Amar duele

Ya no estás.

Solo tus pelos flotando aún en el aire cuando camino por los pasillos vacíos.

La ausencia no se puede esconder. Tropiezo con los recuerdos. Duele en todas partes, no puedo esquivarlo. Duele tanto que tengo que mirarlo de frente y escribir esto, para guardarlo y que no se me olvide que se puede querer tanto a un animal que gruñe, bufa y te muerde.

Hace dos días me mordiste la mano por última vez. Recuerdo que me mordías, te alejabas a distancia de zapatilla y me mirabas con esos ojos de “lo siento, pero lo volveré a hacer, soy un gato”.

Eso es el amor, dejar que te muerdan a cambio de un rato de ronroneo. El amor es cagarme en tu alma cada mañana mientras limpio la arena apestosa de tu cajón. Ese cajón que ahora yace vacío dentro de una bolsa de plástico. Tú jamás lloraste por mí y yo no sabía que lloraría tanto por ti ahora que no estás. Mueres tú y muere mi juventud conmigo. Estuviste conmigo en el ascenso de mi vida, y ahora me dejas solo, ante lo que hay detrás de la montaña. 

Amar a un gato es contradictorio, porque no te mira con amor. O al menos tú, que eras el gato más cabrón que he conocido. Me mordías por las mañanas los pies, me despertabas paseándote por encima, no por comida, que ya tenías, solo porque te aburrías. Me acompañabas quejándote en maullidos cortos cada amanecer, hasta que el café te hacía el relevo. No me necesitabas, pero yo a ti sí, y lo descubro ahora que me anegan las lágrimas y escribo ciego. Contigo en mi regazo escribí todo. Viví. Ahora que no estás, ¿a quién voy a tirarle un cojín?, ¿de quién me voy a quejar?, ¿quién me morderá los cables?, ¿a quién voy a aplastar encima de mi pecho?

He decidido que voy a guardar la alfombra blanca de la entrada, esa donde vomitabas casi cada semana. La voy a lavar y cuidar, porque así no te olvidaré. Será nuestra alfombra. Con los días se me olvidará cada detalle, como el huequito que te hacías en el cojín del suelo al lado de la cama, desde el que me mirabas antes de dormir este último año, porque ya no podías subir a la cama para aplastarme. Te dolía el cuerpo. Sufrías. Pero siempre estabas a mi lado. Te frotabas a mis piernas cada mañana. Siempre. Todas las mañanas. 

Hoy no.

Cuando abrí la puerta ya no estabas.

Ya no te escaparás escaleras abajo.

Ya no rascarás el felpudo.

Te voy a echar mucho de menos, Peluso. 

No quiero olvidarte. Pero lo haré.

Te pierdo y me pierdo contigo.

Te vas. Para siempre, y te llevas un trozo de mí entre tus dientes.

No es una lagartija, es un trozo de mí.

Es mi vida, que se va contigo.

Por eso escribo esto, para recordar que un día quise tanto a un gato que me mordía.

Porque el amor es como tú, a veces gruñón, pero suave. Constante, cada día. A veces te odiaba. Siempre te quise. Incluso en los peores momentos, cuando la convivencia se hizo casi imposible. Las fotos no mienten. Tengo arañazos que no se irán, pero olvidaré quién me los hizo. Siempre estuviste pegado a mi corazón. Pelo con pelo. Arriesgándome a los arañazos, a los mordiscos y a la alergia. Ya no te revolcarás en mi ropa sucia, tu favorita.

Adiós, amigo peludo.

Adiós, Peluso.

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