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Ficción personal

Mermelada de fresa

31 diciembre 2014 — 1

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Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

-¿Bueno, te vienes o no?- me preguntaba mi amigo Daniel, insistiendo en que nos fuéramos de la fiesta. Estaba cansado y el único que tenía ganas de seguir era yo. Y ella, claro. Habían pasado años desde que vi a Vera por última vez, justo antes de entrar en la universidad. Pero ahí estaba, tal como la recordaba: alta, rizos morenos, ojos negros, casi gitana. Llena de vida, con ese cuerpo elástico y sinuoso que recordaba tan bien. Sus pantalones ajustados de piel habían estado siempre ahí, en el fondo de mis recuerdos.

En diez minutos -que a mi amigo Dani le parecieron eternos- logré hacerla reír. A partir de ese punto, sólo tuve que escuchar y no dejar de clavar mi mirada en ella. Un roce, un silencio sostenido y una broma mal apagada. Ocurrió. Esquivé su primer beso; por error o quizás, por reflejos.

La pantera sacó sus uñas.

-¿Qué pasa, no quieres besarme?- guaseó Vera. “¿Qué ha pasado?, ¿qué ha pasado?”, pensé yo, todavía aturdido por aquel inesperado movimiento.

-No… no ahora- respondí sin más. Y era cierto, pensé, me gustaría hacerlo, pero a mi manera, no rodeado de ruido y empujones. No turbios de alcohol. No se lo dije, sonreí y aparté sin pensar un rizo de su cara, de sus labios. El contacto de las yemas de mis dedos sobre su rostro enmudeció todo a mi alrededor. Su sorpresa dio paso a la diversión y luego volvió titubeando a la incredulidad.

-Pero, ¿qué pasa?, ¿estás con alguien?- preguntó.

-No-, saboreé la brevedad de aquella palabra. Sabía dulce.

-Entonces qué pasa, ¿no te gusto?- preguntó, espoleada por su orgullo.

-Desde el instituto, hasta hoy-, le dije al instante. Era la verdad. Torpe, sin detalles.

Rió, tapándose la boca con la mano y desviando la mirada. Se transformó de nuevo en la Vera que observaba a escondidas en clase.

-Nunca me dijiste nada, no imaginaba que fueras así- tanteó ella.

-¿Así cómo?- pregunté sin dejar de sonreír.

-Tan….-, empezó a decir, acercándose despacio.

Puse mi dedo entre sus labios, y sonreí.

-¿Pero qué te pasa?-, dijo excitada por aquella negativa continua. En mi interior, un revoltijo de emociones me retorcía en varias direcciones. Disfrutaba cada segundo de la expresión de su rostro: sorprendido, cabreado, divertido.

No tuve que responder. Dani me cogió del brazo y me dijo que se iba. Podía irme con él o quedarme ahí con ella, colgado, sin forma de volver.

-¿Te vienes?, te acompaño a casa-, afirmé sonriendo. Ella dudó unos instantes, pero me cogió del brazo, divertida y caminamos juntos detrás de Dani, que maldecía en silencio, cabreado. Ya en el coche, me senté en el asiento de copiloto, y no dejé de observarla por el espejo, dejando que cazara mis miradas. No nos dijimos nada en el trayecto, Dani aportó la cháchara de fondo que necesitaba para hacer lo que mejor se me daba: acechar en silencio, observándola a placer. Tras despedirnos de Dani, quedamos a oscuras, en las escaleras que subían al portal de su casa. A solas. Con mis manos sobre los límites de su cintura, haciendo equilibrios.

-Bésame- ordenó.

-No- repetí.

Bufó. Rió. Pataleó, pero no soltó mi presa. Mis dedos, largos, se deslizaron con suavidad por aquel pantalón.

-¿Me tocas el culo, pero no me besas?- exclamó incrédula.

-No-, sonreí todo yo. Intentando evitar que notara el bulto entre mis pantalones. Las yemas de mis dedos tímidas, tenían conciencia propia.

Ella temblaba. De rabia, de excitación. En aquella penumbra, solo podía ver el brillo de sus ojos y de sus labios, húmedos. Se encendió otro cigarro. La noche era húmeda,  fría. La niebla nos rodeaba y el silencio era total. Podía oír el sonido de cada hebra de tabaco al arder, y sentir como se colaba en sus pulmones cuando aspiraba el humo.  Mientras, mis dedos reptaban encima del cuero, avisando a su piel.

-¡Que me beses!- rogó, a escasos centímetros de mi boca. Olía a menta. Estaba obsesionada con el sabor del tabaco, según me confió más adelante. Cada chicle que abría era un beso perdido.

-No. No ahora- repetí, devorándola con la mirada.

-Ahora o nunca- dijo desafiante. No respondí, las puntas de mis dedos bordeaban la frontera.

-¿No me vas a dar un beso, uno pequeño, un pico?- imploró.

No respondí. Esperé, parpadeé un par de veces, esperando que terminara de darle aquella última calada. Acerqué mis labios, y los rocé con los suyos, lo justo para notar su carne tierna y cálida, casi imperceptible, como una mariposa.  Mis manos levantaron el vuelo y bajé un escalón. Sabía a tabaco. Ahora ella era más alta. Desde aquel ángulo sus rizos oscuros caían sobre su rostro, ocultándolo. Sus ojos incrédulos y sus labios entreabiertos eran lo único visible. Bajé otro escalón. Tabaco y menta.

-¿Te vas?- preguntó temblando.

– Depende-, respondí, paladeando cada palabra – ¿Tienes mermelada de fresa en casa?- pregunté despacio. Su expresión de asombro, se aflojó y una sonrisa felina asomó entre sus rizos. Se tomó su tiempo en responder.

-Sí.

-Fresas y menta. Mi combinación favorita.

Y la besé, como un principio cualquiera.

kubrick

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