main

Cuentos cortos

Derechos

27 agosto 2017 — 0

joshua-k-jackson-264172.jpg

Este duro relato Ciberpunk lo podéis encontrar en la segunda edición de mi libro de cuentos “Histerias ficticias” y no estaba presente en la primera edición. Si leíste la primera edición, este corre de mi cuenta ;)

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

Los casi cuarenta años de Claudia no habían pasado en balde, y las puntas de su cabello no eran lo único roto en ella. Gracias a la experiencia, podía soportar con más facilidad ver escaparse el tiempo. Esperaba a los clientes como antes había esperado que algo cambiara el mundo. Había sido testigo de su transformación, pero no en la dirección que ella anhelaba. Cuando ganaba, como con la legalización de la investigación de las IAC, no lo hacía de la manera que ella había querido. Se quedaban cortos, siempre. Cuando perdía, era una derrota total, como pasó con la legalización de los alphas. Siempre había soñado, desde que de niña jugaba con su niñera robot, el día que pudiera hablar con ellos como una igual. Y sin embargo, ya no le emocionaba nada de todo lo que se había conseguido. Mucho más de lo que una vez hubiera imaginado. Había esperado demasiado, su ilusión se había desteñido con el paso de los años, quemada por el sol, como su rostro. El tiempo lo poseía todo. Su piel marcada por la edad tenía memoria de lo vivido. Decenas de manifestaciones bajo los drones de la policía. Aquella piel que había sido golpeada, escaneada y maltratada. No todo había sido malo, también recordaba los besos apresurados, las caricias anónimas, llenas de urgencia. Susurros calientes en callejones oscuros, rodeados por el caos y los gritos. La misma piel que vendía ahora por fracciones de hora, para pagar sus obsesiones.

Claudia, apoyada en el cabecero de la cama, miró el reloj de la pared. Todavía quedaba mucha tarde por delante. Fuera, en la ciudad, las ventanas de los enormes edificios que componían el paisaje se empezaban a encender una por una, cientos de ellas. Miles. Quizás había más que estrellas en el cielo, al menos muchas más de las que se veían. No recordaba la última vez que había visto el cielo abierto, sin la espesa capa de suciedad que rodeaba la ciudad. Lo que más le gustaba de su casa era que a ras de suelo, la niebla espesa estaba lejos, en lo alto, donde desaparecían los edificios. Tan cerca del nivel cero, la suciedad del aire no ocultaba las calles. Necesitaba sentir la conexión con la madre tierra, aunque la mezcla de asfalto y polvo gris lo cubriera todo. Aunque no pudiera abrir la ventana, sólo sentir las vibraciones de las tuberías, el viento y el tráfico de los inmensos omnibuses de gravedad cero al pasar cerca de su edificio.

Retomó la lectura de su escritora favorita del siglo XX, un clásico ya desconocido para las modas, Alisa Zinóvievna. Con ella resultaba fácil dejarse llevar por las palabras y pensar en un mundo muy diferente. Un mundo objetivo y justo. Le gustaba creer que a sus exclusivos clientes les fascinaba una mujer como ella. Su experiencia y sus modales la distinguían como una mujer de otro siglo. Sus clientes tenían curiosidad por verse reflejados en sus pupilas y por unos minutos sentir que el mundo se paraba, respirar el aire húmedo y cálido de una mujer que miraba al corazón, con sueños de colores verdes y rojos. Sueños vivos y húmedos. Lejos de un mundo dominado por la lógica aplastante de la ciencia.

Ella ya no sentía. Hacía mucho que había dejado de soñar. Sólo quería vivir, disfrutar de una existencia plácida. Toda su vida escalando imposibles, para descubrir que siempre había tenido un ascensor esperándola. Se cepilló de nuevo la larga cabellera roja y se observó en el espejo para asegurarse de que la cita de las seis y media la encontrara como debía. Sus ojos verde aceituna comprobaron que los labios estaban bien pintados, y repasó el rimmel de sus larguísimas pestañas. La única operación confesable que había alterado su cuerpo. Aquellos ojos eran la mejor de sus bazas. Habían visto el mundo arder y ahora estaban en paz. Silenciosos y cargados de vida. Cambió el colgante que llevaba por su collar favorito, una cinta de terciopelo negro que ceñía sobre aquel cuello esbelto. La próxima cita era nueva y quería cautivarlo desde el primer minuto. Por teléfono parecía muy educado. No soportaba a los hombres con malos modales, con prisas o que no sabían lo que querían. Se levantó y se miró al espejo de perfil. Una mujer hermosa dentro de un corto vestido sonreía al otro lado del espejo. Aquel sostén, reliquia de otra época, funcionaba mejor que cualquier implante. Lo mismo que las medias y el corsé.  Siempre había tenido las piernas largas. Había tardado demasiados años en descubrir que su cuerpo había sido siempre lo más importante en todas aquellas tardes de debate, vino barato e ideales imposibles. Tacones, lápiz de labios, rimmel y escote. Ser una narzem tenía sus ventajas. Los antiguos sabían cómo mostrar el verdadero alma de las cosas. Y ella era una cosa. Lo sabía, y no le importaba.

Adam llegó puntual. Bien parecido, un hombre alto, atlético y de rostro perfecto. Sus rasgos, tan familiares, le recordaban a alguien. Ni siquiera estaba despeinado. Ni olía a sudor, ya que después de todo, era la hora de salida del trabajo. No obstante, desde el primer momento, Claudia supo que aquel hombre no viajaba en el suburbano. Para él, era la primera vez, y Claudia lo sabía. Todos los hombres, de una forma u otra se delataban al entrar, pero él no. Y sin embargo, sabía que para él, aquello era nuevo. No necesitaba aparentar seguridad ni controlar la situación, demostraba curiosidad y disfrutaba observándola con descaro. Preguntando qué más había en el menú.

—¿Primera vez, cielo? Déjame que te guarde el abrigo —dijo Claudia, sin necesidad de romper el hielo. El hombre tenía las manos calientes y una sonrisa rápida. No rehuyó el contacto ni hizo amago de ceder terreno cuando ella le rozó con el cuerpo.
—Sí. ¿Importa? —contestó él sin dejar de mirarla a los ojos.
—Siempre hay una primera vez para todo —dijo Claudia sonriendo y manteniendo la mirada en él.
—La primera vez no se olvida —contestó él.
Claudia le observó con el rabillo del ojo mientras colgaba el abrigo. Por primera vez desde hacía años, sintió dudas sobre lo que buscaba aquel tipo. Su cara parecía vulgar, como si la hubiera visto mil veces, pero su forma de moverse tenía algo especial.
—¿Una copa? —preguntó mientras observaba al hombre cotillearle las cosas, sin tocarlas.
—Sí, gracias. Whisky, si es posible. Sin hielo.
—Yo me pondré otro. No tienes prisa, ¿verdad?
—Ninguna.
—Perfecto —contestó Claudia, que comenzaba a intrigarse con aquel hombre.
—Un libro de Rand, vaya, de verdad eres una auténtica narzem. No me habían engañado.
—¿Rand? —preguntó Claudia, mirándole de reojo a través de un espejo que se reflejaba a su vez en otro.
—Ayn Rand, el nombre con el que publicó sus libros, luego los historiadores han usado su nombre de pila, Zinóvievna, para darle más misterio. Supongo que cuanto más complejo sea el nombre más viejo parece, no?.
—¿Te gusta la historia, Adam? —preguntó. Le gustaba llamar a sus clientes por su nombre, aunque fuera falso.
—Mucho. De siempre —respondió Adam, devolviendo la mirada a través del espejo.
—Yo también lo creo. ¿Y qué mas te gusta, Adam?
—Las mujeres —dijo con una sonrisa seductora.
Claudia empezó a pensar que Adam podía ser de esos hombres que intentaban seducirla. Sin embargo nunca había conocido a nadie como Adam, y le comía la necesidad de entender qué le motivaba. Casi había olvidado esa parte de su profesión. Cuando le alcanzó el vaso, esta vez fue él quien le tocó la punta de los dedos con las manos. Claudia sonrió y le empujó con suavidad a una butaca. Adam se recostó y la observó a placer, tal como Claudia sabía que haría.

—¿Algo de música? —preguntó Claudia.
—Perfecto.
Claudia se movió despacio, acentuando su sensualidad y eligió algo tranquilo, y bajó un poco las luces.
—No bajes la luz, quiero verte bien.
—Me verás bien. Pero confía en mí, es mejor que siempre dejes algo por ver. No tengas prisa.
Adam sonrió y pegó otro trago a la bebida.
Claudia empezó a bailar al ritmo de la música, clavando sus ojos en él, observando sus reacciones. Era un hombre, de eso estaba segura. Reaccionaba como debía reaccionar, y pese a su seguridad inicial, el animal empezó a asomar los dientes. Sin embargo, era resistente. Pasaron las canciones y Claudia agotó su repertorio de movimientos, así que se sentó en su pierna y tomó su whisky. Luego, sin decir nada, rozó sus labios con los suyos y se arrodilló delante de él. Adam sonrió y suspiró.
Claudia empezó a bajarle la bragueta y Adam se dejó hacer.
Claudia odiaba a los hombres que la empujaban de la cabeza. Adam lo hizo con las dos manos.

—No tengas prisa, déjame que te enseñe cómo se hace —susurró, dejando que la saliva cayera de sus labios. Ella misma se empujó la cabeza y evitando las arcadas, traspasó su límite un par de veces. Antes de que él le cogiera la cabeza de nuevo, se subió encima de él a horcajadas y le volvió a rozar los labios con los suyos. Al ver que podía seguir, le besó. Prefería el sabor a whisky. Era agradable tener clientes aseados, incluso operados, como aquel. Odiaba los cerdos.

El hombre comenzó a estrujarle con violencia los pechos y ella tuvo que arañarle un poco la espalda a través de la ropa y gemir un poco para evitar que le hiciera daño. Le levantó y le sonrió con picardía. Subiéndose el vestido y enseñando la carne a través de las medias. Esperando que sus dedos empezaran a trepar hasta ella. No fallaba. Aquellas estrechas franjas de piel entre su vestido subido y el final de las medias eran un imán. Adam se arrodilló delante de ella y sus dedos pronto llegaron a su ropa interior. Exploraron hábilmente los pliegues y la acariciaron con maestría. Si pudiera sentir algo, hubiera sido placer. Adam se acercó aún más y le bajó las bragas hasta los tobillos.

Sin decir palabra, la levantó en volandas y todavía con las bragas enganchadas en el tacón derecho, se la llevó a la cama. Tan pronto la dejó sobre el colchón, la penetró sin avisar. Si pudiera sentir algo, le habría dolido. Gimió de placer. Adam no  dio pausa alguna y empezó a mover sus caderas con voracidad. La aferraba con fuerza, impidiendo que pudiera moverse. Prisionera de sus brazos y dominada por su voluntad. No se resistió. Dejó que la usara. Sin embargo no terminó. Le dio la vuelta y la penetró por detrás. Esta vez sí le dolió. Era brutal. Gimió de verdad. De auténtico dolor. Sus manos intentaron impedir que siguiera, apartando su cuerpo.
—No me fastidies, he pagado la tarifa más alta. ¡Dámelo todo! —protestó Adam.
Claudia agarró la almohada y se la apretó contra la cara para silenciar sus propios gritos. Hacía tiempo que no lloraba. Adam gruñía como un animal.
No supo cuándo, pero llegó un momento en que el dolor desconectó. Supo que estaba sangrando cuando miró para atrás para ver la hora y vio la sangre entre las sábanas. La almohada, húmeda de lágrimas y saliva, estaba ya fría. Pasaban ya las siete y media.

Se apartó con brusquedad. Adam sonreía pletórico. No había terminado. Le daba igual, ella había cumplido su parte y no pensaba aceptar una extensión de tiempo.

—¿Te importa si acabo yo? —preguntó Adam, buscando la mirada de Claudia, que le rehuía.

