Ucronía: qué es y las mejores novelas ucrónicas

No me interesa el futuro. El futuro es una hoja de cálculo con neón, y casi siempre la escriben los mismos que después facturan el desastre. El pasado, en cambio, es propiedad privada: cada uno tiene el suyo y cada uno está convencido de que podría arreglarlo con las manos.

A mí me pasa desde que tengo memoria. Me cuentan que tal ejército perdió tal tarde y ya estoy moviendo piezas que nadie me pidió que moviera. No es curiosidad histórica. Es una forma educada de la venganza. Me da vergüenza reconocerlo, porque suena a que necesito ganar una guerra en la que no nací, pero es la verdad: leo historia para saber de quién es la culpa y leo ucronía para cambiarla de sitio.

De crío, en las clases de historia, uno dibujaba las flechas de las batallas en el margen del libro y las corría un centímetro a la izquierda. Nadie te decía nada. Luego creces y descubres que ese centímetro es un género literario entero. Yo tardé veinte años en darme cuenta.

A veces pienso que lo que me gusta de la ucronía no es la historia, es el permiso. Permiso para estar furioso con gente que se murió antes de que yo naciera. Es ridículo. Me da igual. No me da igual.

(Aquí debería escribir algo elegante sobre la imaginación y la libertad. Lo dejo para más abajo, cuando ya no importe.)

Vamos con la ucronía. Con qué es, de dónde sale la palabra, por qué no es lo mismo que una distopía ni que un ejercicio de historia contrafactual, qué tipos hay y cuáles son las mejores novelas ucrónicas que puedes leer. Y con por qué, al cerrar el libro, casi nunca te quedas tranquilo.

Qué es una ucronía (y de dónde viene el término)

Una ucronía es una historia alternativa: se cambia un hecho del pasado y se cuenta el mundo que sale de ese cambio. Una batalla que se gana, un rey que no muere, un invento que sí cuaja, un barco que llega una semana antes. A partir de ahí se reescribe todo lo demás: las fronteras, los apellidos del poder, las lenguas que se hablan y las que desaparecen.

La palabra la inventó el filósofo francés Charles Renouvier en el siglo XIX, por analogía con utopía. Si utopía es el no-lugar (u + topos, el sitio que no existe), ucronía es el no-tiempo (u + chronos, el tiempo que no existió). Renouvier publicó el término en un artículo de 1857 y lo desplegó en su libro Uchronie (l’Utopie dans l’histoire), de 1876, donde imagina una civilización europea que tomó otro camino. No estaba jugando: quería demostrar que la historia no era inevitable, que pudo haber sido de otra manera y que confundir lo que pasó con lo que tenía que pasar es la trampa más vieja del poder.

La manía es anterior. Ya Tito Livio se preguntó qué habría pasado si Alejandro Magno hubiera girado hacia Roma en lugar de hacia Oriente. La diferencia es que Livio hacía un ejercicio y Renouvier le puso nombre a un género.

Ahora la parte incómoda. La historia oficial también es una ucronía: la de los que mandan, con todos los finales en los que perdían borrados del mapa. Y funciona. Funciona de maravilla. Por eso te la enseñan con la misma voz de funcionario con la que suena el himno.

Ucronía, distopía e historia contrafactual: no son lo mismo

Se mezclan todo el tiempo y no son lo mismo ni de lejos.

Distopía

La distopía mira hacia delante (o hacia un presente disfrazado de futuro) y describe una sociedad que funciona mal: el poder organizado, la libertad administrada, el individuo como residuo. Su materia prima es la extrapolación. Si te interesa el asunto, ya lo desarrollé en qué es la distopía y tengo también una lista de las mejores novelas distópicas.

Una ucronía puede ser distópica, y muchas lo son, pero su eje es otro: no ataca la forma de la sociedad, ataca la dirección de la historia. La distopía te dice adónde vamos. La ucronía te dice que nunca fuimos adonde creías.

Historia contrafactual

La historia contrafactual es un método académico. Pregunta «¿y si…?» y responde con un ensayo: qué habría cambiado, qué no, y por qué. Niall Ferguson reunió varios de esos ejercicios en Historia virtual (1997), y en España hay libros enteros dedicados a imaginar otras Españas. Es respetable y a veces es brillante.

La ucronía hace otra cosa: no discute, narra. Mete personajes, hambre, facturas y rencores dentro del experimento. Donde el historiador contrafactual escribe un artículo, el novelista escribe trescientas páginas y te obliga a vivir en ellas.

La diferencia de fondo

Hay una diferencia que casi nadie menciona. El contrafactual quiere entender el pasado. La ucronía quiere ajustar cuentas con él. Por eso las mejores ucronías son las que no se creen neutrales: las que saben que están haciendo justicia o venganza, y lo enseñan.

