Sagas de libros: las mejores series para engancharse

No leo sagas para saber cómo acaban. Leo sagas para no tener que llegar al final. Un libro suelto es una cita; una saga es mudarse, y yo llevo media vida mudándome a casas que no me pertenecen, dejando ropa en armarios que también fueron de otros lectores y que, estoy casi seguro, olían mejor que los míos.

No es una virtud. Es una cobardía con un nombre decente. La llamamos fidelidad. Mentira.

Y el mercado lo sabe. Un lector que termina un libro se marcha; un lector enganchado a una saga se queda pagando la luz. Por eso ya no se venden novelas: se venden temporadas, universos, suscripciones disfrazadas de tapas duras. La industria no descubrió la literatura, descubrió el contrato de permanencia.

Aquí no vas a encontrar un canon ni la lista de otro. Vas a encontrar lo que le daría a alguien que me pide una saga larga y no quiere que le venda veinte tomos que no va a terminar. También vas a encontrar mis contradicciones, que son bastantes. Si lo que buscas es una idea suelta, sin compromiso, tengo los mejores libros de ciencia ficción. Esto de aquí es otra cosa: es para quien quiere quedarse.

Qué convierte una serie de libros en una saga (y por qué engancha)

No el número de tomos. He visto trilogías que son tres libros y series de doce que son el mismo libro repetido doce veces con distinto color de portada. Lo que convierte una serie en saga es una deuda: algo que se abre en el primer volumen y no se cierra, una promesa que el lector acepta pagar con su tiempo. La saga no se mide en páginas. Se mide en lo que te debe.

Y engancha por una razón que tiene poco de literaria y bastante de contable: convierte tu vida en una inversión. Ya no lees, acumulas. Ya no recuerdas lo que pasó, recuerdas lo que falta. Ese hueco es el anzuelo. La cabeza soporta mal un cabo suelto: prefiere mil páginas de incertidumbre a una tarde de silencio. Pienso en eso cada vez que dejo un tomo a medias.

Pagar por un mundo que no termina es alquilar, y en los alquileres uno no es dueño ni de las paredes. Lo entendió antes la televisión que el libro, lo cual debería darnos un poco de vergüenza. No vendas el final: vende la espera. Ese es el truco entero, y funciona desde antes de que existieran las pantallas. El lector de sagas es el único cliente que paga para que le den largas y da las gracias por la prórroga. Yo el primero.

Y aquí mi primera contradicción, que no pienso resolver: acabo de llamar estafa a lo único que me consuela los domingos.

Iba a escribir que una saga es una promesa. No. Una saga es una hipoteca: pagas durante años por una casa que construyó otro y en la que nunca serás del todo dueño. Y encima presumes de ella en las cenas.

Lo sabes porque lo has hecho. Recuerdo que a los veinte años no elegía libros: elegía mapas. Buscaba las colecciones con más lomos en la estantería del amigo, no las mejores primeras páginas. Y luego volvía a casa y me sentía huérfano de un país que no existía.

Si lo que te va es el espacio con imperios, eso tiene su propia guía en space opera, donde el poder se hereda con naves y facturas.

Mejores sagas de ciencia ficción

No están todas. Están las que defendería en una mesa de bar sin haberlas leído dos veces.

Dune, de Frank Herbert (1965)

Empezó siendo un libro y acabó siendo una dinastía. Herbert escribió seis novelas en ese desierto entre 1965 y 1985, y ninguna te pide que la quieras: te pide que aguantes. La primera sigue siendo la más vendida y la peor entendida, porque todo el mundo recuerda los gusanos y casi nadie la parte en la que queda claro que el poder se hereda con el agua, con la religión y con el miedo.

No sé si es una saga sobre el futuro o sobre todas las familias que han confundido un apellido con un derecho. Funciona en los dos sentidos, que es lo que tienen los clásicos.

Fundación, de Isaac Asimov (1951)

Asimov publicó los relatos por entregas en revistas a lo largo de los años cuarenta y luego los cosió en un libro. Esa costura se nota, y me gusta que se note. Es la epopeya galáctica sin una sola batalla emocionante: un imperio se cae y alguien decide que el derrumbe se puede calcular como se calcula el tiempo. Frialdad de contable con el destino de diez mil mundos.

Su límite es su virtud. No hay personas, hay historia. Y la historia se ríe de los planes de los hombres.

