Todos mis recuerdos de aquellos veranos tenían tu nombre: Paula. Ya solo me queda el olor de las sábanas y tu nombre. Ya no recuerdo tu rostro, ni tu voz. Lo único que no ha desaparecido de mi memoria es tu nombre y el hormigueo de mi piel que sentía cuando me pinchabas con aquella jeringuilla vieja sin aguja. Jugábamos a médicos en la casa de tu abuelo. Tu abuela nos daba galletas y nos mandaba a jugar dentro de la casa para no molestar. Explorábamos las habitaciones vacías y oscuras, de casillas blancas y negras. No los oigo, pero los imagino nítidos, nuestros suspiros, allí tendidos en la camilla. Jugando al prisionero y el carcelero, atándonos con cuerdas de tender la ropa. Poníamos a prueba nuestra vista leyendo las letras de la consulta de tu abuelo con un ojo tapado, y hacíamos cualquier cosa que nos dejara más tiempo para seguir siendo niños. El mundo nos quedaba grande y no nos importaba.

No sé si seguirá existiendo aquella piscina monstruosamente grande que nunca fui capaz de cruzar a nado y donde tu te empeñabas en demostrar tu valor, una y otra vez. Yo te esperaba, cazando ranas, buceando hasta el inframundo, sin gafas y sin aire, para coger lo único que te daba miedo. Y te perseguía y quiero pensar que te reías, pero ya no lo recuerdo. Solo tu nombre y la sensación de que las libélulas eran algo extraño y mágico a lo que tenerle miedo, pero no demasiado. Como te echo de menos, Paula. Ahora veo a mi hija, y pienso que es tu vivo retrato, aunque no recuerde tu rostro. Sé que nos bañábamos con alguien mas que ya ha muerto en mi memoria, como todas las hojas que brotaron y se hicieron marrones en un ciclo sin fin desde aquel entonces. También recuerdo el nombre un perro enorme y juguetón: Fez, y otra piscina, y hojas flotando en el agua. Recuerdo el olor de los melocotoneros que la rodeaban y el sinfín de chicharras que amenizaban la hora de la siesta, esa en la que nos movíamos sigilosos para seguir jugando sin despertar a los mayores. Jugando a pescar peces en aquel barril enorme. Aburridos, solo nos teníamos el uno al otro para descubrir el mundo, aunque fuera casi siempre en nuestra imaginación.

Un verano, volví y ya no estabas. Ni siquiera lloré. Las hojas volvieron a brotar y se secaron, cayeron al suelo y otros niños, cuando ya no estábamos ni tu ni yo,las pisaron mientras se perseguían entre risas y cosquillas. Han pasado los años y cada día esos recuerdos mueren un poco más dentro de mí, pero todavía sé tu nombre, Paula, y lo recuerdo. Recuerdo lo que significa ser niño.

Foto de portada de Benjamin Voros

P.D: Paula, sí lees esto, por favor, escríbeme. Seguro que tú sabes quien soy detrás de mi pseudónimo.

Ficción personal

Derechos

27 agosto 2017 — 0

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Este duro relato Ciberpunk lo podéis encontrar en la segunda edición de mi libro de cuentos “Histerias ficticias” y no estaba presente en la primera edición. Si leíste la primera edición, este corre de mi cuenta ;)

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

Los casi cuarenta años de Claudia no habían pasado en balde, y las puntas de su cabello no eran lo único roto en ella. Gracias a la experiencia, podía soportar con más facilidad ver escaparse el tiempo. Esperaba a los clientes como antes había esperado que algo cambiara el mundo. Había sido testigo de su transformación, pero no en la dirección que ella anhelaba. Cuando ganaba, como con la legalización de la investigación de las IAC, no lo hacía de la manera que ella había querido. Se quedaban cortos, siempre. Cuando perdía, era una derrota total, como pasó con la legalización de los alphas. Siempre había soñado, desde que de niña jugaba con su niñera robot, el día que pudiera hablar con ellos como una igual. Y sin embargo, ya no le emocionaba nada de todo lo que se había conseguido. Mucho más de lo que una vez hubiera imaginado. Había esperado demasiado, su ilusión se había desteñido con el paso de los años, quemada por el sol, como su rostro. El tiempo lo poseía todo. Su piel marcada por la edad tenía memoria de lo vivido. Decenas de manifestaciones bajo los drones de la policía. Aquella piel que había sido golpeada, escaneada y maltratada. No todo había sido malo, también recordaba los besos apresurados, las caricias anónimas, llenas de urgencia. Susurros calientes en callejones oscuros, rodeados por el caos y los gritos. La misma piel que vendía ahora por fracciones de hora, para pagar sus obsesiones.

Claudia, apoyada en el cabecero de la cama, miró el reloj de la pared. Todavía quedaba mucha tarde por delante. Fuera, en la ciudad, las ventanas de los enormes edificios que componían el paisaje se empezaban a encender una por una, cientos de ellas. Miles. Quizás había más que estrellas en el cielo, al menos muchas más de las que se veían. No recordaba la última vez que había visto el cielo abierto, sin la espesa capa de suciedad que rodeaba la ciudad. Lo que más le gustaba de su casa era que a ras de suelo, la niebla espesa estaba lejos, en lo alto, donde desaparecían los edificios. Tan cerca del nivel cero, la suciedad del aire no ocultaba las calles. Necesitaba sentir la conexión con la madre tierra, aunque la mezcla de asfalto y polvo gris lo cubriera todo. Aunque no pudiera abrir la ventana, sólo sentir las vibraciones de las tuberías, el viento y el tráfico de los inmensos omnibuses de gravedad cero al pasar cerca de su edificio.

Retomó la lectura de su escritora favorita del siglo XX, un clásico ya desconocido para las modas, Alisa Zinóvievna. Con ella resultaba fácil dejarse llevar por las palabras y pensar en un mundo muy diferente. Un mundo objetivo y justo. Le gustaba creer que a sus exclusivos clientes les fascinaba una mujer como ella. Su experiencia y sus modales la distinguían como una mujer de otro siglo. Sus clientes tenían curiosidad por verse reflejados en sus pupilas y por unos minutos sentir que el mundo se paraba, respirar el aire húmedo y cálido de una mujer que miraba al corazón, con sueños de colores verdes y rojos. Sueños vivos y húmedos. Lejos de un mundo dominado por la lógica aplastante de la ciencia.

