Ensayo y no-ficciónOpiniones personales

¿Ribera o Rioja?

Mayo 5, 2017 — 0

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Ensayo y no-ficciónOpiniones personales

¿Ribera o Rioja?

Mayo 5, 2017 — 0

Dicen los que saben de vinos que hay vinos que sólo pueden apreciar aquellos que entienden del tema y han cultivado su paladar.

Aquellos acostumbrados a comer en restaurantes de postín, donde ni ellos saben exactamente que paladean, vienen a decir algo parecido, que hay ciertos gustos y sabores que sólo los que han acostumbrado sus sentidos pueden apreciarlo en su totalidad.

Todavía recuerdo la primera vez que probé un buen vino. Tenía veinti muy pocos añitos y era un perfecto gilipollas que no sabía nada del mundo, como es normal. Había comenzado, como buen adolescente español, por la época de los licores de niñas -martini y derivados-, los alcoholes de machotes -whisky y vodka- y pasado de puntillas por los tradicionales calimochos con diversas mezclas de vino de cartón. Es decir, estaba igual de bregado en bebidas alcohólicas que un pintor de brocha gorda por la técnica de Goya. Con estas me encontré con un marqués de Riscal reserva, de al menos ocho años. Era una comida importante, invitado como delegado de la escuela universitaria. Fiel preludio de lo que sería mi vida profesional, en comilonas con señores importantes y vinos con poesía prostituida en la etiqueta.

Todavía recuerdo esa sensación de calor, de música esponjosa en mi cerebro, derritiéndose hacia mis pelotas, despacio, entorpeciendo la realidad. Si esta metáfora te lleva a hacerte preguntas raras, es que hemos conectado. Sí, van por ahí los tiros.

No se me olvida y han pasado ya muchos años, por que he probado vinos buenos, algunos muy caros, otros muy exclusivos y muchos muy malos y variados. Pero esa sensación no se me olvidará jamás, por más retrogusto, pimiento verde y cuero viejo, por mucho decantador y mucha barrica y bodega.

Lo bueno deja huella, es diferente y sobre todo, provoca emociones. Pueden ser incómodas, como ocurre cuando lees un libro de un autor que no te gusta, porque no alcanzas, porque no te mete, o porque te supera -lo cual me suele pasar- pero sabes que es bueno, que es diferente, que no es “otro más”. Por eso odio todos los elitismos, porque las emociones no se pueden graduar, a no ser que sean falsas, residuales, o tan tenues que quizás son construidas tras una pared de ladrillos lógicos. Lo bueno te zarandea, y lo extraordinario te sacude sin compasión.

Cuando lees un buen libro, escuchas una buena canción o bebes una copa de vino, algo dentro de tí se desparrama, corre sin remedio dentro de tu cuerpo, juguetón. Frío o caliente, pero algo se dispara, no lo puedes evitar, no lo puedes educar.

Por eso me fastidia que se cataloguen a los lectores, a los autores, con etiquetas insidiosas. Los mejores lectores que tengo no son de género, son de “me quedé atrapado”. Ayer me dijeron una de las cosas más bonitas, como escritor, que me han dicho en muchos meses: un amigo que compró “11,4 sueños luz” en papel lo dejó por casa y pasados unos días no lo encontraba. Resultó que se lo cogió su hija de dieciocho años, «¿Lee?» le pregunté. «No, la verdad que no suele», me contestó. Resultó que mi amigo no pudo leerlo, por que su hija empezó a hojearlo y se quedó enganchada.

Espero que sienta lo mismo que yo al escribirlo. Sea bueno o malo, ciencia ficción, psico-thriller, erótico-romántico, space-opera, ciberpunk, da igual. Ella probablemente no sabía que era ciencia ficción, ni qué tipo de personajes había. Pero siguió leyendo, por que sintió algo.

Sigo probando vinos, sin hacer mucho caso de las etiquetas. Cuando me preguntan si “Ribera” o “Rioja” siempre me río, por que parece que nos gustan tanto las etiquetas que no somos capaces de ver más allá. Que dos cosas pueden ser iguales siendo diferentes. Que sólo hay una forma de diferenciarlo: escuchar, sentir y dejarse llevar.

Por si os interesa, mi vino favorito es una inclasificable distopía tinta crecida en suelo de pizarra a casi 900 metros de altura. Está muy rico y no lo he visto en ninguna carta de vinos…

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11,4 sueños luz es una novela de ciencia ficción cyberpunk: implantes, mundos virtuales, inteligencia artificial, metacorporaciones, mentiras, drogas y un París oscuro y decadente. De fondo, un macabro thriller en mitad de la mayor empresa humana jamás llevada a cabo: la colonización de un nuevo mundo en otro sistema solar a 11,4 años luz. 

Disponible en papel y eBook (Varios formatos) en las tiendas online de Kobo, Amazon, Nook, Lektu y la iBookStore de Apple.

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