Fragmento extraído del cuaderno 1, página 15.
Sus manos eran delicadas y menudas; las de un niño de diez años en el cuerpo de un muchacho que no quería ser hombre. Su ropa funcionaba como un hábito infantil. Llevaba una pulsera en cada muñeca, como si necesitara un anclaje para no sentirse más desnudo de lo que ya sufría por dentro. En sus ojos había algo anterior al miedo, frágil e infantil, pero no era curiosidad.
Le observaba de lejos. Estaba sentado en un banco, intentando desaparecer, como si a ambos lados hubiera dos gigantes molestos e invisibles. Su cuerpo se oponía a existir, a no significar. Dentro de aquellos pantalones holgados no había un cuerpo, solo un fantasma de carne y hueso. Nunca hubiera dado con él de no ser por una palabra que le delató en el texto del anuncio. Nadie habla de amor cuando vende algo de segunda mano. Nadie esconde poesía en un texto de trescientos caracteres y una fotografía hecha con el móvil. Fue sencillo intuir la identidad que se escondía detrás de aquel alias, un ser perdido. El alma de nadie.
Disfruté observándole, pero sabía que echaría a volar si esperaba demasiado. De cerca sus ojos eran aún más inestables, ámbar líquido. Dolía cruzar la mirada con él. Nadie tenía ojos de perrillo y voz de otoño. Fue fácil, demasiado fácil atraerle con palabras, ir con él a una cafetería próxima para robar más segundos a sus pestañas temblorosas, a su cuerpecito de cachorro torpe. No tomaba café, no bebía alcohol. Aquel café me supo amargo, pero no me importó.
Me ofrecí a llevarle a su casa, bueno, a casa de sus padres. Por el camino le convencí de enseñarle mi colección. Nunca había conocido a alguien como yo, me decía, y es normal, porque no existía esa persona antes de nuestro encuentro. Durante aquel corto trayecto me habló de sus planes, de su amor por Poe y todos los poetas y escritores a los que nadie leía ya. Lovecraft y decenas de autores que no conocía. Parecía que en aquel chico se hubiese reencarnado la melancolía de una generación entera de suicidas románticos. Sus uñas eran perfectas y su ropa no mostraba ningún pliegue. Aquella piel no había sufrido herida alguna.
En casa, se dejó besar con ternura. Se deshizo entre mis brazos. No supo qué pasaba, ni registró el instante exacto en que le partí el cuello. Dulce y frágil incluso en la despedida. No había sorpresa, solo esperanza en su mirada. Lavé su cuerpo con mimo. Su piel estaba inmaculada, salvo por una frase tatuada en su antebrazo izquierdo: “Kiss me where the pulse ends”. Hice el corte con cuidado para dejar aquel poema intacto.
Su mano derecha descansa en una caja de metal en las coordenadas 40,83534ºN / 3,74074ºO.

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