Ella ya no sentía. Hacía mucho que había dejado de soñar. Sólo quería vivir, disfrutar de una existencia plácida. Toda su vida escalando imposibles, para descubrir que siempre había tenido un ascensor esperándola. Se cepilló de nuevo la larga cabellera roja y se observó en el espejo para asegurarse de que la cita de las seis y media la encontrara como debía. Sus ojos verde aceituna comprobaron que los labios estaban bien pintados, y repasó el rimmel de sus larguísimas pestañas. La única operación confesable que había alterado su cuerpo. Aquellos ojos eran la mejor de sus bazas. Habían visto el mundo arder y ahora estaban en paz. Silenciosos y cargados de vida. Cambió el colgante que llevaba por su collar favorito, una cinta de terciopelo negro que ceñía sobre aquel cuello esbelto. La próxima cita era nueva y quería cautivarlo desde el primer minuto. Por teléfono parecía muy educado. No soportaba a los hombres con malos modales, con prisas o que no sabían lo que querían. Se levantó y se miró al espejo de perfil. Una mujer hermosa dentro de un corto vestido sonreía al otro lado del espejo. Aquel sostén, reliquia de otra época, funcionaba mejor que cualquier implante. Lo mismo que las medias y el corsé.  Siempre había tenido las piernas largas. Había tardado demasiados años en descubrir que su cuerpo había sido siempre lo más importante en todas aquellas tardes de debate, vino barato e ideales imposibles. Tacones, lápiz de labios, rimmel y escote. Ser una narzem tenía sus ventajas. Los antiguos sabían cómo mostrar el verdadero alma de las cosas. Y ella era una cosa. Lo sabía, y no le importaba.

Adam llegó puntual. Bien parecido, un hombre alto, atlético y de rostro perfecto. Sus rasgos, tan familiares, le recordaban a alguien. Ni siquiera estaba despeinado. Ni olía a sudor, ya que después de todo, era la hora de salida del trabajo. No obstante, desde el primer momento, Claudia supo que aquel hombre no viajaba en el suburbano. Para él, era la primera vez, y Claudia lo sabía. Todos los hombres, de una forma u otra se delataban al entrar, pero él no. Y sin embargo, sabía que para él, aquello era nuevo. No necesitaba aparentar seguridad ni controlar la situación, demostraba curiosidad y disfrutaba observándola con descaro. Preguntando qué más había en el menú.

—¿Primera vez, cielo? Déjame que te guarde el abrigo —dijo Claudia, sin necesidad de romper el hielo. El hombre tenía las manos calientes y una sonrisa rápida. No rehuyó el contacto ni hizo amago de ceder terreno cuando ella le rozó con el cuerpo.
—Sí. ¿Importa? —contestó él sin dejar de mirarla a los ojos.
—Siempre hay una primera vez para todo —dijo Claudia sonriendo y manteniendo la mirada en él.
—La primera vez no se olvida —contestó él.
Claudia le observó con el rabillo del ojo mientras colgaba el abrigo. Por primera vez desde hacía años, sintió dudas sobre lo que buscaba aquel tipo. Su cara parecía vulgar, como si la hubiera visto mil veces, pero su forma de moverse tenía algo especial.
—¿Una copa? —preguntó mientras observaba al hombre cotillearle las cosas, sin tocarlas.
—Sí, gracias. Whisky, si es posible. Sin hielo.
—Yo me pondré otro. No tienes prisa, ¿verdad?
—Ninguna.
—Perfecto —contestó Claudia, que comenzaba a intrigarse con aquel hombre.
—Un libro de Rand, vaya, de verdad eres una auténtica narzem. No me habían engañado.
—¿Rand? —preguntó Claudia, mirándole de reojo a través de un espejo que se reflejaba a su vez en otro.
—Ayn Rand, el nombre con el que publicó sus libros, luego los historiadores han usado su nombre de pila, Zinóvievna, para darle más misterio. Supongo que cuanto más complejo sea el nombre más viejo parece, no?.
—¿Te gusta la historia, Adam? —preguntó. Le gustaba llamar a sus clientes por su nombre, aunque fuera falso.
—Mucho. De siempre —respondió Adam, devolviendo la mirada a través del espejo.
—Yo también lo creo. ¿Y qué mas te gusta, Adam?
—Las mujeres —dijo con una sonrisa seductora.
Claudia empezó a pensar que Adam podía ser de esos hombres que intentaban seducirla. Sin embargo nunca había conocido a nadie como Adam, y le comía la necesidad de entender qué le motivaba. Casi había olvidado esa parte de su profesión. Cuando le alcanzó el vaso, esta vez fue él quien le tocó la punta de los dedos con las manos. Claudia sonrió y le empujó con suavidad a una butaca. Adam se recostó y la observó a placer, tal como Claudia sabía que haría.

—¿Algo de música? —preguntó Claudia.
—Perfecto.
Claudia se movió despacio, acentuando su sensualidad y eligió algo tranquilo, y bajó un poco las luces.
—No bajes la luz, quiero verte bien.
—Me verás bien. Pero confía en mí, es mejor que siempre dejes algo por ver. No tengas prisa.
Adam sonrió y pegó otro trago a la bebida.
Claudia empezó a bailar al ritmo de la música, clavando sus ojos en él, observando sus reacciones. Era un hombre, de eso estaba segura. Reaccionaba como debía reaccionar, y pese a su seguridad inicial, el animal empezó a asomar los dientes. Sin embargo, era resistente. Pasaron las canciones y Claudia agotó su repertorio de movimientos, así que se sentó en su pierna y tomó su whisky. Luego, sin decir nada, rozó sus labios con los suyos y se arrodilló delante de él. Adam sonrió y suspiró.
Claudia empezó a bajarle la bragueta y Adam se dejó hacer.
Claudia odiaba a los hombres que la empujaban de la cabeza. Adam lo hizo con las dos manos.

—No tengas prisa, déjame que te enseñe cómo se hace —susurró, dejando que la saliva cayera de sus labios. Ella misma se empujó la cabeza y evitando las arcadas, traspasó su límite un par de veces. Antes de que él le cogiera la cabeza de nuevo, se subió encima de él a horcajadas y le volvió a rozar los labios con los suyos. Al ver que podía seguir, le besó. Prefería el sabor a whisky. Era agradable tener clientes aseados, incluso operados, como aquel. Odiaba los cerdos.

El hombre comenzó a estrujarle con violencia los pechos y ella tuvo que arañarle un poco la espalda a través de la ropa y gemir un poco para evitar que le hiciera daño. Le levantó y le sonrió con picardía. Subiéndose el vestido y enseñando la carne a través de las medias. Esperando que sus dedos empezaran a trepar hasta ella. No fallaba. Aquellas estrechas franjas de piel entre su vestido subido y el final de las medias eran un imán. Adam se arrodilló delante de ella y sus dedos pronto llegaron a su ropa interior. Exploraron hábilmente los pliegues y la acariciaron con maestría. Si pudiera sentir algo, hubiera sido placer. Adam se acercó aún más y le bajó las bragas hasta los tobillos.

Sin decir palabra, la levantó en volandas y todavía con las bragas enganchadas en el tacón derecho, se la llevó a la cama. Tan pronto la dejó sobre el colchón, la penetró sin avisar. Si pudiera sentir algo, le habría dolido. Gimió de placer. Adam no  dio pausa alguna y empezó a mover sus caderas con voracidad. La aferraba con fuerza, impidiendo que pudiera moverse. Prisionera de sus brazos y dominada por su voluntad. No se resistió. Dejó que la usara. Sin embargo no terminó. Le dio la vuelta y la penetró por detrás. Esta vez sí le dolió. Era brutal. Gimió de verdad. De auténtico dolor. Sus manos intentaron impedir que siguiera, apartando su cuerpo.
—No me fastidies, he pagado la tarifa más alta. ¡Dámelo todo! —protestó Adam.
Claudia agarró la almohada y se la apretó contra la cara para silenciar sus propios gritos. Hacía tiempo que no lloraba. Adam gruñía como un animal.
No supo cuándo, pero llegó un momento en que el dolor desconectó. Supo que estaba sangrando cuando miró para atrás para ver la hora y vio la sangre entre las sábanas. La almohada, húmeda de lágrimas y saliva, estaba ya fría. Pasaban ya las siete y media.

