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Ficción personal

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27 agosto 2017 — 0

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Este duro relato Ciberpunk lo podéis encontrar en la segunda edición de mi libro de cuentos “Histerias ficticias” y no estaba presente en la primera edición. Si leíste la primera edición, este corre de mi cuenta ;)

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

Los casi cuarenta años de Claudia no habían pasado en balde, y las puntas de su cabello no eran lo único roto en ella. Gracias a la experiencia, podía soportar con más facilidad ver escaparse el tiempo. Esperaba a los clientes como antes había esperado que algo cambiara el mundo. Había sido testigo de su transformación, pero no en la dirección que ella anhelaba. Cuando ganaba, como con la legalización de la investigación de las IAC, no lo hacía de la manera que ella había querido. Se quedaban cortos, siempre. Cuando perdía, era una derrota total, como pasó con la legalización de los alphas. Siempre había soñado, desde que de niña jugaba con su niñera robot, el día que pudiera hablar con ellos como una igual. Y sin embargo, ya no le emocionaba nada de todo lo que se había conseguido. Mucho más de lo que una vez hubiera imaginado. Había esperado demasiado, su ilusión se había desteñido con el paso de los años, quemada por el sol, como su rostro. El tiempo lo poseía todo. Su piel marcada por la edad tenía memoria de lo vivido. Decenas de manifestaciones bajo los drones de la policía. Aquella piel que había sido golpeada, escaneada y maltratada. No todo había sido malo, también recordaba los besos apresurados, las caricias anónimas, llenas de urgencia. Susurros calientes en callejones oscuros, rodeados por el caos y los gritos. La misma piel que vendía ahora por fracciones de hora, para pagar sus obsesiones.

Claudia, apoyada en el cabecero de la cama, miró el reloj de la pared. Todavía quedaba mucha tarde por delante. Fuera, en la ciudad, las ventanas de los enormes edificios que componían el paisaje se empezaban a encender una por una, cientos de ellas. Miles. Quizás había más que estrellas en el cielo, al menos muchas más de las que se veían. No recordaba la última vez que había visto el cielo abierto, sin la espesa capa de suciedad que rodeaba la ciudad. Lo que más le gustaba de su casa era que a ras de suelo, la niebla espesa estaba lejos, en lo alto, donde desaparecían los edificios. Tan cerca del nivel cero, la suciedad del aire no ocultaba las calles. Necesitaba sentir la conexión con la madre tierra, aunque la mezcla de asfalto y polvo gris lo cubriera todo. Aunque no pudiera abrir la ventana, sólo sentir las vibraciones de las tuberías, el viento y el tráfico de los inmensos omnibuses de gravedad cero al pasar cerca de su edificio.

Retomó la lectura de su escritora favorita del siglo XX, un clásico ya desconocido para las modas, Alisa Zinóvievna. Con ella resultaba fácil dejarse llevar por las palabras y pensar en un mundo muy diferente. Un mundo objetivo y justo. Le gustaba creer que a sus exclusivos clientes les fascinaba una mujer como ella. Su experiencia y sus modales la distinguían como una mujer de otro siglo. Sus clientes tenían curiosidad por verse reflejados en sus pupilas y por unos minutos sentir que el mundo se paraba, respirar el aire húmedo y cálido de una mujer que miraba al corazón, con sueños de colores verdes y rojos. Sueños vivos y húmedos. Lejos de un mundo dominado por la lógica aplastante de la ciencia.

