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Ficción personal

Encajando críticas a la contra

1 octubre 2017 — 5

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Desde que era niño, uno de mis deportes favoritos siempre ha sido el boxeo, deporte que he practicado durante años e intento seguir practicándolo. Boxeo y literatura siempre han estado unidos, al menos en el tipo de literatura que me gusta a mí, además, las metáforas que surgen de ese binomio para mí son naturales, hermosas y sencillas. Los boxeadores tienen muchas virtudes de las que puede aprender un escritor, las mas destacable son la constancia, el afán de superación y su espíritu de sacrificio.

El boxeo y la literatura tienen muchas cosas en común, una de ellas, es la necesidad de sobreponerse al castigo físico externo para poder seguir adelante. Luchar no consiste el caso del boxeo “luchar consigo mismo” como ocurre en otros deportes, sino pelearse -literalmente- con alguien frente a ti. La capacidad de soportar castigo es algo determinante en un buen boxeador, es decir, no sólo hay que saber golpear duro, sino recibir golpes duros. Con un “mentón de mantequilla” jamás se podrá optar a nada. Por eso, uno de mis referentes pugilísticos es Marvin Hagler.

Me lo descubrió Juanjo, uno de mis entrenadores. A Hagler no le noquearon en toda su carrera. Encajaba los golpes incluso mejor de los que él mismo propinaba, siendo además uno de los boxeadores con más ratio de KOs en el peso medio. De él se decía que tenia un foco y una determinación a prueba de golpes. Sin embargo, siempre se consideró un outsider, y a pesar de que el público le quería, el se sintió siempre inseguro de sí mismo. Era un tipo muy sensible que repartía ostias como panes y al cual era imposible tumbarlo. No diréis que no nos parecemos.

Como autor, he recibido probablemente más críticas negativas en mi vida que positivas. Por eso siempre recomiendo a los autores noveles que se lancen a publicar. Si esperan que ese ratio cambie, por mucho que mejoren su escritura, jamás van a vencer. Para ganar una pelea hay que salir al ring, da igual lo que te diga tu entrenador o los compañeros del gimnasio. Da igual que te compares con otros, la única forma de saberlo es subirte al cuadrilátero, sentir la adrenalina aflojar tus piernas y escuchar el primer zumbido en tu cabeza al aterrizar un camión errante en ella. Cómo reaccionas a los fogonazos atemporales, a esa pérdida de visión y a ese subidón de adrenalina es lo que te define. Lo mismo que cuando tu literatura se expone al público. Vas a recibir ostias, y puedes hacer como Hagler, devolverlas y seguir luchando o tirar la toalla y pensar que por entrenar más lo harás mejor la próxima vez. Mentira, lo dice uno que ha perdido.

La primera crítica demoledora la tuve a los dieciséis años. Un buen amigo, alguien con criterio y sensibilidad me dijo “esto es una mierda y tú puedes hacerlo mucho mejor, lo sé“. Tenía razón, y supongo que eso me hizo aún más daño. Pasé años sin escribir después de aquello. Casi lo dejo. Recientemente, dos personas más que han leído “Lágrimas negras de Brin” y “11,4 sueños luz” me han dicho algo parecido, también con razón. Sin embargo esta vez, aguantaré el envite, cerraré la guardia y aprenderé a buscar otro ángulo en el siguiente cruce de manos. Mejoraré, porque este combate, lo gano por KO, aunque sea en el último asalto.

11,4 sueños luz ha llegado recientemente a las 50 reseñas en Amazon. He de reconocer que puedo hacerlo mucho mejor. Muchísimo mejor, sé que tengo que mejorar mucho mi estilo, pero lo que cuenta en una pelea es ganar, no cómo se gana. Hagler no tenía el estilo dinámico de Hearns o el liderazgo de Leonard, pero terminaba las peleas, siempre que podía, por KO.

kubrick

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