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Ficción personal

La llamada

14 julio 2015 — 0

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Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

No era la primera vez que me ocurría. Ni siquiera la peor, pero sentía que cada vez me era más difícil justificar mi lucha interior. Siempre era casual. Un cruce de miradas. Una respiración en dirección equivocada. Cuando ocurría, siempre sentía lo mismo: que el tiempo se paraba, y que algo en el orden de las cosas estaba equivocado, se deslizaba, derrapando sobre el asfalto de mi vida ordenada y perfecta. Y ocurría: el accidente. Dos ojos llenos de curvas en un túnel. Ella nunca era igual, sería fácil si lo fuera. Pero no, a veces, era la chica que me encontraba en una reunión, otras una compañera ocasional de viaje de negocios, que me seguía la conversación sin más malicia. Con alcohol era más fácil, por que ni siquiera recordaba el comienzo, sólo que me embriagaba del tacto sedoso de sus voces. Incluso una vez, ocurrió por casualidad, convertido en víctima accesoria de un mal mayor, como un accidente múltiple. Jóvenes, no tan jóvenes. Inocentes o no. No había un patrón. Cuando empezaba a tirar de ese hilo, sabía que como terminaría, pero seguía tirando sin poder parar. Quizás fuera eso lo que más me gustaba. Cuando no sabía si la otra parte estaba jugando a lo mismo. Cuando no sabía si sólo eran imaginaciones mías o de verdad la realidad enmudecida y gris se había convertido en un local atestado de humo y blues, y en él solo había una mujer con una sonrisa enigmática y nerviosa acompañando el Death Letter Blues de Son House. No sabría decir si lo más difícil era el primer sí, o el primer no. Todos llevaban a lo mismo, a seguir haciéndome la misma pregunta. ¿Sí o no? En ese punto, comenzaba la cuesta abajo. Frenar era inútil ya. Cuanto más tiempo evitara el impacto, más fuerte sería al final. Cuando ya veía la pendiente, venía a mí ese vahído de vértigo. Dulce y ácido. Imaginaba sus pupilas dilatándose de pronto, y un solo de guitarra tocado tan solo con la sexta cuerda. Tensión sobre negro. Humo y unos labios  húmedos.

De momento, Elena estaba tan sólo en mi smartphone. Un número y una pequeña foto. A pesar de que estaba apagado, notaba como me susurraba en la oscuridad. No podía dormir. Apartaba con argumentos torpes las excusas que revoloteaban en mi cabeza hueca. Excusas que ya había usado, estériles, incapaces de terminar nada, porque volvía a sumergirme en todo ese torrente pretérito de sensaciones: el suave tacto de unos pechos tras una blusa, rozando mi antebrazo. La punta de su nariz sobre mi lóbulo, susurrando, sus pestañas aleteando. Su voz. Su urgencia y la mía, sobre fondo gris y nuestras miradas ardiendo en llamas.  Y sin embargo, el zumbido de la razón, no cesaba, intentando apagar ese incendio. Activé el móvil y miré de nuevo su número. Reimaginé su fotografía. Su imagen volvió a mí, en movimiento, silenciosa, como un fantasma. El sudor corriendo sobre su piel y sus pequeños dientes blancos mordiendo mis labios. Mis sentidos, juntos, vencían poco a poco mis resistencias. Como siempre, mi otro yo, me atormentaba en mi cabeza. Hablándome silencioso a través de mis propios pensamientos, con un susurro inaudible e insidioso.

—¿Por qué no?—, me preguntó. Intenso y poderoso.

—Ya sabes por qué no. Lo de siempre. ¿Luego qué?—, respondí en voz baja, evitando que me oyera mi mujer, que estaba dormida al otro lado de la cama.

—Luego, otra vez—, dijo sinuoso.

—No quiero destruir todo lo que he construido—, repliqué, derrotado.

