Space opera: qué es, de dónde viene y las mejores sagas

La space opera nació como un insulto y acabó siendo un imperio. Alguien, hace casi un siglo, quiso decir «esto es una tontería con naves» y le puso el nombre de la peor televisión: culebrón, pero en el espacio. El género no se ofendió. Se quedó con el nombre.

Hay que reconocerle una cosa: tiene razón en lo importante. El universo no tiene gobierno, no tiene centro y no le importamos. La space opera finge lo contrario. Inventa imperios, dinastías y una escalera de mando que sube hasta un trono con vistas a una nebulosa. Es la mentira más confortable.

Y es una mentira —que llevo media vida comprando— que no pienso devolver. Si este artículo se alarga, es porque no sé hablar de naves sin contarte antes por qué me importan.

De dónde viene (o cómo un insulto se convirtió en un género respetable)

El término lo acuñó Wilson Tucker en 1941, y no como elogio: «space opera» era el hermano barato de la «soap opera». Naves de cartón, científicos rubios, villanos con capa. En los años veinte y treinta, E. E. Smith llenó el género de rayos y escalas imposibles con la saga Skylark y los Lensman, y dejó fijado el manual: un chico con destino, un imperio en peligro y más planetas de los que ningún editor podía pagar.

Con Smith pasa una cosa divertidísima: cada libro intentaba superar al anterior. Si en uno destruía un planeta, en el siguiente destruía una galaxia, y en el de más allá, dos. Es la primera carrera armamentística de la literatura, y la ganó él mismo, porque no había rival que aguantara el ritmo. Sus personajes son de una sola pieza y sus frases parecen escritas con martillo, pero sin él no existiría nada de lo que viene después.

Luego llegó la edad de oro, la gente empezó a escribir en serio, y el insulto se convirtió en etiqueta. John W. Campbell puso a sus autores a pensar en serio para que los lectores no les tiraran el número a la cara, y el género dejó de disculparse. Hoy nadie dice «space opera» para ofender. Se dice con respeto, o con nostalgia, o con las dos cosas.

El término «sci-fi» (que tantos puristas detestan) no lo inventaron los críticos, lo inventó un fan, Forrest J Ackerman, en 1954, como imitación de «hi-fi». De ahí que haya gente que lleve setenta años corrigiendo a los demás: no es «sci-fi», es «ciencia ficción», o «SF», o lo que sea menos eso. Yo, por llevar la contraria, lo digo todo.

Las características del género

  • Escala. No importa una persona: importa una civilización. O varias. Y si el autor no destruye al menos un sistema solar, se queda con la sensación de no haber cumplido.
  • Naves. Que viajan rápido y, sobre todo, que cuestan dinero. La space opera trata el espacio como una carretera con peajes.
  • Poder. Imperios, federaciones, corporaciones, razas antiguas. El universo siempre tiene dueño, aunque sea un dueño en decadencia.
  • Un protagonista que importa más de lo que debería. El azar es sospechosamente generoso con el héroe: le da el único mapa, la única nave y la última bala galáctica.
  • Y una idea, si hay suerte. Cuando la hay, la space opera deja de ser una verbena espacial y se convierte en filosofía con cañones. Cuando no la hay, sigue siendo una verbena, pero con estilo.

Que nadie se engañe: al final siempre pagan los mismos. El género entero es una discusión sobre el poder disfrazada de aventura: quién manda, con qué derecho, y qué se hace con los que sobran. En la space opera, los que sobran siempre son los mismos: los que no tienen nave.

Las mejores sagas espaciales (y por qué)

Estos son, para mí, los mejores libros de space opera para empezar y para quedarse. Los pongo en el orden en que se los daría a un amigo, no en el orden en que me los encontré.

Fundación, de Isaac Asimov (1951)

Asimov escribió esto porque se había leído Decadencia y caída del Imperio romano de Gibbon y pensó: ¿y si le metemos naves? Así funciona el género, por cierto: casi todo sale de mezclar una idea seria con algo que hace ruido.

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Aquí no hay naves que exploten: un imperio galáctico se cae y Asimov decide que se puede calcular el desastre como se calcula el tiempo.

Dune, de Frank Herbert (1965)

El libro fue rechazado por una veintena de editoriales y acabó publicándolo Chilton, una casa que hasta entonces se dedicaba a manuales de automóvil. El mejor libro de ciencia ficción de la historia lo salvó una editorial de coches. Si eso no es material para creer en la space opera, no sé qué lo es.

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Que Dune es space opera lo discuten cuatro puristas y nadie más. Herbert coge el manual del género y lo usa para hablar de petróleo, de religión y de ecología antes de que fueran palabras de moda. El imperio aquí es una máquina que se alimenta de sus propios hijos.

Hyperion, de Dan Simmons (1989)

La mejor space opera jamás escrita, y no lo digo para discutir: lo digo porque cada peregrino cuenta una historia distinta y todas te dejan peor que la anterior. No sé si eso es una recomendación. Está construida como Los cuentos de Canterbury, solo que en vez de peregrinos a Canterbury son siete desgraciados camino de un monstruo que existe en todos los tiempos.