No esperó la respuesta. Sin hacer nada, sin tocarse, eyaculó sobre ella. Claudia sólo había visto hacer eso una vez. En una feria, muchos años atrás. Protestando por el uso salvaje de aquellos robots como objetos de satisfacción sexual de mujeres y hombres ricos. Una parte de ella lo sabía desde que había abierto la puerta.
Adam era un androide. Del tipo sexual. Ahora sabía de qué le sonaba aquel rostro perfecto y vulgar. Desde la ley de Rixxos, a los androides que podían demostrar su inteligencia y autonomía se les permitía comprar su libertad. Y Adam pertenecía a ese grupo de nuevos libertos. Uno de aquellos por los que luchó y que en ese preciso momento se limpiaba con las sábanas ensangrentadas de su cama.

—Gracias, ha sido fantástico —dijo el androide, mirándola como quien ha superado un récord.

Cuando Claudia se sentó, el dolor volvió. Vívido.  No pudo evitar quejarse. Adam se percató y ensanchó su sonrisa. Arrojó el dinero sobre la cama y se vistió de espaldas a la mujer que doce años atrás, lideró la lucha por los derechos de las Inteligencias Artificiales Autoconscientes. Detrás de él, Claudia contaba el dinero, billete a billete, pensando en que tendría que comprar otro par de medias.

Adam cerró la puerta sin despedirse, sintiéndose más humano que nunca.

Ciencia FiccionCuentos cortos

Mi primer fanfic de Harry potter: Snape Ciberpunk

16 abril 2017 — 1

fanfic-de-harry-potter-ciberpunk-960x510.jpg

En mi vida pensé que escribiría un fanfic de Harry Potter, pero aquí lo tenéis, y con él mi personaje preferido de la saga: Severus Snape, inmerso al 100% en una historia ciberpunk. ¿Os atrevéis a leerlo? El mundo mostrado podría ser perfectamente el de mi novela “11,4 sueños luz“, salvo por ejem… algunos magos trastornados. Es un trabajo menor, hecho como reto en uno de los grupos de escritores con los que probamos cosas nuevas. Reconozco que no es uno de mis mejores escritos, pero, ojo, menuda combinación ;)

Ciencia FiccionCuentos cortos

Interfaz Vogel, un microrelato ciberpunk.

10 abril 2017 — 3

voguel2-960x642.jpg

Coincidiendo con la fecha de fabricación del replicante Leon Kowalski, producido por Tyrell Industries el 10 de Abril de 2017, os dejo un microrelato Ciberpunk que encontraréis en la segunda edición de mi libro de cuentos “Histerias ficticias” ¡va por tí, Gibson.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

Las coordenadas me han traído a un lugar extraño. Nada de estructuras anidadas de Escher, de paredes cromo brillante, o neones bajo lunas azules. Un sencillo campo iluminado con la luz del atardecer. Mecidas por una suave brisa, miles de girasoles se mecen mirando al sol. Idénticos, me rodean por todas partes. Estoy sobre una pequeña colina de hierba. Giro la cabeza y busco algo diferente. Nada. Sólo girasoles.

Tomo entre mis manos el primero a mi alcance. Al tacto parece frágil. Lo arranco del suelo y la raíz apenas resiste el tirón. Hurgo bajo la superficie anaranjada de la enorme flor. Noto al tacto decenas de lo que parecen semillas. Aplico un algoritmo analizador de estructura de datos. Positivo: existe una alta densidad de datos comprimidos en cada matriz única. Lanzo un cálculo dinámico en segundo plano que estime el volumen de registros, y me ofrece un resultado estimado de miles. Cuando el escaneo termina, cada una de ellas emite una nota sintética, el resultado es una armonía con ritmo. Todas ellas suenan como olas de cristal rompiendo en la orilla al compás del viento que mece los girasoles. Es hipnótico.

—Me han dicho que estás buscando algo —dice una voz a mi espalda.
—Una aguja en un pajar, supongo —replico sin darme la vuelta.
—El fruto equivocado, la planta equivocada y tus sinapsis se freirán. ¿Lo sabes, verdad?

Wintermute hablaba por boca de aquel granjero. Por fin había dado con él.

Cuentos cortosEnsayo y no-ficción

Por qué no me gusta la gente

21 noviembre 2016 — 19

tatopetao.jpg

Puede sonar a tópico -y puede que lo sea- pero lo cierto es que no me gusta la gente. No es que sea un antisocial, es que llevo mal lo de estar con gente. Con los años he estudiado, practicado y mejorado muchísimo mi máscara de persona normal, pero os puedo asegurar que debajo de ella, sigue ese niño al que le espanta la idea de tener que vivir con gente a su alrededor.

El otro día me acordé de ese niño. Eran las dos del medio día de un Sábado. Yo estaba sin afeitar y sin peinar, como siempre que puedo permitírmelo. Repasaba la lista de compra mentalmente mientras subía el ascensor del supermercado de mi barrio. Podía escuchar el sonido metálico de la caja al desplazarse perezoso por el hueco. Un murmullo y de pronto. ¡ZAS!, estaba en medio del caos. Gente por todas partes, corriendo, gritando. Luces blancas de laboratorio y música de discoteca de playa como banda sonora. El guarda de seguridad me caló al segundo. Quizás tenía pinta de atracador de banco extraviado, no sé. Si hubiera tenido una escopeta guardada debajo del abrigo, hubiera disparado al techo. Solo para tener un poco de silencio. Hubiera dicho: “Perdón” y acto seguido habría pulsado de nuevo el botón para bajar al garaje, me hubiera metido en mi coche y habría salido tranquila y sosegadamente de allí mientras la gente todavía murmuraba en la planta de arriba.

Pero no tenía una escopeta, sólo algunos pañuelos de papel rellenos de mocos. Así que arrebujé en el abrigo y caminé por el campo de minas de niños salvajes de supermercado. Esquivé carros desbocados y evité con la mirada a los padres de familia en busca de alguien con quien compartir algo. Un par de abuelos cruzaron miradas conmigo, no sé si solidarizándose o riéndose de todo lo que me queda por sufrir. Mi entrenamiento animal me llevó de las pizzas congeladas a los packs de seis cervezas. Pasé sin pena ni gloria por la sección de chocolates y ni me atreví a mirar los helados.  Me aprovisioné de siete cajas de galletas sin gluten y fui directo por el pasillo de los encurtidos, que suele estar más despejado. Allí aceché a las cajeras, evaluando entre la más rápida, la que menos atasco tenía y la que menos hablaba. Hice las cuentas y allá que fui.

Sí, soy de los que comprarían en el súper con gafas de sol, pero no tengo autoestima suficiente para hacerlo, pero disfrutaría. Lo sé. Algún día lo haré.

Me lamo mis heridas narrando esta historia verídica. Todos los días ocurre lo mismo, y todos los días pongo capa tras capa de cemento y yeso en mi estructura para aislarme de la gente. Lo cierto es que los escritores no son todos asociales, algunos incluso parece que disfrutan de los eventos sociales. No hay más que ver a tipos como Vargas Llosa que parecen moverse con maestría entre los fotógrafos y las multitudes. Yo también lo intento, jugando a ser otro. Pero a veces, incluso en las fiestas, en mitad del epicentro de las risas, miro ese trozo de jardín, casi en la oscuridad, donde el único sonido firme es el canto de los grillos. Me lo imagino en silencio, escuchando el murmullo de los insectos combinado con la nada, y todo se calla. Luego me pongo otra copa, y me río como un salvaje, pero en el fondo, queda ese trocito de jardín oscuro. Con espacio para una persona, tal vez dos. No más.

Que alguien parezca moverse con soltura en un acto social no significa que sea extrovertido y que lo esté pasando bien. Quizás no sufra, como no sufre un equilibrista cruzando de un edificio a otro. Está en tensión, también disfruta, pero no se relaja. Está entrenado, motivado y con un objetivo claro. Pero yo sería feliz viviendo gran parte de mi vida en un país despoblado. Sin fiestas, sin colas, sin empujones, sin horarios, sin semáforos rojos. Todavía me estoy recuperando anímicamente de mi viaje a Japón, donde era imposible estar solo y el silencio era un mero espejismo.

No es que odie a la gente, o que sea un desgraciado desprovisto de empatía -sería un psicópata-, simplemente no soporto a la gente cuando superan cierto número. Llevo bien los tríos pero empiezo a sentir cierto malestar cuando somos cuatro personas. Cuando el grupo supera los diez, siento lo que los imanes de la nevera mal hechos: necesito huir, lejos de ahí. En grupos más numerosos, busco las esquinas y finalmente, la puerta hasta largarme.

Por eso, si alguna vez te topas con alguien como yo, que te dice que es asocial, y que le gusta la soledad, y lo hace en mitad de la pista de baile, con las gafas de sol puestas y algo borracho. Igual es verdad. Las apariencias engañan.

 

Cuentos cortos

Busco lectores beta

5 noviembre 2016 — 12

historias-ficticias-portada-temporal_low.jpg

Llevo un mes más o menos cerrando la que será mi próxima publicación, y no, no es la continuación de “11,4 sueños luz“, a esta, todavía le quedan muchas páginas y mucho trabajo para hacerla realidad, pero estoy en ello, eso dadlo por seguro. Ariel, Joanna y los demás todavía tienen muchas historias que contar y alguna que otra sorpresa por vivir. Al menos ya tengo título: “Lágrimas negras”. Os contaré más de ella en siguientes posts, estad atentos ;)

Estoy cerrando la edición de “Histerias ficticias“, un libro de relatos que escribí en estos últimos cuatro años. Hay quince historias, la mayoría de ciencia ficción, otras fantásticas y algunas de género dramático realista. La mayoría son historias más o menos cortas, aunque hay un par que son casi micro novelas o novelettes. El caso es que como autor independiente, no tengo muy claro si la mezcla funciona, sobran historias o el orden no es el adecuado. Además hay un par de historias que no sé si sacar o dejar en la recopilación, por que son, ejem, algo durillas. Para eso nada mejor que la opinión de vosotros, nada mejor que un lector beta, que ya conozca mi estilo y sepa cuando algo no cuadra.

lagrimas negras

Algunas de las historias cortas están ambientados en un ambiente muy similar al de “11,4 sueños luz“, pero no toda la ciencia ficción de las historias es ciberpunk. Sin embargo, todas son un poco oscuras y muy humanas. Es mi estilo, y soy fiel a él. También tengo historias en el más puro estilo de Edgar Allan Poe, y algunas, un poco más truculentas, pero también, para compensar, algo de prosa poética.

Si estás interesado en darle una lectura y contarme que te parece, que quitarías, qué cambiarías y que no te gustó, ponte en contacto conmigo y te haré llegar una copia digital, en PDF, ePub o Mobi. Son aproximadamente 90 páginas. Y la portada, no es definitiva (por derechos de autor) así que también acepto sugerencias en ese punto ;)

Cuentos cortosReseñas de libros

Regalo de navidad. Cinco cuentos breves

29 diciembre 2015 — 1

Captura-de-pantalla-2015-12-29-a-las-2.14.47.png

Como regalo de navidad os presento cinco cuentos cortos que leí hace poco y que me encantaron. Cinco autores norteamericanos maravillosos que podéis encontrar en “Antología del cuento norteamericano”. Lo dejo en el blog como recordatorio, por si algún día alguien me pide referencias de autores de relatos que merezcan la pena ;)

Ann Beattie – Hora de Greenwich

La historia de un hombre roto, divorciado, sin futuro, anclado al pasado. Buena atmósfera, increíbles personajes, final abierto e interesante.

Lorrie Moore – Como la vida

Descomposición de una pareja en una prosa alucinante. Relato íntimo y personal con una atmósfera que se mastica y respira. Final peculiar.

John Updike – A&P

Relato de un joven que empieza a vivir y que se enfrenta a una decisión vital. La vida difícil o la vida gris. Un meta relato como dios manda, escrito como dios. Uno de los mejores.

Ernerst Heminway – Allá en michigan

Como un relato en el que no pasa nada, con unos personajes sobrios y rocosos puede transmitir tanto. Pura magia en palabras.

John Steinbeck – Los crisantemos

Tensión sexual en segundo plano, y en varias etapas. Belleza narrativa. Impresionante prosa. Una joya.