Ella ya no sentía. Hacía mucho que había dejado de soñar. Sólo quería vivir, disfrutar de una existencia plácida. Toda su vida escalando imposibles, para descubrir que siempre había tenido un ascensor esperándola. Se cepilló de nuevo la larga cabellera roja y se observó en el espejo para asegurarse de que la cita de las seis y media la encontrara como debía. Sus ojos verde aceituna comprobaron que los labios estaban bien pintados, y repasó el rimmel de sus larguísimas pestañas. La única operación confesable que había alterado su cuerpo. Aquellos ojos eran la mejor de sus bazas. Habían visto el mundo arder y ahora estaban en paz. Silenciosos y cargados de vida. Cambió el colgante que llevaba por su collar favorito, una cinta de terciopelo negro que ceñía sobre aquel cuello esbelto. La próxima cita era nueva y quería cautivarlo desde el primer minuto. Por teléfono parecía muy educado. No soportaba a los hombres con malos modales, con prisas o que no sabían lo que querían. Se levantó y se miró al espejo de perfil. Una mujer hermosa dentro de un corto vestido sonreía al otro lado del espejo. Aquel sostén, reliquia de otra época, funcionaba mejor que cualquier implante. Lo mismo que las medias y el corsé.  Siempre había tenido las piernas largas. Había tardado demasiados años en descubrir que su cuerpo había sido siempre lo más importante en todas aquellas tardes de debate, vino barato e ideales imposibles. Tacones, lápiz de labios, rimmel y escote. Ser una narzem tenía sus ventajas. Los antiguos sabían cómo mostrar el verdadero alma de las cosas. Y ella era una cosa. Lo sabía, y no le importaba.

Adam llegó puntual. Bien parecido, un hombre alto, atlético y de rostro perfecto. Sus rasgos, tan familiares, le recordaban a alguien. Ni siquiera estaba despeinado. Ni olía a sudor, ya que después de todo, era la hora de salida del trabajo. No obstante, desde el primer momento, Claudia supo que aquel hombre no viajaba en el suburbano. Para él, era la primera vez, y Claudia lo sabía. Todos los hombres, de una forma u otra se delataban al entrar, pero él no. Y sin embargo, sabía que para él, aquello era nuevo. No necesitaba aparentar seguridad ni controlar la situación, demostraba curiosidad y disfrutaba observándola con descaro. Preguntando qué más había en el menú.

—¿Primera vez, cielo? Déjame que te guarde el abrigo —dijo Claudia, sin necesidad de romper el hielo. El hombre tenía las manos calientes y una sonrisa rápida. No rehuyó el contacto ni hizo amago de ceder terreno cuando ella le rozó con el cuerpo.
—Sí. ¿Importa? —contestó él sin dejar de mirarla a los ojos.
—Siempre hay una primera vez para todo —dijo Claudia sonriendo y manteniendo la mirada en él.
—La primera vez no se olvida —contestó él.
Claudia le observó con el rabillo del ojo mientras colgaba el abrigo. Por primera vez desde hacía años, sintió dudas sobre lo que buscaba aquel tipo. Su cara parecía vulgar, como si la hubiera visto mil veces, pero su forma de moverse tenía algo especial.
—¿Una copa? —preguntó mientras observaba al hombre cotillearle las cosas, sin tocarlas.
—Sí, gracias. Whisky, si es posible. Sin hielo.
—Yo me pondré otro. No tienes prisa, ¿verdad?
—Ninguna.
—Perfecto —contestó Claudia, que comenzaba a intrigarse con aquel hombre.
—Un libro de Rand, vaya, de verdad eres una auténtica narzem. No me habían engañado.
—¿Rand? —preguntó Claudia, mirándole de reojo a través de un espejo que se reflejaba a su vez en otro.
—Ayn Rand, el nombre con el que publicó sus libros, luego los historiadores han usado su nombre de pila, Zinóvievna, para darle más misterio. Supongo que cuanto más complejo sea el nombre más viejo parece, no?.
—¿Te gusta la historia, Adam? —preguntó. Le gustaba llamar a sus clientes por su nombre, aunque fuera falso.
—Mucho. De siempre —respondió Adam, devolviendo la mirada a través del espejo.
—Yo también lo creo. ¿Y qué mas te gusta, Adam?
—Las mujeres —dijo con una sonrisa seductora.
Claudia empezó a pensar que Adam podía ser de esos hombres que intentaban seducirla. Sin embargo nunca había conocido a nadie como Adam, y le comía la necesidad de entender qué le motivaba. Casi había olvidado esa parte de su profesión. Cuando le alcanzó el vaso, esta vez fue él quien le tocó la punta de los dedos con las manos. Claudia sonrió y le empujó con suavidad a una butaca. Adam se recostó y la observó a placer, tal como Claudia sabía que haría.

