Libros que enganchan: 18 títulos imposibles de soltar

Hay una escena que se repite en mi vida cada pocos meses. Son las dos de la mañana, tengo un libro abierto en la mano que ya no me está gustando, y en vez de cerrarlo hago lo único que no se puede hacer: paso la página. Así hasta el final. Al día siguiente digo que lo he leído y me lo creo.

Por eso desconfío de las listas de libros que enganchan escritas por gente que jamás se ha avergonzado de lo que lee.

Enganchar no es bueno. Enganchar no es señal de calidad, ni de talento, ni de nada que se pueda poner en una solapa. Enganchar es una técnica, casi una indecencia, y llevo media vida estudiándola como quien estudia a un enemigo al que le tiene cariño. Yo escribo novelas. Yo quiero que no puedas soltarlas. ¡Y sin embargo me ofende cada vez que lo consigue otro! Cuando un libro me atrapa de verdad, lo primero que siento no es admiración: es desconfianza. ¿Qué me ha hecho? ¿Por qué he dejado de contestar mensajes?

Esto no es un canon. Es lo que le daría a alguien que me dice que ha perdido la costumbre de leer y no sabe por dónde volver. Si buscas el prestigio, tengo otras listas. Si buscas dormir, esta no es tu página.

Qué hace que un libro enganche

No la trama. La trama la puede copiar cualquiera con una pizarra y demasiado tiempo libre. Lo que engancha es una deuda.

Un libro te agarra cuando te debe algo y tú no sabes todavía qué es. Una frase a medias, un personaje que miente mal, una puerta que alguien dejó abierta en el capítulo dos. Puedes vivir sin saberlo, pero no puedes vivir sin saberlo esta noche. Ese es todo el truco, y es un truco viejo, y por eso funciona siempre. Siempre. ¿Cuántas veces hemos caído en el mismo pozo con la misma excusa?

Hay una segunda cosa, más sucia: engancha lo que te promete sin dártelo. El libro que te da todo en las primeras cincuenta páginas se cierra y no vuelve. El que te da lo justo para que te quedes, ese te roba el fin de semana.

Y hay una tercera, que no me apetece escribir porque me retrata. Enganchan los libros que nos hacen sentir listos. Los que creemos entender antes que los demás. He abandonado libros buenos por lentos y he terminado libros malos por esa satisfacción barata de ir un paso por delante del autor. Lo cuento abajo, con nombre y apellidos, porque una lista sin confesión es un escaparate.

Los libros, de un vistazo

  1. El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas
  2. Los pilares de la tierra, de Ken Follett
  3. Shōgun, de James Clavell
  4. El padrino, de Mario Puzo
  5. Perdida, de Gillian Flynn
  6. El psicoanalista, de John Katzenbach
  7. La chica del tren, de Paula Hawkins
  8. La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker
  9. Reina Roja, de Juan Gómez-Jurado
  10. Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson
  11. El resplandor, de Stephen King
  12. Drácula, de Bram Stoker
  13. Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena
  14. El nombre del viento, de Patrick Rothfuss
  15. La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón
  16. Dune, de Frank Herbert
  17. Ready Player One, de Ernest Cline
  18. El juego de Ender, de Orson Scott Card

Los que te agarran por el cuello

Aquí no hay tiempo para el adjetivo. Son libros que empiezan con alguien en peligro y no te sueltan hasta que se les acaba el combustible.

El psicoanalista, de John Katzenbach (2002)

El mejor manual de primeros capítulos que he leído nunca, y lo digo con envidia. Un hombre recibe una carta anónima el día de su cumpleaños: tiene dos semanas para averiguar quién quiere matarlo, o se matará él. No hay investigación policial, no hay ayudantes, no hay nadie. Solo un tipo encerrado con un reloj. Es tramposo, es efectista y no se puede parar de leer.

Ficha en Goodreads: El psicoanalista, de John Katzenbach.

Perdida, de Gillian Flynn (2012)

La novela que enseñó a medio mundo que un matrimonio podía ser una escena del crimen. Flynn escribe con una crueldad tan limpia que molesta, y el famoso giro de la mitad no es un giro: es una puerta que se abre y ya no se cierra. La leí en dos días y el segundo me lo pasé enfadado conmigo mismo por no haberlo visto.

Ficha en Goodreads: Perdida, de Gillian Flynn.

La chica del tren, de Paula Hawkins (2015)

Tres mujeres, un tren y una borrachera que funciona como narradora. Lo que engancha aquí no es el misterio, que se resuelve regular: es la voz. Una testigo que no se fía ni de lo que ha visto. Si has leído muchas novelas de este tipo, la mecánica la vas a reconocer a la legua, y da igual, porque igualmente vas a llegar al final.

Ficha en Goodreads: La chica del tren, de Paula Hawkins.

La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker (2012)

Un escritor joven, su maestro, una chica muerta y un pueblo americano de cartón piedra. Es larguísima, es preciosista, tiene un final que se pasa de frenada y aun así te la lees de una sentada. Me parece el ejemplo perfecto de una cosa que casi nadie admite: hay libros que se leen por lo bien que dosifican, no por lo que dicen.

