No recuerdo la primera vez que alguien me dijo que la fantasía era cosa de niños. Recuerdo el sitio: una cocina ajena, un libro de tapas blandas y un vaso de agua que nadie me ofreció. Tenía catorce años, o quince, y ya leía con la portada pegada al pecho, como quien esconde una revista. Treinta años después sigo con la misma postura. La vergüenza la cambié por rabia. Pura rabia. Otra forma de esconder lo mismo.
Porque ese es el pacto que nadie firma y todos cumplimos: te dicen que la fantasía es entretenimiento, te lo dicen con la sonrisa de quien te está perdonando la vida, y tú aceptas el perdón para que no te pregunten por qué necesitas dragones para levantarte por la mañana. Yo lo he aceptado. He dicho «es evasión» en cenas donde la gente citaba libros que no había leído, y he defendido a Tolkien con la voz con la que se defiende a un pariente alcohólico. Mentira. Creo que lo defendía porque lo necesitaba.
Los cánones son propiedades privadas: alguien los escribe, alguien los vende y tú pagas la entrada creyendo que es cultura. Este texto no es un canon. Es lo que le daría a alguien que me pregunta por dónde empezar y no quiere veinte tomos que no va a terminar. Si lo que buscas es otra cosa, la tengo en los mejores libros de ciencia ficción. Esto de aquí es la parte que no cabe en una estantería ordenada.
Qué hace grande a la fantasía (y en qué se diferencia de la ciencia ficción)
No la magia. La magia es un utensilio. Un martillo, una factura. Lo que separa a un buen libro de fantasía de un catálogo de criaturas es el precio: alguien tiene que pagar por creer, y ese pago se hace en la vida real. La fantasía no te pide que compruebes si el dragón existe. Te pide que decidas qué harías tú con el poder de matarlo.
La ciencia ficción hace lo contrario: te pide el recibo. Convierte el deseo en un problema técnico y te lo devuelve con gráficos, y consuela a los ingenieros y no a los huérfanos. Si quieres el deseo disfrazado de laboratorio, ahí tienes los libros de inteligencia artificial o el futuro con menos naves y más cuchillos de las mejores novelas distópicas.
Ahora la parte que no se suele decir en voz alta: el motor de los dos géneros es el mismo, el poder. La fantasía lo disfraza de destino y la ciencia ficción de ecuación. El sistema de magia, con sus reglas y sus costes, funciona como un código fiscal: existe para que el lector crea que el poder tiene normas, cuando en realidad el poder siempre llegó por herencia. El género entero es un chiste sobre la nobleza contado con espadas. Un chiste caro. Por eso es más honesto que la literatura seria: admite que los tronos se heredan, que las familias se matan por un apellido y que el elegido casi siempre es el hijo de alguien.
La otra diferencia es el tiempo. La ciencia ficción mira hacia delante y calcula. La fantasía mira hacia atrás y no deja que el pasado se muera: el rey vuelve, el mal antiguo despierta, la deuda vieja se cobra. Nada muere. Es el único género que trata la memoria como una fuerza física. Cuando alguien me dice que la fantasía es escapismo, pienso en eso y me río por dentro.
Y aquí mi primera contradicción, que no pienso resolver: acabo de llamar honesta a la literatura que más miente del mercado. Qué vergüenza. Qué alivio.
Si lo que te tira es el imperio en el espacio, con naves y contratos, eso tiene su propia guía en space opera. Lo de abajo es magia, barro y gente que no aprende.
Fantasía épica
Aquí manda el mapa.
El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien (1954-1955)
Tolkien la escribió como una sola obra y el editor la partió en tres, y ese corte comercial fundó el género tal como lo conocemos. Antes está El hobbit, de 1937, que es otra cosa: un libro para niños con un dragón. Lo que nadie te dice es que lo mejor no son las batallas, sino las comidas, los árboles y la lentitud de un mundo que el autor amaba más que a su propia trama. Yo la he leído tres veces y las tres he saltado lo mismo. Siempre lo mismo.
Terramar, de Ursula K. Le Guin (1968)
Un mago de Terramar salió en 1968 y Le Guin siguió escribiendo el ciclo durante más de treinta años, con un silencio de casi dos décadas en medio. Empezó con un muchacho que aprende magia y volvió, ya mayor, a corregirse: a preguntarse por las mujeres que dejó fuera y por el precio de un poder que se paga con el nombre propio. Si dudas de que la fantasía pueda ser adulta, empieza por Tehanu y luego ven a discutirlo.
Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (1996)
Cinco novelas publicadas y dos que llevan años debiendo. Martin escribe el poder como un crimen doméstico: sin villanos limpios y sin héroes que lleguen a tiempo. Las tres primeras son un mecanismo perfecto; a partir de la cuarta, el mecanismo se enamora de sí mismo y se mira. No hay nadie limpio. Y sin embargo he visto a más gente volver a la fantasía por Juego de tronos que por otra puerta. Es la saga que mejor representa la promesa que se cobra sola.