Hyperion, de Dan Simmons (1989)

Siete peregrinos, siete historias, un planeta que se muere y una estructura que se ríe de las novelas lineales. Se lee como un libro de relatos hasta que descubres que no lo es y que ya no puedes soltarlo. La caída de Hyperion cierra aquello; después vienen Endymion y El ascenso de Endymion, que es donde yo dejo de discutir y empiezo a disfrutar.

Si aguantas el primer capítulo, que es duro a propósito, ya eres de los míos.

The Expanse, de James S. A. Corey (2011)

El arranque, El despertar del Leviatán, es la mejor prueba de que el género sabe dónde está el dinero: Marte, la Tierra y los cinturinos matándose por los mismos recursos de siempre. Nueve novelas y varias novelas cortas, cerradas en 2021, cosa que hoy ya es un mérito. La política es real, las naves crujen y nadie es del todo bueno, que es la única forma de que un mundo me importe.

Si prefieres verla antes de leerla, ahí tienes las mejores series de ciencia ficción de la televisión.

El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu (2008)

La trilogía que le enseñó a Occidente que la ciencia ficción china venía en serio: el universo como un campo de francotiradores y la humanidad como el vecino que enciende la luz sin saber que la luz se ve desde muy lejos. Hay veces que la traducción se nota. Da igual; el frío es del original.

No es una saga de personajes. Es una saga de consecuencias. Para futuros con menos naves y más cuchillos, ya está mi lista de las mejores novelas distópicas.

Marte rojo, de Kim Stanley Robinson (1992)

Tres novelas, Marte rojo, Marte verde y Marte azul, sobre lo que de verdad cuesta colonizar un planeta: no la física, sino la política de repartir el agua. Robinson escribe como un geólogo que se ha enamorado de una utopía y sabe que se le va a morir en las manos. Lenta, ambiciosa, con más asambleas que disparos. Si te gustan las sagas que construyen una civilización cláusula a cláusula, esta es tu casa.

Mejores sagas de fantasía

Aquí el problema es el contrario: todo el mundo te recomienda la misma torre y el mismo anillo. Voy a intentar no repetir el catecismo.

El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien (1954-1955)

Tolkien la escribió como una sola obra y el editor la partió en tres, y esa decisión comercial fundó el género tal como lo conocemos. Antes está El hobbit, que es otra cosa: un libro para niños con un dragón, y se puede entrar por cualquiera de los dos. Lo que nadie te dice es que la mejor parte no son las batallas, sino las descripciones de árboles y de gente comiendo, la lentitud de un mundo que el autor amaba más que a su propia trama.

Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (1996)

Cinco novelas publicadas y dos que llevan años debiendo. Martin escribe el poder como se escribe un crimen doméstico: sin villanos limpios y sin héroes que lleguen a tiempo. Las tres primeras son un mecanismo perfecto; a partir de la cuarta, el mecanismo se enamora de sí mismo y se para a mirarse. Y sin embargo, no conozco a nadie que haya leído Juego de tronos y haya vuelto a ver la fantasía igual.

Es la saga que mejor representa lo que critiqué unos párrafos más arriba: la promesa que se cobra sola.

La Rueda del Tiempo, de Robert Jordan (1990)

Catorce volúmenes, empezados en 1990 y terminados por otra mano después de que Jordan muriera en 2007. Brandon Sanderson escribió los tres últimos a partir de sus notas, y el resultado es la prueba de que una saga puede sobrevivir a su autor si el mundo pesaba más que la persona.

Es larga, es lenta, tiene tomos que se atascan y tiene uno de los finales más peleados del género. Yo vuelvo a ella por lo mismo que vuelvo a los atlas: porque me gusta saber que hay más.

Terramar, de Ursula K. Le Guin (1968)

Seis libros escritos a lo largo de más de treinta años, con un silencio de casi dos décadas en medio. Le Guin empezó con un muchacho que aprende magia y luego volvió, ya mayor, a corregirse a sí misma: a preguntarse por las mujeres que había dejado fuera y por el precio de un poder que se paga con el nombre propio. Si dudas de que la fantasía pueda ser adulta, empieza por Tehanu y luego ven a discutirlo.

La Tierra Fragmentada, de N. K. Jemisin (2015)

Tres novelas, tres Premios Hugo consecutivos y una rabia fría que no se le escapa ni en las escenas más grandes. Un mundo que se rompe cada pocos siglos y una sociedad que ha aprendido a convivir con el fin del mundo como quien convive con una enfermedad crónica. Aquí la fantasía y la ciencia ficción se dan la mano sin pedir permiso. Si quieres entender de dónde viene esa palabra, tengo explicado qué es la distopía.