Cuentos cortos

Micro relato: No me lo creo

29 septiembre 2015 — 3

metro-horapunta-1024x576.jpg

Es un género que detesto, será por que necesito muchas palabras para arrancar mi motor literario, o será por que necesito desarrollos de personajes. El caso es que no suelo leerlos, pero me embarqué en un juego del que no pude desentenderme y salió este pequeño engendro, colaborando con mi fiel amigo JuanBlas, de foroescritores.es, espero que os guste :-)


Aún sentado he de taparme la nariz con mi camisa, qué olor por Dios. Al tren suben dos gitanos, uno con muleta. Saben que está a rebosar y que es ideal para dar el palo. Miro a la señora de enfrente: tan guiri y tan rubia. Ni se entera de lo que viene ¿Cómo? ¿Les cede el asiento? No puede ser, ¡pero si la muleta es de mentira! ¡Qué morro!,y encima se lo agradecen. No me lo creo. La sueca se queda de pie y eso que tiene años. Ella sabrá. Seguro que cuando pare el tren, el gitano pilla el bolso y sale por patas. Y la gitana apoyando la cabeza en el hombro mugriento del otro. Primera parada. El de la muleta vuelve a su cojera y al apearse saluda a la vieja. Me mira y bajo la vista a su muñón. No me lo creo.

Cuentos cortosReseñas de libros

La inmolación por la belleza, de Marco Denevi

16 septiembre 2015 — 1

erizo.jpg

Hoy leí un cuento breve, brevísimo que me encantó por su simplicidad y su significado. Es de un autor argentino que desconocía, Marco Denevi. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.


El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo -como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.

Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.

El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.

Ciencia FiccionCuentos cortos

Demasiado rápido

18 agosto 2015 — 2

space-battle-1024x576.jpg

Aqui va un reto que inicié en foroescritores.es (os recomiendo el sitio, ya de paso). El reto era comenzar un relato con un párrafo determinado (elegido por otra persona) y elaborar una historia coherente en 2000 palabras o menos. Mi reto era además clavar las 2000 palabras justas. Los que hayáis leido mi novela -aun no publicada, llena de errores y que debo quemar- “El viaje de Joel”, tambien conocida como “Procyon-4”, os sonará muy familiar el mundo y los conceptos de ciencia ficción. Los lectores de C/F que hayan leido a Haldeman, verán su mano detrás de esas elipsis. Se podría decir que es quizás el relato de ciencia ficción más extremo que he hecho nunca, ya que combina muchas cosas del género en poco espacio, pero no os voy a desvelar la intriga, allá vamos :-) ¡Comentad que os parece!


“Último aviso. Los pasajeros de la nave con destino rumbo a la luna Perséfone deben acudir al muelle de embarque 42B. Los pasajeros de la nave con destino rumbo a la luna Perséfone deben acudir al muelle de embarque 42B”. La megafonía retumba por todo Minos-2, la estación militar Terrana donde me encuentro. Jóvenes uniformados de rostros tensos corren de un lado a otro, sabiendo que la humanidad se juega su futuro. Algunos al tropezar conmigo, se cuadran y siguen confusos su camino sin dejar de mirar los galones que descansan sobre mi pecho. De lejos, miro a Eurídice resistiéndome a pensar que aquella será la última vez que veré su rostro.

Llegaron de forma silenciosa. Una tras otra, las colonias exteriores dejaron de enviar señales. Ya han pasado seis meses y hemos perdido ocho colonias, todas ellas tras el punto de salto de Teegarden. Mandamos naves de exploración a esos sistemas, sin rastro sus habitantes. Descendimos a la superficie de Kon Aighar y en Topaz: todos los edificios y estructuras habían desparecido por completo. Tampoco había cuerpos. Fuera lo que fuera que ocurrió, no dejaron nada. Lo poco que se sabía de los invasores es el punto de salto del que procedían: Deloria, un sistema binario sin planetas habitables y poco explorado. Más allá de ese punto, podían venir de cualquier sitio. Intentamos establecer un retén de control, pero las naves automatizadas eran destruidas nada más salir del agujero de gusano en Deloria. Al final, sin ideas, empezamos por darles un nombre: Delorianos.

La mayor parte de la armada Terrana se ha reagrupado en un lugar secreto para preparar una incursión a gran escala en Deloria. Todavía no me explico mi ascenso y mi nueva misión en Perséfone, la luna artificial más avanzada de la flota. Es la primera vez que el uniforme negro de un Alpha tiene en su pecho cuatro estrellas. Disfruto al ver sus caras de temor rodeándome en aquella multitud. Ya me he olvidado de Eurídice: ella es el último cabo suelto de una historia sin sentido. Las últimas noches juntos me deberían haber servido para entender algo de mí mismo, pero ha sido inútil, como otras muchas veces. En cualquier caso, no volveré a verla, pase lo que pase.

El vuelo a Perséfone es corto, apenas tres saltos en un crucero rápido de transporte, con capacidad para muchas más personas. La nave es última tecnología, todavía huele a metal y plástico. La urgencia hace necesario que por unos días nos olvidemos de las restricciones que rigen en la Confederación Terrana. Somos seis pasajeros, muy especiales. Soy el único Alpha, pero hay una psíquica, dos enlazadoras, un trisomne y un ermitaño. También hay un tipo que no deja de mirarme con odio, pero no sé que tiene de especial, es el único que parece normal del grupo. Las dos enlazadoras me sonríen al unísono con malicia. Deben saber que soy inmune a ellas, pero no les devuelvo la sonrisa. Nos amarramos a los anclajes de seguridad. El que más me inquieta es el que parece normal, tiene cuatro puntos negros tatuados encima de la ceja izquierda y si son lo que creo que son, no debería ser capaz de verlos: un cuatrop. No le quito el ojo. Conectamos nuestro neurolink y empiezan a llegar noticias del alto mando: en las últimas horas ha caído otra colonia y no hay mas que malas noticias. Hay desórdenes y revueltas en casi todas partes: pánico y caos.

—He conocido muchos psicópatas, pero ninguno con certificado y rango oficial como tú— dice el tipo de los cuatro puntos negros tatuados sobre la ceja. Me divierte su tono. Sonrío y espero a contestar, para ponerle nervioso.

—Alpha, si no te importa. ¿Y cuál es tu virtud?—pregunto.

—¿De veras no te has dado cuenta ya?— pregunta divertido.

—Todavía no me has mentido— replico.

—Dejadlo ya— corta el ermitaño.

—Si somos lo mejor que tiene la Tierra, estamos jodidos— dice el tatuado, escupiendo las palabras con desgana. Nadie agrega nada a su último comentario. El trisomne no puede hablar, pero ni siquiera parece habernos oído. Enfrascado en sus pensamientos, como nosotros, intenta soportar el viaje que tenemos por delante. Pasan cuatro eternas horas y las alarmas anuncian el salto.

Como siempre, tras el apagón en mi cabeza, llega esa extraña pérdida, como si los meses que se desaparecen de nuestras vidas tuvieran un coste oculto para nosotros. Callamos mientras se descargan a nuestros cerebros las noticias a través del neurolink. Ha pasado solo un mes y tres semanas, pero el mundo ha cambiado rápido: La flota ha sido destruida. Cuatro colonias más han dejado de contactar. El alto mando es incapaz de controlar el caos. Sin embargo, no han cambiado nuestras órdenes. Pienso que quizás se hayan olvidado de nuestra misión. El trisomne abre los ojos y me mira con tristeza. Vuelve a cerrarlos despacio.

—Han destruido Minos-2— dice el ermitaño.

—Lo sé. Yo también he recibido la noticia— le digo. Pienso en Eurídice. Muerta. No siento nada.

—¿Algo que lamentar?—pregunta la psíquica con malicia.

—Míralo tu misma. Te doy permiso— le reto.

—Ni aunque fuera una orden me metería en tu cabeza, Alpha— me contesta con asco.

—La raza humana debía estar muy jodida para admitir Alphas en la cadena de mando— dice el de la ceja tatuada.

—¿De veras eres un cuatrop?—pregunto, casi seguro ahora de ver fluctuar su tatuaje psíquico.

—Que un Alpha lo sepa me sorprende tanto como ver a una psíquica que no lo vea.

—¿Un cuatrop?, ¿aquí?— pregunta la psíquica alterada.

—Algo no cuadra—dice el cuatrop —la psíquica debería haberme detectado, el alpha no debería haberlo hecho, y las enlazadoras deberían saberlo hace horas.

—Lo sabemos hace horas— interrumpen — pero no es relevante. Sabíamos de tu existencia, Richard— dicen a dúo. Me ponen los pelos de punta — ella ya no quiere oír — dicen señalando a la psíquica — y él está deseando que todo el mundo sepa lo que es— dicen señalando a Richard.

—No me convence vuestra explicación—replica Richard.

—Nosotras te elegimos—dice la cabeza a la izquierda de la enlazadora son una sonrisa que me hiela la sangre.

—Y no nos equivocamos, Richard Yumia— añade, la enlazadora de la cabeza derecha, riendo con ojos vidriosos.

—Sois repugnantes. Una abominación—susurra Richard. Noto miedo en su voz.

El trisomne, que hasta ahora no ha abierto la boca abre los ojos y nos mira con sus ojos de pescado y su cara derretida. Aunque su boca deforme no pueda hablar, siento que su poderosa mente está bien despierta. Vuelve a cerrar los ojos con inhumana agonía reflejada en ellos. Las enlazadoras se miran una a la otra, a escasos centímetros y sonríen. Se besan con lengua mientras su mano izquierda acaricia su cabeza derecha y su mano derecha pellizca a través de la ropa su pezón izquierdo, en una postura imposible. Nadie dice nada pero no podemos dejar de mirar como se abraza y se besa a sí mismo aquel ser de dos cabezas y un cuerpo. Una voz nos informa de que vamos a entrar en sueño inducido hasta el próximo punto de salto. Despertaremos en t+2. Desearía que fuera un sistema automático, pero no lo es. No me fío de los humanos.

Despierto con la boca pastosa. Consulto el reloj. Han pasado algo más de cuatro meses en tiempo absoluto. Hemos salido del segundo salto. Miro a mi alrededor y mis extraños compañeros de viaje ya han despertado. Llegan más noticias a través del neurolink: el alto mando ha sido destruido. Perséfore ya no existe. Lo que queda de la armada está evacuando las colonias de todos los sistemas exteriores: Teegarden, Epsilon Indi, Ross 128, Gajira y Tau Ceti. Hasta ahora los Delorianos no han atacado ninguna colonia fuera de esos sistemas. Nuestras órdenes siguen intactas. Las coordenadas siguen  apuntando a Diella, un sistema detrás del punto de salto de Tau Ceti. Ahora territorio enemigo.

—Nos envían a la muerte— dice el ermitaño. Parece que no ha dormido en días. De hecho no lo ha hecho desde que salimos de Minos-2. En tiempo real, casi medio año. Si pudiera sentir lástima por él la sentiría, pero me importa una mierda.

—No. Nos envían a ellos— dice la psíquica, sin mirarnos.

—Entonces la humanidad está acabada— replica Richard.

—Somos mutantes, si no han logrado contactar con ellos es porque no han logrado hacerlo hasta ahora. Imagino que somos su última esperanza— dice la psíquica. Algo la atormenta, tanto que es parte de su rostro desde hace mucho.

—¿Y él?—pregunto señalando a Richard — él no es un mutante.

—Hermano Richard Yumia— dice la psíquica, fijando su vista en él. Está trabajándole, noto la tensión que palpita en sus sienes.

—Representante de la última religión de la Tierra— afirma con los ojos brillantes, Richard.

—Fe, mutantes y … — dice el ermitaño señalando a las enlazadoras.

—Estamos jodidos—replico intentando el tono de Richard.

Una voz nos vuelve a informar que entraremos en sueño inducido hasta el punto de salto final. Despertaremos en t+12. La voz automática me hace preguntarme por el destino del humano que nos ha traído hasta aquí.

Despierto, no estoy en la nave y tampoco estoy conectado al neurolink. Estoy tumbado en el suelo  A mi alrededor todo es blanco. Tumbado a mi lado está Richard. No hay paredes, pero algo informe y nebuloso nos rodea, como una cúpula. Estamos aislados. Richard comienza a despertar y me observa. En ese momento, la niebla se disipa y un hombre cruza el umbral de una difusa abertura elíptica. Va vestido con un mono gris, similar al nuestro. Parece joven, pero su mirada es inhumana. Todos mis sentidos me advierten de que no es lo que parece.

