Lágrimas negras

¿Puede la realidad dar sentido a la fantasía? ¿Puede el amor superar unas barreras que no entiende? Si la fantasía se convierte en realidad ¿qué es la ficción?

Jugando con los géneros tradicionales de la fantasía y la ciencia ficción, esta historia nos lleva directos a un viaje que traspasa las reglas. Un trayecto que atravesará varios mundos, hasta embarcar en el viaje a las estrellas definitivo.

 

Con el título de “Lágrimas negras en el Jardín de Brin“, continúo la historia de 11,4 sueños luz, pero de una forma alternativa, no lineal. No obstante los lectores de 11,4 no se sentirán en absoluto defraudados y no sólo continuarán la historia que les dejó con una gran revelación sino que podrán saber mucho más acerca de la historia que ya leyeron para encajar todas las piezas antes de cerrar la historia. Puro ciberpunk, mezclado a dosis no letales con fantasía, para que puedas disfrutar de sus complejos personajes y el drama a cinco bandas que va a suceder de camino a Procyon 4.

Lágrimas negras se publicará en papel y eBook en Diciembre de 2017.

AVANCES

Alanna
Alanna. Un nuevo y esencial personaje.

Miró a su alrededor y su expresión cambió de nuevo. Miedo. Grimm podía reconocerlo, olerlo, era tan familiar como el aire. En silenció observó y luego cerró los ojos unos instantes, sintiéndolo.

—¿Qué pasa? —preguntó Grimm alarmado. Pero ella no contestó. Sus labios se movían en silencio. Finalmente, murmuró algo, casi inaudible.
—Falaich do smior, am falach agad dath agus do fhìrinn.
Grimm no sintió nada, excepto unas potentes vibraciones sordas a su alrededor.
—Vuelve a casa. Rápido. Y no mires atrás —dijo Alanna, cuya aura ahora era débil y casi descolorida.
—Pero…
—¡¡Corre!! —chilló Alanna.


Al hacer un gesto, los datos se derritieron delante de su pupila, desapareciendo de su cerebro.


El hechizo de curación, no eliminaba las cicatrices, y las nuevas se superponían sobre las antiguas. Alanna decía que su cuerpo era un libro, un libro de poemas al dolor. Grimm no entendía a que se refería, pero le gustaba sentir el tacto de sus manos sobre su piel desnuda.


Un gato biónico le rozó la pantorrilla izquierda. Se suponía que nunca lo hacían, que su instinto había sido suprimido, que sólo eran plataformas biológicas para portar cámaras y sensores. Pero a veces pasaba, el viejo ADN, siglos de frotamiento y ronroneo se abrían paso desde la carne, entre los cables y las interfaces. Sus ojos mantenían la pupila vertical, y su pelo el aspecto suave y esponjoso de un felino. Pelo sintético conformado por cientos de sensores, y holocámaras que no necesitaban parpadear, aunque lo hacían de vez en cuando para darle al animal un poco de honestidad.


Observó a Nika, y ella le devolvió la mirada. Definitivamente no era como Alanna, pero necesitaba compañía. Ya no quería estar solo, nunca más.


Sin embargo, cuando se saludaron, notó que a aquella chica le faltaba algo, y no sabía qué era. Tenía algo oculto tras su expresión neutra, sus ojos profundos y su nariz demasiado grande, casi parecía que algo dentro de ella estaba a punto de saltar. Su voz era diferente, sonaba demasiado masculina. «Sí» pensó Carlos, «al final he encontrado algo exótico» se dijo así mismo.


A través de una holocámara comercial de publicidad, y con un zoom óptico de larga distancia, Andelain vio como Valerie se introducía desnuda, en la vaina último modelo de neurolink. Su cuerpo quedó inerte, protegido por la tapa de metal traslúcido que la protegía. Gracias a la máscara, también transparente, pudo contemplar como sus grandes ojos verdes se cerraban y su piel se erizaba al entrar en contacto con el gas que evitaba que su piel no sintiera nada del mundo exterior.


Cuando cumplió trece, sabía que no podía esperar gran cosa. Pero esperaba algo. Para otros chicos significaba su primer implante, o su primera vez fuera de la ciudad. Los que tenían menos suerte, como mínimo, una consola sin restricciones. Podías no estar en este mundo, como su padre, pero al menos sabías eso. Los trece era la edad donde se otorgaba el acceso a la red a toda la población. Su padre ni siquiera le llevó a que le pusieran el chip de identificación. Nada. Así que Ricardo, con sus trece años recién cumplidos se dedicó a seguir usando su consola educativa, restringida exclusivamente a canales educativos.


Grimm se transformó en una gigantesca nube negra y flotó por todo el territorio, dispersándose hasta cubrir varios miles de kilómetros cuadrados. Rompió a llover, y cada gota de agua se transformó en un ojo atento.


Estaba acostumbrada a cambiar de mundo real a realidad mejorada, pero era imposible evitar que el cerebro tardara en acostumbrarse al cambio entre uno y otro. Su cerebro todavía intentaba compensar la pérdida de referencia. Atestado de hologramas, el andén estaba saturado de colores y estímulos visuales. Tan solo el suelo, gris y lleno de heridas, permanecía como un recordatorio de que aquel era el viejo mundo real. La ciudad subterránea de Toronto no había cambiado demasiado en doscientos años y nada parecía presagiar que fuera a cambiar.


Thand era una de las ciudades más antiguas de Fëras, y había sido capital de muchos reinos, pero una ciudad difícil de gobernar, llena de egos pequeños insatisfechos. Familias e individuos con rencillas que crecían y se volvían cada vez mas complejas. Cada calle tenía una historia, más agria que dulce. Cuna de reyes, ahora vivía como una de las ciudades con más tráfico comercial del continente. En sus mercados se vendían y compraban esclavos, animales y todo tipo de información. Las casas blancas, mostraban sus balcones de ladrillos de colores, como bocas y ojos abiertos a la multitud. Las calles estaban pobladas de  puestos callejeros  de hombres de tez oscura y sonrisa blanca permanente. Perros que perseguían a gatos, y bandas de niños que jugaban a ser uno más de ellos. Niños de la calle, como había sido Reiner. En otras ciudades había orfanatos, como en Helms, donde Grimm creció, pero en Thand, preferían vender a los niños que no corrían lo suficiente.   

Próximamente más actualizaciones (Julio 2017)

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