—No tiene por qué—, me respondió, con tono seductor. Mucho más de lo que yo sería jamás. No tuve fuerzas para replicar. Recordaba la primera vez. Las excusas. Las mentiras. Las negaciones. Las terribles y complicadas mentiras. La necesidad de recordar aquel andamio de serpientes y cuerdas. De hacer aquella historia coherente hasta el final, no poder bajar nunca la guardia y tener que recordar todos los detalles inexistentes. Las sonrisas huecas, las largas conversaciones con mí mismo. La necesidad de sacar aquello de dentro y la absoluta certeza de que nadie podría soportar aquel hedor que ocultaba. Sin embargo, todos aquellos momentos, habían merecido la pena. Y era lo que me repelía, saber que lo volvería hacer otra vez, por sentir de nuevo. Por eso, tomé el Smartphone y temblando mientras imaginaba sus gemidos y el tacto de sus pechos sobre mis manos. Empecé aquel baile.

Tras dos semanas, el rastro de sus uñas en mi espalda aún me hacía estremecer. Todavía perduraba el regusto de su sudor, ácido y ahumado. Había merecido la pena. Cada instante. Recordaría siempre aquella mata de cabello rojo, crispada entre mis dedos. Su pequeña boca húmeda entre mis piernas. Arrodillada frente a mí, su cuerpo era una playa bañada por algas rojas.  Sal, arena y mar. Como su sabor. Como sus gemidos contra las rocas, estrellándose contra lo inevitable. Y la resaca, arrancando toda la vida de las orillas, ahogándola en el fondo del mar.

Estaba en el trabajo, en mi despacho, donde intentaba no pensar en nada. El trabajo era un límite que respetaba por encima de todo. Cuando sonó el teléfono lo cogí de manera automática, sin pensar. Ví su nombre en la pantalla y mi mano no respondió, ajena a mí. Era ella. Su número. Imposible. Estaba muerta. Aunque ya había sucedido antes. Sabía lo que tenía que hacer. Respiré profundamente un par de veces y contesté sin nerviosismo.

—¿Sí, dígame?

—¿Esperabas a otra persona?—, respondió ella al otro lado. Un sudor frío patinó espalda abajo. Era su voz.

—¿Elena?—, respondí mecánicamente, sin guión.

—¿Te sorprendes de oír mi voz? ¿Pensabas que no me acordaría de ti?—, su voz tenía el mismo tono alegre que recordaba.

—Yo… —, apenas podía respirar.

—Lo entiendo, se supone que debía estar muerta. ¿No?

—Qué… ¿qué broma es esta?

—Te llamo para avisarte. Esta vez has ido demasiado lejos.

—No sé de que me hablas, creo que te estás equivocando—, me giré hacia la pared y empecé a recobrar  el control de la situación.

—¿Te acuerdas que tuviste la sensación de haberme visto antes?. No me lo dijiste, pero lo pensaste. Mi nariz, mi acento canario.

—Te lo repito Elena, no sé de que me hablas.

—Yo tampoco lo sabía. Pero tu tenías que haberlo sospechado. ¿No miraste mi cartera cuando te deshiciste de ella? ¿No te fijaste en la foto que tenía guardada?. Esa niña, con su madre. La niña era yo, con mi madre, la hermana de tu mujer. Soy tu sobrina Elena. Bueno, era.

—¡¿Qué?!-, grité nervioso.

—Ya da igual. Estoy muerta.

La pantalla del teléfono, en negro, no daba señales de vida. Ya no estaba en mi despacho, estaba en el cuarto de baño, sentado sobre el retrete. Con la camisa empapada de sudor. Obsesionado en recordar qué había pasado en mi vida esas últimas dos semanas, ignorando que había ocurrido desde que cogí el teléfono hasta que fui consciente de estar encerrado en el baño. Desesperado por entender por qué aquel rostro tenía algo familiar, sin nombre. Elena. Me vino de pronto todo de golpe. La foto de la cartera. Las fotos de mi familia en su casa. Las bragas ensangrentadas enroscadas en su tobillo izquierdo. El tatuaje de una espiga. El recuerdo lejano de una niña de apenas tres años en el columpio, riendo cuando la empujaba. El olor infantil de su pelo limpio. Todo eso que había escondido en algún lugar ajeno de mi cabeza.

—No te vengas abajo-, me dijo una voz en mi cabeza.

—He llegado al final— me respondí en susurros— ya no hay más.

—Ha sido un error, pero no volverá a suceder—, respondió retador. Poderoso.

—¡No!—, grité.

….

—¿Pasa algo?— preguntó alguien al otro lado de la puerta.