Se apartó con brusquedad. Adam sonreía pletórico. No había terminado. Le daba igual, ella había cumplido su parte y no pensaba aceptar una extensión de tiempo.

—¿Te importa si acabo yo? —preguntó Adam, buscando la mirada de Claudia, que le rehuía.

No esperó la respuesta. Sin hacer nada, sin tocarse, eyaculó sobre ella. Claudia sólo había visto hacer eso una vez. En una feria, muchos años atrás. Protestando por el uso salvaje de aquellos robots como objetos de satisfacción sexual de mujeres y hombres ricos. Una parte de ella lo sabía desde que había abierto la puerta.
Adam era un androide. Del tipo sexual. Ahora sabía de qué le sonaba aquel rostro perfecto y vulgar. Desde la ley de Rixxos, a los androides que podían demostrar su inteligencia y autonomía se les permitía comprar su libertad. Y Adam pertenecía a ese grupo de nuevos libertos. Uno de aquellos por los que luchó y que en ese preciso momento se limpiaba con las sábanas ensangrentadas de su cama.

—Gracias, ha sido fantástico —dijo el androide, mirándola como quien ha superado un récord.

Cuando Claudia se sentó, el dolor volvió. Vívido.  No pudo evitar quejarse. Adam se percató y ensanchó su sonrisa. Arrojó el dinero sobre la cama y se vistió de espaldas a la mujer que doce años atrás, lideró la lucha por los derechos de las Inteligencias Artificiales Autoconscientes. Detrás de él, Claudia contaba el dinero, billete a billete, pensando en que tendría que comprar otro par de medias.

Adam cerró la puerta sin despedirse, sintiéndose más humano que nunca.

Reseñas

Regalo de navidad. Cinco cuentos breves

29 diciembre 2015 — 1

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Como regalo de navidad os presento cinco cuentos cortos que leí hace poco y que me encantaron. Cinco autores norteamericanos maravillosos que podéis encontrar en “Antología del cuento norteamericano”. Lo dejo en el blog como recordatorio, por si algún día alguien me pide referencias de autores de relatos que merezcan la pena ;)

Ann Beattie – Hora de Greenwich

La historia de un hombre roto, divorciado, sin futuro, anclado al pasado. Buena atmósfera, increíbles personajes, final abierto e interesante.

Lorrie Moore – Como la vida

Descomposición de una pareja en una prosa alucinante. Relato íntimo y personal con una atmósfera que se mastica y respira. Final peculiar.

John Updike – A&P

Relato de un joven que empieza a vivir y que se enfrenta a una decisión vital. La vida difícil o la vida gris. Un meta relato como dios manda, escrito como dios. Uno de los mejores.

Ernerst Heminway – Allá en michigan

Como un relato en el que no pasa nada, con unos personajes sobrios y rocosos puede transmitir tanto. Pura magia en palabras.

John Steinbeck – Los crisantemos

Tensión sexual en segundo plano, y en varias etapas. Belleza narrativa. Impresionante prosa. Una joya.

Ciencia FiccionFicción personal

Demasiado rápido

18 agosto 2015 — 2

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Aqui va un reto que inicié en foroescritores.es (os recomiendo el sitio, ya de paso). El reto era comenzar un relato con un párrafo determinado (elegido por otra persona) y elaborar una historia coherente en 2000 palabras o menos. Mi reto era además clavar las 2000 palabras justas. Los que hayáis leido mi novela -aun no publicada, llena de errores y que debo quemar- “El viaje de Joel”, tambien conocida como “Procyon-4”, os sonará muy familiar el mundo y los conceptos de ciencia ficción. Los lectores de C/F que hayan leido a Haldeman, verán su mano detrás de esas elipsis. Se podría decir que es quizás el relato de ciencia ficción más extremo que he hecho nunca, ya que combina muchas cosas del género en poco espacio, pero no os voy a desvelar la intriga, allá vamos :-) ¡Comentad que os parece!


“Último aviso. Los pasajeros de la nave con destino rumbo a la luna Perséfone deben acudir al muelle de embarque 42B. Los pasajeros de la nave con destino rumbo a la luna Perséfone deben acudir al muelle de embarque 42B”. La megafonía retumba por todo Minos-2, la estación militar Terrana donde me encuentro. Jóvenes uniformados de rostros tensos corren de un lado a otro, sabiendo que la humanidad se juega su futuro. Algunos al tropezar conmigo, se cuadran y siguen confusos su camino sin dejar de mirar los galones que descansan sobre mi pecho. De lejos, miro a Eurídice resistiéndome a pensar que aquella será la última vez que veré su rostro.

Llegaron de forma silenciosa. Una tras otra, las colonias exteriores dejaron de enviar señales. Ya han pasado seis meses y hemos perdido ocho colonias, todas ellas tras el punto de salto de Teegarden. Mandamos naves de exploración a esos sistemas, sin rastro sus habitantes. Descendimos a la superficie de Kon Aighar y en Topaz: todos los edificios y estructuras habían desparecido por completo. Tampoco había cuerpos. Fuera lo que fuera que ocurrió, no dejaron nada. Lo poco que se sabía de los invasores es el punto de salto del que procedían: Deloria, un sistema binario sin planetas habitables y poco explorado. Más allá de ese punto, podían venir de cualquier sitio. Intentamos establecer un retén de control, pero las naves automatizadas eran destruidas nada más salir del agujero de gusano en Deloria. Al final, sin ideas, empezamos por darles un nombre: Delorianos.

La mayor parte de la armada Terrana se ha reagrupado en un lugar secreto para preparar una incursión a gran escala en Deloria. Todavía no me explico mi ascenso y mi nueva misión en Perséfone, la luna artificial más avanzada de la flota. Es la primera vez que el uniforme negro de un Alpha tiene en su pecho cuatro estrellas. Disfruto al ver sus caras de temor rodeándome en aquella multitud. Ya me he olvidado de Eurídice: ella es el último cabo suelto de una historia sin sentido. Las últimas noches juntos me deberían haber servido para entender algo de mí mismo, pero ha sido inútil, como otras muchas veces. En cualquier caso, no volveré a verla, pase lo que pase.