—Vuestros compañeros no son útiles para nuestro propósito— dice sin preámbulos. Un escalofrío recorre mi espalda, su mirada es gélida.

—¿Quién eres?— pregunta Richard. No noto miedo en él. Pese a todo, no siente miedo. Estoy impresionado.

—Vosotros me llamáis Deloriano. Tú eres Richard Yumia, representante de la última fe de la Tierra, y tú Eric Slammon, un Alpha Evolucionado, un humano sin empatía y de una inteligencia superior.

—¿Por qué estamos aquí?, ¿qué ha sido de nuestros compañeros?— pregunta Richard.

—Vuestros compañeros están tullidos. No representan a la raza humana. Hemos buscado una manera de comprenderos, de juzgaros. Sois una especie ciega y perdida, pero vosotros dos tenéis una visión clara aunque opuesta. Debéis ayudarme a entender si la raza humana merece seguir existiendo.

—¿Él?— pregunta Richard — es lo peor de la humanidad, es un hombre sin sentimientos, sin piedad.

—Gracias a gente como yo la humanidad ha progresado— respondo fingiendo humildad.

—Creando monstruos, eliminando culturas enteras, destruyendo a los débiles o asimilándolos.

—Evitando guerras, repartiendo recursos, siendo justos…— replico.

—…Fferoces, implacables… sin piedad— interrumpe.

—Somos justos. Vosotros instigáis el rencor, la violencia, la rebelión. Vosotros provocáis la muerte, no nosotros— digo mientras pienso que esa misma discusión la he tenido cientos de veces y que nunca lleva a nada.

—¿Que ocurrió con la psíquica?— pregunta Richard, ignorándome.

—Atendimos su petición y la integramos en nuestra comunidad, acallando su poder mental.

—¿Y el trisomne?— pregunto, casi adivinando la respuesta.

—Paramos su mente y le permitimos dormir.

—¿Y los demás?— No respondió.

—¿Y qué nos haréis a nosotros?— pregunto.

—¿Que creéis que merece la humanidad?

—Esperanza— ruge Richard.

—Razón— susurro.

Cuando abro los ojos de nuevo estoy flotando. Lo veo todo. La humanidad entera es un patio de arena, lleno de mocosos que se gritan los unos a los otros por un cubo de colores. Alrededor miles de estrellas, de sistemas habitados por culturas alienígenas crecen en armonía. Yo soy parte de ellos ahora. Ya no sufro por no ser parte de algo que no entiendo. Siempre fui un extraño entre los hombres. Ahora los veo desde el otro lado y entiendo porqué no deben crecer, porqué no deben salir de su jaula. Su evolución será un interesante experimento.

Cuentos cortos

Mariposas negras

27 julio 2015 — 5

callejon-1024x680.jpg

Mi compañera de piso en Liverpool era una chica rumana muy guapa. Sabía que no era su nombre real, pero a ella le gustaba que la llamaran Mona. Encajaba bien con  su carácter y su permanente sonrisa. Era difícil saber si se estaba riendo contigo, de tí o recordando algo gracioso. Tenía una mata preciosa de pelo negro y liso, lo llevaba cortado recto debajo de las orejas y un flequillo justo por encima de los ojos. A pesar de sus ojazos verdes su mirada era fría y de una tristeza lejana. Lo único que la afeaba eran las muecas y las palabrotas que con su acento, sonaban todavía peor. Le gustaba  mucho el alcohol, los porros y las pastillas -nunca faltaban por casa- aunque lo que más le gustaba era el dinero. Le gustaba vivir bien y dos chicas jóvenes y sin familia como nosotras lo teníamos complicado. Trabajábamos de profesoras en un colegio pijo como suplentes. Más que profesoras éramos las chicas para todo. Mona se había acostado con algunos profesores pero yo me hacía la loca cuando la veía venir sonriendo como un perro travieso, solo le faltaba mover el rabo.
Por las noches y los fines de semana, trabajábamos en un pub para complementar nuestro ridículo sueldo del colegio. Era divertido y sacábamos muchas propinas, sobre todo Mona. El trabajo del pub lo encontré gracias a ella, por esa época, me costaba echarle cara a la vida, recién llegada de Francia. Un día me lo ofreció, después de que enésima vez le tuviera que pedir dinero por adelantado para hacer la compra en el supermercado. Ella siempre tenía dinero extra, no mucho, pero no faltaban caprichos en casa. También hacía trabajos extra de profesora por las tardes, venían a buscarla los padres a casa. Era mejor así, en aquel barrio, todos los hombres miraban siempre a los lados, como si evitaran a alguien.
Mona tenía un novio, era inglés o irlandés. Nunca supe de donde era, me parecía igual que todos aquellos ingleses malhablados, grandes como monos y sin afeitar. Se llamaba John algo. Yo le recordaba siempre por sus patillas, sus dientes amarillos y por cómo me guiñaba el ojo cuando me veía, como si fuera una estrella de cine. Le daba igual que estuviera Mona delante, me tiraba los trastos sin pudor. A Mona le divertía, decía que le gustaban los tíos así, muy hombres.
Esto fue hace más o menos seis años, durante el apagón que hubo en el atentado de la gran central eléctrica de Manchester, en el 2206. Con la luz se fue el transporte público y las cámaras de vigilancia. La mayoría de los vehículos privados tenían el consumo racionado y nosotras íbamos a perder el trabajo. Los taxis eran carísimos. John era de uno de esos tipos enamorados de los coches antiguos y tenía un Wayrhyn del finales del siglo XXI que funcionaba con hidrógeno. Se ofreció a llevarnos al trabajo, a cambio de una cita a ciegas con un amigo suyo muy interesante de España. Como yo era francesa, dijo que la cita sería internacional y muy divertida. Su acento de Liverpool sonaba asqueroso al pronunciar “divertida”. Pero no tenía más remedio, si perdía aquel trabajo no tenía nada más y no podía volver a casa.
Ya en el viaje de ida al colegio donde trabajaba me arrepentí, en el coche insistió que me sentara delante y el enorme anillo de su mano derecha que parecía una araña, terminó en mi pierna varias veces. El anillo estaba frío, pero sus manos estaban muy calientes y varias veces se intentaron meter debajo de mis bragas ante la mirada perdida de Mona, que sonreía ajena a mis problemas. Sin embargo, impuse mis normas. La cita sería en nuestra casa. Ahí cada una tenía su habitación. Pensé que jugar en casa sería mas seguro. Compartíamos un pequeño apartamento alquilado en un mal barrio de las afueras de Liverpool, donde salir sola de noche era una provocación.