—No. No. Estoy hablando por el móvil-, dije peleándome con las palabras.

Me mordí la lengua y esperé en el baño. Seguía sin recordar como había llegado. Ahora reconocía de que durante años, había olvidado muchas cosas, ignorado muchas lagunas. Podría recordarlas si quisiera, pero sabía que sería peor. Yo mismo las había escondido tras los muebles de mi vida gris. Salí del baño y me escabullí hasta la escalera donde todos en el edificio fumábamos a escondidas, usando una gran ventana que daba al patio y desde donde se veía el cielo. Necesitaba respirar. Pensar. Fumé un cigarrillo tras otro, temblándome en los labios. Sin querer recordar o sentir. Buscando silencio y soledad. Una señal, algo.

—¿Hola?, ¿estás bien?—, me dijo una suave voz delante mía.

No la conocía. Sin embargo, aquel tono de voz me hizo volver la vista. Mirarla. Por unos instantes, sentí que todo volvía a la normalidad. Que nada había pasado. Era muy joven. Me sostuvo la mirada, curiosa. Dulce. Frágil. Vulnerable. Fueron los segundos más largos de mi vida. Luego, salté por la ventana mientras unas notas de blues sonaban de fondo.

Ficción personal

Mimosas

2 julio 2015 — 1

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Era una cueva oscura. Una tenue luz surgía del agua que me llegaba casi hasta las caderas. Esa luz me dejaba entrever la caverna llena de sombras azuladas que bailaban. El agua estaba templada, casi caliente y los peces azules y rojos volaban entre mis rodillas, jugando al escondite. Un olor a jazmín flotaba sobre la bruma. Musgo y pequeñas flores aún tiernas, rodeaban los peñascos que sobresalían. Como si fuera un pastor entre los peces, caminé hacia delante guiándolos por sus propios dominios, paladeando el sabor dulce del vapor. Las paredes de piedra eran suaves al tacto, como algodones pétreos. Una gota cayó sobre mi frente, caliente y salada como una lágrima. La cueva entera lloraba en silencio y las gotas que caían aquí y allá eran el único sonido vivo, lento y pausado. El ritmo de las lágrimas y el tacto de los peces sobre mi piel me acompañaron un rato, hasta que la oscuridad de la cueva terminó bajo la luz de la luna, que colgada en el cielo iluminaba un bosque alrededor del río. La brisa refrescó mi piel, y seguí caminando. El susurro de las hojas de los árboles que bailaban bajo la brisa, acompañaba una noche cálida. Casi pegajosa.

Al principio pensé que era un pájaro, un extraño ave de plumas de terciopelo. Pronto supe que no lo era. Oí palabras. Palabras extrañas, pronunciados por una niña. Susurros, ecos. Los propios árboles acompañaban aquella canción en completa armonía. En el silencio entre estrofas, ni el viento se atrevía a soplar, como si la naturaleza contuviera el aliento por respeto. Yo mismo dejé de respirar hasta que de nuevo, la  voz vino de nuevo a mí. Sentí que me llamaba, pese a las palabras incomprensibles. Seguí el río, buscando el origen de aquella voz desconocida y frágil. Los peces trotaban a mi lado, deseando llegar, indicándome el camino. Incluso parecía que las piedras bajo mis pies, se aplanaban, haciéndome el paso más fácil.  Las estrellas parpadeaban alegres. Su voz se hizo más dulce, más cercana. Estaba cerca. Podía oler el aroma de jazmín, mezclado con otras flores para las que no tenía nombre. Un olor dulce y ligero, huidizo. Se escondía y volvía a aparecer en mi consciencia. Era incapaz de atraparlo, pero cada vez que respiraba estaba ahí, como los peces y las estrellas. Amarillas. Me imaginaba esas flores amarillas y con grandes pétalos carnosos. No vi flores, solo los grandes ojos de una muchacha, casi una niña, que cantaba en un idioma desconocido para mí. Aquella canción se repetía una y otra vez de forma hipnótica. Caminó hacia mí sumergida hasta la cintura. Era menuda y delgada. La luz de la luna resaltaba la palidez de su piel. Su largo cabello fluía sobre sus hombros y sus pequeños pechos. Sus labios me sonreían sin dejar de cantar. Los peces nos rodearon y ella siguió susurrando aquella canción, aquellas palabras líquidas en mis oídos, produciéndome cosquillas en algún lugar de mi interior. Parpadeó lánguida, sus pestañas no tenían prisa. La luz de la luna se reflejaba sobre su nariz. Iluminando solo la mitad de su rostro. Su ojo izquierdo brillaba, verde y cristalino, como el agua. La contemplé sin prisa, buscando peces que nadaran en aquella inmensidad. Su canto se convirtió en un susurro y se acercó hacia mí muy despacio. Sentí su aliento sobre mi cuello y el tibio roce de su piel sobre mi brazo. Ella era la flor amarilla. Como un campo de melocotones en verano, su esencia dulce me desbordó. Sus labios rozaron mi oreja y un lento escalofrío bajó nadando por mi espalda. Paró su canción para reír y observarme con curiosidad apenas a un palmo de distancia. Sus labios volvieron a cantar para mí, en silencio. Mudos, pero llenos de vida, como la fruta fresca. Se giró hacia el río y sus dedos buscaron los míos. Me indicó que la siguiera, sin palabras. Volvió a cantar aquella canción alegre. Suave, dulce, sin prisa. Suspendido en aquellas hojas amarillas, flotando entre los peces. La seguí. Minutos, horas. Mil latidos mal contados. Cuando se giraba de forma sutil para sonreírme, veía su perfil y me estremecía: era el ser más hermoso que había conocido.