—¿Algo de música? —preguntó Claudia.
—Perfecto.
Claudia se movió despacio, acentuando su sensualidad y eligió algo tranquilo, y bajó un poco las luces.
—No bajes la luz, quiero verte bien.
—Me verás bien. Pero confía en mí, es mejor que siempre dejes algo por ver. No tengas prisa.
Adam sonrió y pegó otro trago a la bebida.
Claudia empezó a bailar al ritmo de la música, clavando sus ojos en él, observando sus reacciones. Era un hombre, de eso estaba segura. Reaccionaba como debía reaccionar, y pese a su seguridad inicial, el animal empezó a asomar los dientes. Sin embargo, era resistente. Pasaron las canciones y Claudia agotó su repertorio de movimientos, así que se sentó en su pierna y tomó su whisky. Luego, sin decir nada, rozó sus labios con los suyos y se arrodilló delante de él. Adam sonrió y suspiró.
Claudia empezó a bajarle la bragueta y Adam se dejó hacer.
Claudia odiaba a los hombres que la empujaban de la cabeza. Adam lo hizo con las dos manos.

—No tengas prisa, déjame que te enseñe cómo se hace —susurró, dejando que la saliva cayera de sus labios. Ella misma se empujó la cabeza y evitando las arcadas, traspasó su límite un par de veces. Antes de que él le cogiera la cabeza de nuevo, se subió encima de él a horcajadas y le volvió a rozar los labios con los suyos. Al ver que podía seguir, le besó. Prefería el sabor a whisky. Era agradable tener clientes aseados, incluso operados, como aquel. Odiaba los cerdos.

El hombre comenzó a estrujarle con violencia los pechos y ella tuvo que arañarle un poco la espalda a través de la ropa y gemir un poco para evitar que le hiciera daño. Le levantó y le sonrió con picardía. Subiéndose el vestido y enseñando la carne a través de las medias. Esperando que sus dedos empezaran a trepar hasta ella. No fallaba. Aquellas estrechas franjas de piel entre su vestido subido y el final de las medias eran un imán. Adam se arrodilló delante de ella y sus dedos pronto llegaron a su ropa interior. Exploraron hábilmente los pliegues y la acariciaron con maestría. Si pudiera sentir algo, hubiera sido placer. Adam se acercó aún más y le bajó las bragas hasta los tobillos.

Sin decir palabra, la levantó en volandas y todavía con las bragas enganchadas en el tacón derecho, se la llevó a la cama. Tan pronto la dejó sobre el colchón, la penetró sin avisar. Si pudiera sentir algo, le habría dolido. Gimió de placer. Adam no  dio pausa alguna y empezó a mover sus caderas con voracidad. La aferraba con fuerza, impidiendo que pudiera moverse. Prisionera de sus brazos y dominada por su voluntad. No se resistió. Dejó que la usara. Sin embargo no terminó. Le dio la vuelta y la penetró por detrás. Esta vez sí le dolió. Era brutal. Gimió de verdad. De auténtico dolor. Sus manos intentaron impedir que siguiera, apartando su cuerpo.
—No me fastidies, he pagado la tarifa más alta. ¡Dámelo todo! —protestó Adam.
Claudia agarró la almohada y se la apretó contra la cara para silenciar sus propios gritos. Hacía tiempo que no lloraba. Adam gruñía como un animal.
No supo cuándo, pero llegó un momento en que el dolor desconectó. Supo que estaba sangrando cuando miró para atrás para ver la hora y vio la sangre entre las sábanas. La almohada, húmeda de lágrimas y saliva, estaba ya fría. Pasaban ya las siete y media.

Se apartó con brusquedad. Adam sonreía pletórico. No había terminado. Le daba igual, ella había cumplido su parte y no pensaba aceptar una extensión de tiempo.

—¿Te importa si acabo yo? —preguntó Adam, buscando la mirada de Claudia, que le rehuía.