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El juego de Ender, de Orson Scott Card (1985)

A Card le interesa una sola cosa: cómo se fabrica un niño que sirva para matar. Toda la pirotecnia de la flota es una coartada. La última página es una de las mejores puñaladas del género, y no pienso arruinarla.

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Ender empezó siendo un relato corto, y el relato y la novela se contradicen en un detalle importante. Card tardó años en decidir cuál era el bueno. En la duda, se quedó con los dos.

Pensad en Flebas, de Iain M. Banks (1987)

La Cultura: una sociedad sin dinero, sin gobierno y sin problemas, que se aburre tanto que se dedica a arreglar el universo de los demás. Banks escribe el imperialismo más simpático de la historia de la literatura, y lo hace tan bien que casi se te olvida que es imperialismo.

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El truco de Banks era de mercadillo: ponía la «M.» cuando escribía ciencia ficción y se la quitaba cuando escribía novelas serias. Así el mismo señor cabía en dos estanterías. Y sus naves tienen los mejores nombres de la literatura: hay una que se llama, literalmente, Mala suerte para la sutileza. Yo leo esas listas como otros leen los chistes del periódico.

Navegante solar, de David Brin (1980)

Brin inventó un universo donde las civilizaciones se heredan: unas crían a otras, miles de años de clientelismo galáctico. Es espacio operístico, sí, pero por debajo va una pregunta incómoda sobre quién tiene permiso para ser persona.

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Y tiene una imagen que no se me ha ido en veinte años: un ser humano sumergiéndose en el sol para pedir ayuda a los dioses. Cuando alguien dice que la space opera es frívola, yo le pongo eso delante.

Espacio revelación, de Alastair Reynolds (2000)

La space opera se pone el abrigo sucio del noir. Un arqueólogo en ruinas, una civilización que dejó sus máquinas a cargo, y un universo donde la tecnología es una ruina más. Pesa. Me gusta que pese.

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Reynolds es astrofísico de verdad, y se le nota: aquí la física no se hace la vista gorda, se comporta como una señora severa.

La vieja guardia, de John Scalzi (2005)

Aquí la space opera se deja de pretensiones y se pone a entretener: abuelos que se alistan para no envejecer, guerra colonial con el manual a la vista. No es profunda y tampoco lo finge. Se lee como se bebe agua.

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Lo original de Scalzi no es el argumento, es el humor: sus personajes se ríen de lo que les pasa, que es exactamente lo que haríamos tú y yo si nos mandaran a una guerra de la que no entendemos nada.

El despertar del Leviatán, de James S. A. Corey (2011)

El arranque de The Expanse, y el mejor ejemplo de género que sabe dónde está el dinero: Marte, la Tierra y los cinturinos matándose por los mismos recursos de siempre. La política es real, las naves crujen y nadie es del todo bueno. Y si te va el tema de la nave generacional, aquí hay para rato.

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James S. A. Corey no existe: son dos personas, Ty Franck y Daniel Abraham, que empezaron jugando partidas de rol por correo. O sea que la mejor space opera política de este siglo nació de dos señores tirando dados.

El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu (2008)

Una space opera con la frialdad de un laboratorio y las mejores ideas de la ciencia ficción china: el universo como un campo de francotiradores y la humanidad como el vecino que enciende la luz. Da que pensar y da bastante miedo.

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Cuenta la leyenda que Obama se lo llevó de vacaciones y confesó que no había aguantado a leerlo con la misma ligereza que un thriller, porque el problema que plantea no tiene solución.

Chascarrillos y estampas del género

La space opera tiene fama de seria. No es seria. Tiene un historial de patochadas que se merece su propio museo:

  • El «Wagon Train to the stars». La primera Star Trek no se vendió como ciencia ficción, sino como un western en el espacio. A Roddenberry le preguntaban qué era aquello y él decía, muy tranquilo, «como La caravana del Oeste, pero en naves». La flota de la Federación, ese supuesto sueño ilustrado, empezó siendo una diligencia.
  • El teletransportador por presupuesto. El teletransportador de Star Trek no se inventó por una idea científica, sino para no gastar en rodar el aterrizaje de la lanzadera en cada capítulo. La mitad de las ideas fantásticas del género nacen de que no había dinero para la otra mitad.
  • Lucas y Flash Gordon. George Lucas quiso hacer primero una película de Flash Gordon, no le dieron los derechos, así que se hizo su propio Flash Gordon y le puso Star Wars. Al género entero le cayó encima el mejor anuncio de su historia, y desde entonces todos vivimos un poco de la propina de Lucas.
  • Star Wars, que no es space opera según los muy puristas. La gran ironía: la obra que metió la space opera en la cabeza de medio planeta es, dicen, ciencia ficción con magia. Que la magia esté en el espacio no la hace menos magia, pero tampoco menos imperio.
  • Rechazos gloriosos. Dune pasó por veinte editoriales antes de que la publicara una casa de manuales de coche. Fundación salió primero por entregas. El problema de los tres cuerpos tardó seis años en llegar al inglés. La space opera no se publica porque los editores sepan verla: se publica porque alguien, en algún sitio, se equivoca a su favor.
  • La carrera del «sci-fi». Ackerman inventó el término en 1954 y desde entonces hay dos bandos: los que dicen «sci-fi» y los que, al oírlo, les sube la ceja. Yo he visto discusiones de dos horas por esto. La space opera tiene mejor PR con los imperios ficticios que con su propio nombre.

