Fragmento extraído del cuaderno 1, página 18.
¿En qué momento se transformó la mariposa en gusano?
Me hacía esa pregunta mientras miraba de manera disimulada a la niña de ojos grandes que estaba sentada dos mesas más allá, ignorada por sus padres y por el resto de adultos de la sala. El ruido no parecía molestarla, inmersa en su mundo infantil. Aquellos ojos parecían haberlo visto todo, y aún así, querer más. Mucho más. Su naricilla de bebé y sus pasos inseguros de cabritilla eran incompatibles con la elegancia o la belleza. Me fascinaba aquella declaración de soberanía. Su inocencia nos perdonaba a todos, y nos mostraba, generosa, que la vida aún se seguía abriendo camino a pesar de la mediocridad repugnante del universo.
Me tiró su juguete, sabiendo que la observaba. Sabía que, al igual que ella, yo tampoco pertenecía a esa jaula donde respirábamos. Ignorando las normas, la niña vino a por él, dando pasitos cortos y bamboleantes. Tomé el chisme del suelo, una simple muñeca sin expresión, y esperé a que llegara. Llevaba corte de pelo de chico y con su vocecita me dio las gracias por alzarle la muñeca. Cruzamos nombres y le pregunté cuántos años tenía. Siete años. El último refugio, pensé. La edad donde todavía se es niño.
Nos interrumpió su madre, que la reclamó para que no me molestara, sin entender que, al contrario, eran el resto de sacos de carne que me rodeaban los que molestaban, no la niña. Se volvió a su esquina y yo permanecí en la mía. En aquel momento llegó la camarera. Interrumpió la conversación que había en la mesa, una conversación aburrida de trabajo con los clientes con los que compartía mantel y tiempo. Era una chica joven de tez suave, ojos redondos y cabello castaño. Su voz tenía un timbre y un volumen que me provocaban fuertes impulsos. Llorar, huir. Apreté los oídos y cerré los poros de la piel para soportar la tormenta. El resto de comensales se pelearon con ella para desnudar el menú. En Murcia, los camareros se comportan como uno más en la mesa, y aquella chica lo llevaba a un nivel superior. Los clientes, que invitaban, jugaban en casa y yo desconocía las reglas. No me interesaba ni el juego, ni ella, así que los observé bailar entre miradas con curva y quiebro y lanzar estocadas de pausa y acento. Ausente en mi propio cuerpo, crucé de nuevo la mirada con la niña, cuya compasión no tenía límites.
La camarera ganó, y un plato de comida que no me gustaba, muerto y caliente, se postró desnudo delante de mí, sin pudor alguno.
Mientras masticaba, pensaba en un mundo donde pudiera ser un niño y fugarme debajo de la mesa, para jugar con la niña de ojos grandes, lejos de aquel horror, pero arriba, la camarera me lanzaba puyas indirectas, en un cortejo de animal de zoológico. Me quité las plumas de colores del rostro como pude, para mayor alegría de mis compañeros y representantes del lugar. Mis compañeros de trabajo siempre me tachaban de tipo raro, y muy a mi pesar, odiándome por ello, cometí el error de contestar a la camarera. Amagué, finté, avancé y retrocedí un poco. Ataqué cuando se dio la oportunidad; resultaba un juego simple si seguías las reglas. Se rieron y participé como uno más.
Lo peor fue soportar su presencia en los postres, sentada a mi lado. Desconozco por qué tenía aquella obsesión en mí, pero sus ojos negros crecían cuando me miraba, como dos soles gemelos. Dos soles negros que me querían devorar. Cuando pagué la cuenta, toqué sin querer su dedo índice, y sentí una sacudida violenta. Un viaje fugaz a otro mundo, caliente y húmedo, regido por dos astros negros que habían devorado todo el universo a su alrededor.
De manera inconsciente intenté buscar a la niña. Entré en pánico al descubrir que ya no estaba, que se había ido para siempre. De fondo, la cháchara interminable de la camarera martilleaba mi cabeza y me vaciaba a borbotones.
Viajar por trabajo nunca me ha gustado. No era por el lugar. A cada minuto que pasaba fuera de mi mundo, sentía que me desmoronaba, que iba perdiendo trocitos de mí, convertidos en ceniza. El hotel tenía todos los lujos de una ciudad pequeña, pero a pesar de la cuidada iluminación y la decoración, no podía evitar que muriera poco a poco, asfixiado.
No solía beber, excepto cuando viajaba. Siempre lo hago solo, recluido en la esquina mas oscura del bar del hotel, donde se refugian los tipos que no quieren estar ahí. En aquellos sitios jamás encontraría los ojos de una niña.
Al invocar aquel recuerdo, la magia del universo acudió a mí. La chica, la camarera del almuerzo, trabajaba en el hotel de camarera de noche y en cuanto me vio, fue a por mí. La observé impasible acercarse a mí, como el parachoques de un coche de la madrugada, atravesando un bosque a más de cien kilómetros por hora. Atravesé la niebla, pasé unas curvas y ¡pam! La chica se estrelló contra el capó y la sangre salpicó el parabrisas.
Subimos a mi habitación cuando acabó el turno. Mientras hacíamos el amor, observaba en el espejo nuestras siluetas desnudas. Pensaba en por qué lo hacía. Con su cuerpo desnudo encima, buscaba desesperado en su piel algo que me atara a aquel instante, pero no lo encontraba. Mi carne gemía y empujaba con ferocidad, pero yo solo podía seguir observando con tristeza a dos chacales mordiéndose rabiosos.
Cayó a mi lado exhausta y sudorosa. Apestaba a animal de granja, acostumbrado a vivir para ser alimentado.
—Eres un tío muy raro. Me ponen los tipos raros… y con cuerpazo. Estás tremendo. Pero seguro que ya lo sabes.
No esperó respuesta por mi parte. Sabía que hablaba poco.
Volvió el desagradable e inevitable encuentro con su voz, pero sus dos soles negros se perdieron pronto debajo de las sábanas, entre mis piernas.
Al menos calló durante un rato.
Mientras su boca estaba muda, encontré por fin lo único especial de aquella anatomía de mujer joven y vulgar. Su nuca, la parte oculta de su cuello fino y frágil. El resto de su materia era como su voz, brutal. Aquellas piernas podrían bailar durante horas y follarme sin piedad durante toda la noche.
Insistí en acompañarla a casa, en llevarla en mi coche. Tenía curiosidad por saber más sobre mí. Jugaba con ella mientras pensaba en su cuello. No me equivoqué. Al crujir, su mirada era la de un ciervo atropellado.
Busqué un paraje olvidado y vulgar. Fue muy fácil, aunque había poca vegetación para esconder el cadáver. A las cuatro de la mañana da igual casi todo. Dejé aquella carcasa mirando al cielo. No cerré sus párpados, para dejar que aquellos dos soles negros volvieran al vacío cósmico al que pertenecían. Los contemplé por última vez mientras perdían su color y dejaban de existir. Pensé si alguna vez fue niña, y qué clase de niña fue.
Volví en silencio a mi hotel y me duché para sacarme su olor. Dormí en el sofá. Odio viajar por trabajo.

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