No esperó la respuesta. Sin hacer nada, sin tocarse, eyaculó sobre ella. Claudia sólo había visto hacer eso una vez. En una feria, muchos años atrás. Protestando por el uso salvaje de aquellos robots como objetos de satisfacción sexual de mujeres y hombres ricos. Una parte de ella lo sabía desde que había abierto la puerta.
Adam era un androide. Del tipo sexual. Ahora sabía de qué le sonaba aquel rostro perfecto y vulgar. Desde la ley de Rixxos, a los androides que podían demostrar su inteligencia y autonomía se les permitía comprar su libertad. Y Adam pertenecía a ese grupo de nuevos libertos. Uno de aquellos por los que luchó y que en ese preciso momento se limpiaba con las sábanas ensangrentadas de su cama.

—Gracias, ha sido fantástico —dijo el androide, mirándola como quien ha superado un récord.

Cuando Claudia se sentó, el dolor volvió. Vívido.  No pudo evitar quejarse. Adam se percató y ensanchó su sonrisa. Arrojó el dinero sobre la cama y se vistió de espaldas a la mujer que doce años atrás, lideró la lucha por los derechos de las Inteligencias Artificiales Autoconscientes. Detrás de él, Claudia contaba el dinero, billete a billete, pensando en que tendría que comprar otro par de medias.

Adam cerró la puerta sin despedirse, sintiéndose más humano que nunca.

Ficción personalReseñas

Richard Yates: Mentirosos enamorados

25 octubre 2015 — 7

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Tengo unos cuantos posts pendientes para hablar de autores norteamericanos no demasiado conocidos. Ya sabéis que la literatura norteamericana me pirra y he descubierto un filón después de leer Antología del cuento norteamericano, una verdadera joya de más de mil páginas que deberías tener en tu biblioteca. Algunos son relatos más o menos cortos y otros llegan casi a novela corta. Hay de estilos muy variados y en ellos podrás (re)descubrir a autores como Hemingway o Updike, con una prosa y un estilo increíbles. Esos dos son algunos de los que casi seguro habrás oído hablar, pero a mi me ha permitido además descubrir otros interesantes autores. Hoy vamos a empezar con uno que yo creo que es un pequeño desconocido: Richard Yates y su relato “Mentirosos enamorados”.

Tengo pendiente de leerme varias novelas de Richard Yates, así que lo que voy a comentar aquí hace referencia a su cuento. Richard Yates es un autor que no tuvo éxito comercial, pese a que a que de su primera novela hicieran una película. Pasó su vida sin demasiada pena ni gloria como profesor de escritura creativa y por las críticas que he leído de sus novelas es un autor consagrado a la tristeza.

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Su cuento, como no podía ser menos en esta generación de autores, está ambientado en una época de postguerra, en la que por diferentes razones el protagonista se sumerge en algo similar a una crisis existencial. No quiero hablar de la trama del cuento, porque es tan simple que si lo hiciera parecería algo ridículo. Gracias a lecturas como esta he aprendido una lección impagable: lo importante de un relato no es lo que te cuenta, es dónde te lleva y cómo lo hace.

En pocas páginas, no se puede construir una historia con gran detalle; es complicado, no obstante, algunos autores se empeñan.  Descuidan los detalles menores, casi superficiales, que a la postre son los que nos dejan con ese regusto a realidad, con ese brillo que se percibe solo con el rabillo del ojo. Perdemos esos ecos que con tono muy apagado, permanecen en el fondo de nuestra cabeza cuando pasamos las páginas. En esto, Richard Yates es un maestro. Construye un mundo personal con pinceladas suaves, llevándonos de la mano a conocer a sus personajes. Pocas veces he leído personajes tan creíbles y vivos con tan pocas palabras, de una humanidad tan verosímil. No en cuento corto.

Con un estilo alejado del cinismo de “Viaje al final de la noche”, pero con una atmósfera similar y ambientado en el Londres de postguerra, Richard Yates me enseñó lo que significa un relato. Hay autores que escriben mejor que él, pero su forma de narrar, tan personal, me llegó hondo.

Reseñas

La inmolación por la belleza, de Marco Denevi

16 septiembre 2015 — 1

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Hoy leí un cuento breve, brevísimo que me encantó por su simplicidad y su significado. Es de un autor argentino que desconocía, Marco Denevi. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.


El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo -como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.

Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.

El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.

