Mejores novelas negras: guía y recomendaciones

Empiezo por una confesión que no me deja bien: leo novela negra como otros rezan, y con la misma mala fe. No busco justicia. Busco el segundo exacto en que alguien con poder descubre que el poder no le va a servir de nada. Ese segundo. Me quedo ahí.

Me escriben cada semana para que les diga cuáles son las mejores novelas negras. Y yo, que llevo media vida con el género metido en las manos, me quedo en blanco igual que el primer día. La respuesta honesta es que depende de qué te haya roto ya la vida. Nadie quiere oír eso. Quieren un título. Quieren tres. Da igual. Quieren el título que les haga parecer listos en una cena de trabajo.

Hay un negocio montado sobre esa ansiedad: diez libros, una gabardina en la foto, un enlace y a cobrar. El género reducido a un catálogo de muebles. Y aquí estoy, escribiendo otra guía. Sí. Soy el problema que acabo de describir, y encima gratis, que es la forma más tonta de ser cómplice.

De adolescente leía de pie en la librería del barrio, porque no tenía dinero y el dependiente no me echaba. Tenía un bigote fino y una paciencia que yo no merecía. Recuerdo que escondía los libros de la colección negra detrás de los de texto, para que mi madre no los viera, y luego los sacaba uno a uno según caían las notas. Ese hombre me dejaba leer y no me vendía nada. No sé por qué lo cuento. No viene a cuento. Sigo.

Qué es la novela negra y en qué no es una novela policiaca

La novela negra no es un subgénero de la policiaca. Es su enemigo íntimo: el pariente que llega a la cena y dice en voz alta lo que nadie quería oír sobre de dónde salió el dinero de la familia.

Primero la versión de manual, y luego la rompo. La novela policiaca clásica propone un enigma y confía en la razón. Hay un cadáver, hay sospechosos, hay un detective que ordena el caos y nos devuelve un mundo comprensible. Un juego limpio, con reglas. La edad dorada del género llegó a darse un decálogo para que el lector compitiera. La novela negra hace lo contrario. No le interesa tanto quién lo hace como por qué el mundo está construido de forma que siempre lo hace alguien, y casi siempre el mismo tipo de alguien. Siempre el mismo. Al final del relato policiaco se restaura el orden. Al final del relato negro se confirma que el orden era la enfermedad. No hay más.

El apellido viene de Francia. La Série Noire de Gallimard, lanzada en 1945 y dirigida por Marcel Duhamel, traduce a toda prisa el material americano y le pone color al asunto: negro. En España, la Serie Negra de Bruguera hace algo parecido en los años cincuenta: meter a Chandler y a Hammett en el bolsillo de la gente que vuelve a casa en tranvía. De ahí sale el término que usamos hoy.

La diferencia, en una frase que me van a discutir: la policiaca pregunta quién. La negra pregunta cuánto. Cuánto cuesta callarse, cuánto cuesta hablar, cuánto vale una vida en la contabilidad de una ciudad.

Y luego está el thriller psicológico, que es el vecino que nunca termina de mudarse. No pregunta quién ni cuánto: pregunta si el que te cuenta la historia es de fiar. Patricia Highsmith hizo con eso más de lo que el género admite en voz alta, y media novela negra actual vive de su herencia sin firmar el recibo.

Aviso: acabo de trazar una frontera y ahora voy a recomendar libros que la cruzan sin pedir permiso. Es mi guía. Hago lo que quiero.

Los grandes nombres

Dashiell Hammett fue detective de la agencia Pinkerton antes de escribir, y se le nota en lo que no escribe: no hay una frase que quiera caerte bien. Raymond Chandler llega después, con resaca y con una voz que inventa al detective como conciencia sucia de una ciudad podrida. James M. Cain quita al detective de la ecuación y deja solo el deseo y el coche. Cornell Woolrich escribe pesadillas baratas a toda velocidad y todavía asustan. Chester Himes mete Harlem y la brutalidad policial en la misma frase. Jim Thompson convierte al narrador en el monstruo. Patricia Highsmith entiende antes que nadie que el suspense no vive en el peligro, sino en la culpa. Georges Simenon demuestra que se pueden escribir cientos de novelas y seguir teniendo algo que decir sobre la gente corriente. James Ellroy revienta Los Ángeles. Elmore Leonard, Walter Mosley y Dennis Lehane se encargan de que el género no se quede en museo, y Megan Abbott le pone a la adolescencia el mismo filo que antes se reservaba a los matones.

Después llega el norte. Sjöwall y Wahlöö escriben su serie del comisario Martin Beck como un informe sobre un Estado del bienestar que se agrieta, y de ahí sale media Escandinavia. Henning Mankell hereda el frío y le añade cansancio. Stieg Larsson muere antes de ver publicada su trilogía, y el fenómeno que viene después pone el mapa nórdico en todas las mesas de novedades. Jo Nesbø hace lo propio con Oslo. En Francia, Fred Vargas reinventa al comisario con humor y con una extrañeza que no se parece a nada.

