¿Qué pasó en la Tierra después del despegue de Veluss M2210 en 11,4 sueños luz?

Este es un extracto del borrador del capítulo 5 de “Hijos de Brin”. Narra, por boca de un personaje lo que sucedió en la Tierra después de la partida de la última nave del programa Veluss, la M2210 que llevaba a bordo a Ariel de Santos.


Sonrió, como si supiera el ansia que nos consumía a todos, y empezó a hablar, con un acento y un ritmo que nos cautivó de manera instantánea, y así, de boca de Vincent, aprendimos todo acerca de un universo desconocido hasta entonces para nosotros. Todos sin excepción le escuchamos fascinados, como niños en la hoguera de un campamento de verano. Vincent vivía en Sopho, un planeta en el sistema Scorpii 18 que había sido colonizado hacía doce años, aunque su madre dio a luz al pequeño Vincent en el planeta Tierra hacía mas de cuarenta años. Generaciones antes, su bisabuelo y el padre de este, habían surcado los cielos en su país, un trozo de tierra en el norte de Europa que ya no tenía nombre y cuya historia milenaria había sido olvidada. Él nunca se atrevió a soñar que volaría sin alas, en el vacío del espacio. Apenas recordaba nada de la Tierra, ya dejó atrás a su madre, y con ella, todos los recuerdos de una familia. Vincent pertenecía a una generación de seres humanos que había nacido con la vista puesta en otros mundos, deseando huir del superpoblado y agotado planeta Tierra. La siguiente generación a la suya había visto nacer a miles de seres humanos en otros mundos, satélites y bases orbitales a centenares de años luz de la Tierra. Ese planeta que ya no era el hogar de los seres humanos, sino una diminuta mota de polvo cósmico, parte de la historia que aprendían en las escuelas y que a casi nadie le importaba demasiado. Habían pasado poco más de 27 años desde la gran diáspora, iniciada tras descubrir que se podía llegar a las estrellas a través de atajos cósmicos: los agujeros de gusano. Se habían teorizado durante cientos de años sobre su existencia, pero  nadie había podido encontrar ninguno. Fue por accidente, como casi todo aquello que cambia la historia de la humanidad: una pequeña e insignificante sonda autónoma de prospección minera que se salió de su órbita por un fallo de software, pero que siguió emitiendo señales hasta desaparecer de manera brusca… para volver poco tiempo después. Pensaron que había muerto, reventada contra un microasteroide o con un fallo de energía, pero al aparecer de nuevo pasadas un par de horas los datos que enviaba no tenían sentido, como si hubiera viajado a otro punto del espacio muy distante, con otro sol y otros planetas. La recuperaron y reconstruyeron el viaje hasta el punto donde desapareció. Enviaron más y más sondas hasta estar seguros de que aquello no era un error. Pero hasta el primer viaje tripulado por seres humanos no supieron que era cierto, que en aquellas coordenadas se habría un agujero en el espacio que comunicaba con otra parte del universo. Aquel descubrimiento cambió por completo el rumbo de la humanidad. Proyectos como el de las naves generacionales Veluss dejaron de tener sentido, ¿para qué crear naves colosales que tardarían décadas en llegar a su destino si con una sencilla nave de carga se podía hacer el trayecto en apenas unos días y hacer tantos viajes de ida y vuelta como hiciera falta?

El punto de salto del cinturón de asteroides conectaba el sistema Sol-Tierra con un sistema solar desconocido al que llamaron Gacrux, a 88 años luz de la tierra. El brillo de aquella estrella, una enana marrón, era invisible al ojo humano. La primera nave tripulada que volvió para contarlo por el agujero de gusano confirmó no solo que el viaje a otros sistemas era factible, sino que las posibilidades eran infinitas. En Gacrux, se habían detectado dos agujeros de gusano diferentes además del que conectaba a nuestro hogar. Parecía que la galaxia entera fuera un gigantesco queso lleno de agujeros que conectaban puntos del espacio distantes por decenas o centenas de años luz. El salto entre los puntos del agujero de gusano se hacía en cuestión de horas, días o semanas, nadie sabía por qué, la distancia entre ambos puntos no estaba relacionada con el tiempo que se tardaba en llegar por el agujero de gusano, pero en cualquier caso eran tiempos mucho menores que las decenas de generaciones que se podían tardar con un viaje estelar sublumínico. Se abandonaron los costosísimos prototipos de naves superlumínicas basados en la física de Alcubierre y el desarrollo de las naves espaciales, que se había abandonado en pro de la automatización en el espacio, volvió a protagonizar los presupuestos de todas las grandes corporaciones con astilleros espaciales. Los planes de colonización de Europa y Titán, abandonados en algún cajón, se pusieron al día para colonizar los planetas que se descubrían cada día, junto a uno sistema solar sin nombre.