El vuelo a Perséfone es corto, apenas tres saltos en un crucero rápido de transporte, con capacidad para muchas más personas. La nave es última tecnología, todavía huele a metal y plástico. La urgencia hace necesario que por unos días nos olvidemos de las restricciones que rigen en la Confederación Terrana. Somos seis pasajeros, muy especiales. Soy el único Alpha, pero hay una psíquica, dos enlazadoras, un trisomne y un ermitaño. También hay un tipo que no deja de mirarme con odio, pero no sé que tiene de especial, es el único que parece normal del grupo. Las dos enlazadoras me sonríen al unísono con malicia. Deben saber que soy inmune a ellas, pero no les devuelvo la sonrisa. Nos amarramos a los anclajes de seguridad. El que más me inquieta es el que parece normal, tiene cuatro puntos negros tatuados encima de la ceja izquierda y si son lo que creo que son, no debería ser capaz de verlos: un cuatrop. No le quito el ojo. Conectamos nuestro neurolink y empiezan a llegar noticias del alto mando: en las últimas horas ha caído otra colonia y no hay mas que malas noticias. Hay desórdenes y revueltas en casi todas partes: pánico y caos.

—He conocido muchos psicópatas, pero ninguno con certificado y rango oficial como tú— dice el tipo de los cuatro puntos negros tatuados sobre la ceja. Me divierte su tono. Sonrío y espero a contestar, para ponerle nervioso.

—Alpha, si no te importa. ¿Y cuál es tu virtud?—pregunto.

—¿De veras no te has dado cuenta ya?— pregunta divertido.

—Todavía no me has mentido— replico.

—Dejadlo ya— corta el ermitaño.

—Si somos lo mejor que tiene la Tierra, estamos jodidos— dice el tatuado, escupiendo las palabras con desgana. Nadie agrega nada a su último comentario. El trisomne no puede hablar, pero ni siquiera parece habernos oído. Enfrascado en sus pensamientos, como nosotros, intenta soportar el viaje que tenemos por delante. Pasan cuatro eternas horas y las alarmas anuncian el salto.

Como siempre, tras el apagón en mi cabeza, llega esa extraña pérdida, como si los meses que se desaparecen de nuestras vidas tuvieran un coste oculto para nosotros. Callamos mientras se descargan a nuestros cerebros las noticias a través del neurolink. Ha pasado solo un mes y tres semanas, pero el mundo ha cambiado rápido: La flota ha sido destruida. Cuatro colonias más han dejado de contactar. El alto mando es incapaz de controlar el caos. Sin embargo, no han cambiado nuestras órdenes. Pienso que quizás se hayan olvidado de nuestra misión. El trisomne abre los ojos y me mira con tristeza. Vuelve a cerrarlos despacio.

—Han destruido Minos-2— dice el ermitaño.

—Lo sé. Yo también he recibido la noticia— le digo. Pienso en Eurídice. Muerta. No siento nada.

—¿Algo que lamentar?—pregunta la psíquica con malicia.

—Míralo tu misma. Te doy permiso— le reto.

—Ni aunque fuera una orden me metería en tu cabeza, Alpha— me contesta con asco.

—La raza humana debía estar muy jodida para admitir Alphas en la cadena de mando— dice el de la ceja tatuada.

—¿De veras eres un cuatrop?—pregunto, casi seguro ahora de ver fluctuar su tatuaje psíquico.

—Que un Alpha lo sepa me sorprende tanto como ver a una psíquica que no lo vea.

—¿Un cuatrop?, ¿aquí?— pregunta la psíquica alterada.

—Algo no cuadra—dice el cuatrop —la psíquica debería haberme detectado, el alpha no debería haberlo hecho, y las enlazadoras deberían saberlo hace horas.

—Lo sabemos hace horas— interrumpen — pero no es relevante. Sabíamos de tu existencia, Richard— dicen a dúo. Me ponen los pelos de punta — ella ya no quiere oír — dicen señalando a la psíquica — y él está deseando que todo el mundo sepa lo que es— dicen señalando a Richard.

—No me convence vuestra explicación—replica Richard.

—Nosotras te elegimos—dice la cabeza a la izquierda de la enlazadora son una sonrisa que me hiela la sangre.

—Y no nos equivocamos, Richard Yumia— añade, la enlazadora de la cabeza derecha, riendo con ojos vidriosos.

—Sois repugnantes. Una abominación—susurra Richard. Noto miedo en su voz.

El trisomne, que hasta ahora no ha abierto la boca abre los ojos y nos mira con sus ojos de pescado y su cara derretida. Aunque su boca deforme no pueda hablar, siento que su poderosa mente está bien despierta. Vuelve a cerrar los ojos con inhumana agonía reflejada en ellos. Las enlazadoras se miran una a la otra, a escasos centímetros y sonríen. Se besan con lengua mientras su mano izquierda acaricia su cabeza derecha y su mano derecha pellizca a través de la ropa su pezón izquierdo, en una postura imposible. Nadie dice nada pero no podemos dejar de mirar como se abraza y se besa a sí mismo aquel ser de dos cabezas y un cuerpo. Una voz nos informa de que vamos a entrar en sueño inducido hasta el próximo punto de salto. Despertaremos en t+2. Desearía que fuera un sistema automático, pero no lo es. No me fío de los humanos.

Despierto con la boca pastosa. Consulto el reloj. Han pasado algo más de cuatro meses en tiempo absoluto. Hemos salido del segundo salto. Miro a mi alrededor y mis extraños compañeros de viaje ya han despertado. Llegan más noticias a través del neurolink: el alto mando ha sido destruido. Perséfore ya no existe. Lo que queda de la armada está evacuando las colonias de todos los sistemas exteriores: Teegarden, Epsilon Indi, Ross 128, Gajira y Tau Ceti. Hasta ahora los Delorianos no han atacado ninguna colonia fuera de esos sistemas. Nuestras órdenes siguen intactas. Las coordenadas siguen  apuntando a Diella, un sistema detrás del punto de salto de Tau Ceti. Ahora territorio enemigo.

—Nos envían a la muerte— dice el ermitaño. Parece que no ha dormido en días. De hecho no lo ha hecho desde que salimos de Minos-2. En tiempo real, casi medio año. Si pudiera sentir lástima por él la sentiría, pero me importa una mierda.

—No. Nos envían a ellos— dice la psíquica, sin mirarnos.

—Entonces la humanidad está acabada— replica Richard.

—Somos mutantes, si no han logrado contactar con ellos es porque no han logrado hacerlo hasta ahora. Imagino que somos su última esperanza— dice la psíquica. Algo la atormenta, tanto que es parte de su rostro desde hace mucho.

—¿Y él?—pregunto señalando a Richard — él no es un mutante.

—Hermano Richard Yumia— dice la psíquica, fijando su vista en él. Está trabajándole, noto la tensión que palpita en sus sienes.

—Representante de la última religión de la Tierra— afirma con los ojos brillantes, Richard.

—Fe, mutantes y … — dice el ermitaño señalando a las enlazadoras.

—Estamos jodidos—replico intentando el tono de Richard.

Una voz nos vuelve a informar que entraremos en sueño inducido hasta el punto de salto final. Despertaremos en t+12. La voz automática me hace preguntarme por el destino del humano que nos ha traído hasta aquí.

