Ficción personal

Quiero dejar de tener miedo

14 febrero 2020 — 9

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Ficción personal

Quiero dejar de tener miedo

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14 febrero 2020 — 9

No debería estar escribiendo esto. Debería estar peleando, buscando otra ventana por la que colarme. Ya terminé de probar en todas las puertas, chimeneas y alcantarillas. Hace mucho que busco las llaves de todas las puertas, aunque me he acostumbrado a entrar sin llamar, a colarme por debajo, transformándome en una mentira fina y delicada que se moja con la lluvia. Debería estar peleando, pero ya no me quedan uñas y estoy cansado de astillármelas arañando la pared. Prefiero aventurarme en la calle, entre el viento y la lluvia. Busco mi reflejo en la piedra mojada y no veo nada y sin embargo, la tormenta es el único lugar donde puedo romper mis pulmones, abrirlos sin miedo. Puedo gritarle a cara descubierta y dejar que mi rostro se llene de lágrimas dulces.

Me hastían los cielos azules y despejados, siempre me gustaron grises y tristes. Escondidos entre montañas donde nadie se espera encontrar nada y es que estoy harto de buscar y encontrar. Sólo quiero perderme y dejar de esperar que sucedan cosas. Sólo quiero paz y silencio, sentir de nuevo lo único importante de la vida, el frío y el calor. Sentirme pequeño y real. Escuchar el viento por mí mismo, no a través de cristales, de altavoces o de renglones en un libro. Quiero que el viento me hable y no entender nada, como los viejos dioses, que no hablan para nosotros si no entre ellos. Quiero ser pequeño y jugar con lo que no entiendo, sin que me importe. Quiero ser necio y juguetón y que la vida me castigue como a un niño sin maldad. Sin esperar nada a cambio. Quiero jugar hasta dormirme y levantarme con una sonrisa y el desayuno puesto. Quiero montañas y perros incansables. Caminos centenarios ya amortizados. Caminos a ninguna parte que terminen donde el tiempo ya no importa. Quiero que las palabras vuelvan a significar algo. Que sólo tengan un significado y que cada una de ellos sea una lágrima cristalina y dulce. Quiero que el mañana no sea como el ayer y que el final del camino no lleve a ninguna parte y no me importe. Quiero dejar de tener miedo y no tener que ser valiente cada mañana. Quiero olvidarme de las cerraduras, de las puertas y de los felpudos. Quiero tener un perro que me mire a los ojos y me ladre de contento sin razón alguna. Quiero piedras, musgo y notas de guitarra bajo un árbol sin más tiempo que las estaciones. Eso quiero.

Sigo buscando la llave del laberinto, armado de razones, pero sospecho que cuando más busco, más me hundo en sus profundidades. Hace tiempo que no veo ese cielo gris. Hace tiempo que no dejo que el viento se lleve mis hojas muertas. Hace mucho que un perro no me mira y me ladra porque le apetece. Tengo tantas llaves que la vida me pesa y ya no puedo correr, sólo arrastrarme. Forman una malla metálica de varias capas sobre mi cuerpo. Tengo llaves de todas las formas y colores, pero aún así no encuentro la puerta. No encuentro la puerta, y tengo todas las llaves.

9 comments

  • Jimmy Olano

    15 febrero 2020 at 1:34 pm

    «Quiero jugar hasta dormirme y levantarme con una sonrisa y el desayuno puesto.»
    Vaya, esa sí que es una buena definición de la felicidad, concuerdo con ello.

    «Me hastían los cielos azules y despejados, siempre me gustaron grises y tristes.»
    Por cierto acá en Venezuela tenemos bastantes cielos grises y tristes cada día, metaforicamente hablando, por si estáis interesado. Digo… (sarcasmo). Sed feliz.

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  • Darío Álvarez Ranieri

    6 marzo 2020 at 11:54 am

    No encuentras la puerta porque no hay ninguna puerta que encontrar.
    La puerta eres tú.

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  • Raylex

    12 marzo 2020 at 5:10 pm

    ¡Muy bueno!:
    «Quiero ser pequeño y jugar con lo que no entiendo, sin que me importe.»

    Me recordó:
    «En el balcón de los niños,
    el mundo queda a los pies,
    por eso dueños del aire,
    nos olvidamos de caer.»
    (Las Hojas, 2010 (Raylex))

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  • Raylex

    12 marzo 2020 at 6:19 pm

    Por otra parte, la canción: «If we were vampires», me ha recordado a alguien:

    Conocí a una chica, un caballero leal, una amiga y el mejor cómplice sin importar la fechoría. Tenía las llaves del calabozo y si no la aburrías te podía dejar entrar. Al que decía: “Me aburres”, corría el riesgo de quedar como una masa viscosa, abrasado por sus ojos verdes.
    Le gustaba desafiar a chicos y hombres. Anhelaba un rapto en regla, con ventana rota y aliento de vampiro. Deseaba verse arrastrada por un carruaje tirado por corceles negros, de las «cumbres borrascosas» a los valles donde las almas perdidas señalan el camino al castillo. Quizá porque prefería los aullidos de lobo a los ladridos, y no se manejaba bien de día.
    Conducía a toda velocidad, acelerando el tiempo, para que desapareciera el azul y la claridad.
    En su casa, presidía un cuadro de Lilith junto a una columna romana y otros artefactos que su padre había ido acumulando en otra vida. Se nos pasaron miles de horas hablando. Atados a un teléfono. Tenía una voz algo ronca para ser chica. Una voz vieja, de niña traviesa, que sabía pedir como nadie: «Dime algo bonito». En algún momento perdió las llaves y murió en su propio laberinto, en su casa de piedra. Era la voz en off, de la película de mi vida («Tienes que escribir. Sabes que tienes que escribir»), y se fue sin mí.

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    • Avedon

      17 marzo 2020 at 12:31 am

      Esas mujeres suelen ser inalcanzables. Bien porque mueren ellas antes de poder amarlas, o por que te matan a ti en el proceso. Pero son las que iluminan nuestra literatura, sin duda.

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  • Raylex

    17 abril 2020 at 8:28 am

    Un abrazote desde el confinamiento!
    Espero que estés bien y trabajando en lo que te gusta. Seguro que si puedes, tomas nota de este presente distópico… Esta bisagra temporal que forzosamente nos llevará a otro escenario, otro mundo que no será virtual. Hay profecías que se autocumplen y aceleran en cuanto la imbecilidad humana toma cartas en el asunto. Hasta el bueno de Stephen King (Apocalypse), entre otros autores (La Amenaza de Andrómeda, etc.), lo dibujaron muchos años atrás. Esto podía pasar y como una sentencia en el Tribunal de Murphy: Está pasando. No quiero hablar de los científicos porque a «los buenos» nunca se les hace caso.

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  • Anais

    5 mayo 2020 at 8:12 pm

    Lo peor de todo es que en alguna parte de este laberinto he abandonado a mis personas favoritas. Las he dejado esperando en alguna de las esquinas, mientras yo liaba la vida buscando lo que ya tenía, convencida de que sabía lo que hacía, sin saber que no hacía nada, estropeándolo todo, y sin valor para volver y mirarles de nuevo. Ya no quiero la llave. Sólo quiero que el laberinto les libere de mi. Y dejar de ser un puto agujero negro.

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