Ángeles del hielo

Cuando la miro pienso quién habrá sido en la otra vida. Ella tampoco sabe nada de mí, pero sé cómo huele, y cómo suena su voz cuando se queja. Conozco su impaciencia y siento cómo se llena su desesperación y cómo se desinfla en silencio. Ella y su pañuelo azul en la cabeza, siempre amarrado a su mata de pelo negro. Sus labios llevan cortados desde que la conocí, y por su forma de mirar con esos enormes ojos negros parece que dejó de llorar hace tiempo. Mira como quien mira a un escaparate vacío, no espera encontrar nada, pero sigue mirando por si acaso. Lleva un anillo en la mano derecha y guarda la foto de una niña en el sujetador. La foto es lo único que parece entero en todo lo que nos rodea.

La abrazo tiritando, dentro de una cámara frigorífica, arrimándonos lo máximo posible a una raquítica hoguera, intentando sentir algo de calor. El humo sale por las rejillas de ventilación de la cámara, que no está pensado para evacuar gases, y se llena de humo. Me duelen los pulmones, no sé si del humo o por el aire gélido. Aquí encerrados nadie puede ver el humo, ni la luz de la hoguera, estamos a salvo. Las puntas de mis dedos intentan volver a sentir algo de calor, aunque creo que confundo el calor con un hormigueo diferente al dolor continuo del frío. Mis manos son de corcho: hinchadas, sucias, duras. Dudo que jamás vuelvan a ser como eran antes, no siento nada. 

—¿Queda algo de carne? —pregunta.

—Sí. ¿La meto en el agua?

Asiente con la cabeza. Hablar duele. Golpeo una y otra vez la carne congelada contra el suelo, hasta que se parte. Pasa el tiempo y echamos más nieve al agua que hierve con pereza. Dentro hay carne de algún tipo. «Malos tiempos para los vegetarianos», pienso. Igual era vegetariana antes, estoy a punto de hacer un chiste, pero me doy cuenta de que jamás he bromeado con ella. No sé si sabría cómo hacerlo ya. Hace tanto frío que el fuego parece que no calienta, es tan solo una luz azul a punto de morir. Nuestras manos se rozan encima de la cacerola, buscando algo de calor. Buscamos ese punto límite que existe entre el dolor y el placer que sientes cuando estás a punto de quemarte. 

Dormimos acurrucados con toda la ropa que hemos robado para taparnos. Nos cubrimos de la cabeza a los pies, como dos cuerpos dentro del congelador de un depósito de cadáveres. Su cuerpo es solo un bulto, la abrazo para atraerla más al mío y se deja hacer. Noto su pecho blando, es lo único blando además de la nieve recién caída y me lo imagino caliente y suave, pero solo puedo sentir una masa fría. Poco a poco nuestros alientos calientan la improvisada mortaja y empiezo a sentir que dejo de tiritar. Mi respiración se escabulle en su nuca, y sé que ella ha empezado a dormir porque le dejan de castañetear los dientes. Lo último que recuerdo antes de dormirme, como un pensamiento molesto, es que debo comprobar si tengo los pies congelados, han dejado de dolerme. Justo antes de desvanecerme creo recordar un olor familiar, suave y lejano, y se viene conmigo a la nada, patinando sobre el hielo.

*

Creo despertar oyendo risas de niña. Ella me mira extrañada, sin preguntas. Volvemos a desayunar carne con agua caliente. Luego aprovechamos el agua para hacer un café. Salimos del refugio intentando que ningún poro de nuestra piel entre en contacto con el aire, pero sabemos que es imposible. El frío muerde cada pelo, cada lágrima, como agujas pacientes e infinitas.

Hay huellas recientes, y al menos un vehículo. También hay pisadas a nuestro alrededor, tenemos suerte de que no hayan encontrado nuestro refugio, eran muchos, pero escondí bien nuestras huellas, una vez más, gracias sargento por sus enseñanzas.

Palpo mi pistola en el bolsillo. Me aseguro de tener la mochila y notar el peso de las dos cajas de balas que aún conservo. 

—Van hacia el sur —dice ella.

—Sigámoslas, que abran camino por nosotros, pero estemos alerta.

Pasan las horas y recuerdo que tenía que mirar mis pies. Ahora es imposible. Ella me mira, haciéndose una pregunta, pero desiste. Quizás un chiste de veganos. Cuesta hablar, abrir la boca, pensar en nada que no sea dar el siguiente paso, fijar la vista en el horizonte, intentar no pensar. Es mejor no pensar en lo que dejamos atrás. El frío ha dejado de ser insoportable, lo invade todo. Somos frío que camina, no entiendo cómo seguimos vivos. 

*

Los cadáveres frescos humean por las heridas sangrantes. Hay que reprimir el impulso de meter la mano dentro de una herida abierta. Es caliente y viscosa. Brilla como si estuviera viva, y toda esa energía sale del cuerpo, que se muere y congela aún más rápido, casi puedes ver cómo el proceso de congelación adelanta a la vida al escapar. 