Despierto, no estoy en la nave y tampoco estoy conectado al neurolink. Estoy tumbado en el suelo  A mi alrededor todo es blanco. Tumbado a mi lado está Richard. No hay paredes, pero algo informe y nebuloso nos rodea, como una cúpula. Estamos aislados. Richard comienza a despertar y me observa. En ese momento, la niebla se disipa y un hombre cruza el umbral de una difusa abertura elíptica. Va vestido con un mono gris, similar al nuestro. Parece joven, pero su mirada es inhumana. Todos mis sentidos me advierten de que no es lo que parece.

—Vuestros compañeros no son útiles para nuestro propósito— dice sin preámbulos. Un escalofrío recorre mi espalda, su mirada es gélida.

—¿Quién eres?— pregunta Richard. No noto miedo en él. Pese a todo, no siente miedo. Estoy impresionado.

—Vosotros me llamáis Deloriano. Tú eres Richard Yumia, representante de la última fe de la Tierra, y tú Eric Slammon, un Alpha Evolucionado, un humano sin empatía y de una inteligencia superior.

—¿Por qué estamos aquí?, ¿qué ha sido de nuestros compañeros?— pregunta Richard.

—Vuestros compañeros están tullidos. No representan a la raza humana. Hemos buscado una manera de comprenderos, de juzgaros. Sois una especie ciega y perdida, pero vosotros dos tenéis una visión clara aunque opuesta. Debéis ayudarme a entender si la raza humana merece seguir existiendo.

—¿Él?— pregunta Richard — es lo peor de la humanidad, es un hombre sin sentimientos, sin piedad.

—Gracias a gente como yo la humanidad ha progresado— respondo fingiendo humildad.

—Creando monstruos, eliminando culturas enteras, destruyendo a los débiles o asimilándolos.

—Evitando guerras, repartiendo recursos, siendo justos…— replico.

—…Fferoces, implacables… sin piedad— interrumpe.

—Somos justos. Vosotros instigáis el rencor, la violencia, la rebelión. Vosotros provocáis la muerte, no nosotros— digo mientras pienso que esa misma discusión la he tenido cientos de veces y que nunca lleva a nada.

—¿Que ocurrió con la psíquica?— pregunta Richard, ignorándome.

—Atendimos su petición y la integramos en nuestra comunidad, acallando su poder mental.

—¿Y el trisomne?— pregunto, casi adivinando la respuesta.

—Paramos su mente y le permitimos dormir.

—¿Y los demás?— No respondió.

—¿Y qué nos haréis a nosotros?— pregunto.

—¿Que creéis que merece la humanidad?

—Esperanza— ruge Richard.

—Razón— susurro.

Cuando abro los ojos de nuevo estoy flotando. Lo veo todo. La humanidad entera es un patio de arena, lleno de mocosos que se gritan los unos a los otros por un cubo de colores. Alrededor miles de estrellas, de sistemas habitados por culturas alienígenas crecen en armonía. Yo soy parte de ellos ahora. Ya no sufro por no ser parte de algo que no entiendo. Siempre fui un extraño entre los hombres. Ahora los veo desde el otro lado y entiendo porqué no deben crecer, porqué no deben salir de su jaula. Su evolución será un interesante experimento.

Ficción personal

Mimosas

2 julio 2015 — 1

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Era una cueva oscura. Una tenue luz surgía del agua que me llegaba casi hasta las caderas. Esa luz me dejaba entrever la caverna llena de sombras azuladas que bailaban. El agua estaba templada, casi caliente y los peces azules y rojos volaban entre mis rodillas, jugando al escondite. Un olor a jazmín flotaba sobre la bruma. Musgo y pequeñas flores aún tiernas, rodeaban los peñascos que sobresalían. Como si fuera un pastor entre los peces, caminé hacia delante guiándolos por sus propios dominios, paladeando el sabor dulce del vapor. Las paredes de piedra eran suaves al tacto, como algodones pétreos. Una gota cayó sobre mi frente, caliente y salada como una lágrima. La cueva entera lloraba en silencio y las gotas que caían aquí y allá eran el único sonido vivo, lento y pausado. El ritmo de las lágrimas y el tacto de los peces sobre mi piel me acompañaron un rato, hasta que la oscuridad de la cueva terminó bajo la luz de la luna, que colgada en el cielo iluminaba un bosque alrededor del río. La brisa refrescó mi piel, y seguí caminando. El susurro de las hojas de los árboles que bailaban bajo la brisa, acompañaba una noche cálida. Casi pegajosa.

Al principio pensé que era un pájaro, un extraño ave de plumas de terciopelo. Pronto supe que no lo era. Oí palabras. Palabras extrañas, pronunciados por una niña. Susurros, ecos. Los propios árboles acompañaban aquella canción en completa armonía. En el silencio entre estrofas, ni el viento se atrevía a soplar, como si la naturaleza contuviera el aliento por respeto. Yo mismo dejé de respirar hasta que de nuevo, la  voz vino de nuevo a mí. Sentí que me llamaba, pese a las palabras incomprensibles. Seguí el río, buscando el origen de aquella voz desconocida y frágil. Los peces trotaban a mi lado, deseando llegar, indicándome el camino. Incluso parecía que las piedras bajo mis pies, se aplanaban, haciéndome el paso más fácil.  Las estrellas parpadeaban alegres. Su voz se hizo más dulce, más cercana. Estaba cerca. Podía oler el aroma de jazmín, mezclado con otras flores para las que no tenía nombre. Un olor dulce y ligero, huidizo. Se escondía y volvía a aparecer en mi consciencia. Era incapaz de atraparlo, pero cada vez que respiraba estaba ahí, como los peces y las estrellas. Amarillas. Me imaginaba esas flores amarillas y con grandes pétalos carnosos. No vi flores, solo los grandes ojos de una muchacha, casi una niña, que cantaba en un idioma desconocido para mí. Aquella canción se repetía una y otra vez de forma hipnótica. Caminó hacia mí sumergida hasta la cintura. Era menuda y delgada. La luz de la luna resaltaba la palidez de su piel. Su largo cabello fluía sobre sus hombros y sus pequeños pechos. Sus labios me sonreían sin dejar de cantar. Los peces nos rodearon y ella siguió susurrando aquella canción, aquellas palabras líquidas en mis oídos, produciéndome cosquillas en algún lugar de mi interior. Parpadeó lánguida, sus pestañas no tenían prisa. La luz de la luna se reflejaba sobre su nariz. Iluminando solo la mitad de su rostro. Su ojo izquierdo brillaba, verde y cristalino, como el agua. La contemplé sin prisa, buscando peces que nadaran en aquella inmensidad. Su canto se convirtió en un susurro y se acercó hacia mí muy despacio. Sentí su aliento sobre mi cuello y el tibio roce de su piel sobre mi brazo. Ella era la flor amarilla. Como un campo de melocotones en verano, su esencia dulce me desbordó. Sus labios rozaron mi oreja y un lento escalofrío bajó nadando por mi espalda. Paró su canción para reír y observarme con curiosidad apenas a un palmo de distancia. Sus labios volvieron a cantar para mí, en silencio. Mudos, pero llenos de vida, como la fruta fresca. Se giró hacia el río y sus dedos buscaron los míos. Me indicó que la siguiera, sin palabras. Volvió a cantar aquella canción alegre. Suave, dulce, sin prisa. Suspendido en aquellas hojas amarillas, flotando entre los peces. La seguí. Minutos, horas. Mil latidos mal contados. Cuando se giraba de forma sutil para sonreírme, veía su perfil y me estremecía: era el ser más hermoso que había conocido.