La Primera Ley, de Joe Abercrombie (2006)

Abercrombie coge la fantasía épica y le quita la épica: quedan cicatrices, deudas y gente que hace lo correcto por las razones equivocadas. Después de la trilogía original vinieron varios tomos sueltos y una segunda, así que la saga creció sin pedir permiso. Si te va lo negro, esta es la puerta: el grimdark es novela negra con espadas, y de novela negra también tengo una lista.

Sagas para empezar hoy

  • Si nunca has leído una saga larga y no quieres arruinarte: Terramar. Seis libros breves, se leen en tres semanas y sales sabiendo si esto es lo tuyo.
  • Si quieres una trilogía cerrada y sin deudas: La Tierra Fragmentada. Empieza, acaba y no te debe nada.
  • Si quieres aventura pura y reírte un rato: La vieja guardia, de John Scalzi. Abuelos que se alistan para no envejecer. No es profunda y no lo finge.
  • Si tienes veinte años por delante y ganas de discutir: La Rueda del Tiempo.
  • Si quieres empezar algo que quizá no veas terminar: Canción de hielo y fuego. Ya sabes a lo que vas.
  • Si lo que te tienta no es el espacio ni la magia, sino torcer la historia: ahí tienes qué es la ucronía.

Cómo leerlas: orden, tomos independientes y el derecho a abandonar

Casi siempre, orden de publicación. Es el orden en que el autor descubrió su mundo, y hay spoilers que no son spoilers: son la arquitectura. Terramar se escribió a lo largo de treinta y cinco años y se lee mejor en ese desorden cronológico, viendo a Le Guin madurar y desdecirse. Solo cambio de criterio cuando la saga se escribió hacia atrás, con precuelas que llegaron después y explican lo que ya sabías.

Hay sagas que no son una línea, sino un país con muchas carreteras. La Cultura, de Iain M. Banks, son una decena de novelas en el mismo universo y ninguna obliga a la anterior. Mundodisco, de Terry Pratchett, son cuarenta y una novelas con varios arcos que se pueden empezar por donde te dé la gana, aunque nadie empieza por la primera. Si te agobia la palabra orden, estos son tu casa de campo.

Y luego está el asunto que nadie quiere poner por escrito: no tienes que terminar. Las sagas se escribieron para vender, no para obligarte. Abandonar un tomo a la mitad no es un fracaso, es control de daños. A los veinte años yo terminaba todo por dignidad, como quien paga una deuda que no firmó, y ahora te digo que dejes el libro en la mesilla y te vayas a vivir.

Del otro lado están las inacabadas. El nombre del viento lleva esperando su tercera parte desde 2011, y ahí uno tiene que preguntarse qué está pagando exactamente cuando paga una promesa. Antes dije que una saga es una hipoteca. Hay hipotecas que se firman con el corazón y se pagan con la vida.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la mejor saga de libros para empezar?

Terramar si quieres algo corto y adulto, La Tierra Fragmentada si quieres una trilogía cerrada. Y si lo que buscas es una sola novela antes de comprometerte, empieza por los mejores libros de ciencia ficción.

¿Cuántos libros hacen falta para que una serie sea una saga?

Ningún número. Dos libros pueden ser una saga si la deuda sigue abierta, y catorce pueden ser un solo libro estirado. La saga empieza cuando el lector acepta esperar.

¿Merece la pena empezar una saga inacabada?

Depende de cuánto te guste pagar por esperar. Si el viaje te basta, adelante. Si necesitas llegar, no empieces una casa que aún tiene los andamios puestos.

¿Sagas de ciencia ficción o de fantasía?

La división es de librería, no de literatura. Jemisin y Le Guin hacen las dos cosas a la vez, y el resto es una discusión sobre si la magia lleva explicación o no. Lee lo que te enganche y deja que otros discutan la etiqueta.

Y ahora la parte que no queda bien en una guía

Entendí hace poco lo que de verdad busco en una saga, y no me deja bien decirlo: no busco una historia. Busco una excusa para no decir adiós. Lo he hecho con mundos, con ciudades y con personas, y sé que mientras haya un tomo pendiente nada se ha terminado del todo: ni el libro, ni la conversación, ni yo.

Escribo esto con uno a medias en la mesilla. Lleva ahí desde marzo. Podría acabarlo esta noche y no lo hago, y no es por falta de tiempo, es porque acabar es una forma de quedarse sin casa. Así que aquí me tienes, recomendándote sagas largas como quien te ofrece un sitio donde vivir, sabiendo que el problema no es que las sagas no terminen.

El problema es que yo tampoco.

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