La terrible vida de un rarito

Ayer, quizás por primera vez en mis cincuenta años de vida, brillé sin esfuerzo. Como una estrella que llega a su plenitud. Estaba tomando 50 mg de una sustancia muy controlada.

No solo brillaba, generando calor y luz a mi alrededor; podía verlo todo con claridad, ver el camino rojo e ignorar el caos que me rodeaba. Por primera vez, la realidad me parecía manejable.

Hace poco más de tres meses me confirmaron el diagnóstico que puso orden en mi vida. Soy un neurodivergente certificado por la ciencia. Lo que siempre fue una sospecha se confirmó del todo.

También ayer cené con uno de mis viejos amigos de la infancia, alguien a quien estoy unido por el pasado y quien jamás podrá alcanzar a entender quién soy ni por qué soy así. No le culpo, la mayoría de la sociedad busca pertenecer y encontrar fuera de uno mismo el significado de la vida. Yo mismo lo he intentado muchos años sin éxito. Mi juventud y mi infancia fueron difíciles, como él me recordó anoche. En su memoria, soy alguien contradictorio, inexplicable y complicado. Palabras que he oído durante toda la vida. Sufrí mucho; podría haber sido peor si no me hubiera refugiado en mi interior. Ahora sé que mi padre también sufrió lo mismo, e incluso con mucha más fuerza. Mis dos hermanas mayores que yo también lo sufren y al menos dos de mis tres hijos también. El mediano, G., atraviesa ahora momentos que me son dolorosamente familiares.

He escrito muchas «autoficciones» hablando de lo que significa ser rarito, como una forma de explorar mis sentimientos y mi forma de entender el mundo. Ahora sé que tengo un propósito aún mayor: explicar a los que son como yo, que no están solos en absoluto. Somos muchos, y no debemos escondernos o camuflarnos. No se puede explicar de manera fácil porque está muy ligado a nuestra forma de entender el mundo, y aquí cada uno construye su mundo interior como puede. En todos los institutos había grupos de raritos. Estaban los empollones, los tímidos, los que no tenían amigos, los que tenían aficiones raras y obsesivas y muchos otros grupos de una sola persona. A veces nos juntábamos algunos, atraídos por la diferencia, no por la similitud. Al final, pese a todo, seguimos siendo personas y nos gusta ser aceptados aunque sea porque no hay nadie más a mano. A lo largo de mi vida creo que he conocido a más «raritos» que a personas normales, de hecho, procuro evitar a la gente normal porque me aburre demasiado. Esto siempre me ha metido en líos, pero sin duda, mis mayores problemas han sido siempre provocados por personas corrientes que no entienden ni quieren entender.

Los niños son crueles. Los adultos no son mejores, son rencorosos y están todos llenos de traumas y dolor. El mundo es un lugar horrible… Pero también maravilloso, mi hijo sufre porque sabe que no encaja. No puede seguir el ritmo de los demás, porque está desconectado y se siente roto e inútil. Mi hija mayor es capaz de entrar y salir a voluntad del mundo real y refugiarse en su propio universo. Tiene solo 12 años, pero ya ha creado su propio avatar en el mundo real y oculta su brillo lo mejor que puede.

Casi todos los que somos diferentes nos escondemos bajo varios niveles de máscaras. Los más inteligentes crearon sistemas inexpugnables y muchos quedaron atrapados allí, víctimas de su propia inteligencia. Siempre he conectado con ellos de manera innata, aunque, debido a mis propias limitaciones, me ha costado mantener relaciones duraderas. Todos somos demasiado delicados y muy complejos.

Mi amigo de la infancia no entiende nada de esto. Para él, los ritos de madurez consisten en humillaciones, borracheras, competiciones grupales y marcas personales, en forma de éxito, del tipo que sean.

Para mí, la madurez consiste en entender quién eres y con qué cartas juegas en esta partida que llamamos vida. Mi padre me dejó algunos de sus diarios, donde página tras página se ve cómo luchó toda su vida contra el destino, desangrándose hasta volverse loco.

Fue un hombre admirado pero que nadie pudo comprender, con unos destellos de luz y calor fugaces, alternados de noches heladas y desconcertantes. Vivió atormentado toda su vida, rodeado de libros y méritos, huyendo siempre hacia delante. No quiero que mi destino sea el mismo y menos aún el de mis hijos.

Las personas como mi amigo son ajenas a este drama. Su mundo interior es estático, un ideal que persiguen toda la vida, consumiendo y devorando el tiempo hasta que mueren. Otras personas como yo solo quieren entender, aprender, experimentar, cambiando constantemente en el proceso. Ninguno de nosotros es exactamente igual que el otro, pero somos muchos y la mayoría nos escondemos involuntariamente. Mi amigo no entiende que cuando habla conmigo, solo lo hace con la representación que él es capaz de entender en su plano de existencia.

He tardado 50 años en asimilar esta verdad y quería compartirla con vosotros.

Si me lees, es que también hay algo torcido en ti. Quizás estas palabras abran una grieta en vuestro interior. Os animo a explorar esa grieta. Quizás ya lo habéis hecho y sabéis de qué hablo. Si es así, sabréis que esto solo es el principio de otro gran viaje.

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos, promedio: 5,00 de 5)
Cargando...

No Comments

Leave a Reply

 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Featured