Ficción personal

Dios nuestro que estás en el cielo

6 septiembre 2014 — 2

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Este cuento, de 1996 es de los pocos que sobrevivieron de mi época juvenil. Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

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No sabía porqué lo hacia, solo que necesitaba hacerlo. Hablar con un amigo no era suficiente, siempre me daba la impresión de escuchar lo que quería escuchar, y decir parte de lo que el otro esperaba oír, y no oía nada más que mis problemas de mis propios labios, que sonaban extraños. Después de todo, una idea tan estúpida como esa, seguro que no era ni siquiera original. Escribirle un e-mail a Dios contándole mis penas y pidiéndole consejo ¿porque no?, era una forma de rezar al fin y al cabo, y creía en Dios; bueno, al menos un poquito.

Tampoco tenia demasiada idea de como empezar ¿señor Dios ?, ¿mi querido y amado Dios ?, ¿Dios mío ?, ¿Dios Padre ?… bueno, lo dejé en un simple y convencional “Hola Dios !”. Luego me quedé un tiempo pensando en como empezar, lo más probable es que Dios debería conocerse al dedillo todos mis problemas, supuse que sí, pero así podría quotearme punto por punto. Solventado ese problema, intenté ser lo mas franco posible. Recuerdo que la primera línea era : “Estoy jodido, lo sabes muy bien, porque tu tienes la culpa”.  Tras esa línea, siguieron otras muchas, en las que contaba todos mis problemas, paso a paso. Casi ni me di cuenta de la longitud del mensaje, pero se alargó hasta pasados varios cientos de párrafos. “Total, que más da”, pensé; no lo iba a leer nadie.

Una vez acabado el mensaje, lo revisé por encima, tampoco era cuestión de enviarle un mensaje a Dios con faltas de ortografía. En ocasiones me surgía el problema de tratarlo de tú o de usted, que solucioné imaginándome que le escribía una carta a mi abuelo pidiéndole dinero. Tampoco sabía si era ella/él ó ello, así que procuré evitar las expresiones que exigíeran un género concreto. Lo que no pude solucionar tan fácilmente fue la dirección de destino. Al final tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que si el mensaje estaba en castellano, debería ir a un dominio en español, por tanto, al final escogí como destinatario la dirección “dios¶cielo.es”.

Ya estaba hecho, una vez escrito, me había liberado de todo el agobio que tenía, y había conseguido olvidar mis problemas con toda aquella farsa. Ahora solo quedaba intentar mandar el mensaje y olvidarme del tema cuando el servidor me rechazara el e-mail con el típico error de ‘Dirección no válida’. Pero no fue así. ¿ Sorpresa ?, ¿ miedo ?,  ¿ incredulidad ?…. nada de eso: risa, mucha risa. Pero después de la risa, tras los días sin respuesta (Dios esta muy ocupado, me decía para mis adentros), la cosa se hacia cada vez mas intrigante, llegándome a preguntar si de verdad el mensaje habría llegado a alguna parte.

Fue un gris día de Octubre cuando salí de dudas: al recoger correo había uno de un tal “dios@cielo.es”. Impaciente, marqué directamente el mensaje para leerlo ahí mismo. ¿Seria posible ?. Como si de un sueño se tratara, mis ojos no podían creer lo que leían, pero aun así, lo leían :

Mi querido hijo 

            Después de leer tus penas y sufrimientos, que no me eran ajenas en absoluto, no me cabe duda que tienes una gran fe en mi para compartir tamañas desdichas, más no esta en mi mano solucionar tus problemas, pues como ya sabes, la libertad del hombre es ley divina, que ni yo mismo puedo quebrantar sin alzar la voz sobre las almas de los muertos y los Santos. Sólo te puedo dar algunos consejos :

            ¡ Tendrás miles de fotos de chicas, animaciones y un extenso catálogo de películas eróticas en : www.cielo.es !. Ahora hay una oferta de promoción… dos sesiones de nuestro espectáculo único “OnLine Hot Girl !”, ¡¡¡ TOTALMENTE GRATIS !!!

No te lo pienses y navega hacia el cielo !

Un cordial saludo. 

Dios     

kubrick

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