El río se ensanchó, hasta convertirse en un pequeño lago. Allí otras criaturas me esperaban, igual de hermosas, hermanas mellizas de aquella criatura que aún me sujetaba la mano. Sus hermanas, me dieron la bienvenida con curiosidad. Revoloteando alrededor de mí. Rozando con las yemas de sus dedos mis hombros, mi pelo, mis manos. Pacientes, escuchaban la canción de su hermana, que se balanceaba de forma plácida sobre el agua, flotando sobre mí. El agua se hizo más profunda de repente y dejé de hacer pié, pero ella me sujetó la mano y me abrazó. Sentí por primera vez el tacto de su cuerpo sobre el mío, de sus manos sobre mi piel desnuda. Entornó los ojos con ternura.  Calló. Suspendidos sobre el agua, sólo se escuchaba el murmullo de una cascada lejana y las apagadas risas de sus hermanas que habían ido ya a la orilla y nos esperaban fuera del agua.  Sin abrir los ojos, sus labios rozaron los míos. Poco a poco, nos besamos. Flotando en aquella ingravidez, la humedad de su boca me inundó. Cerré los ojos y me hundí en aquella sensación de pérdida, de total abandono. Abrazado a su piel, encerrado en sus besos llegamos a la orilla. Sus hermanas nos ayudaron a subir y tras sus manos llegué a sus labios. Ellas también me besaron y recorrieron mi piel húmeda con sus manos, compartiendo con su hermana aquella intimidad aterciopelada, aquel aroma dulce y fresco. Su piel bajo la mía, sus risas cortas y alegres fluyendo sobre mi cuerpo. Sus cabellos desparramados sobre mis piernas. Lloré de placer, de dicha y me perdí en aquel bosque de gemidos.

Horas. Minutos. Vidas. Mis oídos despertaron poco a poco, bajo el ronco sonido de otras voces. No recordaba haber cerrado los ojos, los abrí despacio. Seguía siendo de noche, pero ya no había luna. A mi lado, otros hombres gemían de placer haciendo el amor con aquellas criaturas. Un picante y dulzón olor ahogaba mis sentidos a sexo y sudor gastados, usados. Sobre mí, ella se balanceaba una y otra vez, pero su canción ya no era un susurro cálido sino un gemido roto y desabrido. Monótono. Su rostro desfigurado por las tensión, vulgar y malgastado. Sus ojos ya no eran estanques cristalinos, sino pozos turbios. Una mueca burlona reemplazaba su sonrisa. Intenté moverme, huir. Mi cuerpo no respondía, lánguido e insensible, mientras ella me usaba a su antojo, desbastándome como a una rama de abedul.

Desperté bañado en sudor frío y jadeando. Eran las cinco y cuarto de la madrugada. La imagen vívida de aquellos ojos turbios y aquella mueca cínica permaneció en mis retinas sin poder quitármela de la cabeza. A ciegas, fui al baño y me mojé la cara sin atreverme a mirarme al espejo. La imagen poco a poco se desvaneció y las luces de los rascacielos bajo mi ventana la sustituyeron como un pesado manto de luces muertas. Pronto amanecería. Aquel aroma  dulce y fresco volvió a mí por unos instantes. Por unos instantes quise llorar, sin saber porqué. Tomé dos pastillas y rogué para que hicieran efecto pronto.

Ficción personal

Mermelada de fresa

31 diciembre 2014 — 1

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Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

-¿Bueno, te vienes o no?- me preguntaba mi amigo Daniel, insistiendo en que nos fuéramos de la fiesta. Estaba cansado y el único que tenía ganas de seguir era yo. Y ella, claro. Habían pasado años desde que vi a Vera por última vez, justo antes de entrar en la universidad. Pero ahí estaba, tal como la recordaba: alta, rizos morenos, ojos negros, casi gitana. Llena de vida, con ese cuerpo elástico y sinuoso que recordaba tan bien. Sus pantalones ajustados de piel habían estado siempre ahí, en el fondo de mis recuerdos.

En diez minutos -que a mi amigo Dani le parecieron eternos- logré hacerla reír. A partir de ese punto, sólo tuve que escuchar y no dejar de clavar mi mirada en ella. Un roce, un silencio sostenido y una broma mal apagada. Ocurrió. Esquivé su primer beso; por error o quizás, por reflejos.

La pantera sacó sus uñas.

-¿Qué pasa, no quieres besarme?- guaseó Vera. “¿Qué ha pasado?, ¿qué ha pasado?”, pensé yo, todavía aturdido por aquel inesperado movimiento.

-No… no ahora- respondí sin más. Y era cierto, pensé, me gustaría hacerlo, pero a mi manera, no rodeado de ruido y empujones. No turbios de alcohol. No se lo dije, sonreí y aparté sin pensar un rizo de su cara, de sus labios. El contacto de las yemas de mis dedos sobre su rostro enmudeció todo a mi alrededor. Su sorpresa dio paso a la diversión y luego volvió titubeando a la incredulidad.

-Pero, ¿qué pasa?, ¿estás con alguien?- preguntó.

-No-, saboreé la brevedad de aquella palabra. Sabía dulce.

-Entonces qué pasa, ¿no te gusto?- preguntó, espoleada por su orgullo.

-Desde el instituto, hasta hoy-, le dije al instante. Era la verdad. Torpe, sin detalles.

Rió, tapándose la boca con la mano y desviando la mirada. Se transformó de nuevo en la Vera que observaba a escondidas en clase.

-Nunca me dijiste nada, no imaginaba que fueras así- tanteó ella.

-¿Así cómo?- pregunté sin dejar de sonreír.

-Tan….-, empezó a decir, acercándose despacio.

Puse mi dedo entre sus labios, y sonreí.

-¿Pero qué te pasa?-, dijo excitada por aquella negativa continua. En mi interior, un revoltijo de emociones me retorcía en varias direcciones. Disfrutaba cada segundo de la expresión de su rostro: sorprendido, cabreado, divertido.

No tuve que responder. Dani me cogió del brazo y me dijo que se iba. Podía irme con él o quedarme ahí con ella, colgado, sin forma de volver.

-¿Te vienes?, te acompaño a casa-, afirmé sonriendo. Ella dudó unos instantes, pero me cogió del brazo, divertida y caminamos juntos detrás de Dani, que maldecía en silencio, cabreado. Ya en el coche, me senté en el asiento de copiloto, y no dejé de observarla por el espejo, dejando que cazara mis miradas. No nos dijimos nada en el trayecto, Dani aportó la cháchara de fondo que necesitaba para hacer lo que mejor se me daba: acechar en silencio, observándola a placer. Tras despedirnos de Dani, quedamos a oscuras, en las escaleras que subían al portal de su casa. A solas. Con mis manos sobre los límites de su cintura, haciendo equilibrios.

-Bésame- ordenó.

-No- repetí.

