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Ficción personal

Alfas

16 enero 2015 — 1

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Bueno, he decidido volver de nuevo a mi novela, que aun no tiene titulo. Estoy barajando “Los constructores del edén” o “El viaje de Ariel”, pero bueno, este es un capítulo suelto a modo de flashback que narra parte del pasado del protagonista, Ariel, aunque bueno, ese no es su nombre… no os explico más, os dejo con el joven Ariel.

Este texto es parte de mi novela “11,4 sueños luz”, aunque en la novela podrás leerlo en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Un thriller en el París del siglo XXIII

345 páginas de puro ciberpunk. Disponible en papel y eBook

Yo tenía dieciocho años recién cumplidos. Lo recuerdo perfectamente: 2188, el año en el que el EGIE voló la torre Eiffel de París. Justo en aquel momento nos trasladaron de Annaba a Bizerte, decían que las cosas se iban a poner feas, pero en África nos tomábamos siempre las noticias que venían del norte de manera relajada. Los europeos siempre estaban en tensión, incluso cuando venían de excursión a hacer fotos y experimentar como era la vida con hambre y frío. Les gustaba pensar que eran aventureros, y andar entre aquellas gentes de mirada penetrante que pisaba descalza la tierra áspera y polvorienta de África. En aquella época ignoraba que también en Europa había hambre, frío y el mismo polvo amargo y sucio que se metía en tu boca cuando pateabas las calles bajo los puentes. Yo era apenas un hombrecito que no sabía lo que quería, pero con un fusil en el hombro y un bonito uniforme verde aceituna. Para un crío de esa edad, eso es bastante, sobre todo si está rodeado de gente que no puede aspirar ni siquiera a unas botas. La mayoría éramos chavales, excepto los sargentos que parecían todos sacados del mismo patrón: supervivientes de otra época. A esa edad no te preguntas qué va a pasar cuando te hagas viejo, o dicho de una forma más práctica, por qué no hay nadie entre la edad del sargento y tú. A esa edad reconforta que alguien te diga lo que hay que hacer y cómo.  Eso es lo único que aprendí en el ejército, a no hacer preguntas. Las preguntas, siempre llevan a lugares incómodos. Nuestra misión era evitar que ningún habitante de África cruzara la frontera hacia el norte y que los turistas no tuvieran ningún problema, del tipo que fuera. Se podía resumir en que debíamos disparar a cualquiera que viéramos en el agua y no fuera un turista o a cualquiera que agrediera a un turista. Era fácil, porque todos los turistas eran blancos y tendían a estar gordos y bien vestidos y el resto no. En la práctica con aquel fusil, que tenía muchos más años que yo, era imposible acertar a nadie en la distancia, pero con llamar por radio y avisar, era más que suficiente. Aunque disparé muchas veces, no recuerdo tener la sensación de haber matado a nadie. Quizás lo hice, pero a lo lejos una muerte solo es un número, no una persona. Todo cambió cuando conocí a Ahmed.

Ahmed también era del cuerpo de fronteras, pero de un tipo muy especial. Su uniforme era negro, nunca había visto uno igual, aunque casi siempre vestía de civil, con un elegante caftán oscuro, tuve claro desde el primer día que le conocí que tenía auténtica sangre Bereber. Tenía esa sonrisa amistosa, siempre presta a lanzarse en una risa, y esos ojos alegres. No tenía una expresión ajada y triste como la mayoría de bereberes que había conocido, si no que parecía estar siempre dispuesto a escuchar a los demás. A pesar de la diferencia de edad -él me sacaba casi 15 años- nos caímos bien enseguida, él decía que le recordaba a un primo que había dejado en Nadir, y yo de alguna forma, lo veía como una especie de hermano mayor. Lo cierto es que sus consejos fueron muy útiles al principio. Elegir las guardias correctas, los compañeros correctos, y saber qué decirles a los sargentos me ayudó a sobrevivir las primeras semanas. Parecía caerle bien a todo el mundo, excepto al teniente al mando, que me vio un día hablar con él. Me hizo llamar a su presencia, y todavía recuerdo el temblor de mi brazo al llamar a su puerta. Entré en su despacho y me cuadré delante de él. Estaba sentado detrás de un escritorio de madera, antiguo, con adornos labrados, aunque gastados. El despacho, aunque espartano tenía varias estanterías repletas de libros en árabe y en francés, algunas armas colgadas en la pared y numerosas placas y diplomas. Se respiraba sobriedad y cierto interés por la cultura, algo insólito en aquella ciudad.