La Rueda del Tiempo, de Robert Jordan (1990)
Catorce volúmenes, empezados en 1990 y terminados por otra mano: Brandon Sanderson escribió los tres últimos a partir de las notas de Jordan, que murió en 2007 sin ver el final. Es la prueba de que un mundo puede pesar más que su autor. Tiene tomos que se atascan y un final que se pelea en las cenas. Yo vuelvo por lo mismo que vuelvo a los atlas: me gusta saber que hay más. Y nada más. Si te agobia el compromiso, mi guía de mejores sagas de libros tiene el mapa completo.
Malaz: El Libro de los Caídos, de Steven Erikson
Diez volúmenes, arrancados a finales de los noventa, y una de las cosas más raras del género: fantasía escrita por un arqueólogo que trata la historia como un yacimiento. No te explica el mundo, te lo deja a medio enterrar y espera que escarbes. Hay quien lo abandona en el primer libro y hay quien no vuelve a leer nada igual. Las dos cosas son ciertas.
Nacidos de la bruma, de Brandon Sanderson (2006)
El hombre que terminó La Rueda del Tiempo tiene su universo, y esta es la puerta más limpia. Una trilogía cerrada, un sistema de magia que funciona como un reloj y una protagonista que empieza robando para comer. Sanderson no tiene la prosa más bonita del género y sí una de las cabezas mejor organizadas. A veces la fantasía no necesita ser profunda: necesita funcionar. Funciona.
Fantasía oscura
Aquí nadie es bueno.
La Primera Ley, de Joe Abercrombie (2006)
Abercrombie coge la fantasía épica y le quita la épica: quedan cicatrices, deudas y gente que hace lo correcto por las razones equivocadas. Después de la trilogía original vinieron varios tomos sueltos y una segunda, así que creció sin pedir permiso. El grimdark es novela negra con espadas, con la misma moral de bolsillo y el mismo gusto por el golpe bajo. Si esperas un héroe, ya te aviso. No lo hay.
La Compañía Negra, de Glen Cook
Nació a mediados de los ochenta y no se ha llevado el crédito que merece: un grupo de mercenarios, un mundo sucio y una escritura seca que se permite empezar en mitad de una guerra y no explicar nada. Todo el grimdark moderno le debe el tono. Es fantasía de campaña: barro, paga y rencor. Si te gusta el género limpio, esto te va a parecer una falta de respeto, y precisamente por eso.
Elric de Melniboné, de Michael Moorcock
Empezó a principios de los sesenta y sigue siendo el antídoto contra el héroe. Un emperador albino y enfermo, una espada que se bebe las almas y un mundo que se cae a pedazos por aburrimiento. Moorcock escribió estas novelas cortas y febriles como quien se saca una piedra del zapato. Si el elegido te parece una tontería, Elric es tu elegido.
El Ciclo del Demonio, de Peter V. Brett (2008)
Va de algo tan sencillo como esto: la humanidad se encierra al caer la noche y lo que queda fuera quiere cenársela. Brett usa el miedo a la oscuridad como infraestructura y luego lo llena de gente que ha hecho las paces con el terror. Tiene páginas que sobran y una primera novela que se lee como un cuchillo. No es elegante. No hace falta.
Fantasía juvenil
No es un insulto.
Harry Potter, de J. K. Rowling (1997-2007)
Siete novelas en diez años, y una generación entera aprendió a leer y a esperar una entrega a la vez. Se ha dicho tanto que ya casi nadie los lee: los recuerda. Lo que sigue funcionando es lo que siempre funcionó, una escuela, una amistad y un niño al que le hacen la vida imposible. Si eres de los que no los han tocado, te diré lo impopular: el primero es el que peor ha envejecido y el cuarto el que mejor.
Las Crónicas de Narnia, de C. S. Lewis (1950-1956)
Siete libros publicados entre 1950 y 1956 y un problema de orden que se discute con más ganas que los propios libros. Lewis era un medievalista que escribió esto como quien dibuja. Debajo hay una crueldad teológica que hoy no pasaría un comité. Si tienes hijos, empieza por el león, la bruja y el armario; si no, empieza por donde te dé la gana, que para eso es fantasía.
La materia oscura, de Philip Pullman (1995-2000)
Tres novelas entre 1995 y 2000 y una de las cosas más salvajes que se ha permitido el catálogo juvenil: matar a un niño al final del primer libro y construir a la autoridad como el villano. Pullman escribe con una inteligencia que no disimula y una crueldad que no pide permiso. Hay quien la lee como aventura y hay quien no duerme. Las dos lecturas son la misma.
Seis de cuervos, de Leigh Bardugo (2015)
Bardugo ya tenía su universo con Sombra y hueso, y aquí hizo algo mejor: un atraco, seis delincuentes y ninguna épica. Se puede leer sin haber tocado lo anterior. Es la prueba de que la fantasía juvenil no necesita un trono para ser seria; con un botín y una banda basta. Empieza por aquí si te da pereza comprometerte.
Fantasía rara (la que nadie te recomienda)
Aquí no hay tronos.