Ficha en Goodreads: La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker.

Reina Roja, de Juan Gómez-Jurado (2018)

Aquí tengo que hacer un esfuerzo y reconocerlo: este libro me pilló trabajando. Lo abrí para ver cómo arrancaba, para robarle la primera escena sin que se notara, y a las tres horas seguía en el sofá con el portátil cerrado. Es un thriller español que va a toda velocidad y no finge ser otra cosa. Su protagonista es insufrible y por eso funciona.

Ficha en Goodreads: Reina Roja, de Juan Gómez-Jurado.

Los que te secuestran el fin de semana

Estos pesan en la mano y en la conciencia. Son libros con los que uno se acuesta.

El padrino, de Mario Puzo (1969)

Todo el mundo cree haberla leído porque ha visto la película. La novela es más sucia, más chismosa y bastante mejor de lo que su reputación admite: Puzo hace de la familia una empresa y del crimen una forma de contabilidad. Coppola le quitó lo que le sobraba y le dejó lo que importaba. Pero lo que importaba lo escribió él.

Ficha en Goodreads: El padrino, de Mario Puzo.

Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson (2005)

Un periodista quemado y una hacker que no pide permiso. Larsson escribe fatal, ordena las escenas como un informe policial y, con todo, no puedes dejar el libro. Lección para quien escriba: el deseo de saber manda sobre la prosa. Aquí manda tanto que perdonas doscientas páginas de trámite.

Ficha en Goodreads: Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.

Los del ladrillo

Los llamo así con respeto. Son novelas que podrías usar para matar a alguien y, además, te van a durar un mes.

Los pilares de la tierra, de Ken Follett (1989)

Mil páginas sobre construir una catedral en la Inglaterra del siglo XII. Lo escribo así y suena insoportable; leído, es puro folletín con hambre, celos, venganza y gente subiendo piedras. Follett escribió un culebrón con arquitectura y acertó. Si alguien te dice que no engancha, no se lo ha leído entero.

Ficha en Goodreads: Los pilares de la tierra, de Ken Follett.

Shōgun, de James Clavell (1975)

Un inglés naufraga en el Japón feudal y se pasa mil doscientas páginas aprendiendo que no entiende nada. Clavell hace algo que hoy casi nadie se atreve: explica un mundo entero sin disculparse por explicarlo. Hay política, hay traducción, hay gente decapitada por mirar mal. Es la novela que le daría a alguien que dice que la historia le aburre.

Ficha en Goodreads: Shōgun, de James Clavell.

Los que vienen de fuera

Ciencia ficción, fantasía y mundos que no existen, en el orden en que los recomendaría.

Dune, de Frank Herbert (1965)

Cien páginas de desierto, política y nombres raros antes de que algo empiece a moverse. A partir de ahí, ya no te suelta. Herbert construye un mundo que se sostiene solo, y por eso volvemos: no por los gusanos, sino porque en Arrakis el agua es dinero y la religión una herramienta de Estado. Si te gusta, en mis mejores libros de ciencia ficción está el resto del mapa.

Ficha en Goodreads: Dune, de Frank Herbert.

El juego de Ender, de Orson Scott Card (1985)

Un niño al que entrenan para mandar ejércitos en un juego que no es un juego. Se lee como un libro juvenil y se recuerda como un tratado sobre cómo se fabrica un monstruo útil. El final es cruel, y por eso funciona tantos años después de que la crueldad dejara de ser un efecto.

Ficha en Goodreads: El juego de Ender, de Orson Scott Card.

Ready Player One, de Ernest Cline (2011)

Un mundo en ruinas y una generación entera viviendo dentro de un videojuego con la nostalgia de los ochenta como moneda. No es un libro listo, no pretende serlo, y su precisión para el dato friki es de una honestidad que casi ofende. Lo leí en verano, sudando, y me lo pasé como un crío. Hay que reconocerlo: no todo lo que engancha tiene que ser bueno. Ya lo he dicho arriba, pero conviene repetirlo.

Ficha en Goodreads: Ready Player One, de Ernest Cline.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss (2007)

Un chico, una escuela de magia y una voz que te cuenta su vida sentada frente a ti. Rothfuss escribe con una musicalidad que a ratos cansa y a ratos hipnotiza, y consigue lo más difícil del género: que 800 páginas de un tipo hablando de sí mismo se lean como una confesión y no como un curriculum. Que la tercera parte no llegue es otra conversación, y no pienso tenerla hoy.

Ficha en Goodreads: El nombre del viento, de Patrick Rothfuss.

Clásicos que enganchan de verdad

Lo son sin pedirte perdón por serlo.

El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas (1844)

La mejor novela de venganza que se ha escrito, y no es una exageración. Dumas publicó esto por entregas, o sea que lo diseñó, literalmente, para que no pudieras esperar al siguiente capítulo. Cien años antes de Netflix. Cada vez que alguien dice que los clásicos son lentos, pienso en este libro y en lo poco que ha leído esa persona.

Ficha en Goodreads: El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas.

