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Ficción personal

El escritor que no sentía amor por los libros

10 junio 2017 — 9

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En la línea de desenroscar un poquito mi alma y sacarle punta a mi ego, voy a confesaros una cosa: no me importaría hacer una hoguera con “El perfume“, “Mujeres” o “Muero por dentro” para calentarme las manos en invierno, y eso que son algunos de mis libros favoritos. No, no siento amor por los libros.

A estas alturas del artículo ya estaré perdiendo a un tercio de mis lectores, pero voy a seguir adelante, aún a riesgo de que me manden la policía literaria a casa para raparme las pestañas.

Sí, no siento gustito por el olor del papel. Ni por el tacto de las páginas al pasarlas, de hecho guardo todavía ese mal rollo de cortarme la piel de la mano que va del índice, al pulgar. De pequeño un folio de la mesa de mi padre me dejó ese trauma. Recuerdo la sangre y el dolor punzante. Mi padre amaba los libros, y tenía la casa, literalmente forrada de ellos. Recuerdo eso, la música de Chopin y el humo del tabaco ocultando la luz de la bombilla del techo.

amor por los libros

Durante una época cultivé ese amor por el objeto, en forma de cómic o de libro, del formato que fuera, incluso enciclopédico. Colores, colecciones, temas o autores. Podía jugar con ellos mientras se iban apilando y comiéndose el espacio de mi casa en miniatura. Jugaba a terminar colecciones (ultramar, todavía me quedan dos!!!), o cagarme en la madre del editor cuando decidían cambiar el tamaño en mitad de la colección y no cuadrarme en el estante con una simetría kubrikiana. Malditas ediciones B. Luego vino una mudanza. Luego más estanterías y más libros. Los tacos en la pared, y mas disgustos por que no quedaban bien alineadas. Las estanterías, como enredaderas muertas, rellenaban cada hueco de la pared. Los libros se dejaban ir, lánguidos, dispersos bajo la cama, encima de los armarios, dentro de los cajones, en la cocina, en el baño, haciendo tope con el techo…

Primero fueron los cómics. Muriendo en el cubo de la basura, bajo la intemperie. Un genocidio que espantará a muchos. Todavía hay un rescoldo en mi corazón que quiere pensar que algunos de ellos fueron rescatados por un adolescente sin remilgos, como yo lo fui, buscador de tesoros en basuras ajenas, lleno de amor por los libros. Pero sé que la mayoría murieron bajo la lluvia, desapareciendo, pastosos, en el olvido gris.

Luego empecé por las guías de viaje. Lo siguieron los manuales técnicos, y un buen día tuve que tomar la decisión. O Crichton o yo. Pensé, «en el fondo nunca me has gustado, cabrón» y escuché el ruido que hacía al caer al suelo dentro del cubo. A partir de ahí fue más fácil. Empecé por los anónimos, aquellos que ni recordaba haber leído. Luego, libro que leía, libro que reubicaba. Sí, una manera hermosa de llamar al libricidio. Dejarlos encima de un muro, en un banco en el parque, dentro de una cabina de teléfonos, en la mesa de un bar…




Ese día, como casi todas las noches, dejé que la literatura me poseyera, sin cuerpo, sólo su esencia, como un ente superior. La novela que estaba leyendo no pesaba ni olía, pero su espíritu se fusionaba con mi consciencia de manera más fluida, libre de su prisión terrenal. Unos cuantos minutos mas tarde, el kindle cayó al suelo y el alma de aquel libro se quedó atrapada de nuevo en su memoria infinita mientras en mis sueños, sus personajes se perseguían con historias aun no contadas.

Y así señores, es como un escritor mató a todos sus libros y dedicó a amar a la literatura.

kubrick

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