El río se ensanchó, hasta convertirse en un pequeño lago. Allí otras criaturas me esperaban, igual de hermosas, hermanas mellizas de aquella criatura que aún me sujetaba la mano. Sus hermanas, me dieron la bienvenida con curiosidad. Revoloteando alrededor de mí. Rozando con las yemas de sus dedos mis hombros, mi pelo, mis manos. Pacientes, escuchaban la canción de su hermana, que se balanceaba de forma plácida sobre el agua, flotando sobre mí. El agua se hizo más profunda de repente y dejé de hacer pié, pero ella me sujetó la mano y me abrazó. Sentí por primera vez el tacto de su cuerpo sobre el mío, de sus manos sobre mi piel desnuda. Entornó los ojos con ternura.  Calló. Suspendidos sobre el agua, sólo se escuchaba el murmullo de una cascada lejana y las apagadas risas de sus hermanas que habían ido ya a la orilla y nos esperaban fuera del agua.  Sin abrir los ojos, sus labios rozaron los míos. Poco a poco, nos besamos. Flotando en aquella ingravidez, la humedad de su boca me inundó. Cerré los ojos y me hundí en aquella sensación de pérdida, de total abandono. Abrazado a su piel, encerrado en sus besos llegamos a la orilla. Sus hermanas nos ayudaron a subir y tras sus manos llegué a sus labios. Ellas también me besaron y recorrieron mi piel húmeda con sus manos, compartiendo con su hermana aquella intimidad aterciopelada, aquel aroma dulce y fresco. Su piel bajo la mía, sus risas cortas y alegres fluyendo sobre mi cuerpo. Sus cabellos desparramados sobre mis piernas. Lloré de placer, de dicha y me perdí en aquel bosque de gemidos.

Horas. Minutos. Vidas. Mis oídos despertaron poco a poco, bajo el ronco sonido de otras voces. No recordaba haber cerrado los ojos, los abrí despacio. Seguía siendo de noche, pero ya no había luna. A mi lado, otros hombres gemían de placer haciendo el amor con aquellas criaturas. Un picante y dulzón olor ahogaba mis sentidos a sexo y sudor gastados, usados. Sobre mí, ella se balanceaba una y otra vez, pero su canción ya no era un susurro cálido sino un gemido roto y desabrido. Monótono. Su rostro desfigurado por las tensión, vulgar y malgastado. Sus ojos ya no eran estanques cristalinos, sino pozos turbios. Una mueca burlona reemplazaba su sonrisa. Intenté moverme, huir. Mi cuerpo no respondía, lánguido e insensible, mientras ella me usaba a su antojo, desbastándome como a una rama de abedul.