Los tipos de ucronía

Se pueden clasificar de varias maneras. Estas son las que me sirven para ordenar la estantería.

Por el punto de divergencia

Es el momento en que la historia se tuerce. Puede ser una batalla, un asesinato que no ocurre, un tratado que se firma con otro bolígrafo, una enfermedad que se lleva a quien debía reinar. Cuanto más pequeño el detalle, mejor suele ser el libro: las ucronías que empiezan con «los nazis ganan» son más toscas que las que empiezan con un resfriado mal curado.

A ese punto mínimo que decide entre dos futuros se le llama, en la jerga del género, punto Jonbar. El nombre viene de Jack Williamson y su novela The Legion of Time (1938).

Por el mecanismo

  • Ucronía sin viajeros: nadie cruza el tiempo, solo se cambia el pasado y se cuenta el presente alternativo. Es la más limpia.
  • Ucronía con viaje en el tiempo: alguien va al pasado, lo toca y lo rompe. Ahí entra la paradoja, y con ella las trampas.
  • Mundos paralelos: la historia no se cambia, se multiplica.
  • Historia secreta: el mundo es como lo conocemos, pero debajo hay una verdad que se ocultó.

Por la ambición

Está la ucronía de la venganza (gana quien no ganó), la del progreso (un invento llega antes y el mundo se vuelve de latón), la doméstica (no cambia el imperio, cambia una familia) y la satírica, que usa la historia alternativa para reírse del presente por la puerta de atrás.

Las mejores ucronías (y de qué van)

Estas son, para mí, las mejores novelas ucrónicas para empezar y para quedarse. Todas existen, todas están traducidas y ninguna necesita que yo invente nada.

El hombre en el castillo, de Philip K. Dick (1962)

Las potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos está partido. Dick no escribe una novela de guerra: escribe un libro sucio, paranoico y lleno de gente que hace su trabajo sin preguntar. Y dentro hay otro libro, uno que imagina un mundo donde ganaron los aliados, que es la mejor jugada que ha hecho nunca el género.

Padrelandia, de Robert Harris (1992)

Alemania ganó la guerra y en 1964 un policía alemán investiga la desaparición de unos jerarcas. Es una ucronía con abrigo de novela negra, y funciona precisamente por eso: la política aparece en los expedientes, no en los discursos. Si el noir es lo tuyo, ahí tienes mis mejores novelas negras.

La conjura contra América, de Philip Roth (2004)

Charles Lindbergh, aislacionista y simpático con el fascismo, gana las elecciones de 1940 y Estados Unidos no entra en la guerra. Roth cuenta el horror desde una familia judía de barrio, con una frialdad doméstica que da más miedo que cualquier discurso. No hay campos. Hay vecinos.

Pavane, de Keith Roberts (1968)

Isabel I es asesinada, la Armada Invencible triunfa y la Inglaterra católica del siglo XX vive entre gremios, caminos y miedo. Roberts escribe como si el mundo hubiera sido siempre así, sin guiños, y consigue que la Inquisición parezca una compañía de seguros. Un libro raro y enorme.

Bring the Jubilee, de Ward Moore (1953)

La Confederación gana en Gettysburg y Estados Unidos se convierte en un país vencido y pobre. Es una de las ucronías más antiguas del género y una de las más amargas: el narrador no es un héroe, es un hombre que descubre cómo se arregló mal la historia. El final te deja con la sensación exacta de haber tocado algo que no debías.

La máquina diferencial, de William Gibson y Bruce Sterling (1990)

Babbage construye su máquina analítica, la informática llega un siglo antes y el Londres victoriano se llena de tarjetas perforadas, espías y política de camarilla. Aquí la ucronía no llora el pasado: lo industrializa. Es el origen del steampunk y sigue siendo mejor que casi todo lo que vino después.

El sindicato de policía yiddish, de Michael Chabon (2007)

Israel no sobrevive a 1948 y los judíos se refugian en Sitka, Alaska, en un distrito que se va a disolver. Chabon mezcla novela negra, ucronía y una tristeza de comunidad en retirada. Los personajes saben que su trozo de mundo tiene fecha de caducidad, y eso lo cambia todo.

El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead (2016)

El ferrocarril subterráneo de la esclavitud en Estados Unidos existió como metáfora: una red de rutas y casas seguras. Whitehead lo convierte en literal, en túneles y trenes de verdad, y desde ahí recorre un país que cambia de ley en cada estado como cambia de clima. Es dura y es exacta.