Y unas cuantas sagas más (para otra órbita)

Estas no llevan ficha porque ya no me caben, aunque deberían: El mundo anillo, de Larry Niven, que es el sueño húmedo de cualquier ingeniero; Pórtico, de Frederik Pohl, con su lotería de suicidas que se juegan la vida por un pasaje; La guerra eterna, de Joe Haldeman, que le dio la vuelta a la space opera militar contando la guerra desde el cuerpo de un soldado que vuelve a casa y no reconoce a nadie; Fuego sobre el abismo, de Vernor Vinge, con sus zonas de pensamiento que son una de las mejores ideas del género; Justicia auxiliar, de Ann Leckie, la space opera moderna de referencia y un ejercicio de narración que ya quisieran muchas novelas serias; y Los hijos del tiempo, de Adrian Tchaikovsky, que es reciente y no se lee bastante, con una segunda parte que da más miedo que la primera.

Y una confesión: por cada uno de estos hay tres que he abandonado a mitad. La space opera que no te atrapa en cien páginas no te atrapa nunca. Lo digo para quitarle hierro: el género no es un examen.

Space opera en pantalla

Si lo que te va es la imagen, también tengo las mejores series de ciencia ficción de la televisión, donde hay series de space opera de sobra, mis películas de ciencia ficción raras y diferentes y mi lista de las mejores novelas distópicas por si prefieres el futuro con menos naves y más cuchillos.

Sobre la pantalla, dos estampas. The Expanse es la mejor adaptación que ha tenido este género: los autores estaban dentro y no dejaron que les cambiaran el alma, y eso se nota en cada temporada. Y Babylon 5 es el otro extremo: un guionista, J. Michael Straczynski, escribiendo casi toda la serie solo, con una historia de cinco años planificada de antemano, algo que entonces no hacía nadie. Que se hiciera con menos presupuesto que vergüenza no impide que sea una de las mejores space operas que ha dado la televisión. Si te gusta lo que cuento, esto es material de fin de semana largo.

Si lo que te apetece es entender el género hermano, tengo también qué es el ciberpunk, que es a la space opera lo que el cuchillo a la flota.

Por dónde empezar

  • Si te gusta la historia y los mapas: Fundación.
  • Si quieres la obra maestra y no te asusta el grosor: Hyperion.
  • Si prefieres aventura bien hecha y sin pretensiones: La vieja guardia o El despertar del Leviatán.
  • Si quieres ideas que duelan: El problema de los tres cuerpos.
  • Si te apetece discutir conmigo: Pensad en Flebas, y me dices si la Cultura es un paraíso o una empresa de servicios.

Preguntas frecuentes

¿Qué es exactamente una space opera?

Aventura de gran escala en el espacio, con naves, imperios y un protagonista al que le pasan cosas de más. El envoltorio es el espacio; el motor es el poder.

¿Dónde está el límite con la ciencia ficción dura?

La ciencia ficción dura respeta la física y no le importan las personas. La space opera hace lo contrario: le importan las personas y hace la vista gorda con la física. Cuando hace las dos cosas a la vez, deja de importar cómo se llame.

¿Con qué libro empiezo si nunca he leído space opera?

Con La vieja guardia. Se lee rápido, te divierte y, cuando quieras algo más serio, tienes toda la lista de arriba esperando.

¿Space opera es lo mismo que ciencia ficción?

No: la ciencia ficción es el paraguas; la space opera es la parte del paraguas que se pliega y sale corriendo hacia una nebulosa. Hay ciencia ficción sin naves; space opera sin naves es difícil de encontrar.

¿Por qué se llama «ópera» si no se canta?

Porque «space opera» era un insulto, como decir «culebrón espacial». El nombre se quedó por la misma razón por la que se quedan los motes: porque todos lo entendían. Y porque el género, en el fondo, siempre ha tenido algo de función con telón.

Y si te ha gustado esto

Sí: acabo de llamar mentira confortable al género y ahora te vendo la mía. Así somos. Si quieres más, tengo una lista con los mejores libros de ciencia ficción que eso sí que es un canon, o casi. Y si lo que quieres es leer a alguien de esta casa, empieza por aquí: 11,4 sueños luz es space opera con la nave averiada y la cabeza peor.

Y una anécdota final, para cerrar el círculo: cuando era más joven pensaba que el imperio era el decorado. Con los años me he dado cuenta de que el imperio es el argumento, y que las naves solo sirven para que se vea a quién le pagan el sueldo. Esa es toda la space opera. Un imperio, una nave y alguien que carga con la factura.

Todo imperio termina con una factura sin pagar, y el trono, al final, es una silla.

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