Desperté bañado en sudor frío y jadeando. Eran las cinco y cuarto de la madrugada. La imagen vívida de aquellos ojos turbios y aquella mueca cínica permaneció en mis retinas sin poder quitármela de la cabeza. A ciegas, fui al baño y me mojé la cara sin atreverme a mirarme al espejo. La imagen poco a poco se desvaneció y las luces de los rascacielos bajo mi ventana la sustituyeron como un pesado manto de luces muertas. Pronto amanecería. Aquel aroma  dulce y fresco volvió a mí por unos instantes. Por unos instantes quise llorar, sin saber porqué. Tomé dos pastillas y rogué para que hicieran efecto pronto.

Ficción personal

Máquinas defectuosas

16 diciembre 2014 — 0

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Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo. Es uno de mis favoritos :)

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

Con aquel flequillo y ese pelo corto parecía un chico, aunque sus curvas la delataban, parecía muy joven, pero una mujer al fin y al cabo. Apenas levantaba la mirada del suelo, avergonzada, insegura. En sus grandes ojos de color miel, las lágrimas desbordaban el dique negro de sus pestañas. Babas dulces caían de sus labios, hinchados como fruta madura, húmedos debido a la violencia a la que la habían sometido. Arrodillada frente a él, su cuerpo casi adolescente temblaba encerrado en un vestido ceñido.
—Por favor, no me hagas daño —imploraba una vocecita que sonaba a niña tímida.
—Cállate —zanjó él, tirándola del pelo con firmeza.
—Túmbate, puta —ordenó.
Ella, obediente, se tumbó boca arriba en la cama, aunque no pudo reprimir los sollozos. Ocultó su rostro angelical con sus manos mientras dejaba el resto de su cuerpo sobre la cama, vulnerable e indefenso. Sus piernas, quedaban entreabiertas bajo el vestido negro . Él se arrodilló y le quitó los zapatos de tacón con cuidado, dejándolos encima de la moqueta, recreándose en aquella fragancia familiar. Controlando a duras penas su ansia, recorrió con las yemas de sus dedos el tacto de sus piernas, fundiendo en su mente el acto de tocar y ser tocado. Tobillos, rodillas. La cara interna de aquellos muslos largos, que se ocultaban vagamente bajo la ropa. Los lloriqueos fueron en aumento al sentir los dedos de él rozar su vello púbico. El perfume de ella le volvía loco, casi tanto como sus lamentos.
—No por favor, no… —susurraba ella, sorbiéndose los mocos, víctima de la impotencia.
Tarde, sus dedos ya habían asaltado la frontera. Tras unos instantes de respiraciones densas y entrecortadas, de gemidos y de miradas turbias, le arrancó la ropa interior y trepó sobre ella, sujetando sus manos, y contemplando con placer como las lágrimas rodaban por sus mejillas. Ella hipaba, entre lloro y lloro, con los labios húmedos y salados. Sus miradas tenían una conversación propia, ajena a sus cuerpos.
—No lo puedes evitar. Lo sabes —dijo él, despacio, sonriendo, disfrutando cada sílaba, aplastándola bajo su peso, inmovilizándola, a unos centímetros de su rostro. Sus alientos entrecortados se mezclaban, húmedos y calientes.
—Nnnn… no, por favor —gemía ella, rota, arqueándose hacia él para escapar de sí misma, pero él la empujó de nuevo sobre la cama y le bajó la parte superior de su vestido, mostrando sus hombros desnudos y su pecho, protegido tan solo por un sujetador negro.
—¿Quieres que siga? —Rugió él, ebrio de emociones.
Ella movió la cabeza de lado a lado mientras lloraba, sin dejar de mirarle. Sin dejar de disfrutar cada centímetro de su piel, le soltó el sujetador sin miramientos, dejando sus pequeños pechos al aire. Él aferró su delicado cuello con la mano izquierda y empezó a apretar. Ella gimió, primero de ansiedad, y al fin, de placer. Él no quiso esperar más, la besó con furia, perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Se quitó los pantalones con la mano libre y mientras la asfixiaba, la poseyó sin piedad, ignorando sus gemidos o las uñas clavadas en su espalda. Sus dos bocas se devoraban entre lloros, gruñidos y lágrimas, haciendo añicos todo rastro de sus máscaras humanas.
….