No ha quedado nada, solo jirones de ropa y carne. El cadáver de una mujer y un hombre, dos desgraciados como nosotros, que se cruzaron con las huellas que seguimos. Ella era muy bonita y joven. Duele ver algo así. Tiene un disparo en la cabeza y su piel parece de porcelana. Trozos de su materia gris salpican aquella mata de pelo pajizo, como espaguetis con gambas. En sus ojos azules encuentro una paz que envidio. Él todavía está vivo, con una enorme herida en el costado de la que mana sangre, como un manantial de montaña.

—Se la han llevado… 

—¿Quiénes? —pregunto.

—Llevaban un carro. Varios hombres… no, por favor, no…—gimotea.

No sé qué decirle, tengo el alma congelada, el terror en su mirada no es más que otro témpano de hielo a punto de romperse contra el suelo. Llora, pero las lágrimas se le congelan y no van muy lejos. Poco a poco se le congela el cristalino delante de mí. Ya no hay vapor en su boca y la sangre ha dejado de manar. No queda nada que robar, algunas ropas de niño y un osito de peluche ensangrentado al que le falta un ojo. Ella lo recoge, y lo abraza en silencio.  No sé por qué sigo vivo, pero me obligo a respirar. Llorar con ese frío duele mucho porque las lágrimas no pueden salir, están heladas dentro del lacrimal. Miro a mi alrededor, quizás alguien nos esté observando. No. Nada. Solo barro sanguinolento congelado a nuestros pies. 

A lo lejos se escucha un tiro, el algún punto de la carretera más al sur, al poco se suceden más disparos. Empiezo a correr, sin saber por qué. Conforme mi cuerpo se va calentando entiendo la razón: rabia, una rabia que no sabía que podía sentir todavía. Me arde el pecho y siento deseos de gritar, pero no soy tan idiota. El vapor que sale mi boca rompe el frío en dos, mientras el sonido de los disparos, tan familiar para mí, se va acercando. 

Nos acercamos cautelosos, el tiroteo sigue, con fuego de varios calibres. Escucho al menos un calibre 12 y otros calibres más pequeños. El frío cede, la adrenalina se empieza a hacer cargo de la situación. Mi mano derecha empieza a despertar. Ella me mira implorando para no ir, pero tampoco dice nada, solo se aferra al peluche con fuerza. Hay que elegir bando, no podemos seguir así o acabaremos como la pareja que acabamos de ver.

Los disparos empiezan a ser menos frecuentes. Se escucha claramente el calibre de arma corta, quizás un 38 o una nueve milímetros. Algo más lejos se escuchan otros disparos, más lentos. Quizás un rifle de caza, un 308 quizás. Tras un recodo, vemos una carreta. Hay dos hombres muertos a los lados, y otros tres atrincherados detrás de unas piedras al borde de la carretera, en la entrada a un pueblo. En la carreta, apiladas y atadas con cuerdas, hay piernas y torsos humanos desnudos. Una niña, con las muñecas atadas a una cuerda a varios metros de la carreta, permanece inmóvil, agachada. Creo que no nos ve, pero lo hace. Me clava sus enormes ojos claros desde la distancia y le hago una señal con los labios para que no diga nada. No lo hace, solo me observa o eso creo, parece estar en shock. Tendrá seis o siete años. Es muy rubia, preciosa. Pienso en su padre, al que acabo de ver morir y la rabia me empaña los ojos. Aprieto los dientes y agarro el hierro frío de mi bolsillo con la mano derecha. 

—Quédate aquí. Pase lo que pase, no te muevas, ¿vale?

—No lo hagas, por favor, no lo hagas…

—Tengo que hacerlo.

Ella siente con la cabeza, intentando no llorar.

Me acerco sigilosamente. No prestan atención a la retaguardia, no tienen ni idea de lo que hacen, llevan armas policiales, pero no son policías. Me acerco poco a poco por un flanco, ganando posiciones poco a poco, solo cuando están ocupados disparando o cubriéndose. A setenta metros hay una casa, y alguien dispara desde las ventanas. Hay dos hombres muertos en el umbral. Tiro una piedra a su derecha, uno gira la cabeza y se levanta para mirar y desde la casa le aciertan en el cuello, deja caer una escopeta al suelo y se agarra el cuello intentando contener el surtidor de sangre.

Aprovecho la confusión para avanzar agachado hacia los otros dos. Tres disparos en la cabeza al primero y otros tres al otro. Creo que fallo, y le da tiempo para girarse, pero sigo disparando y hago tres impactos directos en el torso y el cuello. Cae desplomado. Corro a su posición y me cubro en la piedra. Todavía respira entre borbotones de sangre. Me mira sin entender qué ocurre, tosiendo. Cojo su pistola y la tiro al otro lado de la piedra.