Jesús, el amigo de John, tenía una barba cerrada y un fuerte acento castellano. No era de Barcelona, que era la única ciudad española que conocía, sino de una pequeña ciudad de provincias al norte. Sus ojos grises brillaban con inteligencia y perspicacia cada vez que John decía alguna guarrada estúpida. No tenían nada en común. Le bastaba una palabra o un entrecerrar de ojos para desactivar las paletadas de John. Pronto empezó a animar la fiesta con sus inverosímiles historias. Con su ridículo acento y sus giros inacabados, dejaba fuera de juego a John y a Mona, que no le seguían. Mona y John se pusieron ciegos de coca mientras contaba sus aventuras. No me gustaba cuando Mona hacía eso, su miraba se volvía turbia. Me sentía mal cuando la veía así, como en el pub. Nos lo estábamos pasando bien, hasta que John empezó a besar a Mona. No le importaba que estuviéramos ahí delante, le empezó a meter mano debajo del pantalón y Mona se dejó hacer. John se giró y nos animó a imitarles, mientras Mona le lamía la oreja, con aquella sonrisa suya. Me sentí muy violenta. John era capaz de follársela en el sofá sin importarle una mierda. Mona ya tenía la mano dentro del pantalón de John. Miré a Jesús, intentando disimular mi nerviosismo.
—¿Quieres una cerveza?— me preguntó Jesús señalando la cocina.
—Sí— y pensé para mis adentros, “Pero vámonos de aquí”.
En la cocina, nerviosa, tardé en encontrar el abrebotellas. Todo en aquella casa era un caos. Jesús no dijo nada, ni siquiera pestañeó cuando me tomaba una pastilla rosa con forma de corazón. Eran las favoritas de Mona. Si estaba incómodo no lo parecía, quizás divertido por la situación, pero no incómodo. Le alargué una cerveza fría con la mano. Agradecí que no me dijera “tranquila”. Odiaba cuando alguien hacía eso.
—Tu amiga es un poco peculiar— dijo Jesús.
—Tu amigo es un cerdo—dije. El rió un buen rato ante aquel comentario. Mastiqué la pastilla. Sabía dulce y ácida.
—Es un tipo curioso. Le compré un coche usado y he acabado en esta extraña fiesta. ¿Qué más puedo decir?, apenas le conozco— dijo, y dio un largo trago a su cerveza.
—Me dijo Mona que eras su socio o algo así.
—Eso quiere él, pero yo paso. No me gustan sus negocios— contestó Jesús y desvió la mirada.
—¿Qué negocios?— quise saber.
—Además de los coches… hay más cosas. Pero no quiero saberlas. Tenía curiosidad por saber como sería una fiesta así. No imaginé encontrar a una chica como tú en un sitio como este.
—Vaya cliché más viejo—solté poco amistosa. Estaba mareada, su olor era dulzón e intenso. Sentía la música subir por mis piernas, no podía dejar de menear el culo, incluso apoyada en la encimera.
—Ya, pero ¿qué pinta una chica como tú, en una fiesta organizada por un chulo que vende coches robados y tiene una montaña de coca encima de una mesa de plástico  barato llena de mierda?
—Oye, te estás pasando— respondí sin acabar de procesar el torrente de palabras que me había soltado. La cabeza me daba vueltas. La puta música que venía del salón no ayudaba.
—John me invitó a la fiesta prometiéndome una orgía. Hace un rato cuando te fuiste al baño me dijo que si no te animabas nos podíamos montar un trío con tu amiga Mona. Al principio pensé que era broma, pero ya he visto que iba en serio. Ahora dime que tú lo sabías. Estoy alucinando—, a pesar de sus palabras, estaba gozando como un niño con aquella experiencia. Sonreía como un niño grande.
—¡Yo también!… Quiero decir, ¡claro que no lo sabía!—, no me podía creer que Mona me hubiera metido en eso —mientes— añadí de forma áspera. Sus ojos me analizaron unos segundos, brillaban. Se rascó en el cuello la incipiente barba y dio el último trago a su cerveza.
—Mira. No te voy a engañar, me pareces una chica lista, por eso te estoy contando esto. No me quiero complicar más la vida. No quiero nada contigo, pero me ha parecido que debías saberlo.
—Sólo eso… ¿no?— pregunté todavía dudando.
—Sólo eso—, sus ojos brillaban. Mucho. Su mano rozó la mía. Transcurrieron unos segundos y sentí sus labios sobre los míos, fue fugaz. Un beso rápido. Insípido.
—Y esto— agregó con una sonrisa. Estaba borracho, yo también. Me estaba arrepintiendo de haber tomado las pastillas Mona. Sonreí y sentí que algo estaba mal. No quería sonreír y menos aún, acercarme a aquel chico. Sin embargo, esta vez fui yo quien le besó, buscando su lengua con la mía. Era áspero pero muy sensual. Su acento español me hacía cosquillas entre las piernas. Empezó a hablarme en francés al oído. Me puso a mil. Nos besamos frenéticos y pronto su manos estaban encima de mis tetas. Tenía un culo duro como una roca y pelos por todas partes. Mis manos pasaban por su pecho como un rastrillo por el césped. Hacía mucho que no estaba con un chico así, me recordaba a Jerome. De repente estaba muy, muy caliente.
Pasamos corriendo por el salón sin mirar demasiado. Mona estaba encima de John, que estaba tumbado en el sofá. Su cadera se deslizaba líquida sobre él, corría sudor sobre sus pechos desnudos. Mona me sonrió con la boca abierta cuando pasé por delante. Nos encerramos en mi habitación y cerré con el pestillo. Una vez allí, Jesús me empujó sobre la cama y se puso encima de mí. Le besé sin contemplaciones, con los ojos cerrados, poseída. Sus manos estaban en todas partes. La imagen de Jerome me vino a la cabeza. Abrí los ojos y vi a aquel chico que no conocía de nada. Me estaba sacando la camiseta sin que yo todavía supiera que quería. Me notaba húmeda. No recordaba donde estaban mis bragas y noté como sus manos intentaban abrir el sujetador. Cuando ya tenía un corchete fuera le empujé con fuerza.
—¡No!—, dije furiosa, sin saber muy bien porqué.
—¿Cómo?—, preguntó perplejo, pero aún con una sonrisa de confianza en los labios.
—Que no—, bufé rabiosa.
—Pero….
—Te has equivocado conmigo—, dije preocupada en abrocharme el corchete suelto de mi sujetador.
—¿Quién ha dicho que…?
—¡Fuera!
—¿Qué?
—¡Fuera he dicho!
—No me jodas, como me vas a dejar así ahora.
—¡Fuera o chillo!—, chillé nerviosa.
—Vale, vale. ¡Joder! Puta casa de locos—, se puso la camisa, que se había quitado en algún momento y se fue cojeando, con un zapato en el pie derecho y un zapato en la mano.
Estaba temblando. “Ese hijo de puta casi me viola”, recuerdo que pensé. Dudaba si llamar o no a la policía, y no sabía que decirles en caso de que hacerlo. Me había echado algo en la bebida. Seguro. Fuera, en el salón, Mona gemía de placer. Oí una breve discusión y un portazo. Luego Mona continuó gimiendo. Me tapé con las sábanas y lloré hasta dormirme. Desperté sin bragas y con resaca. El timbre llevaba sonando un buen rato en la puerta. Mona no estaba, así que me armé de valor y abrí. La última vez que llamaron y no abrimos el casero nos cobró la visita del fontanero. La casa estaba hecha mierda, ya no recordaba qué tenía pendiente de arreglar, alguna gotera lo más seguro. No hacía más que llover. Cuando abrí la puerta, no esperaba aquello. Jesús con una rosa en la mano. Cerré la puerta de forma mecánica, casi violenta, como un reflejo. Asustada.
—¡Lo siento!— dijo él al otro lado.
Me eché a llorar. Sin saber por qué.
—Lárgate— dijo Mona en la calle desde lejos —lárgate pero ya— añadió en un tono de voz frío. Venía a paso rápido. Odiaba el sonido que hacían los tacones de sus botas altas. Cuando las llevaba, junto con la minifalda negra y el top ajustado, parecía una puta.
—¿Por qué?—, oí al otro lado decir a Jesús no muy seguro de sí mismo. Miré por la mirilla. Fuera llovía a cántaros. Jesús sostenía una rosa en la mano derecha y en la otra una bolsa con algo de comida, unos croissant o unos donuts, deduje por las manchas de grasa, que se mezclaban con las manchas oscuras que dejaban las gotas de lluvia al caer sobre el papel.
—Si no te piras, John va a venir y te va a partir la cara— dijo Mona.
—¿Por qué?— preguntó Jesús encarándola. A través de la mirilla podía ver como Mona esgrimía aquella sonrisa como un terrible arma. El silencio tenso se mantuvo durante unos momentos. Luego, ella sacó las llaves y abrió la puerta, apenas tuve tiempo de apartarme de la mirilla. Mona tenía unas marcas en la cara, como arañazos, y el cuello enrojecido, casi morado. Dejó la puerta abierta de par en par para que le viera Jesús y sacó su teléfono del bolso para llamar a John.
—Hijo de puta, te vas a enterar—gritó Mona. Estaba desconocida, parecía un gato acorralado. Jesús estaba lívido. Parpadeó un par de veces sin saber qué hacer. Tiró la rosa al suelo y me miró antes de decir:
—Vete de este lugar antes de que sea demasiado tarde—, luego se fue sin mirar atrás.
Mona cerró la puerta y se metió en su habitación. Ví como Jesus bajaba por la calle  en el coche que le había comprado a John. No me miró al pasar. En un charco, aplastada bajo las ruedas, estaba la rosa. A su lado había una nota de papel escrita a mano, la tinta azul ya se estaba corriendo. La lluvia seguía cayendo, inexorable.
Hasta la el lunes siguiente, de vuelta en el trabajo no volví a ver a Mona. Hizo como si no hubiera pasado nada. Yo pasé el fin de semana sola, reordenando mis ideas, intentando recordar qué había pasado aquella noche. Desde hacía meses, había muchas noches en blanco en mi vida. Muchas lagunas. Muchas mariposas negras en mis sueños. El apartamento estaba poblado de botellas de alcohol vacías y restos de todo tipo dispersos por todas partes. Me miré en el único espejo sano de toda la casa. Aquella chica no era yo. Estaba demacrada. Parecía mucho mayor que la chica tímida y rolliza que vino de Francia.
El lunes el viaje al trabajo fue muy tenso. John no abrió la boca ni intentó nada conmigo. Lo único que me dijo en todo el viaje, es que si volvía a ver a ese tipo, lo mataría. Me quedé preocupada, pensando que me había librado de una buena. John no quería que me preocupara, tenía un amigo de la policía que le debía unos favores y que vendría a casa a vigilar por si aparecía de nuevo aquel cabrón. No lo entendí, pero le seguí la corriente.
Tras terminar la jornada de trabajo en el colegio, ya en el pub, cuando estábamos cerrando, descubrí a Mona en el baño, arrodillada sobre el regazo de un desconocido. Fuera, John contaba billetes de diez. Durante meses no había querido ver aquello y de pronto, todas las piezas encajaron solas. Los espejos rotos, las pastillas en el baño. Las marcas en el cuerpo y en el rostro de Mona, sus ideas y venidas en coches de extraños. En aquel momento, todavía con el uniforme del pub, quise salir corriendo, pero no tenía cómo. Lavé aquel cuarto de baño, y recogí los condones usados, como tantas noches había hecho. Ya no me giré sonriendo para desviar las chanzas de aquellos desgraciados.
De vuelta a casa, busqué desesperada aquel papel blanco con garabatos azules. Casi  ilegible, con la tinta corrida por el agua, contenía un número de teléfono. Me aferré a aquellos trazos imposibles y tras probar decenas de veces, logré hablar con Jesús. Apenas hablé. Me preguntó si estaba bien. Entre lágrimas le dije que sí, que tenía que ayudarme a salir de ahí. No hizo preguntas, vino a buscarme de madrugada. Recogí todas mis cosas en una bolsa de lona, la misma que traje cuando llegué a Liverpool. Me fui sin despedirme de Mona. Jesús apenas me miró, ninguno habló durante el trayecto al aeropuerto. Allí gasté todo mi dinero en un vuelo a París, y aún tuvo que darme algo Jesús. Espero que entendiera que en mi silencio y en mi vergüenza, había un agradecimiento infinito. Nunca volví a saber de él.

Cuentos cortosfantastico

La llamada

14 julio 2015 — 0

lallamada.jpg

Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

No era la primera vez que me ocurría. Ni siquiera la peor, pero sentía que cada vez me era más difícil justificar mi lucha interior. Siempre era casual. Un cruce de miradas. Una respiración en dirección equivocada. Cuando ocurría, siempre sentía lo mismo: que el tiempo se paraba, y que algo en el orden de las cosas estaba equivocado, se deslizaba, derrapando sobre el asfalto de mi vida ordenada y perfecta. Y ocurría: el accidente. Dos ojos llenos de curvas en un túnel. Ella nunca era igual, sería fácil si lo fuera. Pero no, a veces, era la chica que me encontraba en una reunión, otras una compañera ocasional de viaje de negocios, que me seguía la conversación sin más malicia. Con alcohol era más fácil, por que ni siquiera recordaba el comienzo, sólo que me embriagaba del tacto sedoso de sus voces. Incluso una vez, ocurrió por casualidad, convertido en víctima accesoria de un mal mayor, como un accidente múltiple. Jóvenes, no tan jóvenes. Inocentes o no. No había un patrón. Cuando empezaba a tirar de ese hilo, sabía que como terminaría, pero seguía tirando sin poder parar. Quizás fuera eso lo que más me gustaba. Cuando no sabía si la otra parte estaba jugando a lo mismo. Cuando no sabía si sólo eran imaginaciones mías o de verdad la realidad enmudecida y gris se había convertido en un local atestado de humo y blues, y en él solo había una mujer con una sonrisa enigmática y nerviosa acompañando el Death Letter Blues de Son House. No sabría decir si lo más difícil era el primer sí, o el primer no. Todos llevaban a lo mismo, a seguir haciéndome la misma pregunta. ¿Sí o no? En ese punto, comenzaba la cuesta abajo. Frenar era inútil ya. Cuanto más tiempo evitara el impacto, más fuerte sería al final. Cuando ya veía la pendiente, venía a mí ese vahído de vértigo. Dulce y ácido. Imaginaba sus pupilas dilatándose de pronto, y un solo de guitarra tocado tan solo con la sexta cuerda. Tensión sobre negro. Humo y unos labios  húmedos.

De momento, Elena estaba tan sólo en mi smartphone. Un número y una pequeña foto. A pesar de que estaba apagado, notaba como me susurraba en la oscuridad. No podía dormir. Apartaba con argumentos torpes las excusas que revoloteaban en mi cabeza hueca. Excusas que ya había usado, estériles, incapaces de terminar nada, porque volvía a sumergirme en todo ese torrente pretérito de sensaciones: el suave tacto de unos pechos tras una blusa, rozando mi antebrazo. La punta de su nariz sobre mi lóbulo, susurrando, sus pestañas aleteando. Su voz. Su urgencia y la mía, sobre fondo gris y nuestras miradas ardiendo en llamas.  Y sin embargo, el zumbido de la razón, no cesaba, intentando apagar ese incendio. Activé el móvil y miré de nuevo su número. Reimaginé su fotografía. Su imagen volvió a mí, en movimiento, silenciosa, como un fantasma. El sudor corriendo sobre su piel y sus pequeños dientes blancos mordiendo mis labios. Mis sentidos, juntos, vencían poco a poco mis resistencias. Como siempre, mi otro yo, me atormentaba en mi cabeza. Hablándome silencioso a través de mis propios pensamientos, con un susurro inaudible e insidioso.

—¿Por qué no?—, me preguntó. Intenso y poderoso.

—Ya sabes por qué no. Lo de siempre. ¿Luego qué?—, respondí en voz baja, evitando que me oyera mi mujer, que estaba dormida al otro lado de la cama.

—Luego, otra vez—, dijo sinuoso.

—No quiero destruir todo lo que he construido—, repliqué, derrotado.

—No tiene por qué—, me respondió, con tono seductor. Mucho más de lo que yo sería jamás. No tuve fuerzas para replicar. Recordaba la primera vez. Las excusas. Las mentiras. Las negaciones. Las terribles y complicadas mentiras. La necesidad de recordar aquel andamio de serpientes y cuerdas. De hacer aquella historia coherente hasta el final, no poder bajar nunca la guardia y tener que recordar todos los detalles inexistentes. Las sonrisas huecas, las largas conversaciones con mí mismo. La necesidad de sacar aquello de dentro y la absoluta certeza de que nadie podría soportar aquel hedor que ocultaba. Sin embargo, todos aquellos momentos, habían merecido la pena. Y era lo que me repelía, saber que lo volvería hacer otra vez, por sentir de nuevo. Por eso, tomé el Smartphone y temblando mientras imaginaba sus gemidos y el tacto de sus pechos sobre mis manos. Empecé aquel baile.

Tras dos semanas, el rastro de sus uñas en mi espalda aún me hacía estremecer. Todavía perduraba el regusto de su sudor, ácido y ahumado. Había merecido la pena. Cada instante. Recordaría siempre aquella mata de cabello rojo, crispada entre mis dedos. Su pequeña boca húmeda entre mis piernas. Arrodillada frente a mí, su cuerpo era una playa bañada por algas rojas.  Sal, arena y mar. Como su sabor. Como sus gemidos contra las rocas, estrellándose contra lo inevitable. Y la resaca, arrancando toda la vida de las orillas, ahogándola en el fondo del mar.