Hacía un frío del demonio aquella mañana y Alberto esperaba sentado en un banco a que su jefe llegara para abrir la sucursal. Mientras, se mordía las uñas y miraba de forma compulsiva su teléfono móvil. Buscaba algún comentario sobre la última historia que había publicado en el foro. Gracias a ese sitio de internet se había sacudido sus demonios, ya no se veía sí a mismo como un enfermo, tan sólo como otra persona diferente más. Antes de aquello, los pocos que habían atisbado en su interior, pensaban que era un sádico. La gente, como siempre, simple y corta de miras, era incapaz de entenderle. Pero no, todavía no tenía ningún comentario. Desde que se animó a contar sus experiencias sexuales sin tapujos, sin ocultar nada, se sentía mucho más seguro. Hasta que no dio con aquel lugar de encuentro, no había disfrutado de verdad con el sexo. Ninguna de sus parejas estaban dispuestas a ser humilladas o a llorar mientras follaban. La única, Eva, era demasiado pasiva, y se llegó a sentir una mala persona. Fue gracias a la psicóloga, quien le sugirió buscar personas que tuvieran una mente tan retorcida como la suya. Como Nadia, con ella todo parecía fácil. Lo único que pedía era que la ahogara, casi hasta matarla. Llorar y soportar la humillación no dejaba de ser el postre, acostumbrada a un marido incapaz de llevarle la contraria. Nadia y él eran las piezas sueltas de una máquina que alguien perdió en el diseño y descubrieron que encajaban a la perfección. Nadia parecía una lolita, aunque había pasado tiempo desde que fuera una adolescente. Él aprendió rápido a amarla, asfixiándola con las manos cuando le hacía el amor. Nadie podría entender aquello, ni siquiera él. Sólo sabía que haría cualquier cosa por ella. Sufría cada vez que la asfixiaba, sufría cada vez que la pegaba, o la forzaba de maneras inconfesables, violentas y sucias. Cuanto más sufría, más la amaba. Siempre en silencio. Sabía que si se enteraba de lo que sentía por ella, dejarían de verse. Esa había sido la única regla de Nadia. Sus vidas simulaban normalidad: ella estaba casada, y trabajaba como directora de recursos humanos de una consultora de prestigio, todo aquello bajo la máscara de la otra Nadia, vetada para él.
Carlos, su jefe, llegó en un coche, que se detuvo apenas unos instantes tras dejarle al otro lado de la calle. Vino caminando despacio hasta la oficina, como tantas veces, sin prisa, disfrutando de su propia presencia. Ni siquiera saludó, pasó a abrumarle con sus grandiosos planes, sus miles de tareas pendientes y quejas amargas sobre sus compañeros. Alberto no soportaba la idea de esperar al fin de semana para quizás poder ver a Nadia. Estaba levantando la persiana del cierre cuando al girarse, se la encontró de frente. Era ella, con otras ropas y diferente peinado. Fría, fuerte, otra Nadia. Pero le había reconocido, y una sombra de miedo llenó sus ojos, llenándolos de vida por unos instantes. El aire se congeló, mientras un parpadeo perezoso, precedía a la explosión.
—Gracias cariño —dijo Carlos dándole un beso breve en los labios—, pensé que me lo había dejado en casa —añadió, y cogió su maletín de cuero de manos de ella. Su Nadia.
—No sé que haría sin Lorena —dijo Carlos con una sonrisa estúpida.
Ella se fue sin mirar atrás. Alberto no pudo evitar temblar un poco al ver sus caderas poseídas por aquella funda humana, atractiva, y extraña. «Lorena, que nombre tan espantoso» Pensó para sí mismo.
—Va a ser una gran semana —dijo Alberto con una enorme sonrisa.
—¿Tú optimista? —preguntó su jefe divertido.
—Ya lo creo. No sabes lo que he gozado este fin de semana —respondió.
Ya estaba pensando en como terminar el relato de su última noche. Este relato.

Ficción personal

El ascensor

28 noviembre 2014 — 1

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Siempre he tenido miedo a los ascensores. Todo empezó cuando era muy pequeño, un chaval escuálido e inseguro, siempre despeinado y falto de amigos. Vivía en el último piso de una gran torre, en el décimo tercer piso. No tengo vértigo, pero mi madre no me dejaba nunca a solas en la terraza desde lo de Pituso, nuestro gato. No lo recuerdo, pero saltó y se estampó contra el suelo. Se quedó aplastado, como Blasa, el hámster de mi hermana Julia. Al él si lo recuerdo: lo encontramos después de un mes, debajo del sofá azul que hacía pelotillas.

