Ficción personal

Ámbar

1 marzo 2019 — 10

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Ficción personal

Ámbar

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1 marzo 2019 — 10

Todo comenzó como una molestia imaginaria detrás de una esquina cualquiera bajo un parpadeo. Una ligera turbiedad que dejó de serlo tras unos segundos al deshacerse en silencio, como la tensión de una pregunta mal formulada. No me preocupé entonces, ni tampoco cuando dejó de ser imaginaria para convertirse en algo real.

Nunca me había fijado en cómo parpadea un semáforo de peatones. Creemos que lo hacen en un sentido, dejándose ir hasta desaparecer, pero quizás están pidiendo auxilio. ¿Te has parado a contar si todos los parpadeos duran lo mismo?, ¿no habrá por casualidad uno fuera de ritmo? Solía ir por la vida pensando que todos los semáforos llevaban el mismo compás y no se me ocurrió pensar en otra posibilidad. Siempre fui uno más de entre la marea de gente que cruza el valle de asfalto urbano a diario. Hasta que un día la molestia imaginaria no desapareció después del tercer parpadeo. Abrí los ojos y los cerré fuerte, me hurgué el párpado con el dedo y froté. Sin éxito. La molestia se quedó conmigo de manera definitiva en mi ojo derecho, como un velo superpuesto en la esquina de mi visión. Quise pensar que sería una mota de polen atrapada entre mi párpado y el mundo exterior. Ensimismado en mis problemas, no presté importancia al muñeco verde, que durante unos instantes se congeló a mi paso, para luego continuar con su rítmica orgía.

El espejo no reveló nada, excepto una irritación producida por mi rascar durante el resto del día: en el metro, en la oficina, en el ascensor, siempre observándome en algún lado por si mi ojo había cambiado de tamaño o de lugar.

A la mañana siguiente me asusté. El velo se había extendido al otro ojo y a ambas esquinas exteriores de mi visión, donde ya era perceptible una ligera diferencia de color y textura.
No pude o no quise cambiar mi rutina, excepto las promesas de ir a un oculista tan pronto como mi vida me lo permitiera. Consulté en la agenda, mientras el río humano me empujaba al vagón de metro y yo parpadeaba patéticamente para apartar aquellas cortinas. Mis parpadeos no parecían importar a nadie, ni mis esfuerzos por sacarme aquella cosa de mis ojos. Cuando me centraba en leer o en observar algo no lo notaba, pero cuando pensaba en ello, allí estaban, unas compañeras silenciosas, que me acompañaban al mover la cabeza. Sólo cuando cerraba los ojos desaparecían, junto con todo lo demás.

Los días transcurrieron como lo habían hecho hasta entonces, uno tras otro, siguiendo un ritmo constante, sin conceder gracia alguna. No fue difícil dejarse llevar hasta el día de la consulta con el doctor. Para aquel entonces, el velo había avanzado ocupando el resto de esquinas, confinando mi visión periférica a una segunda clase.

—No veo nada extraño aquí. Debe ser estrés. ¿Quieres que te recete algo?

Fue lo único que pude sacar en claro de siete días de espera: un diagnóstico rápido entre un aliento y otro. Mi esperanza ahora reposaba en el bolsillo derecho de mi pantalón, escrita en con un garabato  y doblada en cuatro. La chica de la farmacia ni siquiera me miró a los ojos cuando tomó el papel y descifró aquella palabra.

—¿En pastilla o en gotas?—, preguntó sin alzar la vista.
—Gotas… creo—, respondí.

Recuerdo que tumbado en la cama esperé demasiados minutos, con los ojos ahogados a que las gotas hicieran efecto. Quizás fueran las gotas, pero también pudieron haber sido lágrimas. Cuando desperté, los velos hicieron que la luz del sol se me antojara lejana. No sólo seguían ahí, si no que mi campo de visión era ya una minoría pacífica.

Salí a la calle a pasear y a que me diera el aire, como me había recomendado el oculista. Eso y mis gotas que arrancaban lágrimas. Evitaba como podía que cayeran sobre mi ropa, por si la abrasaban. Bajo las gafas de sol ya no podía ver casi nada. El sol me molestaba cada vez menos, porque se difuminaba ofreciéndome una visión diferente del mundo, como si estuviera sumergido en una mezcla de miel y champú.