Todos escriben, en el fondo, la misma escena: alguien entra en una habitación donde hay poder y sale sabiendo que el poder ya estaba ahí antes que él. Eso es todo. O casi.

Las mejores novelas negras

Estas son las que yo pondría en una mesa y defendería a gritos. No son las diez mejores de la historia. Son las que aguantan que las releas y no se deshacen.

El halcón maltés, de Dashiell Hammett (1930)

La piedra donde se apoya todo lo demás. Sam Spade no resuelve el mal del mundo: negocia con él y cobra. Hammett escribe sin una gota de sentimentalismo y, precisamente por eso, cuando alguien muere, duele. Si solo vas a leer un libro suyo, que sea este.

El sueño eterno, de Raymond Chandler (1939)

El enredo no importa, y quien diga que lo sigue miente. Lo que importa es una voz: la de un tipo que sabe que está sucio y pese a todo se pone la corbata antes de bajar al barro. Chandler deja escrito, en su ensayo sobre el oficio, por qué la novela de enigma le parecía un juego de salón.

El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain (1934)

Tres personajes, un camino, un coche y una idea: que el deseo es una forma lenta de suicidio. No hay detective. No hay enigma. Solo dos personas que se desean, una tercera que estorba y la certeza de que todo va a acabar mal porque nunca pudo acabar de otra manera.

El asesino dentro de mí, de Jim Thompson (1952)

Un sheriff narra su propia historia con una educación impecable mientras hace cosas que no se pueden contar. Thompson no explica la violencia: la administra. Cuando el libro termina no sabes si has leído a un monstruo o a un hombre al que le tocó el peor trabajo posible.

Extraños en un tren, de Patricia Highsmith (1950)

Un desconocido te propone un intercambio y, a partir de ahí, el libro es una máquina de hacerte sentir culpable por cosas que no has hecho. Highsmith no escribía crímenes: escribía la incomodidad de estar dentro de alguien que no debería caerte bien y te cae bien. Thriller psicológico antes de que existiera la etiqueta, y mejor que casi todo lo que vino después.

Pietr el letón, de Georges Simenon (1931)

El primer Maigret. Simenon escribió muchísimo y en dos velocidades: las novelas del comisario, donde un hombre paciente desayuna y espera, y las que él llamaba novelas duras, donde alguien corriente se equivoca una vez y ya no vuelve. Las duras son las que duelen. Empieza por Maigret. Acabarás en las duras.

La dalia negra, de James Ellroy (1987)

Ellroy escribe como si le doliera el idioma. Frases cortas, obsesión, un Los Ángeles de posguerra donde la policía es una banda más. Es sucio a propósito, casi insoportable, y esa es la gracia: no te deja mirar el crimen desde la acera limpia.

Novela negra española

En España el género entró como literatura de kiosco y salió como crónica del poder. Durante el franquismo se lee traducido y con la sospecha de siempre: que contar un crimen es contar el país. Cuando llega la democracia, los escritores españoles dejan de imitar y empiezan a mirar alrededor. Ahí el género se vuelve nuestro de verdad.

Pepe Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán

Aparece en Yo maté a Kennedy (1972) y toma cuerpo en Tatuaje (1974). Los mares del Sur se llevó el Premio Planeta en 1979 y confirmó que se puede escribir novela negra en español sin pedir permiso a nadie. Carvalho cocina, quema libros en la chimenea como quien fuma y cobra por un trabajo que le da asco. Barcelona es un cuerpo enfermo y la Transición, un negocio de familia. Si el género español tiene un padre, es este, y como todos los padres resulta insoportable y tiene razón.

El inspector Méndez, de Francisco González Ledesma

Expediente Barcelona (1983) presenta a un policía viejo que ya no cree en la ley y por eso entiende a la gente. Crónica sentimental en rojo gana el Premio Planeta en 1984. Ledesma viene de la novela popular, de escribir a destajo bajo seudónimos, y se le nota: no le tenía miedo al folletín y sus libros respiran.

Bevilacqua y Chamorro, de Lorenzo Silva

La flaqueza del bolchevique (1997) queda finalista del Premio Nadal y El alquimista impaciente (2000) lo gana. Silva mete a la Guardia Civil en la novela negra sin caricatura, y con eso se gana a un lector que no leía el género. Su hallazgo: la investigación puede ser aburrida y adictiva a la vez, como un trabajo de verdad.

Petra Delicado, de Alicia Giménez Bartlett

Ritos de muerte (1996) presenta a una inspectora que discute con su compañero como quien discute un matrimonio viejo. Giménez Bartlett gana el Premio Nadal en 2011. El hallazgo fue el tono: humor, cansancio doméstico y una mujer que no pide permiso para estar harta.

La Trilogía del Baztán, de Dolores Redondo

El guardián invisible (2013) abre la trilogía y convierte el valle de Baztán en un personaje más. Redondo gana el Premio Planeta en 2016. Mezcla el caso policiaco con la mitología del valle sin pedir disculpas, y eso le cuesta el desprecio de algunos y el fervor de muchos. Yo estoy en el segundo grupo. Con reservas.