Estaba en el trabajo, en mi despacho, donde intentaba no pensar en nada. El trabajo era un límite que respetaba por encima de todo. Cuando sonó el teléfono lo cogí de manera automática, sin pensar. Ví su nombre en la pantalla y mi mano no respondió, ajena a mí. Era ella. Su número. Imposible. Estaba muerta. Aunque ya había sucedido antes. Sabía lo que tenía que hacer. Respiré profundamente un par de veces y contesté sin nerviosismo.

—¿Sí, dígame?

—¿Esperabas a otra persona?—, respondió ella al otro lado. Un sudor frío patinó espalda abajo. Era su voz.

—¿Elena?—, respondí mecánicamente, sin guión.

—¿Te sorprendes de oír mi voz? ¿Pensabas que no me acordaría de ti?—, su voz tenía el mismo tono alegre que recordaba.

—Yo… —, apenas podía respirar.

—Lo entiendo, se supone que debía estar muerta. ¿No?

—Qué… ¿qué broma es esta?

—Te llamo para avisarte. Esta vez has ido demasiado lejos.

—No sé de que me hablas, creo que te estás equivocando—, me giré hacia la pared y empecé a recobrar  el control de la situación.

—¿Te acuerdas que tuviste la sensación de haberme visto antes?. No me lo dijiste, pero lo pensaste. Mi nariz, mi acento canario.

—Te lo repito Elena, no sé de que me hablas.

—Yo tampoco lo sabía. Pero tu tenías que haberlo sospechado. ¿No miraste mi cartera cuando te deshiciste de ella? ¿No te fijaste en la foto que tenía guardada?. Esa niña, con su madre. La niña era yo, con mi madre, la hermana de tu mujer. Soy tu sobrina Elena. Bueno, era.

—¡¿Qué?!-, grité nervioso.

—Ya da igual. Estoy muerta.

La pantalla del teléfono, en negro, no daba señales de vida. Ya no estaba en mi despacho, estaba en el cuarto de baño, sentado sobre el retrete. Con la camisa empapada de sudor. Obsesionado en recordar qué había pasado en mi vida esas últimas dos semanas, ignorando que había ocurrido desde que cogí el teléfono hasta que fui consciente de estar encerrado en el baño. Desesperado por entender por qué aquel rostro tenía algo familiar, sin nombre. Elena. Me vino de pronto todo de golpe. La foto de la cartera. Las fotos de mi familia en su casa. Las bragas ensangrentadas enroscadas en su tobillo izquierdo. El tatuaje de una espiga. El recuerdo lejano de una niña de apenas tres años en el columpio, riendo cuando la empujaba. El olor infantil de su pelo limpio. Todo eso que había escondido en algún lugar ajeno de mi cabeza.

—No te vengas abajo-, me dijo una voz en mi cabeza.

—He llegado al final— me respondí en susurros— ya no hay más.

—Ha sido un error, pero no volverá a suceder—, respondió retador. Poderoso.

—¡No!—, grité.

….

—¿Pasa algo?— preguntó alguien al otro lado de la puerta.

—No. No. Estoy hablando por el móvil-, dije peleándome con las palabras.

Me mordí la lengua y esperé en el baño. Seguía sin recordar como había llegado. Ahora reconocía de que durante años, había olvidado muchas cosas, ignorado muchas lagunas. Podría recordarlas si quisiera, pero sabía que sería peor. Yo mismo las había escondido tras los muebles de mi vida gris. Salí del baño y me escabullí hasta la escalera donde todos en el edificio fumábamos a escondidas, usando una gran ventana que daba al patio y desde donde se veía el cielo. Necesitaba respirar. Pensar. Fumé un cigarrillo tras otro, temblándome en los labios. Sin querer recordar o sentir. Buscando silencio y soledad. Una señal, algo.

—¿Hola?, ¿estás bien?—, me dijo una suave voz delante mía.

No la conocía. Sin embargo, aquel tono de voz me hizo volver la vista. Mirarla. Por unos instantes, sentí que todo volvía a la normalidad. Que nada había pasado. Era muy joven. Me sostuvo la mirada, curiosa. Dulce. Frágil. Vulnerable. Fueron los segundos más largos de mi vida. Luego, salté por la ventana mientras unas notas de blues sonaban de fondo.

Cuentos cortosErotico

Mimosas

2 julio 2015 — 1

waterhouse-hilas-y-las-ninfas-1024x635.jpg

Era una cueva oscura. Una tenue luz surgía del agua que me llegaba casi hasta las caderas. Esa luz me dejaba entrever la caverna llena de sombras azuladas que bailaban. El agua estaba templada, casi caliente y los peces azules y rojos volaban entre mis rodillas, jugando al escondite. Un olor a jazmín flotaba sobre la bruma. Musgo y pequeñas flores aún tiernas, rodeaban los peñascos que sobresalían. Como si fuera un pastor entre los peces, caminé hacia delante guiándolos por sus propios dominios, paladeando el sabor dulce del vapor. Las paredes de piedra eran suaves al tacto, como algodones pétreos. Una gota cayó sobre mi frente, caliente y salada como una lágrima. La cueva entera lloraba en silencio y las gotas que caían aquí y allá eran el único sonido vivo, lento y pausado. El ritmo de las lágrimas y el tacto de los peces sobre mi piel me acompañaron un rato, hasta que la oscuridad de la cueva terminó bajo la luz de la luna, que colgada en el cielo iluminaba un bosque alrededor del río. La brisa refrescó mi piel, y seguí caminando. El susurro de las hojas de los árboles que bailaban bajo la brisa, acompañaba una noche cálida. Casi pegajosa.

Al principio pensé que era un pájaro, un extraño ave de plumas de terciopelo. Pronto supe que no lo era. Oí palabras. Palabras extrañas, pronunciados por una niña. Susurros, ecos. Los propios árboles acompañaban aquella canción en completa armonía. En el silencio entre estrofas, ni el viento se atrevía a soplar, como si la naturaleza contuviera el aliento por respeto. Yo mismo dejé de respirar hasta que de nuevo, la  voz vino de nuevo a mí. Sentí que me llamaba, pese a las palabras incomprensibles. Seguí el río, buscando el origen de aquella voz desconocida y frágil. Los peces trotaban a mi lado, deseando llegar, indicándome el camino. Incluso parecía que las piedras bajo mis pies, se aplanaban, haciéndome el paso más fácil.  Las estrellas parpadeaban alegres. Su voz se hizo más dulce, más cercana. Estaba cerca. Podía oler el aroma de jazmín, mezclado con otras flores para las que no tenía nombre. Un olor dulce y ligero, huidizo. Se escondía y volvía a aparecer en mi consciencia. Era incapaz de atraparlo, pero cada vez que respiraba estaba ahí, como los peces y las estrellas. Amarillas. Me imaginaba esas flores amarillas y con grandes pétalos carnosos. No vi flores, solo los grandes ojos de una muchacha, casi una niña, que cantaba en un idioma desconocido para mí. Aquella canción se repetía una y otra vez de forma hipnótica. Caminó hacia mí sumergida hasta la cintura. Era menuda y delgada. La luz de la luna resaltaba la palidez de su piel. Su largo cabello fluía sobre sus hombros y sus pequeños pechos. Sus labios me sonreían sin dejar de cantar. Los peces nos rodearon y ella siguió susurrando aquella canción, aquellas palabras líquidas en mis oídos, produciéndome cosquillas en algún lugar de mi interior. Parpadeó lánguida, sus pestañas no tenían prisa. La luz de la luna se reflejaba sobre su nariz. Iluminando solo la mitad de su rostro. Su ojo izquierdo brillaba, verde y cristalino, como el agua. La contemplé sin prisa, buscando peces que nadaran en aquella inmensidad. Su canto se convirtió en un susurro y se acercó hacia mí muy despacio. Sentí su aliento sobre mi cuello y el tibio roce de su piel sobre mi brazo. Ella era la flor amarilla. Como un campo de melocotones en verano, su esencia dulce me desbordó. Sus labios rozaron mi oreja y un lento escalofrío bajó nadando por mi espalda. Paró su canción para reír y observarme con curiosidad apenas a un palmo de distancia. Sus labios volvieron a cantar para mí, en silencio. Mudos, pero llenos de vida, como la fruta fresca. Se giró hacia el río y sus dedos buscaron los míos. Me indicó que la siguiera, sin palabras. Volvió a cantar aquella canción alegre. Suave, dulce, sin prisa. Suspendido en aquellas hojas amarillas, flotando entre los peces. La seguí. Minutos, horas. Mil latidos mal contados. Cuando se giraba de forma sutil para sonreírme, veía su perfil y me estremecía: era el ser más hermoso que había conocido.

El río se ensanchó, hasta convertirse en un pequeño lago. Allí otras criaturas me esperaban, igual de hermosas, hermanas mellizas de aquella criatura que aún me sujetaba la mano. Sus hermanas, me dieron la bienvenida con curiosidad. Revoloteando alrededor de mí. Rozando con las yemas de sus dedos mis hombros, mi pelo, mis manos. Pacientes, escuchaban la canción de su hermana, que se balanceaba de forma plácida sobre el agua, flotando sobre mí. El agua se hizo más profunda de repente y dejé de hacer pié, pero ella me sujetó la mano y me abrazó. Sentí por primera vez el tacto de su cuerpo sobre el mío, de sus manos sobre mi piel desnuda. Entornó los ojos con ternura.  Calló. Suspendidos sobre el agua, sólo se escuchaba el murmullo de una cascada lejana y las apagadas risas de sus hermanas que habían ido ya a la orilla y nos esperaban fuera del agua.  Sin abrir los ojos, sus labios rozaron los míos. Poco a poco, nos besamos. Flotando en aquella ingravidez, la humedad de su boca me inundó. Cerré los ojos y me hundí en aquella sensación de pérdida, de total abandono. Abrazado a su piel, encerrado en sus besos llegamos a la orilla. Sus hermanas nos ayudaron a subir y tras sus manos llegué a sus labios. Ellas también me besaron y recorrieron mi piel húmeda con sus manos, compartiendo con su hermana aquella intimidad aterciopelada, aquel aroma dulce y fresco. Su piel bajo la mía, sus risas cortas y alegres fluyendo sobre mi cuerpo. Sus cabellos desparramados sobre mis piernas. Lloré de placer, de dicha y me perdí en aquel bosque de gemidos.

Horas. Minutos. Vidas. Mis oídos despertaron poco a poco, bajo el ronco sonido de otras voces. No recordaba haber cerrado los ojos, los abrí despacio. Seguía siendo de noche, pero ya no había luna. A mi lado, otros hombres gemían de placer haciendo el amor con aquellas criaturas. Un picante y dulzón olor ahogaba mis sentidos a sexo y sudor gastados, usados. Sobre mí, ella se balanceaba una y otra vez, pero su canción ya no era un susurro cálido sino un gemido roto y desabrido. Monótono. Su rostro desfigurado por las tensión, vulgar y malgastado. Sus ojos ya no eran estanques cristalinos, sino pozos turbios. Una mueca burlona reemplazaba su sonrisa. Intenté moverme, huir. Mi cuerpo no respondía, lánguido e insensible, mientras ella me usaba a su antojo, desbastándome como a una rama de abedul.

Desperté bañado en sudor frío y jadeando. Eran las cinco y cuarto de la madrugada. La imagen vívida de aquellos ojos turbios y aquella mueca cínica permaneció en mis retinas sin poder quitármela de la cabeza. A ciegas, fui al baño y me mojé la cara sin atreverme a mirarme al espejo. La imagen poco a poco se desvaneció y las luces de los rascacielos bajo mi ventana la sustituyeron como un pesado manto de luces muertas. Pronto amanecería. Aquel aroma  dulce y fresco volvió a mí por unos instantes. Por unos instantes quise llorar, sin saber porqué. Tomé dos pastillas y rogué para que hicieran efecto pronto.

Cuentos cortos

Alfas

16 enero 2015 — 1

alfas.jpg

Bueno, he decidido volver de nuevo a mi novela, que aun no tiene titulo. Estoy barajando “Los constructores del edén” o “El viaje de Ariel”, pero bueno, este es un capítulo suelto a modo de flashback que narra parte del pasado del protagonista, Ariel, aunque bueno, ese no es su nombre… no os explico más, os dejo con el joven Ariel.