En el día de hoy, de Jesús Torbado (1976)

La República gana la Guerra Civil y España despierta en 1939 con Azaña y Negrín al mando. Torbado la escribió con el dictador recién enterrado y ganó el Premio Planeta ese mismo año. Es, para mí, la ucronía española que más duele, porque no se queda en la victoria: cuenta lo que habría venido después.

Y unas cuantas más, para otra tarde: Roma Eterna, de Robert Silverberg (2003), donde Roma no cayó nunca y el imperio se vuelve eternamente burocrático; The Alteration, de Kingsley Amis (1976), con una Reforma que no triunfó; y 22/11/63, de Stephen King, donde el pasado se defiende de quien intenta mejorarlo.

Cine y series de historia alternativa

Si prefieres verlo antes que leerlo, el género también está en pantalla y a veces con muy buen pulso.

  • El hombre en el castillo (Amazon, 2015-2019), la adaptación de la novela de Dick, más larga y más política que el libro.
  • Fatherland (HBO, 1994), la versión televisiva de la novela de Harris.
  • SS-GB (BBC One, 2017), con una Gran Bretaña ocupada por los nazis.
  • La conjura contra América (HBO, 2020), de Roth.
  • For All Mankind (Apple TV+, 2019), donde los soviéticos llegan antes a la Luna y la carrera espacial se convierte en otra cosa.
  • 11.22.63 (Hulu, 2016), de King.
  • Watchmen (HBO, 2019) y el cómic de Alan Moore y Dave Gibbons (1986-1987), que juegan con una América alternativa para hablar del presente.
  • Malditos bastardos (2009), de Tarantino, que es ucronía pura con el dedo en el ojo.

No todo lo que trata el tiempo es ucronía, y muchas de estas historias acaban en el mismo sitio: tocas una cosa y el mundo se venga. Para eso tengo películas de viajes en el tiempo. Y si lo que te tira es lo grande, la space opera es la ucronía que renunció a la Tierra y se fue a discutir con las estrellas.

Por dónde empezar con la ucronía

  • Si quieres la puerta clásica: El hombre en el castillo.
  • Si te gusta el thriller y quieres dormir mal: Padrelandia.
  • Si prefieres el experimento formal: Pavane.
  • Si quieres empezar por casa: En el día de hoy.
  • Si quieres ideas y no te asusta el ladrillo: La máquina diferencial.
  • Si quieres que te duela: El ferrocarril subterráneo.

Y si con esto te has aficionado a los mundos que no fueron, tengo también los mejores libros de ciencia ficción para completar el mapa.

Preguntas frecuentes

¿Qué es exactamente una ucronía?

Una historia alternativa: se cambia un hecho del pasado y se desarrolla el mundo que habría salido de ese cambio. La palabra viene del griego y significa, literalmente, el tiempo que no existió.

¿Ucronía y distopía son lo mismo?

No. La distopía ataca la organización de una sociedad y suele mirar al futuro; la ucronía ataca la dirección de la historia y siempre parte de una fractura en el pasado. Se cruzan a menudo, pero no son lo mismo.

¿Cuál es la mejor ucronía para empezar?

El hombre en el castillo, de Philip K. Dick. Es corta, es rara y deja claro en doscientas páginas de qué va el género. Si prefieres algo español, En el día de hoy.

¿Hay ucronías escritas en español?

Sí. En el día de hoy, de Jesús Torbado, es el ejemplo mayor, con una República que gana la Guerra Civil en 1939. Y hay ucronías sobre la Armada Invencible, sobre el imperio español y sobre la Transición.

Y si te ha gustado esto

Sí, ya lo sé. He empezado diciendo que no me interesa el futuro y acabo recomendándote libros sobre un pasado que no existió. Así funciona esto: la ucronía no es una ventana, es un espejo con retraso. Cambias las piezas y de pronto ves lo frágil que era todo, lo cerca que estuvo de no ser.

Y ahora la contradicción, que es mía y la asumo: crítico la ucronía por ser venganza y llevo toda la lista recomendándotela por eso mismo. Que conste.

No leo ucronías para pensar. Leo ucronías para que ganen los míos. Y cuando ganan en el libro y pierden en la realidad, cierro el tomo y me quedo mirando la pared como un idiota.

Si quieres seguir dándole vueltas, tengo las mejores sagas de libros para las historias que no caben en un solo tomo, y los mejores libros de ciencia ficción para el resto del mapa. Y si prefieres el futuro, con sus distopías y sus cuchillos, empieza por aquí.

Lo que no te cuenta ninguna ucronía es lo que le habría pasado a tu familia. Eso no se reescribe. Eso solo se imagina, mal, a las tres de la mañana. Y duele más de lo que debería.

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