El silencio de la ciudad blanca, de Eva García Sáenz de Urturi (2016)

Vitoria, unos crímenes que imitan ritos antiguos y una prosa que no se enamora de sí misma. Gana el Premio Planeta en 2020 por Aquitania, lo cual no tiene nada que ver con este libro y lo digo igual porque a nadie le sienta mal un dato. Es la puerta de entrada más fácil para quien lleva años oyendo hablar de novela negra española y no sabe por dónde abrir.

La tristeza del samurái, de Víctor del Árbol (2011)

Una historia de violencia heredada que salta entre épocas y no deja a nadie limpio. Del Árbol escribe con una gravedad que en otras manos sería insoportable, y aquí funciona porque la crueldad siempre viene de alguien concreto, con nombre y con excusa. La novela fue premiada en Francia, y no me extraña: allí entienden antes que aquí que el género negro puede ser literatura sin pedir perdón.

A estos nombres habría que añadir unos cuantos más: Carlos Ruiz Zafón, Antonio Muñoz Molina, Juan Madrid. El género español no es un canon cerrado, es una pelea abierta, y así está bien. Si te van las series largas, en estas sagas de libros tienes con qué entretenerte durante meses, aunque no todas sean negras.

También conviene saber que esto tiene fiesta propia. La Semana Negra de Gijón nació en 1988 y el festival BCNegra lleva desde 2006 poniendo a media ciudad a hablar de crímenes. Son los sitios donde el género se discute en voz alta. Ya está.

Por dónde empezar

  • Si vienes de la policiaca clásica y quieres el golpe seco: El cartero siempre llama dos veces.
  • Si quieres voz, ciudad y una frase que te dure: El sueño eterno.
  • Si quieres entender España: Carvalho, Los mares del Sur.
  • Si quieres algo actual y adictivo: El silencio de la ciudad blanca.
  • Si quieres salir tocado: La tristeza del samurái.
  • Si quieres discutir conmigo: La dalia negra.

Y si lo que te apetece es un detective que viaje en el tiempo, eso ya no es novela negra. Eso es otra cosa que cuento por aquí.

Hay quien dice que la mejor novela negra del siglo XX no se escribió, se vivió: que la historia reciente es un relato criminal contado por los que ganaron. Sobre eso, y sobre cómo se reescribe lo que ya pasó, hablo en ucronía. Y si lo que te tira es el pesimismo de fondo, el mismo que recorre la novela negra, lo encontrarás también en la distopía, que es su prima hermana con menos gabardina.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre novela negra y novela policiaca?

La policiaca pregunta quién lo hizo y confía en que la razón restaure el orden. La negra pregunta cuánto cuesta todo esto y da por hecho que el orden era el problema. Dicho de otro modo: la policiaca cierra el caso. La negra lo deja abierto, como una herida que no van a coser.

¿Cuál es la mejor novela negra para empezar?

Depende de tu paciencia. Si quieres un golpe rápido, El cartero siempre llama dos veces. Si quieres entender por qué el género tiene el prestigio que tiene, El halcón maltés o El sueño eterno. Y si quieres empezar por casa, Los mares del Sur de Vázquez Montalbán, que es donde empieza casi todo.

¿Hay buena novela negra española actual?

Bastante, y no toda es la misma novela. Dolores Redondo tira de mito y valle; Eva García Sáenz de Urturi, de rito y ciudad; Lorenzo Silva, de procedimiento y pareja policial; Víctor del Árbol, de memoria y violencia heredada. Si alguien te dice que aquí no se escribe buena novela negra, es que no la lee.

¿La novela negra es un género menor?

Es lo que se decía del género policiaco hasta que Chandler escribió un ensayo y Hammett escribió mejor que la mitad de sus contemporáneos llamados serios. Género menor es una etiqueta que se pone desde arriba para no tener que leer. Yo llevo veinte años leyendo desde abajo y no me ha ido mal.

Lo que queda cuando cierras el libro

La novela negra no te consuela. Si sales de un libro de estos sintiéndote mejor, es que has leído otra cosa. Lo bueno del género es justo lo que no promete: que el mal tiene empleados, que la justicia es un trámite y que casi nadie sale limpio, ni el que investiga.

Y a mí me fascina eso. No el crimen, que es vulgar. La fascinación está en el momento en que el detective entiende que el sistema que le paga es el mismo que produce los cadáveres. Ahí, y solo ahí, el género deja de ser un pasatiempo y se convierte en una forma de mirar. Me doy cuenta de que llevo veinte años buscando ese momento. Y ya está.

Si te ha picado el gusanillo y quieres más listas, tengo las mejores novelas distópicas y también mis mejores libros de ciencia ficción, que es donde caben los futuros que no nos van a salvar. Pero empieza por un muerto. Los futuros, al menos, todavía se pueden elegir.

Ahora vuelvo a la estantería vieja. Saco el Maigret, la calzo otra vez, se cae el marco y lo dejo en el suelo hasta mañana. Mañana lo recojo. O quizás no.

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