Gormenghast, de Mervyn Peake (1946-1959)
Tres novelas entre 1946 y 1959 y un castillo que es más protagonista que cualquier persona. Peake no escribió fantasía épica; escribió una burocracia gótica con reyes, espejos y un cocinero descomunal. La trama avanza poco y no importa: aquí se viene por el aire y por el ruido de las ratas. Ratas incluidas. Casi nadie la recomienda porque no se parece a nada. Ese es el motivo para leerla.
Las ciudades invisibles, de Italo Calvino (1972)
Marco Polo le describe a Kublai Kan ciudades que no existen, y cada una es un argumento. No hay magia, no hay espada, no hay nada de lo que se supone que hace la fantasía, y sin embargo es más fantasía que la mitad de la estantería. Se abre por cualquier página y se lee en voz alta. Si quieres saber si algo es raro de verdad, mira lo que hace Calvino con una lista.
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967)
El realismo mágico es la rama de la fantasía que se libró del sambenito: los críticos a esto lo llaman literatura y a lo demás le llaman género. Macondo es un mundo inventado con reglas propias y una familia condenada a repetirse. Todo lo que la fantasía anglosajona tardó volúmenes en construir, aquí se resuelve en una frase. Léelo y luego pregúntate por qué te lo vendieron como otra cosa.
La historia interminable, de Michael Ende (1979)
Un niño entra en un libro, un mundo se muere porque los lectores han dejado de imaginar y una Emperatriz sin nombre. Ende escribió esto en 1979 y le puso dos tintas de color para separar los dos mundos, un detalle que ninguna pantalla te devuelve. Es un libro para niños que trata, sin disimulo, la depresión, la pérdida y el deseo de no volver. Salí de él con catorce años y no he vuelto del todo.
Por dónde empezar (y por dónde no)
- Si nunca has leído fantasía y no quieres comprometerte: Nacidos de la bruma, Terramar o Seis de cuervos. Trilogía, ciclo breve, atraco. Tres puertas y tres presupuestos.
- Si quieres una novela suelta que no te deba nada: La historia interminable o Cien años de soledad.
- Si tienes veinte años por delante y ganas de discutir: La Rueda del Tiempo o Malaz.
- Si te va lo negro y no te asusta la incomodidad: La Primera Ley.
- Si quieres el género leído desde otro sitio: Las ciudades invisibles.
- Y si lo que te tienta no es la magia, sino torcer la historia hasta que se rompa: ahí tienes qué es la ucronía.
Un aviso: la mayoría de las sagas famosas no están terminadas, y las que lo están tardaron más de lo que te queda de paciencia. Canción de hielo y fuego debe dos libros. El nombre del viento debe uno desde 2011. Antes de empezar algo, pregúntate qué estás pagando. Piénsalo dos veces.
Preguntas frecuentes
¿Cuáles son los mejores libros de fantasía para empezar?
Si es tu primera vez, Nacidos de la bruma por lo cerrado y Terramar por lo breve. Si prefieres algo autoconclusivo y adulto, La historia interminable o Cien años de soledad. Y si todavía dudas de si el género es lo tuyo, empieza por los mejores libros de ciencia ficción y vuelve luego.
¿Fantasía y ciencia ficción son lo mismo?
No, y la diferencia no es la magia. La fantasía te pide un precio por creer; la ciencia ficción te pide que verifiques. Una trata la memoria como una fuerza que no se apaga y la otra trata el futuro como un cálculo. Hay libros que hacen las dos cosas a la vez y son los mejores. Si te va el futuro con naves, mira space opera.
¿Cuál es la mejor saga de fantasía?
La que puedas terminar. La Rueda del Tiempo es la más ambiciosa y la más agotadora; Canción de hielo y fuego, la mejor escrita y la más deudora. Si quieres una trilogía cerrada, Nacidos de la bruma. Si quieres discutir conmigo, lee primero mejores sagas de libros y luego ven.
¿Merece la pena leer fantasía juvenil siendo adulto?
Sí, y el que te diga lo contrario está fingiendo sus propias estanterías. La materia oscura y Seis de cuervos aguantan una relectura a los cuarenta mejor que muchos premios. Lo juvenil no es una calidad, es un destinatario. Y si lo que te apetece al final es ver mundos rotos en pantalla, ahí tienes las películas post-apocalípticas o el anime de ciencia ficción, que a veces entienden la fantasía mejor que Hollywood.
Lo que de verdad busco cuando leo fantasía
Me he pasado estas páginas fingiendo que era una guía. No lo es. Ahora me doy cuenta de que nunca lo fue. Un libro de fantasía es la única casa donde se me permite creer en algo sin que me pidan pruebas, y a mi edad ya no tengo muchas creencias que no me avergüencen. Por eso vuelvo a los mapas y a los nombres imposibles. No es nostalgia. Es que aquí el bien y el mal todavía se pelean a la vista de todos y nadie ha aprendido a llamarlo mercado.
Tengo un tomo de Malaz en la mesilla desde hace meses. Lo abro, leo una página, lo cierro. Podría terminarlo y no lo hago: mientras no lo termine, el mundo sigue abierto y nadie ha decidido cómo acaba. Ya te he dicho que la fantasía no deja morir el pasado. Faltaba decirte que yo la uso para lo mismo. El problema no es que los mundos inventados nunca terminen. El problema es que yo tampoco.
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