Bufó. Rió. Pataleó, pero no soltó mi presa. Mis dedos, largos, se deslizaron con suavidad por aquel pantalón.

-¿Me tocas el culo, pero no me besas?- exclamó incrédula.

-No-, sonreí todo yo. Intentando evitar que notara el bulto entre mis pantalones. Las yemas de mis dedos tímidas, tenían conciencia propia.

Ella temblaba. De rabia, de excitación. En aquella penumbra, solo podía ver el brillo de sus ojos y de sus labios, húmedos. Se encendió otro cigarro. La noche era húmeda,  fría. La niebla nos rodeaba y el silencio era total. Podía oír el sonido de cada hebra de tabaco al arder, y sentir como se colaba en sus pulmones cuando aspiraba el humo.  Mientras, mis dedos reptaban encima del cuero, avisando a su piel.

-¡Que me beses!- rogó, a escasos centímetros de mi boca. Olía a menta. Estaba obsesionada con el sabor del tabaco, según me confió más adelante. Cada chicle que abría era un beso perdido.

-No. No ahora- repetí, devorándola con la mirada.

-Ahora o nunca- dijo desafiante. No respondí, las puntas de mis dedos bordeaban la frontera.

-¿No me vas a dar un beso, uno pequeño, un pico?- imploró.

No respondí. Esperé, parpadeé un par de veces, esperando que terminara de darle aquella última calada. Acerqué mis labios, y los rocé con los suyos, lo justo para notar su carne tierna y cálida, casi imperceptible, como una mariposa.  Mis manos levantaron el vuelo y bajé un escalón. Sabía a tabaco. Ahora ella era más alta. Desde aquel ángulo sus rizos oscuros caían sobre su rostro, ocultándolo. Sus ojos incrédulos y sus labios entreabiertos eran lo único visible. Bajé otro escalón. Tabaco y menta.

-¿Te vas?- preguntó temblando.

– Depende-, respondí, paladeando cada palabra – ¿Tienes mermelada de fresa en casa?- pregunté despacio. Su expresión de asombro, se aflojó y una sonrisa felina asomó entre sus rizos. Se tomó su tiempo en responder.

-Sí.

-Fresas y menta. Mi combinación favorita.

Y la besé, como un principio cualquiera.

Ficción personal

Máquinas defectuosas

16 diciembre 2014 — 0

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Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo. Es uno de mis favoritos :)

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

Con aquel flequillo y ese pelo corto parecía un chico, aunque sus curvas la delataban, parecía muy joven, pero una mujer al fin y al cabo. Apenas levantaba la mirada del suelo, avergonzada, insegura. En sus grandes ojos de color miel, las lágrimas desbordaban el dique negro de sus pestañas. Babas dulces caían de sus labios, hinchados como fruta madura, húmedos debido a la violencia a la que la habían sometido. Arrodillada frente a él, su cuerpo casi adolescente temblaba encerrado en un vestido ceñido.
—Por favor, no me hagas daño —imploraba una vocecita que sonaba a niña tímida.
—Cállate —zanjó él, tirándola del pelo con firmeza.
—Túmbate, puta —ordenó.
Ella, obediente, se tumbó boca arriba en la cama, aunque no pudo reprimir los sollozos. Ocultó su rostro angelical con sus manos mientras dejaba el resto de su cuerpo sobre la cama, vulnerable e indefenso. Sus piernas, quedaban entreabiertas bajo el vestido negro . Él se arrodilló y le quitó los zapatos de tacón con cuidado, dejándolos encima de la moqueta, recreándose en aquella fragancia familiar. Controlando a duras penas su ansia, recorrió con las yemas de sus dedos el tacto de sus piernas, fundiendo en su mente el acto de tocar y ser tocado. Tobillos, rodillas. La cara interna de aquellos muslos largos, que se ocultaban vagamente bajo la ropa. Los lloriqueos fueron en aumento al sentir los dedos de él rozar su vello púbico. El perfume de ella le volvía loco, casi tanto como sus lamentos.
—No por favor, no… —susurraba ella, sorbiéndose los mocos, víctima de la impotencia.
Tarde, sus dedos ya habían asaltado la frontera. Tras unos instantes de respiraciones densas y entrecortadas, de gemidos y de miradas turbias, le arrancó la ropa interior y trepó sobre ella, sujetando sus manos, y contemplando con placer como las lágrimas rodaban por sus mejillas. Ella hipaba, entre lloro y lloro, con los labios húmedos y salados. Sus miradas tenían una conversación propia, ajena a sus cuerpos.
—No lo puedes evitar. Lo sabes —dijo él, despacio, sonriendo, disfrutando cada sílaba, aplastándola bajo su peso, inmovilizándola, a unos centímetros de su rostro. Sus alientos entrecortados se mezclaban, húmedos y calientes.
—Nnnn… no, por favor —gemía ella, rota, arqueándose hacia él para escapar de sí misma, pero él la empujó de nuevo sobre la cama y le bajó la parte superior de su vestido, mostrando sus hombros desnudos y su pecho, protegido tan solo por un sujetador negro.
—¿Quieres que siga? —Rugió él, ebrio de emociones.
Ella movió la cabeza de lado a lado mientras lloraba, sin dejar de mirarle. Sin dejar de disfrutar cada centímetro de su piel, le soltó el sujetador sin miramientos, dejando sus pequeños pechos al aire. Él aferró su delicado cuello con la mano izquierda y empezó a apretar. Ella gimió, primero de ansiedad, y al fin, de placer. Él no quiso esperar más, la besó con furia, perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Se quitó los pantalones con la mano libre y mientras la asfixiaba, la poseyó sin piedad, ignorando sus gemidos o las uñas clavadas en su espalda. Sus dos bocas se devoraban entre lloros, gruñidos y lágrimas, haciendo añicos todo rastro de sus máscaras humanas.
….
Hacía un frío del demonio aquella mañana y Alberto esperaba sentado en un banco a que su jefe llegara para abrir la sucursal. Mientras, se mordía las uñas y miraba de forma compulsiva su teléfono móvil. Buscaba algún comentario sobre la última historia que había publicado en el foro. Gracias a ese sitio de internet se había sacudido sus demonios, ya no se veía sí a mismo como un enfermo, tan sólo como otra persona diferente más. Antes de aquello, los pocos que habían atisbado en su interior, pensaban que era un sádico. La gente, como siempre, simple y corta de miras, era incapaz de entenderle. Pero no, todavía no tenía ningún comentario. Desde que se animó a contar sus experiencias sexuales sin tapujos, sin ocultar nada, se sentía mucho más seguro. Hasta que no dio con aquel lugar de encuentro, no había disfrutado de verdad con el sexo. Ninguna de sus parejas estaban dispuestas a ser humilladas o a llorar mientras follaban. La única, Eva, era demasiado pasiva, y se llegó a sentir una mala persona. Fue gracias a la psicóloga, quien le sugirió buscar personas que tuvieran una mente tan retorcida como la suya. Como Nadia, con ella todo parecía fácil. Lo único que pedía era que la ahogara, casi hasta matarla. Llorar y soportar la humillación no dejaba de ser el postre, acostumbrada a un marido incapaz de llevarle la contraria. Nadia y él eran las piezas sueltas de una máquina que alguien perdió en el diseño y descubrieron que encajaban a la perfección. Nadia parecía una lolita, aunque había pasado tiempo desde que fuera una adolescente. Él aprendió rápido a amarla, asfixiándola con las manos cuando le hacía el amor. Nadie podría entender aquello, ni siquiera él. Sólo sabía que haría cualquier cosa por ella. Sufría cada vez que la asfixiaba, sufría cada vez que la pegaba, o la forzaba de maneras inconfesables, violentas y sucias. Cuanto más sufría, más la amaba. Siempre en silencio. Sabía que si se enteraba de lo que sentía por ella, dejarían de verse. Esa había sido la única regla de Nadia. Sus vidas simulaban normalidad: ella estaba casada, y trabajaba como directora de recursos humanos de una consultora de prestigio, todo aquello bajo la máscara de la otra Nadia, vetada para él.
Carlos, su jefe, llegó en un coche, que se detuvo apenas unos instantes tras dejarle al otro lado de la calle. Vino caminando despacio hasta la oficina, como tantas veces, sin prisa, disfrutando de su propia presencia. Ni siquiera saludó, pasó a abrumarle con sus grandiosos planes, sus miles de tareas pendientes y quejas amargas sobre sus compañeros. Alberto no soportaba la idea de esperar al fin de semana para quizás poder ver a Nadia. Estaba levantando la persiana del cierre cuando al girarse, se la encontró de frente. Era ella, con otras ropas y diferente peinado. Fría, fuerte, otra Nadia. Pero le había reconocido, y una sombra de miedo llenó sus ojos, llenándolos de vida por unos instantes. El aire se congeló, mientras un parpadeo perezoso, precedía a la explosión.
—Gracias cariño —dijo Carlos dándole un beso breve en los labios—, pensé que me lo había dejado en casa —añadió, y cogió su maletín de cuero de manos de ella. Su Nadia.
—No sé que haría sin Lorena —dijo Carlos con una sonrisa estúpida.
Ella se fue sin mirar atrás. Alberto no pudo evitar temblar un poco al ver sus caderas poseídas por aquella funda humana, atractiva, y extraña. «Lorena, que nombre tan espantoso» Pensó para sí mismo.
—Va a ser una gran semana —dijo Alberto con una enorme sonrisa.
—¿Tú optimista? —preguntó su jefe divertido.
—Ya lo creo. No sabes lo que he gozado este fin de semana —respondió.
Ya estaba pensando en como terminar el relato de su última noche. Este relato.