Este texto es parte de mi novela “11,4 sueños luz”, aunque en la novela podrás leerlo en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Un thriller en el París del siglo XXIII

345 páginas de puro ciberpunk. Disponible en papel y eBook

Yo tenía dieciocho años recién cumplidos. Lo recuerdo perfectamente: 2188, el año en el que el EGIE voló la torre Eiffel de París. Justo en aquel momento nos trasladaron de Annaba a Bizerte, decían que las cosas se iban a poner feas, pero en África nos tomábamos siempre las noticias que venían del norte de manera relajada. Los europeos siempre estaban en tensión, incluso cuando venían de excursión a hacer fotos y experimentar como era la vida con hambre y frío. Les gustaba pensar que eran aventureros, y andar entre aquellas gentes de mirada penetrante que pisaba descalza la tierra áspera y polvorienta de África. En aquella época ignoraba que también en Europa había hambre, frío y el mismo polvo amargo y sucio que se metía en tu boca cuando pateabas las calles bajo los puentes. Yo era apenas un hombrecito que no sabía lo que quería, pero con un fusil en el hombro y un bonito uniforme verde aceituna. Para un crío de esa edad, eso es bastante, sobre todo si está rodeado de gente que no puede aspirar ni siquiera a unas botas. La mayoría éramos chavales, excepto los sargentos que parecían todos sacados del mismo patrón: supervivientes de otra época. A esa edad no te preguntas qué va a pasar cuando te hagas viejo, o dicho de una forma más práctica, por qué no hay nadie entre la edad del sargento y tú. A esa edad reconforta que alguien te diga lo que hay que hacer y cómo.  Eso es lo único que aprendí en el ejército, a no hacer preguntas. Las preguntas, siempre llevan a lugares incómodos. Nuestra misión era evitar que ningún habitante de África cruzara la frontera hacia el norte y que los turistas no tuvieran ningún problema, del tipo que fuera. Se podía resumir en que debíamos disparar a cualquiera que viéramos en el agua y no fuera un turista o a cualquiera que agrediera a un turista. Era fácil, porque todos los turistas eran blancos y tendían a estar gordos y bien vestidos y el resto no. En la práctica con aquel fusil, que tenía muchos más años que yo, era imposible acertar a nadie en la distancia, pero con llamar por radio y avisar, era más que suficiente. Aunque disparé muchas veces, no recuerdo tener la sensación de haber matado a nadie. Quizás lo hice, pero a lo lejos una muerte solo es un número, no una persona. Todo cambió cuando conocí a Ahmed.

Ahmed también era del cuerpo de fronteras, pero de un tipo muy especial. Su uniforme era negro, nunca había visto uno igual, aunque casi siempre vestía de civil, con un elegante caftán oscuro, tuve claro desde el primer día que le conocí que tenía auténtica sangre Bereber. Tenía esa sonrisa amistosa, siempre presta a lanzarse en una risa, y esos ojos alegres. No tenía una expresión ajada y triste como la mayoría de bereberes que había conocido, si no que parecía estar siempre dispuesto a escuchar a los demás. A pesar de la diferencia de edad -él me sacaba casi 15 años- nos caímos bien enseguida, él decía que le recordaba a un primo que había dejado en Nadir, y yo de alguna forma, lo veía como una especie de hermano mayor. Lo cierto es que sus consejos fueron muy útiles al principio. Elegir las guardias correctas, los compañeros correctos, y saber qué decirles a los sargentos me ayudó a sobrevivir las primeras semanas. Parecía caerle bien a todo el mundo, excepto al teniente al mando, que me vio un día hablar con él. Me hizo llamar a su presencia, y todavía recuerdo el temblor de mi brazo al llamar a su puerta. Entré en su despacho y me cuadré delante de él. Estaba sentado detrás de un escritorio de madera, antiguo, con adornos labrados, aunque gastados. El despacho, aunque espartano tenía varias estanterías repletas de libros en árabe y en francés, algunas armas colgadas en la pared y numerosas placas y diplomas. Se respiraba sobriedad y cierto interés por la cultura, algo insólito en aquella ciudad.

-Soldado…. Farah, me han dicho ¿verdad?.

-Sí mi teniente- respondí intentando que mi voz no se apagara. Tieso como un palo y sin mirarle directamente. Me lo repetí interiormente una y otra vez. Me observó sin prisa unos segundos, y luego se levantó y caminó hacia mí. Se quedó justo detrás de mí, fuera de mi campo de visión, pero a merced del suyo, apenas a un metro de distancia. Olía áspero e intenso, su voz era muy grave y hablaba rápido, su lengua parecía un látigo que se preparaba para despellejarme.

-Me han dicho que es muy amigo del especialista Merah-, dudé. No supe si responder o esperar a que siguiera hablando. Esperé prudentemente hasta que el silencio se hizo demasiado incómodo.

-Sí mi teniente. Imagino que se refiere a Ahmed, no conozco su apellido.

-Ahmed, sí. ¿Sabe lo que es un Alfa, soldado?- me dijo divertido.

-No mi teniente.

-Merah es un Alfa. ¿Sabe cual es su función, soldado?.

-No mi teniente.

-Detectar a los mentirosos y denunciarlos-, supe en aquel instante, que sus ojos escudriñaban cada centímetro de mi cara, se movió y se colocó frente a mí, con su cara  apenas a unos centímetros. Me quedé helado. No sabía si me estaba diciendo que Ahmed me había denunciado, ni porqué lo habría hecho. Por más que intentara recordar, además de algunos comentarios sobre mi pasado y algunas estupideces sobre las turistas y sus escotes, no había de donde rascar, pero me miraba como si supiera algo terrible de mí.

-Me han dicho que sabe escribir y leer árabe-, su sonrisa no me gustaba, ni su aliento desde tan cerca.

-Si mi teniente-, clavé la mirada en el suelo.

-¿Quién le enseñó?. Nuestros soldados no tienen miras tan altas, me sorprende.

-Abu Muhammad Ali ibn Ahmad, mi teniente, es…

-Sí, sí, lo conozco- sonrió de forma breve y meneó un poco la cabeza de forma afirmativa – Es un gran hombre. Si fue tu maestro no tienes que decirme más, me imagino el resto-. Se sentó sobre la mesa, a un par de metros de distancia, dejándome más espacio. La expresión de su rostro cambió, mas cansado, pero también mas relajado. Me observó con curiosidad, y luego perdió el interés.

-Puedes irte, soldado, pero una cosa, ándate con mucho ojo con ese Merah.

-Sí mi teniente-, no tuve valor para preguntar. Saludé y cerré con cuidado la puerta. Pasé varios días dándole vueltas a esa conversación. No veía forma de saber qué era un Alfa sin preguntárselo directamente a Ahmed, así que un día que estaba relajado, hablándome de sus primos de Marrakech, se lo solté.

-Perdona que te lo pregunte Ahmed, pero ¿qué es un Alfa?-, si pensaba que podía hacerle dudar con aquella pregunta, o enfadarle, o en cualquier caso, pillarle a contrapié estaba muy equivocado. Sonrió.

-Anda que has tardado en preguntármelo, Rasheed. Pensé que no me lo ibas a preguntar nunca. ¿Quién te lo dijo?-, no estaba molesto, al contrario, se veía orgulloso.

-El teniente- le confesé azorado, como un niño confesando a su hermano mayor algo que le había dicho su padre. Su mirada fraternal y condescendiente me confirmaba nuestro estatus quo.

-Es complicado de explicar. Se me dan bien las personas, y a veces me doy cuenta cuando quieren ocultar algo, por eso estoy aquí, observo a la gente que quiere pasar la frontera, observo a los que merodean los puestos de control, la gente que habla con vosotros, con los que trabajan en la administración, hablo con unos y con otros, y si veo algo raro, se lo digo al teniente.

-¿Sólo eso?- me parecía una explicación demasiado simple.

-Bueno, en Europa es diferente, ya sabes como son, pero aquí es así de simple.

-Si claro-, en realidad no tenía ni idea. Para mi Europa era una tierra fría y llena de gente rubia con poca ropa. Siempre comiendo, bebiendo y con dinero ilimitado.

Tardé tiempo en entender lo que eran los Alfas y para qué servían. En las dos primeras semanas tras aquella conversación, Ahmed me ayudó a ligarme a mi primera turista. Me dijo exactamente lo que la chica esperaba oír, como si supiera lo que pasaba por su cabeza, y lo más importante de todo, me dijo a qué tenía miedo: “Métele esta piedra de hachís en el pantalón, y será tuya. Cuéntale alguna historia de miedo sobre turistas en la cárcel, que se sienta aventurera a tu lado. Llévatela al café de Kadidu a media tarde, suele bailar Triya o Kisa, invítalas a un té y déjalas que te sonrían.”

Funcionó. Y así poco a poco, consiguió que le debiera algún favor, y sobre todo, que me metiera en problemas que él podía solucionar -o no- con tan sólo hablar con uno de sus conocidos. Sin entender cómo, en menos de dos meses, le debía dinero y aun mas importante: favores. Siempre se habla de todo aquello con una sonrisa y buenas palabras, pero en ocasiones, esos favores eran muy peligrosos. Un porro era una cosa, pero lo que llevaba en los bolsillos aquel día, podía ser un gran problema si me cogían. Quizás porque iba con cuidado, no me vio con ella: Laysa. Ni siquiera vi su hermosa cara, ya que Ahmed estaba echado sobre su rostro, besándola de forma lasciva en un callejón solitario. No paraba de susurrar su nombre mientras metía su mano bajo sus ropas. Aquel colorido y caro Kaftán era sin dudas de la hija del teniente. Aquello sí que era peligroso. Sabía que por aquello, el teniente le pegaría un tiro y tiraría su cadáver al acantilado. Me escabullí como pude, carcomido por el miedo.

En la biblioteca había conexión a la red, que había aprendido a usar gracias a Ali ibn Ahmad. Gracias a mi por aquel entonces, rudimentario inglés, pude empezar a entender  lo que era un Alfa, al menos en Europa. Un alfa era una persona especial, sí. Era lo que se conocía como psicópatas: personas muy inteligentes, y que de alguna forma no sentían remordimientos. Es lo que pude entender en un principio, ya que había muchos términos que no acababa de comprender, pero aquello sirvió para abrirme la mente. Apenas podía creer que gente así fuera la que patrullara las fronteras, pero parecía que ese tipo de personas, gente que debería estar encerrada, eran especialmente buenas detectando a personas que ocultaban algo o que se hacían pasar por quienes no eran. Por lo visto habían descubierto que eran idóneas para ese trabajo a finales del siglo XX. Imagino que en Europa era diferente, pero en el norte de África, Ahmed se estaba convirtiendo en mi pesadilla. Una tarde descubrí que algunos de mis ex-compañeros, que habían terminado en prisión por tráfico de drogas, habían trapicheado con Ahmed. Parecía que todo el que había tenido tratos con él, de alguna forma había terminado mal.

Varias semanas mas tarde me vino a visitar a mi garita de madrugada. Aquella noche hacía guardia en el puerto. Era frío y solitario, y me gustaba porque podía oír el mar y ver las estrellas, sin que nada me distrajera. Me gustaba el olor del mar. Fresco y salado, muy diferente de la ciudad y de las personas, y parecido a las montañas. Quería estar lejos de todo aquello, pero Ahmed sabía donde encontrarme, como sabía otras muchas cosas.

-Rasheed, compañero. Te he traído un poco de té caliente-, sabía como ablandar el corazón de cualquiera. Su té siempre estaba dulce y caliente.

-Gracias Ahmed-, sabía que quería algo, pero agradecí de manera sincera aquel té.

-Siento lo de la alemana-. El último de mis errores: una turista que había intentado engatusar y que había terminado borracha conmigo en su hotel.

-No pasa nada, unas veces se gana, otras se pierde- contesté malhumorado, otro favor que le debía. El taxista, el recepcionista del hotel, amigos suyos. Podían dar mi nombre, o no hacerlo. Como otras tantas anécdotas que había vivido en esos meses.

