Cada dos por tres alguien me escribe para preguntarme por dónde empezar con la ciencia ficción. Y yo, que llevo muchos años leyéndola, me quedo un segundo en blanco: la respuesta honesta es «depende de quién seas», y eso no se lo puedes decir a alguien que solo quiere un título.
Así que esto no es un canon. Es lo que yo le daría a alguien que me pregunta por dónde empezar y no quiere que le venda veinte tomos que, probablemente, no va a terminar.
Si buscas naves que explotan, aquí hay pocas. Si buscas una idea que te deje despierto a las tres de la mañana, sigue leyendo.
Qué hace bueno a un libro de ciencia ficción
No la imaginación. La imaginación la tiene cualquiera con una libreta y demasiado tiempo. Lo que separa realmente a un libro bueno de un catálogo de inventos es que alguien pague un precio por la idea. Que el futuro sirva para mirar el presente con incomodidad, no para presumir de futuro.
De ahí mi criterio, que no es el de las revistas: un libro de ciencia ficción es bueno cuando, al cerrarlo, miro mi propia vida como si fuera un poco ajena. Cuando el mundo que inventó el autor se me cuela en la cocina.
Los libros, de un vistazo
- Dune, de Frank Herbert
- Fundación, de Isaac Asimov
- Solaris, de Stanisław Lem
- ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick
- Neuromante, de William Gibson
- Snow Crash, de Neal Stephenson
- El cuento de la criada, de Margaret Atwood
- La carretera, de Cormac McCarthy
- Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro
- Hyperion, de Dan Simmons
- El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu
- Proyecto Hail Mary, de Andy Weir
- La quinta estación, de N. K. Jemisin
- Cántico por Leibowitz, de Walter M. Miller Jr.
- La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin
Clásicos que no caducan
Dune, de Frank Herbert (1965)
Todo el mundo te la recomendará por el desierto, los gusanos y la especia. Yo te la recomiendo por la política: por cómo Herbert entiende que el poder se hereda con el agua, con la religión y con el miedo. Los primeros cien páginas cuestan. Después ya no puedes soltarla, y no por la aventura, sino por la sensación de estar leyendo un manual sobre por qué las sociedades se pudren.
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Fundación, de Isaac Asimov (1951)
Asimov escribe como un contable que ha visto el futuro y no le ha gustado. Aquí no hay héroes individuales: hay historia, y la historia se ríe de los planes de los hombres. Me interesa precisamente por lo que le falta (las personas están a medio hacer), porque lo que queda es una idea que sigue funcionando: que se puede prever el comportamiento de una multitud y nunca el de una persona.
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Solaris, de Stanisław Lem (1961)
El mejor libro sobre lo imposible de comunicar. Lem pone un océano vivo delante de un grupo de científicos y no les da ni una sola respuesta. Es incómodo, lento, y avanza exactamente a la velocidad de una conversación que no va a ninguna parte. He vuelto a él varias veces y siempre me deja la misma sensación: la de alguien llamando a una puerta que no existe. No sé si es una novela de terror disfrazada de tratado científico o al revés; tampoco me importa demasiado.
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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick (1968)
La película se la comió, pero el libro es otra cosa: más sucio y más triste. A Dick no le importaban los robots, le importaba la empatía: quién la tiene, quién la finge, quién la usa como excusa. Cada vez que alguien me dice que la inteligencia artificial nos va a sustituir, pienso en este libro y en la poca gracia que le hacía a Dick el asunto.
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Cyberpunk: el futuro que ya vivimos
Si quieres el mapa completo del subgénero, ya lo dejé en Cyberpunk: qué leer, y expliqué qué es el ciberpunk y de dónde viene en otro sitio.
Neuromante, de William Gibson (1984)
El libro que le puso nombre a todo. Gibson inventó el ciberespacio sin haber usado un ordenador y acertó más que todos los que sí los usaban. Es denso, va a toda velocidad y no te pide permiso. Le he dedicado un análisis largo a Neuromante: casi todo lo que hoy llamamos internet estaba ya en sus páginas, solo que con peor higiene.
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Snow Crash, de Neal Stephenson (1992)
Si Neuromante es la catedral, Snow Crash es el mercado de la catedral. Stephenson se ríe de todo mientras lo construye: el metaverso, las sectas corporativas, los hackers samuráis con moto. Tiene la mejor primera página del cyberpunk. Léelo como lo que es: un chiste de cien páginas de propina que, desgraciadamente, se ha vuelto profético.
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Distopía: la ciencia ficción que da miedo porque es cierta
Aquí ya rindió cuentas mi lista de las mejores novelas distópicas.
El cuento de la criada, de Margaret Atwood (1985)
Atwood hizo algo que casi nadie hace: no inventó nada. Cada atrocidad del libro ocurrió antes en algún país real, con otra ropa. Por eso molesta. La prosa es fría a propósito, el horror contado por alguien a quien ya no le queda voz para gritar.
