Había algo extraño y perturbador en aquellos relatos, pero la subinspectora Montalbán no acertaba a encontrar el qué. Sabía que era algo que había estudiado antes. Su intuición le chillaba desde algún lugar en su cabeza. Todos los textos estaban escritos por la misma persona y Madrid, como escenario, se podía entrever. Un barrio de la periferia, pero hablaba de la capital. Tampoco era el ejercicio literario de un loco. Contenía obsesión y exhibicionismo. También parecía haber un propósito oculto en aquellos textos. Sí. Eso era. Eso y la mano amputada de un chico joven que se habían encontrado unos buscadores de setas cerca de Miraflores. Justo en las coordenadas exactas que aparecían en el último relato. Eso fue lo que le llevó a aquel fragmento… y después, al resto. Llevaba horas leyendo y releyendo aquellas palabras una y otra vez para descubrir más pistas. De no haber sido por las coordenadas nunca lo habría encontrado. Allí estaba, expuesto a todo el mundo en internet, en una red social llamada Substack. Eso, junto con todas las señales clásicas y el propósito estético… sí, ya sabía lo que significaba.
El chico al que pertenecía la mano se llamaba Lucas M. desapareció hace cuatro días, justo en la fecha de publicación del último cuento, titulado “El estudiante”. No habían encontrado el resto del cuerpo, pero por las fotografías del chico y las entrevistas con los padres y profesores la subinspectora no tenía dudas: se trataba de la víctima descrita en el texto. Gracias a la mano podían ponerle un nombre y una historia. Por el análisis forense se sabía que era una amputación post-mortem y eso cerraba la historia con un trágico final.
Montalbán no había comentado nada sobre la publicación de internet a los padres de la víctima, y mucho menos a la prensa, que todavía no había encontrado el filón mediático que podría ser aquello. Pero sabía que tarde o temprano alguien lo haría.
Fermín, de delitos telemáticos, había llegado pronto a una pista falsa: la IP se perdía en servidores de Rusia. Substack tardaría semanas en proporcionar la información que le habían solicitado a través del juez, y eso si lo hacían. No contaba con nada sólido por esa vía.
Tenía una mala corazonada, sabía que cada mañana no podría evitar entrar en Substack. Por un lado lo ansiaba, pero también temía entrar y ver una nueva publicación de ese mismo usuario que se escondía bajo un nickname siniestro “4f1r3”. Cada entrada, un asesinato. Le producía una extraña sensación desear leer aquellos textos.
Fermín decía que aquel alias tenía que ser de un tipo que sabía de tecnología, probablemente un hacker de entre 30 y 40 años. No tenía sentido. Montalbán pensaba que los hackers podrían ser muchas cosas malas, pero no asesinos en serie. Ni siquiera en los Estados Unidos. No podía concebir que, además de todo eso, fuera un asesino en serie que escribía thriller. “Esto es España”, se repetía una y otra vez la subinspectora Montalbán dando vueltas en la silla y mirando la pantalla con aquellas palabras asépticas y llenas de doble sentido. Elena necesitaba fumar y pensar en el siguiente paso. Era incapaz de quedarse quieta y esperar a ver otro relato sin haber hecho nada. Tenía que forzar una pista. Y sabía que sólo había una opción, aunque fuera arriesgada. Así que escribió un comentario anónimo en la entrada de Substack:
“@LenaR04: Me gusta la historia, ¿para cuándo la siguiente?”
Antes de arrepentirse, hizo clic en “Enviar comentario”.

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