-Soldado…. Farah, me han dicho ¿verdad?.

-Sí mi teniente- respondí intentando que mi voz no se apagara. Tieso como un palo y sin mirarle directamente. Me lo repetí interiormente una y otra vez. Me observó sin prisa unos segundos, y luego se levantó y caminó hacia mí. Se quedó justo detrás de mí, fuera de mi campo de visión, pero a merced del suyo, apenas a un metro de distancia. Olía áspero e intenso, su voz era muy grave y hablaba rápido, su lengua parecía un látigo que se preparaba para despellejarme.

-Me han dicho que es muy amigo del especialista Merah-, dudé. No supe si responder o esperar a que siguiera hablando. Esperé prudentemente hasta que el silencio se hizo demasiado incómodo.

-Sí mi teniente. Imagino que se refiere a Ahmed, no conozco su apellido.

-Ahmed, sí. ¿Sabe lo que es un Alfa, soldado?- me dijo divertido.

-No mi teniente.

-Merah es un Alfa. ¿Sabe cual es su función, soldado?.

-No mi teniente.

-Detectar a los mentirosos y denunciarlos-, supe en aquel instante, que sus ojos escudriñaban cada centímetro de mi cara, se movió y se colocó frente a mí, con su cara  apenas a unos centímetros. Me quedé helado. No sabía si me estaba diciendo que Ahmed me había denunciado, ni porqué lo habría hecho. Por más que intentara recordar, además de algunos comentarios sobre mi pasado y algunas estupideces sobre las turistas y sus escotes, no había de donde rascar, pero me miraba como si supiera algo terrible de mí.

-Me han dicho que sabe escribir y leer árabe-, su sonrisa no me gustaba, ni su aliento desde tan cerca.

-Si mi teniente-, clavé la mirada en el suelo.

-¿Quién le enseñó?. Nuestros soldados no tienen miras tan altas, me sorprende.

-Abu Muhammad Ali ibn Ahmad, mi teniente, es…

-Sí, sí, lo conozco- sonrió de forma breve y meneó un poco la cabeza de forma afirmativa – Es un gran hombre. Si fue tu maestro no tienes que decirme más, me imagino el resto-. Se sentó sobre la mesa, a un par de metros de distancia, dejándome más espacio. La expresión de su rostro cambió, mas cansado, pero también mas relajado. Me observó con curiosidad, y luego perdió el interés.

-Puedes irte, soldado, pero una cosa, ándate con mucho ojo con ese Merah.

-Sí mi teniente-, no tuve valor para preguntar. Saludé y cerré con cuidado la puerta. Pasé varios días dándole vueltas a esa conversación. No veía forma de saber qué era un Alfa sin preguntárselo directamente a Ahmed, así que un día que estaba relajado, hablándome de sus primos de Marrakech, se lo solté.

-Perdona que te lo pregunte Ahmed, pero ¿qué es un Alfa?-, si pensaba que podía hacerle dudar con aquella pregunta, o enfadarle, o en cualquier caso, pillarle a contrapié estaba muy equivocado. Sonrió.

-Anda que has tardado en preguntármelo, Rasheed. Pensé que no me lo ibas a preguntar nunca. ¿Quién te lo dijo?-, no estaba molesto, al contrario, se veía orgulloso.

-El teniente- le confesé azorado, como un niño confesando a su hermano mayor algo que le había dicho su padre. Su mirada fraternal y condescendiente me confirmaba nuestro estatus quo.

-Es complicado de explicar. Se me dan bien las personas, y a veces me doy cuenta cuando quieren ocultar algo, por eso estoy aquí, observo a la gente que quiere pasar la frontera, observo a los que merodean los puestos de control, la gente que habla con vosotros, con los que trabajan en la administración, hablo con unos y con otros, y si veo algo raro, se lo digo al teniente.