Mi gran pesadilla era siempre igual: soñaba que el ascensor no respondía, llegaba a la planta baja y no paraba. Seguía bajando: pisos y pisos donde no debería haber nada. Sentía un frío que me dolían los huesos, desde las uñas hasta la punta de los pies. Entonces no había puertas de seguridad, las paredes de cemento se veían pasar de forma lenta pero inexorable. En vez de números, había unos caracteres extraños pintados en las paredes y luces detrás de los cristales de las puertas que me daban escalofríos y me paralizaban de terror. El ascensor no paraba, los botones no respondían, al final, se paraba en una puerta que tenía unos símbolos extraños escritos en rojo sobre la puerta. Siempre me despertaba cuando la puerta comenzaba a abrirse y un escalofriante sonido surgía de la garganta de algo que no era humano. Temblando de miedo y frío, corría a oscuras por toda la casa hasta la habitación de mi madre, que siempre me abría la manta y me dejaba dormir con ella, caliente y seguro. Su olor y el calor de su cuerpo eran lo único que me calmaba, hasta que finalmente me volvía a dormir.

En aquella época de mi vida, todo me deslumbraba. Mi vida iba dentro de una mochila al colegio. A veces volvía magullada, quizás con un sacapuntas de menos y un arañazo o un chichón de más. Acompañado tan solo por mis fantasías, y mis tesoros: un chicle de fresa en un bolsillo y un cochecito de metal en el otro. Los pocos amigos que tenía eran como yo, chicos solitarios y extraños. Iván era un chico grande para su edad, su bigotillo incipiente y su corpachón no encajaban en aquel curso escolar ni con aquellos niños. Sus padres no le dejaban hacer gimnasia, y la gente le tenía miedo porque pegaba de verdad. Había hecho sangrar a varios de los abusones que pasaban el rato conmigo antes de que él llegara.

Una vez le conté mi sueño a Iván, y se rió de mí. El vivía  en la planta baja de mi edificio y no tenía que coger aquel ascensor, le envidiaba. Su padre era un tipo alto y fuerte, tenía una escopeta de dos cañones, un coche enorme y un montón de películas de vídeo. También tenía una hermana pequeña que aunque no hablaba mucho, a veces se reía de mis gracias, no como mis hermanas que eran mayores y pasaban de mí. Su casa era también mejor que la mía, tenía muchos juguetes e Iván siempre me dejaba jugar con ellos. Su padre era muy ruidoso al reírse, y siempre tenía una ocurrencia a punto. Una vez me regaló un huevo Kinder. Me daba rabia que se rieran de Iván en el colegio por su bigotillo y por ser tan grande. Era mi mejor amigo, aunque algunas veces me preguntara por qué mi padre no vivía con mi madre, y yo le decía que no lo sabía. Él siempre se enfadaba porque creía que no se lo quería decir, pero era la verdad. No podía entender porque los padres a veces no viven juntos.

Un día subimos a la azotea, él tenía llave porque su padre era el Presidente de la comunidad. Desde ahí se veía a la gente diminuta, andando como hormigas. Les escupíamos con todo lo que teníamos, pero no se enteraban, así que acabamos tirándoles cosas que había traído Iván de su casa: patatas, huevos y hasta una cebolla que olía fatal. Veíamos como se hacían tan pequeñas que casi desaparecían, hasta llegar al suelo, donde reventaban en un silencio casi teatral.  No se oía el sonido pero nosotros nos lo inventábamos haciendo ruidos con la boca y nos partíamos de risa. Yo me asusté un poco al final, cuando la gente empezó a gritar pero Iván no paraba de reír y decir que se meaba en ellos. Bajamos por el ascensor, y lo hizo; meó las paredes de los pisos según íbamos bajando. A mi no me salía y me tachó de cobarde entre risas. Envalentonado, paró en el cuarto y empezó a llamar al timbre de las puertas y bajar corriendo al piso de abajo, repitiendo la operación en todos los pisos hasta que nos escondimos en su casa y pasamos la tarde jugando con el enorme Scalextric que su padre le había regalado para su cumpleaños, yo quería que su padre nos viera, pero él dijo que tenía que hacer deberes y me fui a casa.