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La carretera, de Cormac McCarthy (2006)
No hay casi ciencia en La carretera. Hay un padre, un hijo, una carretilla y un mundo quemado. McCarthy escribe con la puntuación de un hombre que ha dejado de creer en las comas. Si aguantas el arranque, ya no te suelta.
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Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro (2005)
La prueba de que se puede escribir ciencia ficción sin una sola palabra técnica. Ishiguro te cuenta un internado inglés y una amistad que se tuerce, y solo al final entiendes dónde has estado metido. La crueldad aquí no grita: administra. Y administra siempre mejor de lo que gritaría.
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Space opera y ambición
Hyperion, de Dan Simmons (1989)
Siete peregrinos, siete historias, un planeta que se muere. Cada capítulo es un género distinto, y todos son buenos. Es la estructura de Los cuentos de Canterbury metida en una guerra interestelar. Si te gusta la ciencia ficción con olor a viejo y a biblioteca, este es tu libro.
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El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu (2008)
La ciencia ficción china entró por la puerta grande con este libro: el universo como un juego de física hostil y la humanidad como el vecino que enciende la luz en un campo de francotiradores sin saber que la luz se ve desde muy lejos. Hay veces que la traducción se nota. Da igual.
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Ciencia ficción reciente (y por qué no la descarto)
Proyecto Hail Mary, de Andy Weir (2021)
Un hombre solo en una nave, un problema de física y un optimismo que casi molesta. Weir escribe como si resolver un cálculo fuera una forma de ternura. No es profundo y no pretende serlo: es el libro que le daría a alguien que cree que la ciencia ficción es triste. Que no es triste, oye, pero a veces lo parece.
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La quinta estación, de N. K. Jemisin (2015)
Un mundo que se rompe cada pocos siglos y una sociedad que ha aprendido a convivir con el fin del mundo. Jemisin escribe con una rabia fría que no se le escapa ni en las escenas más grandes y que crece lentamente hasta que te das cuenta de que llevas doscientas páginas sin respirar. Si pensabas que la fantasía y la ciencia ficción iban por caminos distintos, este libro los junta sin pedir permiso.
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Rarezas que casi nadie te recomienda
Cántico por Leibowitz, de Walter M. Miller Jr. (1959)
Un monje guarda las ruinas de la ciencia como si fueran reliquias. Es una historia de la civilización contada desde una abadía: cada vez que la humanidad recupera el conocimiento, vuelve a usarlo para hacerse daño. Miller tardó veinte años en escribir la secuela, y se entiende: había que digerirlo.
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La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin (1969)
Le Guin coge un invento de física (un planeta sin género fijo) y lo usa para reventar todo lo que damos por natural. Es antropología disfrazada de novela y, a la vez, una novela de aventuras. No conozco a nadie a quien se lo haya prestado y me lo haya devuelto igual.
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Y unos cuantos clásicos más (para otra tarde)
Estos no llevan ficha porque ya no me caben, pero están en la misma estantería: 1984 y Un mundo feliz, que no son ciencia ficción para los puristas y lo son para todo el mundo; El juego de Ender, con su moral incómoda; 2001: una odisea del espacio, que se lee mejor después de ver la película; Guía del autoestopista galáctico, por si todo esto te está quedando demasiado serio; y Ubik, de Philip K. Dick, que es como ¿Sueñan los androides…? pero con más fiebre.
También tengo cosas sobre libros prohibidos, ciberpunk escrito en español y las mejores series de ciencia ficción de la televisión, por si lo que buscas no es una novela.
Por dónde empezar según lo que ya te gusta
- Si te van las ideas y no te importan los personajes: Fundación.
- Si quieres sentir que el futuro ya está aquí: Neuromante.
- Si te gusta que un libro te deje mal cuerpo: La carretera o Cántico por Leibowitz.
- Si vas buscando aventura pura y bien contada: Hyperion.
- Si quieres discutir conmigo por la mesa camilla: Solaris.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es el mejor libro de ciencia ficción para empezar?
Neuromante si te va la velocidad, Proyecto Hail Mary si prefieres algo amable. Para empezar de verdad, Fundación: se lee rápido y te enseña cómo piensa el género.
¿Qué libro de ciencia ficción regalar?
Hyperion. Queda bien en cualquier estantería y casi nadie lo ha leído, así que pareces más listo que el que regala Dune por enésima vez.
¿Hay ciencia ficción escrita por mujeres?
Bastante, y muy buena. En esta lista tienes a Le Guin, Atwood y Jemisin. Si quieres más, mira también mi lista de las mejores novelas distópicas.
Y si te ha gustado esta lista
Los libros que escribo salen de aquí, de todo esto. Si has llegado hasta el final y quieres algo escrito por mí, los tienes aquí sin intermediarios: empezaría por 11,4 sueños luz, o por Lágrimas negras de Brin si prefieres el cyberpunk sin anestesia. También escribo relatos sueltos, por si prefieres probarme en dosis pequeñas.
Y una última cosa: si de esta lista solo lees uno y luego me escribes para decirme que estaba equivocado, ya habrá valido la pena. Las mejores listas no se cierran. Se discuten.
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