-¿Sólo eso?- me parecía una explicación demasiado simple.

-Bueno, en Europa es diferente, ya sabes como son, pero aquí es así de simple.

-Si claro-, en realidad no tenía ni idea. Para mi Europa era una tierra fría y llena de gente rubia con poca ropa. Siempre comiendo, bebiendo y con dinero ilimitado.

Tardé tiempo en entender lo que eran los Alfas y para qué servían. En las dos primeras semanas tras aquella conversación, Ahmed me ayudó a ligarme a mi primera turista. Me dijo exactamente lo que la chica esperaba oír, como si supiera lo que pasaba por su cabeza, y lo más importante de todo, me dijo a qué tenía miedo: “Métele esta piedra de hachís en el pantalón, y será tuya. Cuéntale alguna historia de miedo sobre turistas en la cárcel, que se sienta aventurera a tu lado. Llévatela al café de Kadidu a media tarde, suele bailar Triya o Kisa, invítalas a un té y déjalas que te sonrían.”

Funcionó. Y así poco a poco, consiguió que le debiera algún favor, y sobre todo, que me metiera en problemas que él podía solucionar -o no- con tan sólo hablar con uno de sus conocidos. Sin entender cómo, en menos de dos meses, le debía dinero y aun mas importante: favores. Siempre se habla de todo aquello con una sonrisa y buenas palabras, pero en ocasiones, esos favores eran muy peligrosos. Un porro era una cosa, pero lo que llevaba en los bolsillos aquel día, podía ser un gran problema si me cogían. Quizás porque iba con cuidado, no me vio con ella: Laysa. Ni siquiera vi su hermosa cara, ya que Ahmed estaba echado sobre su rostro, besándola de forma lasciva en un callejón solitario. No paraba de susurrar su nombre mientras metía su mano bajo sus ropas. Aquel colorido y caro Kaftán era sin dudas de la hija del teniente. Aquello sí que era peligroso. Sabía que por aquello, el teniente le pegaría un tiro y tiraría su cadáver al acantilado. Me escabullí como pude, carcomido por el miedo.

En la biblioteca había conexión a la red, que había aprendido a usar gracias a Ali ibn Ahmad. Gracias a mi por aquel entonces, rudimentario inglés, pude empezar a entender  lo que era un Alfa, al menos en Europa. Un alfa era una persona especial, sí. Era lo que se conocía como psicópatas: personas muy inteligentes, y que de alguna forma no sentían remordimientos. Es lo que pude entender en un principio, ya que había muchos términos que no acababa de comprender, pero aquello sirvió para abrirme la mente. Apenas podía creer que gente así fuera la que patrullara las fronteras, pero parecía que ese tipo de personas, gente que debería estar encerrada, eran especialmente buenas detectando a personas que ocultaban algo o que se hacían pasar por quienes no eran. Por lo visto habían descubierto que eran idóneas para ese trabajo a finales del siglo XX. Imagino que en Europa era diferente, pero en el norte de África, Ahmed se estaba convirtiendo en mi pesadilla. Una tarde descubrí que algunos de mis ex-compañeros, que habían terminado en prisión por tráfico de drogas, habían trapicheado con Ahmed. Parecía que todo el que había tenido tratos con él, de alguna forma había terminado mal.

Varias semanas mas tarde me vino a visitar a mi garita de madrugada. Aquella noche hacía guardia en el puerto. Era frío y solitario, y me gustaba porque podía oír el mar y ver las estrellas, sin que nada me distrajera. Me gustaba el olor del mar. Fresco y salado, muy diferente de la ciudad y de las personas, y parecido a las montañas. Quería estar lejos de todo aquello, pero Ahmed sabía donde encontrarme, como sabía otras muchas cosas.

-Rasheed, compañero. Te he traído un poco de té caliente-, sabía como ablandar el corazón de cualquiera. Su té siempre estaba dulce y caliente.

-Gracias Ahmed-, sabía que quería algo, pero agradecí de manera sincera aquel té.

-Siento lo de la alemana-. El último de mis errores: una turista que había intentado engatusar y que había terminado borracha conmigo en su hotel.

