Ficción personal

12 grados

2 junio 2019 — 8

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Ficción personal

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2 junio 2019 — 8

No debería hablar de mis miserias. No públicamente, pero mis textos son como una playa nudista. Quien se mete en ellos debería saber a lo que se expone, quizás tiene miedo a ser observado, pero su verdadero problema está en lo que le pasa por la cabeza cuando ve lo que hay en esa playa.

Me gusta tanto la libertad que mataría por ella, soy así de comprometido. Ser liberal hoy día está pasado de moda, especialmente si como yo, estás más cerca del liberal de finales del XIX que del actual. Y esta va a ser mi confesión de hoy, una anécdota real, una conversación repetida a lo largo del tiempo con gente más joven que yo. Joven sin tilde, simplemente joven. Conversaciones repetidas, casi simétricas, acerca de las drogas, con chavales sin pelos en la barba, rubios casi siempre y de ojos febriles, que me repetían, «no entiendo porqué necesitas beber». Todas estas conversaciones han sido siempre en penumbra y con reflejos de luz a través del cristal.

Siempre he pensado que el que critica las drogas es por que nunca ha dado con la dosis correcta. Cada droga tiene su punto, y la única manera de conocerlo es probando, varias veces. Como con el sexo, la primera vez suele ser una mierda. ¿Existe algo mejor que esos cinco minutos después de hacer el amor? Lo mismo ocurre con las drogas. No me las doy de experto, pero aquellos con los que he hablado del tema que saben mucho más que yo coinciden en ello. Las drogas están unidas a la historia de la humanidad, como la esquizofrenia lo está unida a la creatividad. No se puede cocinar sin mancharse, no se puede vivir sin sufrir. Diseccionar la vida sólo es posible con una autopsia.

Hace unas semanas hablé sobre cómo la literatura abre una puerta a otro mundo. Bien, las drogas abren puertas a una parte de nosotros a la que habitualmente no tenemos acceso. No tiene por qué ser una parte mejor de nosotros, pero es una parte a la que no tenemos acceso a diario. Muchos no saben esto, ni les importa. Otros, como es normal, tienen miedo. Allá cada uno con sus puertas y sus cerraduras, todos hemos visto cómo nuestros amigos cambian después de beber. A veces es divertido, otras veces no. Hay que aprender a beber, como a leer. Pese a la rima, beber y leer tienen mucho en común. Con ambos se puede uno intoxicar y tener resaca. Ambos cambian nuestra percepción de la realidad y nos aíslan del mundo corriente, acercándonos a otra realidad diferente y paralela a la nuestra. El corcho de una botella y la tapa de un libro son puertas a otro mundo. Cualquier ejercicio de prohibición representa un intento de clausurar esas puertas. Quizás no sea bueno abrirlas, pero ¿cómo lo sabremos si nos lo impiden? ¿Es mejor ser una persona predecible, controlada, productiva y manejable?

Las personas predecibles no sueñan, no crean. No puedo imaginar una vida sin sueños. Me gustaría cuantificar cuánto de nosotros hay oculto tras lo que percibimos y obtener un porcentaje, pero sería una mentira fácil, algunas personas sienten más que otras. El álgebra no sirve para describir el alma humana. Quizás lo que no vemos de nosotros tras esas puertas no sea algo hermoso, pero es algo que nos pertenece. Esconderlo no hará que sea más bonito. Le crecerán los pelos. Las uñas y el mal carácter. Necesita salir y tomar el aire. Quizás incluso necesite un abrazo.

Todos guardamos dentro alguien repugnante, eso es un clásico y esperabas oírlo, ¿verdad?

Pero detrás de ese ogro, hay otra cosa. Un ser débil, sin ojos ni oídos, porque es demasiado sensible. Su existencia se basa en soñar, cualquier otra cosa le haría daño. No ve, no escucha, nunca ha acariciado una piel. Nunca respiró un amanecer de primavera. Jamás dejó que su boca se secara para no perder la esencia de algo efímero en ella. Sólo sueña. Contémplalo. Si tienes suerte, verás la belleza pura, esa que se muestra sin saberse observada. Basta y descuidada. Quizás suceda y explotes en lágrimas al comprender súbitamente que esa cosa eres tú. Solo y en silencio, tú y tus lágrimas.

Si puedes, guardarás con cuidado a ese ser. Lo esconderás detrás del ogro y seguirás complicando las ecuaciones con más y más variables. Lo confundirás todo con inteligencia y logros. Lo ensuciarás con errores y si tienes suerte, volverás a olvidar quién eres.

Para eso sirven las drogas, para de vez en cuando, recuperar la cordura.

8 comments

  • Iñaki

    2 junio 2019 at 6:59 pm

    Puede que ahí esté el gran mito de Pandora, la ruptura de la prohibición, con su doble filo.
    Están los que quieren abrir la caja, los que la ignoran y los que se apartan asustados. Para los que esquivan la caja o pasan de largo, la historia que les tocará vivir va a ser siempre la misma: a la pregunta: “¿es mejor ser una persona predecible, controlada, productiva y manejable?”, habría que contestar con otra: ¿qué es alguien que se convierte en cosa?
    Pero todo buen relato empieza cuando la caja se abre: el momento único en que uno puede volverse loco. El momento en que uno puede también afrontar lo que ve.

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    • Avedon

      2 junio 2019 at 11:18 pm

      Ahí estará siempre, la caja, la manzana. Lo prohibido y la libertad.

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      • Iñaki

        3 junio 2019 at 12:44 pm

        Ahí va una paradoja: «La libertad es la ausencia total de libertad» (Michael Ende).
        Como esa otra que dicen en un capítulo de Doctor en Alaska: «Sólo cuando uno comprende que todo es vanidad, deja de serlo».