Drácula, de Bram Stoker (1897)

Todo el mundo cree saber lo que pasa en Drácula y casi nadie lo ha leído. Es un libro de cartas, diarios y recortes, o sea un rompecabezas de voces, y da más miedo de lo que su reputación de clásico deja suponer. El conde aparece poquísimo, y cuando aparece se nota que Stoker tenía razón en esconderlo.

Ficha en Goodreads: Drácula, de Bram Stoker.

El resplandor, de Stephen King (1977)

Un hotel vacío, un matrimonio que se cae, un niño que ve cosas. King escribe el miedo como una enfermedad de familia y no como un susto, y esa es la diferencia entre esta novela y la película, que es otra obra (y de la que ya hablo donde toca, en las mejores películas de terror). Aquí el horror está dentro del padre mucho antes de que llegue al pasillo.

Ficha en Goodreads: El resplandor, de Stephen King.

Los inclasificables

No son de ningún cajón y por eso se recuerdan.

La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón (2001)

Un niño, un cementerio de libros y una novela maldita en la Barcelona de posguerra. Zafón escribía para que uno se enamorara de leer, y lo digo sin ironía y sin desprecio: hay libros que existen para devolverte la costumbre. Si llevas años sin terminar nada, empieza por este y no me lo agradezcas a mí, agradéceselo a él.

Ficha en Goodreads: La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.

Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena (1979)

Una mujer se interna voluntariamente en un psiquiátrico para investigar una muerte y ya no sabe si está cuerda. Luca de Tena escribió un thriller de encierro antes de que existiera la etiqueta, con una documentación que impone. He visto a mucha gente empezarlo por curiosidad y terminarlo de madrugada, con la luz encendida y la puerta abierta.

Ficha en Goodreads: Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena.

La confesión que me debe esta lista

Prometí un nombre y apellidos y no pienso escurrirme. El libro que me robó una noche entera, el que me hizo llegar tarde a una cena a la que no quería ir, fue uno de estos que desprecia todo el mundo con criterio: un best seller de esos que se venden en el aeropuerto con una esquina de la portada arrancada. No lo pongo en la lista porque no lo recomendaría. Pero a las cuatro de la mañana yo no era un lector con criterio. Era alguien que pasaba páginas y no quería que se acabara.

Ahí está la vergüenza. Y algo peor, que no había dicho todavía: la envidia. Sentí envidia de un libro que no volvería a recomendar ni a mi peor enemigo. Escribo novelas que quiero que enganchen y me ofende que me enganchen las de otros. Me ofende, sobre todo, que me enganchen las peores: porque demuestran que el criterio no tiene nada que ver con el vicio, y que yo tengo los dos, y que el vicio gana casi siempre. Casi siempre.

Esa es, si te soy sincero, la razón de esta lista. No es una recomendación. Es un reconocimiento: estos libros me ganaron y yo quería perder.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es el libro que más engancha de la lista? El psicoanalista, sin dudar, para alguien que lleva años sin leer. Perdida si tienes un fin de semana entero por delante. Y Montecristo si quieres que te dure un mes y no te arrepientas ni un día.

¿Enganchan los clásicos? Los que se escribieron por entregas, sí, y casi todos los de esta lista lo son de una forma u otra. El conde de Montecristo se diseñó para que esperaras el capítulo siguiente como se espera una serie. Lo que llamamos «clásico» es, muchas veces, lo que supimos conservar de un best seller de hace dos siglos.

¿Qué libro le doy a alguien que no lee nunca? La sombra del viento. Se lee sin esfuerzo, tiene misterio y, sobre todo, trata sobre leer. Regalarlo es una forma elegante de decir «te quiero en mi vida, así que ven a la mía».

Y si un libro no me engancha en cincuenta páginas, ¿lo abandono? Sí. Abandonar no es un fracaso: es criterio. Lo que pasa es que nadie te lo cuenta, porque las listas como esta viven del miedo a parecer inculto. Yo he abandonado libros buenos y he terminado libros malos. Nadie es un lector consecuente, y quien te diga lo contrario te está vendiendo algo.

¿Y si lo que me engancha es escribir, no leer? Entonces has venido al sitio equivocado por el título y al correcto por accidente. De eso no escribo aquí: aquí escribo para quien lee.

Y si te ha gustado esta lista

Los libros que escribo salen de todos estos, sobre todo de los que me avergüenzan. Si has llegado hasta aquí y quieres probarme, los tienes aquí sin intermediarios: empezaría por 11,4 sueños luz si te va la ciencia ficción, o por Lágrimas negras de Brin si prefieres algo que no te deje dormir. También escribo relatos sueltos, para los que no quieren comprometerse con 800 páginas.

Si lo que te va es el género y no la intriga, tengo los mejores libros de fantasía, las mejores novelas negras y las mejores sagas de libros para engancharse a lo grande. Y si prefieres que el miedo entre por los ojos, las mejores películas de terror son la puerta de al lado.

Y una última cosa: si de esta lista solo lees uno y luego me escribes para decirme que estaba equivocado, ya habrá valido la pena. Las listas que no se discuten son listas que nadie ha leído.

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