-Eso es, hay que ser positivo. Al final voy a hacer un hombre de tí, Rasheed, me sorprendes, hace unas meses ni le hubieras pedido la hora, ahora ¿cuantos idiomas hablas ya?- rió abiertamente, con esa alegría contagiosa que lograba arrancarte una sonrisa, aunque supieras que te estaba engañando.

-Tres, pero eso no es mérito tuyo.

-¡Qué dices!, si yo ni siquiera hablo bien árabe, tú eres el genio de los idiomas. Por eso vengo a verte, necesito tu ayuda-. Cuando pedía algo, parecía lo más natural del mundo, siempre en el momento oportuno.

-Claro Ahmed, ¿qué necesitas?.

-Tengo un amigo inglés que quiere una noche de fiesta especial. Ya sabes, fumar un poquito, unas chicas encantadoras que se lo hagan pasar bien, y como tú conoces la zona y el idioma, he pensado que seguro que tú también querías pasarlo bien y desquitarte de la alemana- sonreía y de alguna forma, sabía que estaba sacando la libreta con todos los favores que le debía. El saldo era positivo a su favor, por mucho. Me aterrorizaba llevarle la contraria, media ciudad le debía favores, y yo apenas llevaba ahí unos meses.

-Recógele en un taxi, llega a la estación de tren a las siete. Mañana tienes permiso a partir del mediodía, o eso creo ¿no?-, y sonrió. Conocía mis turnos mejor que yo, seguro  que había hablado con el sargento Klouchi. Otro favorcito.

-Claro, como siempre, ¿el restaurante de Yacine?. ¿Algo más?.

-Llévale algo de hachís, un poco de whisky. Timmi y sus amigas harán el resto, que lo pase bien, que no falte nada- me dio una palmada en la espalda y rió-, y tú también pásalo bien. No te prives de nada, déjalo todo a mi cuenta.

El resto de la guardia se me hizo interminable, dándole vueltas al plan que no había podido rechazar. La última vez que hice algo parecido, acabé en el calabozo de la policía, y de no ser por Ahmed, hubiera acabado muy mal. Drogas, prostitutas, guía ilegal de turistas, alcohol. Por mucho menos que eso un talibán en cualquier pueblecito del sur te cortaba la cabeza.

El problema fue que el turista no venía solo, y que las amigas de Timmi no bastaban. Me tuve que buscar la vida y ejercer de proxeneta con algunas chicas que no conocía. La noche acabó mal, una de las chicas terminó violada, apaleada y llorando en mis brazos. Se llamaba Malika, como mi hermana, y tenía la misma edad que ella debía tener cuando murió: apenas dieciséis años. La rabia impedía que abriera la boca, para no gritar.  Al día siguiente tuve que pedirle perdón a Ahmed, por que los ingleses se quejaron por las chicas y por mi actitud. Por supuesto, le compensé con más trabajos, hasta que entendí porqué no había soldados mayores, y porqué casi todos o eran trasladados, o acababan muertos o en la cárcel. Con discreción y gracias a que había aprendido algunos de los trucos de Ahmed  -escuchar, sonreír y recordar detalles- había descubierto como y cuando se reunía con Laysa. El teniente recibió una nota anónima escrita en árabe. Tres palabras: Laysa, Golpás, crepúsculo. El ático de Golpás era un lugar único en la ciudad, con unas vistas extraordinarias de toda la bahía. Era una casa privada que se alquilaba, un Riad.

Así es como me libré de Ahmed, y como el único Alfa del norte de África acabó sus días despeñado en un acantilado con cinco tiros en el cráneo. Desde entonces, procuro no acercarme a ellos. Se podría decir que me he convertido en uno de ellos, porque los detecto a distancia: su sonrisa, su mirada intensa y sobre todo, su personalidad magnética y envolvente. Imagino que ellos creen que soy uno de ellos, pero no, sólo soy un camaleón.

Cuentos cortos

Mermelada de fresa

31 diciembre 2014 — 1

mermelada-de-fresa.jpg

Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”, en su versión corregida, ampliada y revisada, aquí esta la versión original que escribí en el blog hace un tiempo.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

-¿Bueno, te vienes o no?- me preguntaba mi amigo Daniel, insistiendo en que nos fuéramos de la fiesta. Estaba cansado y el único que tenía ganas de seguir era yo. Y ella, claro. Habían pasado años desde que vi a Vera por última vez, justo antes de entrar en la universidad. Pero ahí estaba, tal como la recordaba: alta, rizos morenos, ojos negros, casi gitana. Llena de vida, con ese cuerpo elástico y sinuoso que recordaba tan bien. Sus pantalones ajustados de piel habían estado siempre ahí, en el fondo de mis recuerdos.

En diez minutos -que a mi amigo Dani le parecieron eternos- logré hacerla reír. A partir de ese punto, sólo tuve que escuchar y no dejar de clavar mi mirada en ella. Un roce, un silencio sostenido y una broma mal apagada. Ocurrió. Esquivé su primer beso; por error o quizás, por reflejos.

La pantera sacó sus uñas.

-¿Qué pasa, no quieres besarme?- guaseó Vera. “¿Qué ha pasado?, ¿qué ha pasado?”, pensé yo, todavía aturdido por aquel inesperado movimiento.

-No… no ahora- respondí sin más. Y era cierto, pensé, me gustaría hacerlo, pero a mi manera, no rodeado de ruido y empujones. No turbios de alcohol. No se lo dije, sonreí y aparté sin pensar un rizo de su cara, de sus labios. El contacto de las yemas de mis dedos sobre su rostro enmudeció todo a mi alrededor. Su sorpresa dio paso a la diversión y luego volvió titubeando a la incredulidad.

-Pero, ¿qué pasa?, ¿estás con alguien?- preguntó.

-No-, saboreé la brevedad de aquella palabra. Sabía dulce.

-Entonces qué pasa, ¿no te gusto?- preguntó, espoleada por su orgullo.

-Desde el instituto, hasta hoy-, le dije al instante. Era la verdad. Torpe, sin detalles.

Rió, tapándose la boca con la mano y desviando la mirada. Se transformó de nuevo en la Vera que observaba a escondidas en clase.

-Nunca me dijiste nada, no imaginaba que fueras así- tanteó ella.

-¿Así cómo?- pregunté sin dejar de sonreír.

-Tan….-, empezó a decir, acercándose despacio.

Puse mi dedo entre sus labios, y sonreí.

-¿Pero qué te pasa?-, dijo excitada por aquella negativa continua. En mi interior, un revoltijo de emociones me retorcía en varias direcciones. Disfrutaba cada segundo de la expresión de su rostro: sorprendido, cabreado, divertido.

No tuve que responder. Dani me cogió del brazo y me dijo que se iba. Podía irme con él o quedarme ahí con ella, colgado, sin forma de volver.

-¿Te vienes?, te acompaño a casa-, afirmé sonriendo. Ella dudó unos instantes, pero me cogió del brazo, divertida y caminamos juntos detrás de Dani, que maldecía en silencio, cabreado. Ya en el coche, me senté en el asiento de copiloto, y no dejé de observarla por el espejo, dejando que cazara mis miradas. No nos dijimos nada en el trayecto, Dani aportó la cháchara de fondo que necesitaba para hacer lo que mejor se me daba: acechar en silencio, observándola a placer. Tras despedirnos de Dani, quedamos a oscuras, en las escaleras que subían al portal de su casa. A solas. Con mis manos sobre los límites de su cintura, haciendo equilibrios.

-Bésame- ordenó.

-No- repetí.

Bufó. Rió. Pataleó, pero no soltó mi presa. Mis dedos, largos, se deslizaron con suavidad por aquel pantalón.

-¿Me tocas el culo, pero no me besas?- exclamó incrédula.

-No-, sonreí todo yo. Intentando evitar que notara el bulto entre mis pantalones. Las yemas de mis dedos tímidas, tenían conciencia propia.

Ella temblaba. De rabia, de excitación. En aquella penumbra, solo podía ver el brillo de sus ojos y de sus labios, húmedos. Se encendió otro cigarro. La noche era húmeda,  fría. La niebla nos rodeaba y el silencio era total. Podía oír el sonido de cada hebra de tabaco al arder, y sentir como se colaba en sus pulmones cuando aspiraba el humo.  Mientras, mis dedos reptaban encima del cuero, avisando a su piel.

-¡Que me beses!- rogó, a escasos centímetros de mi boca. Olía a menta. Estaba obsesionada con el sabor del tabaco, según me confió más adelante. Cada chicle que abría era un beso perdido.

-No. No ahora- repetí, devorándola con la mirada.

-Ahora o nunca- dijo desafiante. No respondí, las puntas de mis dedos bordeaban la frontera.

-¿No me vas a dar un beso, uno pequeño, un pico?- imploró.

No respondí. Esperé, parpadeé un par de veces, esperando que terminara de darle aquella última calada. Acerqué mis labios, y los rocé con los suyos, lo justo para notar su carne tierna y cálida, casi imperceptible, como una mariposa.  Mis manos levantaron el vuelo y bajé un escalón. Sabía a tabaco. Ahora ella era más alta. Desde aquel ángulo sus rizos oscuros caían sobre su rostro, ocultándolo. Sus ojos incrédulos y sus labios entreabiertos eran lo único visible. Bajé otro escalón. Tabaco y menta.

-¿Te vas?- preguntó temblando.

– Depende-, respondí, paladeando cada palabra – ¿Tienes mermelada de fresa en casa?- pregunté despacio. Su expresión de asombro, se aflojó y una sonrisa felina asomó entre sus rizos. Se tomó su tiempo en responder.

-Sí.

-Fresas y menta. Mi combinación favorita.

Y la besé, como un principio cualquiera.

Cuentos cortos

Paula

26 diciembre 2014 — 2

godward.jpg

Este relato está incluido en mi colección de cuentos “Histerias ficticias”.

Veintidós relatos que te retorcerán por dentro

Fantástico, ciencia ficción, ficción contemporánea y horror. Disponible en papel y eBook

Desperté en un bosque blanco, donde el musgo y la maleza eran sábanas y almohadas, donde las hojas de los árboles eran retazos de sueños, historias. Y me acordé de ti Paula. Recordé nuestras tardes de verano, tu pelo rizado y tu voz infantil. Evoqué tus esperanzas, tus ilusiones de bailarina y aquellas piernas largas, desparramadas por el suelo de la cocina de cuadros blancos y negros, entre risas, volteretas y más risas.
Casi dormido, casi despierto, como cuando venías a buscarme a casa de mi tío Alfonso. Bajo la almohada verde, ya suave de tantos lavados, mi mundo era completo. Solos, tú y yo. Éramos niños, y ni siquiera sabíamos lo que significaba todavía. Podíamos mirarnos a los ojos, reír como tontos y contarnos casi cualquier cosa. Todo menos lo que aún no existía, por que no sabíamos lo que significaban aquellas cosquillas, esas palabras sin letras, los calores sin color. Nuestras manos nunca se encontraron, pero torpes, se topaban con nuestros cuerpecitos casi infantiles. Jugamos a encontrarnos y a rebuscarnos. Juegos de niños, sueños de mayores, fantasías de por vida.
Vencejos locos y tomates maduros. Tardes de siesta en agosto, en la penumbra de casa de tu abuela. Risas y ecos de pisadas que rebotaban en las paredes verdes. Escondidos, nos entregamos a nuestros propios juegos, a tocar y ser tocados, a susurrar y escuchar. Cerrábamos los ojos, y no queríamos abrirlos, respirando aliento dulce bajo las sábanas, siguiendo ese juego, sin reglas, sin nombres, sin un propósito. Juegos de niños. Solo me queda tu nombre, Paula. Ya olvidé tu rostro, tu voz, tu risa infantil. Pero aún perdura dentro de mí, los días de siesta y sombra, bajo la almohada, aquel deseo de ser solo niño, y nada más.

Apúntate a mi lista de correo

Apúntate a mi lista de correo

Te enviaré novedades y una recopilación de artículos cada tres semanas. Te prometo que no le daré tu email a nadie ni te venderé descuentos en viajes a Marte.

¡Ya te tengo fichado! ¡Gracias!