-No pasa nada, unas veces se gana, otras se pierde- contesté malhumorado, otro favor que le debía. El taxista, el recepcionista del hotel, amigos suyos. Podían dar mi nombre, o no hacerlo. Como otras tantas anécdotas que había vivido en esos meses.

-Eso es, hay que ser positivo. Al final voy a hacer un hombre de tí, Rasheed, me sorprendes, hace unas meses ni le hubieras pedido la hora, ahora ¿cuantos idiomas hablas ya?- rió abiertamente, con esa alegría contagiosa que lograba arrancarte una sonrisa, aunque supieras que te estaba engañando.

-Tres, pero eso no es mérito tuyo.

-¡Qué dices!, si yo ni siquiera hablo bien árabe, tú eres el genio de los idiomas. Por eso vengo a verte, necesito tu ayuda-. Cuando pedía algo, parecía lo más natural del mundo, siempre en el momento oportuno.

-Claro Ahmed, ¿qué necesitas?.

-Tengo un amigo inglés que quiere una noche de fiesta especial. Ya sabes, fumar un poquito, unas chicas encantadoras que se lo hagan pasar bien, y como tú conoces la zona y el idioma, he pensado que seguro que tú también querías pasarlo bien y desquitarte de la alemana- sonreía y de alguna forma, sabía que estaba sacando la libreta con todos los favores que le debía. El saldo era positivo a su favor, por mucho. Me aterrorizaba llevarle la contraria, media ciudad le debía favores, y yo apenas llevaba ahí unos meses.

-Recógele en un taxi, llega a la estación de tren a las siete. Mañana tienes permiso a partir del mediodía, o eso creo ¿no?-, y sonrió. Conocía mis turnos mejor que yo, seguro  que había hablado con el sargento Klouchi. Otro favorcito.

-Claro, como siempre, ¿el restaurante de Yacine?. ¿Algo más?.

-Llévale algo de hachís, un poco de whisky. Timmi y sus amigas harán el resto, que lo pase bien, que no falte nada- me dio una palmada en la espalda y rió-, y tú también pásalo bien. No te prives de nada, déjalo todo a mi cuenta.

El resto de la guardia se me hizo interminable, dándole vueltas al plan que no había podido rechazar. La última vez que hice algo parecido, acabé en el calabozo de la policía, y de no ser por Ahmed, hubiera acabado muy mal. Drogas, prostitutas, guía ilegal de turistas, alcohol. Por mucho menos que eso un talibán en cualquier pueblecito del sur te cortaba la cabeza.

El problema fue que el turista no venía solo, y que las amigas de Timmi no bastaban. Me tuve que buscar la vida y ejercer de proxeneta con algunas chicas que no conocía. La noche acabó mal, una de las chicas terminó violada, apaleada y llorando en mis brazos. Se llamaba Malika, como mi hermana, y tenía la misma edad que ella debía tener cuando murió: apenas dieciséis años. La rabia impedía que abriera la boca, para no gritar.  Al día siguiente tuve que pedirle perdón a Ahmed, por que los ingleses se quejaron por las chicas y por mi actitud. Por supuesto, le compensé con más trabajos, hasta que entendí porqué no había soldados mayores, y porqué casi todos o eran trasladados, o acababan muertos o en la cárcel. Con discreción y gracias a que había aprendido algunos de los trucos de Ahmed  -escuchar, sonreír y recordar detalles- había descubierto como y cuando se reunía con Laysa. El teniente recibió una nota anónima escrita en árabe. Tres palabras: Laysa, Golpás, crepúsculo. El ático de Golpás era un lugar único en la ciudad, con unas vistas extraordinarias de toda la bahía. Era una casa privada que se alquilaba, un Riad.

Así es como me libré de Ahmed, y como el único Alfa del norte de África acabó sus días despeñado en un acantilado con cinco tiros en el cráneo. Desde entonces, procuro no acercarme a ellos. Se podría decir que me he convertido en uno de ellos, porque los detecto a distancia: su sonrisa, su mirada intensa y sobre todo, su personalidad magnética y envolvente. Imagino que ellos creen que soy uno de ellos, pero no, sólo soy un camaleón.

kubrick

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