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  • Jimmy Olano

    5 junio 2019 at 12:54 am

    Nuestro cerebro ha evolucionado por capas, y muy en el fondo está el cerebro reptiliano. Sí, muchas y muchos piensan que no lo necesitamos ¡pero decidlo a los supervivientes de los Andes chilenos en 1972! El avión se estrelló y tuvieron que recurrir al canibalismo, y el cerebro reptiliano los salvó.

    ¿Qué demonios tiene que ver con las drogas? Pues que nos drogamos todos los días con café, té ¡el té de hojas de coca quita el «mal de alturas»! Unas son drogas legales y otras no, pero siempre en todos los casos es como dice el refrán común en farmacia: «EL VENENO ESTÁ EN LA DOSIS». Los otros problemas son de dependencia tanto para el que la consume (dependencia fisiológica) como para el que la vende (dependencia económica). Y aquí es donde se destapa el cerebro reptiliano: las drogas sacan alguna parte o toda de él (y algunas veces hasta aniquilan todas las capas cerebrales).

    Muchos artistas necesitan estas ayudas para desarrollar sus obras, bueno si esa es su profesión pues adelante, los gobiernos poco a poco se han dado cuenta, de manera brutal y lastimosa, que las prohibiciones solo benefician a los que comercian con ellas y trae desgracias y cárcel a los que las consumen (Portugal es un país que ha dado cuenta de ello, corríjanme si me equivoco).

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    • Iñaki

      5 junio 2019 at 9:43 am

      Jimmy, está bien que lleves este tema a una consideración más social. Yo siempre suelo ver más el lado individual o interior (no sé cómo llamarlo) de las cosas, y a veces paso de largo por ese otro mundo que está ahí, buscando soluciones o poniendo límites al caos con leyes, sanciones, prohibiciones, y también con medidas sanitarias y centros de ayuda.
      De todas formas, siempre queda la duda de qué pasaría si dejáramos todo eso a un lado para probar algo diferente. Por ejemplo, quitar las vallas que hemos puesto al monte.
      El Estado es una especie de superyó: actúa con los miedos consensuados de todos nosotros. En realidad, son miedos a lo desconocido. Decir que el caos es demoledor y por eso nos da miedo y por eso hay que prohibirlo, es no decir nada. Porque lo único que hemos visto son las consecuencias de intentar absurdamente de contenerlo. Es a ese desastre a lo que tenemos miedo. La destrucción de una familia por efecto de las drogas, por ejemplo, no es un caos, sino precisamente el resultado último de no afrontar seriamente el reto de conocer el caos que somos.
      Porque, aunque nos cueste creerlo, nuestra propia naturaleza es caos. Y mientras no nos interese mirarlo sin prejuicios para ver lo que es, seguiremos haciendo lo mismo: sancionando, prohibiendo, levantando vallas por los cerros, en una especie de bucle aberrante.

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      • Jimmy Olano

        6 junio 2019 at 10:29 pm

        Eso es correcto, por ello es que yo aplaudo a Bolivia, donde la coca es legal y todo el mundo la siembra y toma en té. El problema es la cocaína, y bien lo dice Nicholas Avedon, eso va en la dosis: está bien que nos droguemos con unas hojitas de coca en té pero los que la procesan de manera industrial y lo convierten en cocaína Y LA VENDEN allí es donde comienzan los problemas: armas para proteger la droga y el dinero, corrupción en el Estado (porque está prohibida la cocaína), deformación de la sociedad, perjudicados otros países con la exportación, etc.

        Creo que ambos concluimos (o lo invito a confirmar o negar): la legislación debe permitir QUE CADA QUIEN SIEMBRE SU PLANTA PREFERIDA dentro de su casa para su consumo personal pero ya en la calle que se encargue el Estado de hacer la represión que a bien tenga que hacer (incluso al estilo «Miami Vice», que le incauten los bienes a los fabricantes y/o traficantes para el bien de la sociedad).

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        • Iñaki

          7 junio 2019 at 8:55 am

          “…la procesan de manera industrial y lo convierten en cocaína Y LA VENDEN allí es donde comienzan los problemas”.
          Sí, puede que los problemas empiecen cuando todo se mide bajo el patrón comercial, quiero decir, cuando todo se considera ya producto, incluidas las personas. Cosificación: todo lo que existe, existe sólo en función de su valor dentro de la Internet de las Cosas y de su mercado.
          Parece como si el mercado, que antes era una más entre las muchas ocupaciones que tenía el hombre, las haya embebido a todas. La parte comiéndose al todo.
          Consecuencia: la vida, vista así, es valorada sólo si cumple su función dentro de esa relación industrial y comercial. Sólo si puede ser explotada. Las drogas y sus consumidores no iban a ser una excepción.
          Dicho sea de paso, hasta en las relaciones personales se ha infiltrado el tema este de la función. Ahora resulta que las personas tienen que “funcionar”, como una máquina bien engrasada. Si no funcionan, o sea, si hay imprevistos que atascan la máquina, se lleva la persona al desguace.
          Los imprevistos, las contradicciones, las dudas, son ahora palabras tabú dentro de ese modelo de humanidad reducida a su mínima expresión.

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          • Jimmy Olano

            8 junio 2019 at 12:16 am

            Exacto, concuerdo con vd.
            «Ahora resulta que las personas tienen que “funcionar”, como una máquina bien engrasada. Si no funcionan, o sea, si hay imprevistos que atascan la máquina, se lleva la persona al desguace.
            Los imprevistos, las contradicciones, las dudas, son ahora palabras tabú dentro de ese modelo de humanidad reducida a su mínima expresión.»

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