Esperé a que se pusiera el sol en el horizonte, sentado en una terraza tomando un café. El cabello rubio de la chica que tenía enfrente bailaba con descaro delante de mi, con las puntas hacia arriba. La chica no se percató de mi presencia a pesar de que no le quité ojo, pasmado, mientras veía a su cabellera danzar para mí.
El café se quedó frío en mi estómago el rato que estuve contemplando como pasaba el tiempo. Dentro de mis ojos un círculo se cerraba sin dejar ninguna cerradura a su paso. Al final de la tarde quedé sumido en un mundo dorado y denso. El sonido llegaba a mis oídos amortiguado y mi sentido del olfato se fue a dormir, con leves ronquidos de vez en cuando. Tan solo el sentido del tacto reaccionaba al contemplar la belleza del mundo, cuando mi pie llevaba el ritmo de una canción que no podía oír pero bajo la cual todo lo que existía se movía al unísono.

Amanecí no sé muy bien cómo y me dejé llevar, mientras a mi alrededor todo flotaba dentro de aquella masa viscosa y caliente. Como un espectador sereno sumergido en almíbar de galleta. Flotaba y me dejaba ir, mientras el mundo entero fluía con el ritmo de una canción inaudible: era fácil dejarse llevar. El ritmo coincidía con el latido de un corazón escondido en algún lado. El mismo ritmo que el del semáforo, o el del pie de la chica del metro que escuchaba música, el mismo ritmo de la gente que caminaba con prisa al trabajo. Acompañaba con precisión la respiración del chico que pedaleaba calle abajo. Un pequeño gorrión batía las alas, enredado en aquella melaza que era la vida, intentando volar al mismo compás que los demás, pero no volaba. No, no lo hacía, igual que yo tampoco respiraba.
Lo hacía el mundo por mí, mientras yo observaba.

10 comments

  • Jorge Luis Acosta Torres

    2 marzo 2019 at 7:13 am

    Es un estupendo relato, aunque no aclares lo que le pasaba al protagonista.

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    • Avedon

      2 marzo 2019 at 9:27 pm

      Saber demasiado no es bueno, no sea que te pase lo que al protagonista ;)

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  • Jimmy Olano

    2 marzo 2019 at 12:45 pm

    Ni el doctor con toda su ciencia dio con los males de nuestro protagonista. Es una enfermedad metafísica. Y sí, en las farmacias a veces somos indolentes, que trabajamos en ese campo y a diario atendemos muchos y muchas como el de este relato. _Mea culpa_.

    Cuidado que la Tierra no gira de manera constante y hay que estar con lo de los segundos intercalares y cuando hay grandes terremotos también se ve afectado el ángulo de inclinación… *¿A que ahora NO dudáis de si los parpadeos de los semáforos duran el mismo lapso de tiempo? *

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  • Cherokke

    2 marzo 2019 at 10:35 pm

    Empecé a leer y ya no pude parar, el hastío, la náusea que decía Sartre, el vacío, la sensación, que se escapa y deja un velo hediondo que nos hace buscarla una y otra vez en los paraísos artificiales, en los placeres y los excesos. Eso es, viejo amigo. Nuestra mal y nuestra maldición, nunca nada es suficiente ¿y porque demasiado iba a serlo?

    Excelente relato.

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  • Jose Ant. Sánchez

    8 marzo 2019 at 12:20 pm

    Jodé, qué maravilla, qué delicia!!!

    Me has evocado aquel momento en que te descubrí leyendo las “Histerias Ficticias”.
    Obsesionado con tus fantasías Cyberpunk, en dónde me secuestraste sin rescate, no me recordaba lo que disfruté con tu prosa poética. Y lo que puedes hacer sin necesidad de embarcarte en naves espaciales. ;)

    Si cuando dijiste que te retirabas un tiempo del Cifi te referías a esto ya me tienes “encandilao”.

    Felicidades y no dejes de regalarnos estas maravillas.

    P.D. No me hace falta que el relato tenga un final (explicativo) porque ya se desarrolla él solo en mi mente. Y esa es la manera de disfrutarlo. Gracias!

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    • Avedon

      12 marzo 2019 at 12:22 am

      A esto me refería… más o menos. ¡Más literatura! estoy en ello. Paciencia.
      Gracias por acompañarme en el camino.

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  • josephine mateos

    8 marzo 2019 at 12:57 pm

    Curioso… Comencé a leer y me identifiqué con el protagonista… Sabiendo en mi fuero interno, cómo iba a ser su final… Cómo aquellas gotas de lluvia que saben que su destino es estrellarse contra el suelo…
    Magnífico.

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    • Avedon

      12 marzo 2019 at 12:24 am

      Con tu comentario, me has recordado a uno de mis relatos favoritos, de Cortázar :-))

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