Escritura y ensayo

Viejos amigos

26 septiembre 2020 — 2

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26 septiembre 2020 — 2

Cuando aprietas con tus garras y siento en mi cuerpo su fuerza, lo haces como una madre que echa de menos a sus hijos. Quizás sea para que no olvidemos que somos carne y huesos. Una vez fuimos niños, tan frágiles que la diferencia entre la vida y la muerte era más obvia, tan cercanos todavía al río de la nada, sin historia, sin excusas para olvidarnos de lo obvio.

Eres una madre con tantos hijos que a veces nos creemos libres y fuera de tu influencia, pero no, tú estás ahí, serás siempre la madre más paciente del mundo. Muchos han olvidado tu rostro o reniegan de ti, como hijos malcriados. Pero no, tú nunca les darás la espalda, nunca nos has abandonado ni nunca lo harás, madre.

Estos días me acuerdo mucho de ti, pensarás: «pobre iluso», pero no, no, lo hago por mí, lo digo por las calles desiertas y los rostros escondidos. Ahora que llega el invierno se nota más todavía. Pronto la gente se pondrá la bufanda y el gorro para aislarse un poquito más dentro de sí misma. No hace falta que perdamos el olfato o que el cansancio nos haga ir despacio, ya nos separa una distancia de más de una vida. El aire se ha convertido en vacío, en un silencio amortiguado por capas de material diseñado para no dejar pasar nada con vida. Ya no huele a comida por las calles, ni sentimos la alegría en risas de pájaros, ni robamos besos a extraños con la mirada. Así, encerrados en nuestros castillos, vamos esperando que vuelva una normalidad que secuestramos hace tiempo, y a la que cada día arrancamos un trozo de carne en nuestras casas, desnudos como caníbales.

En los bosques los animales nos miran con curiosidad. ¿Quiénes son esos seres sin rostro que tienen tanto miedo? Animales que te conocen bien, madre. Ellos no han olvidado tu nombre, aunque no puedan pronunciarlo.

Muchos de nosotros nunca vivimos una guerra, algunos ni siquiera tuvieron que afrontar nada más duro que la selectividad. Para muchos que ni siquiera se atreven a dejar un trabajo o una relación por el miedo al cambio y que reniegan de dioses y mitos, tú eres un dios viejo y anticuado. Cuando te vieron, en modelo franquiciado, lo hiceron de pasada, mientras jugaban con el móvil. En Netflix siempre te ponen actores con prisas y de reparto. Yo sé que todavía hablas con algunas sotanas viejas, os he visto murmurar en un idioma muy antiguo que no tiene palabras, pero a ellos la gente les ha olvidado incluso mas que a ti.

En el metro, en la calle y especialmente en los ascensores, la gente evita mirarte. Rostros donde todo son ojos que no pueden hablar ni escuchar. He visto esas miradas en rebaños humanos antes, pero no como ahora. Respiran su propio miedo para evitar respirarte a tí. Normal que los animales nos miren intrigados desde el bosque, mientras prendemos fuego a su realidad. ¿Qué clase de animal se tiene miedo a sí mismo?

Mientras engullía un vino por rutina, sin saber siquiera que estaba bebiendo, pensaba en mi mayor miedo, y no era otra cosa que la ausencia. La ausencia de los abrazos de mis hijos por la mañana y sus risas al tacto de las cosquillas. Imagino perder un sentido tras otro, quedar ciego, mudo, sordo, manco y sin poder aspirar por la nariz y que el único sentido restante, el gusto, se fuera diluyendo poco a poco, arrastrando los recuerdos de mi infancia. Ahora que he perdido algunos sentidos, valoro más los que me quedan. Encerrado como estoy, sólo me queda un sentido, la memoria. El más poderoso de todos, con él creamos nuestra realidad e incluso nuestro futuro. El día que pierda ese también ya no quedará ni miedo en mí y sonreiré como un niño cuando te vea llegar. Eso seguro.

Escribo estas líneas para que no se me olvide… ya, ya, sé que nos vemos todos los años y que por una razón u otra acabamos coincidiendo, pero no es lo mismo verte un rato y charlar que saludarte de pasada cuando vienes a visitar a otra persona. Hacía tiempo que no venías a verme y la verdad, sienta bien saber que no te has olvidado, que el tiempo sigue corriendo aproximadamente a 70 latidos por minuto. Es mucho mejor estar en el bosque, con las pezuñas en la tierra, que devorando los últimos restos de normalidad en un sofá incómodo.

2 comments

  • Raylex

    2 octubre 2020 at 3:53 pm

    Me ha gustado mucho (como siempre).
    Me resistía a escribir, porque no tenía mucho que decir, salvo felicitar a los que han tenido padres, buenos padres, que los han podido cuidar.
    Pero mi historia es diferente:
    Mi madre fue una de esas mujeres a las que la vida convierte en hombres. Mi padre nació pájaro y perdió el rumbo; y el viento en sus velas no lo guio ninguna rosa de los vientos de esta Tierra, voló hasta morir en una jaula inquieta.
    En cuanto enviudó mi madre, mi casa se convirtió en una colmena (de familiares), donde la mayoría eran zánganos y muy pocas obreras. Los recuerdos que me vienen de mi madre siempre están impregnados de ausencia. De largas tardes en el balcón esperando que viniera. Años más tarde, nos quedamos solos, pero nunca me encontré con ella.

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    • Avedon

      2 octubre 2020 at 11:35 pm

      Ahi tienes una historia Raylex, y yo creo que lo sabes. Peléate con ella.

      Reply

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