Ficción personal

Dios nuestro que estás en el cielo

6 septiembre 2014 — 2

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Este cuento, de 1996 es de los pocos que sobrevivieron de mi época juvenil. Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

No sabía porqué lo hacia, solo que necesitaba hacerlo. Hablar con un amigo no era suficiente, siempre me daba la impresión de escuchar lo que quería escuchar, y decir parte de lo que el otro esperaba oír, y no oía nada más que mis problemas de mis propios labios, que sonaban extraños. Después de todo, una idea tan estúpida como esa, seguro que no era ni siquiera original. Escribirle un e-mail a Dios contándole mis penas y pidiéndole consejo ¿porque no?, era una forma de rezar al fin y al cabo, y creía en Dios; bueno, al menos un poquito.

Tampoco tenia demasiada idea de como empezar ¿señor Dios ?, ¿mi querido y amado Dios ?, ¿Dios mío ?, ¿Dios Padre ?… bueno, lo dejé en un simple y convencional “Hola Dios !”. Luego me quedé un tiempo pensando en como empezar, lo más probable es que Dios debería conocerse al dedillo todos mis problemas, supuse que sí, pero así podría quotearme punto por punto. Solventado ese problema, intenté ser lo mas franco posible. Recuerdo que la primera línea era : “Estoy jodido, lo sabes muy bien, porque tu tienes la culpa”.  Tras esa línea, siguieron otras muchas, en las que contaba todos mis problemas, paso a paso. Casi ni me di cuenta de la longitud del mensaje, pero se alargó hasta pasados varios cientos de párrafos. “Total, que más da”, pensé; no lo iba a leer nadie.

Una vez acabado el mensaje, lo revisé por encima, tampoco era cuestión de enviarle un mensaje a Dios con faltas de ortografía. En ocasiones me surgía el problema de tratarlo de tú o de usted, que solucioné imaginándome que le escribía una carta a mi abuelo pidiéndole dinero. Tampoco sabía si era ella/él ó ello, así que procuré evitar las expresiones que exigíeran un género concreto. Lo que no pude solucionar tan fácilmente fue la dirección de destino. Al final tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que si el mensaje estaba en castellano, debería ir a un dominio en español, por tanto, al final escogí como destinatario la dirección “dios¶cielo.es”.

Ya estaba hecho, una vez escrito, me había liberado de todo el agobio que tenía, y había conseguido olvidar mis problemas con toda aquella farsa. Ahora solo quedaba intentar mandar el mensaje y olvidarme del tema cuando el servidor me rechazara el e-mail con el típico error de ‘Dirección no válida’. Pero no fue así. ¿ Sorpresa ?, ¿ miedo ?,  ¿ incredulidad ?…. nada de eso: risa, mucha risa. Pero después de la risa, tras los días sin respuesta (Dios esta muy ocupado, me decía para mis adentros), la cosa se hacia cada vez mas intrigante, llegándome a preguntar si de verdad el mensaje habría llegado a alguna parte.

Fue un gris día de Octubre cuando salí de dudas: al recoger correo había uno de un tal “dios@cielo.es”. Impaciente, marqué directamente el mensaje para leerlo ahí mismo. ¿Seria posible ?. Como si de un sueño se tratara, mis ojos no podían creer lo que leían, pero aun así, lo leían :

Mi querido hijo 

            Después de leer tus penas y sufrimientos, que no me eran ajenas en absoluto, no me cabe duda que tienes una gran fe en mi para compartir tamañas desdichas, más no esta en mi mano solucionar tus problemas, pues como ya sabes, la libertad del hombre es ley divina, que ni yo mismo puedo quebrantar sin alzar la voz sobre las almas de los muertos y los Santos. Sólo te puedo dar algunos consejos :

            ¡ Tendrás miles de fotos de chicas, animaciones y un extenso catálogo de películas eróticas en : www.cielo.es !. Ahora hay una oferta de promoción… dos sesiones de nuestro espectáculo único “OnLine Hot Girl !”, ¡¡¡ TOTALMENTE GRATIS !!!

No te lo pienses y navega hacia el cielo !

Un cordial saludo. 

Dios     

kubrick

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Mi lista de correo sirve para enviarte por email una recopilación de mis últimos artículos cada tres semanas. Así no se te pasará nada de lo que escriba. Te prometo que no le daré tu email a nadie ni te venderé descuentos en viajes a Marte, esto queda entre tú y yo. Bueno, y cualquier visitante del futuro que conozca nuestro destino.

¡Ya te tengo fichado! ¡Gracias!