Al día siguiente el portero estaba hecho una furia, alguien se había meado en el ascensor y aunque no sospechaba de mí, miraba de forma extraña a mi amigo Iván, como si conociera algo que yo desconocía. Esa misma semana, el padre de Iván nos llevó al colegio en coche, mi madre siempre decía que era todo un caballero, pero no entendía que significaba. Mi madre se ponía nerviosa cuando le llamaba por teléfono para pedirle permiso y no paraba de reír como una tonta. Tenía un coche enorme, con unos dados blancos de felpa colgando del espejo retrovisor. No olía a tabaco ni estaba sucio, como el de mi padre, oía a cuero nuevo y estaba brillante. Su padre no paraba de contar chistes y de alabar lo fuerte que era Iván, y como le zurraba a otros niños en el patio. Desde el asiento del copiloto, Iván sonreía mucho y me enseñaba lleno de satisfacción las zapatillas que le había comprado su padre, de marca. Yo nunca tendría unas de esas.

Ese mismo día, ya por la tarde, bajé a su casa y llamé a la puerta, habíamos quedado para jugar. Me abrió su madre, a quien había visto solo una vez.

– ¿Hola, está Iván?-, recuerdo que pregunté.

La ropa le quedaba un poco pequeña y tenía el pelo lleno de rizos rubios y una mirada extraviada. Sin responder, me señaló con la mano hacia el pasillo y se volvió a meter en la cocina, dejando tras de sí un olor dulzón y acre, dejando las puertas de su casa abiertas para mí.  Cerré la puerta y pasé por el salón de forma discreta, aunque estaba desierto y muy desordenado. Oí los gritos y las bofetadas antes de llegar a la habitación. Iván estaba llorando y el padre le chillaba todo tipo de insultos terribles. A voces y bofetadas, le obligaba a recitar en alto la tabla de multiplicar del siete. Me asomé y vi la mano temblorosa de Iván sujetando un gastado chupa chups rosa entre sus dedos. Unos lagrimones corrían por sus mejillas y los mocos fluían libres por su nariz. El padre se sacó el cinturón y cerró la puerta de un portazo.

-¡No por favor papá!, ¡por favor, por favor!-, chillaba Iván con voz aguda. Hasta que se interrumpían por los golpes del cinturón en su cuerpo, como si sólo existiera ese sonido en el mundo, una y otra vez. Nunca había visto a un adulto gritar así. Jamás había sentido un frío, un miedo como ese, en aquel pasillo oscuro, ahora extraño. Sin razón, las lágrimas brotaron de mis ojos, me sentía solo y aturdido. Mi mejor amigo, al otro lado de la puerta, también lloraba. Pasaron minutos de soledad absoluta, hasta que la hermana pequeña de Iván me tiró de la manga y me sacó de aquel estado de estupor. Era más pequeña que yo, se llamaba Marta y era muy bonita, aunque en ese momento tenía la cara morada y amarillenta. En la oscuridad se parecía al monstruo de mis pesadillas.

– Por favor, vete a casa-, me dijo con una voz impropia de su edad.

– Sssí-, acerté a decir. Se me ocurrió que quizás se habría caído de la escalera, como le pasaba a Iván, por eso tenía tantos morados en la espalda y en las piernas.

– Por favor, vete-, insistió. No tuve valor para abrir la boca y me volví por el pasillo hacia la salida. La madre de Iván no se despidió, pero me abrió la puerta. Su mirada estaba ida, y bebía de una botella marrón algo que olía fuerte. La ropa de Iván a veces olía igual. Cerré la puerta yo mismo y tomé el ascensor de vuelta hasta mi casa.

Nunca más volví a ver a ninguno de ellos. Mi madre me dijo que sus padres se habían mudado después de que la hermana tuviera un accidente muy grave.  Le pregunté si se había caído por las escaleras, y lo negó con la cabeza, con los ojos húmedos. ¿Por el ascensor?, le pregunté. Sí, me dijo, por el ascensor.

kubrick

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