Fue una época difícil. El planeta Tierra estaba superpoblado desde hacía siglos y apenas podía sostener una población desesperada por vivir con más espacio. Vivir en libertad, con recursos ilimitados en un planeta salvaje, aunque fuera en una base destartalada y en condiciones precarias, era el sueño de casi todos los desfavorecidos del planeta Tierra, que se contaban por miles de millones. Fuera de los grandes bloques económicos, dominados por las grandes corporaciones, el resto de naciones no contaban con recursos ni para sostener una economía de subsistencia, pero sus poblaciones buscaban desesperadamente un futuro mejor. En los grandes bloques, la mayoría de la población, sumergida en la oscuridad del piso cero, se conformaba con su dosis diaria de trank, que eliminaba sin violencia todo atisbo de esperanza y de ambición. Fue la gran oportunidad que el sector aeroespacial necesitaba para hacerse de oro. Una gran industria creció en los años locos de la expansión humana por la galaxia. En los diez años inmediatamente posteriores al descubrimiento de los portales de salto, nueve sistemas fueron colonizados por el hombre: Theria, Gajira, Scorpii 18, Ross 128, Delta Pavonis, Lalande 21185, Thalita Borealis, Tau Ceti y Alfa Centauri. Muchos de los pilotos y los tripulantes de aquella época fascinante de descubrimientos sin fin, habían nacido sin futuro, pero aquel accidente y el descubrimiento del agujero de gusano había cambiado sus vidas.

La sorpresa que nadie se esperaba ocurrió en el año 2225, cuando una expedición en el sistema Wolf 359 encontró una civilización extraterrestre. Al contrario que lo que siempre se había temido, aquella civilización estaba tecnológicamente más atrasada que la terrestre y su población no era agresiva. Inmediatamente, la codicia humana la hizo transformarse en un pueblo receloso del contacto con el ser humano y ciudades enteras fueron masacradas y saqueadas por expediciones incontroladas. El ansia de poder, libertad y dominio se manifestaba como una enfermedad en una humanidad atrapada como ratas durante siglos. Pese a que los siguientes años estuvieron llenos de intentos de organizar cierto orden estelar desde diferentes organizaciones y gobiernos, los sucesivos encuentros con otras civilizaciones alienígenas no depararon más que las mismas muertes y actos de pillaje. La civilización humana arrasaba todo a su paso. En el año 2241 el ser humano se encontró de nuevo una sorpresa, esta vez en el sistema Gliese 876: una civilización extraterrestre que plantaba cara a los humanos y que se opuso a su colonización. Tras un breve conflicto armado, imperó, por fin, la razón, y del primer contacto de igual a igual, se fraguó la primera embajada diplomática entre especies. Esto hizo reflexionar a los hombres que decidían y se ralentizó por un tiempo la expansión indiscriminada. 

Aun así, ya se habían explorado cientos de sistemas de más y contenían en total casi mil puntos de salto por tantear solo en nuestra galaxia, la Vía Láctea. El universo era un lugar infinito donde el hombre todavía no había encontrado freno a sus ansias de expansión. Después de la sorpresa de Gliese 876, hubo más sorpresas. La galaxia estaba plagada de sistemas habitables, y muchos contenían vida animal. Pero ninguna era como la Tierra, donde su civilización había saltado fuera de su sistema y ya había colonizado ciento diecisiete sistemas solares y más de veinte planetas en apenas cuarenta años de presencia en el espacio.

El cierre de la trilogía de Brin
Joel, un huérfano nacido en el despacio, dentro de una nave generacional descubre que existe todo un universo que nadie en su pequeño mundo conoce: una nueva realidad donde no existe la libertad y la fe ha sido desterrada. Aunque no lo sabe, él y los que son como él están destinados a comenzar una nueva era de la humanidad.

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