—No disparéis —grito desde la cobertura.

Nadie contesta.

—No soy de los suyos. He acabado con dos. Digo empujando al moribundo al otro lado.

—Sal con las manos en alto —grita una voz desde la casa.

*

Hace calor. Un calor que pensé que jamás volvería a sentir. Cerca del fuego, las miradas vibran, todos parecemos llorar, aunque no lo hagamos. La niña sigue sin hablar, pero se abraza a su peluche. Con la cara lavada parece un ángel. Un ángel que nació en el hielo. Tiene el mismo rostro que su madre. Cuando cuento la historia a los habitantes de la casa asienten. Han visto a más caníbales. Por eso se han fortificado en la casa, la unión hace la fuerza y por eso me invitan a unirme a ellos, tienen poco, pero mi pasado militar les convence. Hablamos poco del pasado, no hay futuro, y el presente es incómodo. Vuelvo a beber, y eso que dije que nunca más lo haría. 

Al fondo del salón, cerca del fuego, unas notas de música comienzan a sonar. Quiero pensar que es un sueño, pero no lo es. Un viejo piano y sus notas caen sobre nosotros, como sal sobre el hielo. Siento que la piedra se deshace en carne, que el hielo comienza a gotear. Mi nariz respira por primera resina y madera. Sus manos ya no están hinchadas y grises, reconozco el pelo negro y el pañuelo azul. Veo por fin sus brazos libres de abrigos y mantas sucias. Tiene unos brazos blancos y largos, terminados en unas manos finas y ágiles que saltan de tecla en tecla como un pajarillo entre las ramas. Fuera nieva, pero por primera vez en mucho tiempo, ya no tiemblo de frío.

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Comments

  • 1 mes agoReply

    Podría ser el primer capítulo de una nueva novela corta ¿que te pareció?, deja tus comentarios aquí.

  • Mayte hermosilla

    1 mes agoReply

    Todo lo que escribes me encanta, esta lleno de sentimientos y es precioso

    • 1 mes agoReply

      Muchas gracias Maite, tengo mas relatos pendientes de subir, ya te irán llegando avisos al correo :)

  • Anónimo

    1 mes agoReply

    Es un comienzo interesante. Me gusta el estilo

    • 1 mes agoReply

      Intento darle un toque diferente, a ver si lo continúo.

  • Ernesto

    1 mes agoReply

    No me suelen gustar las películas apocalípticas pero este relato me encantó. El que pueda les sugiero imprimirlo que seguro, seguro se disfruta mejor algunos párrafos. Muy bueno. Y sí; como comienzo de una novela corta quedaría de lujo. Felicitaciones.

  • Ernesto

    1 mes agoReply

    Ah y te mereces un cinco estrellas pero por una extraña razón no puedo darle las cinco estrellas. El que pueda…

  • Anónimo

    1 mes agoReply

    Your Comment La historia es buena y el lenguaje apropiado. Aunque no me agrada el suspenso policíaco ni la violencia me atrapó. Hay demasiadas guerras en el mundo para continuarla en una novela. Feliz día.

  • 1 mes agoReply

    Gracias, leer en papel ya es otro nivel, estoy de acuerdo. Agradezco mas los comentarios que las estrellas, asi que no te preocupes. La tecnología es así de caprichosa.

  • Jose Antonio Sánchez

    3 semanas agoReply

    Hola, Nicholas.
    ¿Qué te voy a decir si me he leído todo lo que has publicado, que yo sepa?
    Por aquí ando un poco más despistado, pero siempre que entro me encuentro un gran regalo.
    ¿Dices que este puede ser el primer capítulo de una nueva novela? Pues ya me has puesto los dientes largos. ;)
    Aunque aún seguiré esperando, pacientemente, ese final de la trilogía de Brin, si decides darle caña a esta, ya puedes ponerme en lista de espera. Tiene muy buena pinta y la has planteado con mucha intriga y tu siempre preciosista narrativa. Estaremos a la espera.
    Un abrazo grande.

    • 2 semanas agoReply

      El final de la trilogía de Brin está en camino, solo me quedan unas 15,000 palabras, luego revisión, recortar, revisión, etc. Pero este año sí que sí.
      Este relato solo era un experimento para ver si sabía cambiar un poco el tono, me gusta hacer experimentos, tengo mas ideas para otra novela, pero vamos paso a paso. En breve cuelgo otro experimento ;)

      Encantado de tenerte por aquí, ¡pásate más a menudo!

  • Anónimo

    2 semanas agoReply

    Lo intentaré, Nicholas. Sabes que me encantan tus experimentos, pero la falta de tiempo y querer abarcar más de lo que puedo siempre me hace estar ausente de los buenos rincones, como este, pero nunca olvidarlo.
    Una excelente noticia que tengas ese regalazo para las Navidades, aunque para esas 15.000 palabras yo necesitaría mucho más que un año. ;)
    Encantado de leerte. Abraazoo.

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